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Homilía
pronunciada por
Mons. Alejo Zavala Castro, Obispo de Tlapa, en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de Tlapa a la Basílica de Guadalupe.

16 de marzo de 2006


Allá en las montañas de Guerrero hay un saludo muy agradable, novedoso, le preguntan a uno: ¿cómo está tu corazón?.

Hoy en estos momentos si fijamos nuestra mirada, en la mirada de Santa María de Guadalupe escucharemos este saludo: ¿cómo está tu corazón? Y creo que todos los que vinieron a pie, los que vinieron en autobús, el seminario, los sacerdotes nuestros hermanos que radican en el D.F y están con nosotros aquí presentes, y podríamos decir que también todas las personas que bondadosamente nos acompañan, amistosamente están con nosotros, podemos escuchar este saludo ¿Cómo está tu corazón?

Y creo que podemos decir con toda verdad hoy, el corazón de los Mepas, de los Nasavi, de los Nahuas, de los Mestizos, de la Diócesis de Tlapa, está muy contento. No solamente contento con la sonrisa de Tonantzin Guadalupe, con sus brazos que nos acoge y nos cobija con un cariño maternal escuchando nuestras quejas, nuestros problemas, nuestras tristezas.

También nuestro corazón esta lleno de una gozosa esperanza al descubrir en nuestro Hermano Juan Diego, uno de nuestro pueblo, que ha sido elevado por su humildad, por su servicio, por su amor a Santa María de Guadalupe, a la dignidad de los altares, a ser Santo.

En él vemos la posibilidad de que todos los de la Montaña podamos ser santos, podamos ser reconocidos por Dios, podamos ser reconocidos por la Iglesia. Nuestro encuentro con María de Guadalupe este día se va haciendo tradicional, ya es el número catorce, que venimos con este mismo gozo y con esta misma esperanza.

Y nuestro objetivo es variable, son muchas las razones que nos atraen y que nos hacen venir con gozo, alegría y esperanza, es corresponder al cariño de Tonantzin Guadalupe.

En nuestros pueblos de la Montaña, una tradición, una costumbre bellísima es la correspondencia, corresponder a los beneficios, corresponder a la amistad, los pueblos se corresponden a la amistad, los pueblos se corresponden en sus fiestas patronales.

La comunidad que celebra su fiesta patronal es visitada por todas las demás comunidades de alrededor con sus bandas de música gratuitamente, reciben a cambio la hospitalidad, la alimentación y el hospedaje, es una tradición y una hospitalidad bellísima, tradición y costumbre, cualidad de nuestros pueblos.

Queremos corresponder al cariño de Tonantzin Guadalupe porque Ella está con nosotros, Ella desde siempre ha corrido presurosa a la montaña de Tlapa para escucharnos de cerca nuestros lamentos, en nuestros problemas, en nuestras inquietudes, en nuestros planes pastorales, ahí está por todas partes, por los caminos la encontramos en muchas ermitas, en todos lo hogares, aún en aquellos hermanos nuestros que dicen que han cambiado de religión, en sus hogares permanece la presencia, la imagen de María de Guadalupe.

Como no corresponder, quisiéramos traer las bandas de música y quisiéramos traer los collares y quisiéramos traer todo lo que se usa allá de tradiciones, menos el alcohol, menos las cervezas, aun eso con medida.

Quisiéremos todo eso, pero traemos un corazón agradecido, traemos una voluntad muy firme para escucharle, escuchar sus consejos, escuchar sus orientaciones, escuchar también su saludo y su consuelo.

Y María lo hace a través de la palabra de Dios, es Ella, María de Guadalupe, quien le ha dicho a Jesús: “Hagan lo que El les diga”, después de haberle manifestado Tonantzin Guadalupe a su hijo Jesús: “Mira tienen estas necesidades, tienen estas realidades, tienen estos problemas”. A nosotros ahora nos dice: “Hagan lo que él les dice”.

Y a través de la Liturgia de la Palabra que acabamos de escuchar, es Dios, por intercesión de Tonantzin, quien nos dice en el Salmo Responsorial y en la Primera Lectura de Jeremías: “Dichosos ustedes que confina en el Señor”. “Dichoso el que confía en el Señor”, y al mismo tiempo es una felicitación, es una maternal recomendación: “Dichosos los que confían en el Señor”  y como no reconocer y ver que confianza tan grande tienen nuestros pueblos de aquella región, en Dios.

En qué forma tan espontánea, tan alegre manifiestan en sus fiestas patronales la devoción al Señor del Santo Entierro, a Jesucristo Por esta razón muchos sacerdotes laicos no pudieron venir, allá están en la fiestas de los viernes, el tercer viernes de Cuaresma. Desde allá nos acompañan en sus procesiones, con sus músicas y con su participación también en las Eucaristías, con su confesión también.

“Dichosos los que confían en el Señor”. Muchachos, peregrinos a pie, escuchen está felicitación de Dios: porque la Peregrinación, el sacrificio, el esfuerzo que han hecho, es para ustedes esa felicitación.

También es ésta felicitación para todos los que han hecho un esfuerzo venir en autobús. También una felicitación para aquellos hermanos y hermanas que radican aquí en el DF y que hoy, en esta mañana nos han traído un sabroso almuerzo, ¿por qué lo hacen? porque confían en el Señor. Dichosos ustedes.

Dichosos ustedes, escuchen hermanos seminaristas, escuches esas palabras, pongan atención a esta palabra dulcísima de Tonantzin Guadalupe, mis hermanos Diáconos, tenemos cuatro Diáconos y otros en vías de llegar a dar este paso, escuchen este saludo de María, dichosos ustedes Enfeo, Pancho, Pedro, dichosos ustedes que confían en el Señor y que prestan y hacen su diaconado ya con mucha valentía.

Esta felicitación es al mismo tiempo una recomendación, sigan confiando en Dios Nuestro Señor, no se desvíen de ahí, ninguno de nosotros nos desviemos de esa confianza en Dios. No queramos poner nuestra confianza en los bienes materiales, pongamos esa confianza y esa fe en Dios Nuestro Señor.

Porque también Dios nos instruye, en esta materia, en este tema pues tan importante y tan necesario para nosotros a través de está parábola que providencialmente nos ha tocado escuchar en la Liturgia de hoy, la parábola de Lázaro y el rico, riqueza y pobreza, que no solamente se refiere a la riqueza material, es la riqueza y pobreza espiritual.

Y este tema es mucho muy importante y realista para nuestra región de la Montaña: pobreza y riqueza. Durante mucho tiempo, mucho tiempo esta región esta considerada como una de las regiones no solamente de México sino del mundo entero, como la región más pobre del orden material.

Por eso es un reto, es un desafío para la Iglesia que peregrina en esta región, trabajar, organizar, planear, juntamente con todos los laicos, con todo el pueblo, la forma de salir de esa pobreza extrema, de esa que podríamos, en muchos casos, llamar hasta miseria, porque ya no queremos recoger las migajas que caen de la mesa de los que tienen más.

Ya no queremos que dependamos de esas situaciones de asistencialismo, la Iglesia tiene como proyecto conjuntamente con los laicos, todos los religiosos y religiosas la vida consagrada que peregrina con nosotros allá en la montaña, con los sacerdotes diocesanos, tenemos la intención de que todas nuestras gentes, y todos nosotros con ellos, podamos tener los bienes convenientes.

Una riqueza unos bienes materiales que no nos estorben para adquirir los bienes espirituales; una riqueza en el orden material que sirva para vivir la caridad cristiana. Pobreza y riqueza, por eso es conveniente tener en cuenta lo que nos sugiere el Papa Benedicto, en una de sus primeras intervenciones ante el mundo, concretamente ante México a través de los Obispos en la visita a Limina: “Evangelicen”, nos dijo el Papa “a todas las personas que disponen de bienes materiales, para que los compartan cristianamente con aquellos que no los tienen. Pobreza y riqueza”, un tema mucho muy importante para profundizarlo a través de Evangelio.

Para que quien tiene pueda participar cristianamente de esos bienes y para quien tiene menos pueda recibir con humildad, y pueda, promoverse y pueda convertirse en promotor de su propio desarrollo.

Esto, refiriéndonos a los bienes materiales, pero cuando Jesús nos habla en está parábola de riqueza y pobreza quiere que también nosotros caigamos en la cuenta de la pobreza espiritual y esto que tenemos que presentarle a la Virgen Tonantzin Guadalupe, que nos conoce perfectamente bien, para estar alerta y no caer en la pobreza espiritual, que no nos destrocen aquellos males como es el vicio del alcoholismo, como es el vicio de la violencia, como es la situación de las divisiones entre los pueblos.

¡Cómo son los problemas a causa de las situaciones políticas! Pobreza espiritual que trae como consecuencia la división, la violencia y muchas otras cosas que causan la muerte.

Pues hoy le damos muchas gracias a Tonantzin Guadalupe, que además de recibirnos y brindarnos su cariño, su amor, nos da estos consejos para que los pongamos en práctica allá en nuestra Diócesis, a través de nuestro Plan de Pastoral.

Un Plan de Pastoral que requiere de una renovación, de una evaluación constante, un Plan de Pastoral que requiere de la participación de todos, de todas las estructuras de las Diócesis creadas y de otras que sean necesarias y que deben crearse para complementar y para hacer eficaz este proyecto de Dios. Eso es lo que quiere ser el Plan Diocesano de Pastoral.

Queridos hermanos y hermanas, muchísimas gracias por haber venido y les invitamos para sigamos participando en este momento que sigue, que es la parte Eucarística.

Que hagamos de esta parte, que desde el Papa Juan Pablo II y ahora Benedicto XVI, nos han indicado acerca de la Eucaristía, la Eucaristía Luz y Vida del mundo, Luz y Vida de nuestra Diócesis, Luz y Vida de los Nahuas, Luz y Vida de los Seminaristas, Luz y Vida de los Religiosos y las Religiosas, Luz y Vida de los Sacerdotes. Lo pedimos así a Tonantzin Guadalupe. Así sea.

 

 
 
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