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Homilía
pronunciada por
Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arquidiócesis Primada de México, en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de Orizaba, Veracruz en la Basílica de Guadalupe.
Este año 2006, estamos celebrando el 475 aniversario de nuestro glorioso Acontecimiento Guadalupano que, como todos sabemos, podemos considerar como el momento mismo en que Dios dio nacimiento a nuestra fe cristiana en el Continente Americano, a nuestra Iglesia mexicana y a nuestra propia patria mestiza, al haber posibilitado la unión y fusión de nuestros padres indios y españoles, al hermanarlos en el maternal amor de su Madre Santísima.

Por este motivo he aceptado con mucho gusto acompañarlos en esta su Peregrinación que hacen como Iglesia de Dios que está en Orizaba, presididos por su Obispo el Excmo. Sr. Obispo Don Hipólito Reyes Larios.

Es una realidad que cuando entra el pecado en el mundo, la astuta serpiente, el mal, mete en el corazón del ser humano un terrible engaño, al hacerlo creer que Dios le miente, que lo engaña; el mallo convence de que Dios no lo ama.

De esta manera, el hombre, ciego por la soberbia, peca y no cree en el verdadero Dios, al no valorar que en realidad había sido creado a su imagen y semejanza. Este miserable hombre, desde lo más íntimo, destruye la relación con el Creador, rompe con el amor; y al destruir la unidad que existía con Dios, rompe también con él mismo,

se ve desnudo, la unidad original que existía en el ser humano se destruye, se despedaza la armonía; y, con tremendo egoísmo y cobardía le echa la culpa al otro; y no contento con esto, todavía se vuelve en contra del mismo Dios; dice Adán con tremenda soberbia: "la mujer que tú me diste por compañera" (Gen 3, 14); para Adán la culpa no sólo era de aquella mujer, sino que era también del mismo Dios, por habérsela dado; la culpa era de las circunstancias que le había presentado la serpiente, la culpa era del mundo, la culpa era de todos, absolutamente de todos, menos de él; su desafortunado intento por salvaguardar su propia vida lo lleva a destruirla.

El ser humano despedaza su relación con Dios y, en consecuencia, su relación con los demás, su relación con el mundo y su relación consigo mismo. La ceguera de este ser humano, que quiso ser dios, lo llevó a quedarse desnudo; trató de salvar su vida alejándose de Dios y lo único que consiguió fue la destrucción de todo aquello que le rodeaba; fue el creador de su propia ruina; dejó entrar en su corazón la soberbia y el egoísmo; y con ello: la soledad, el temor, la inseguridad, la tristeza, el dolor, la injusticia, la venganza, el rencor, la violencia, la muerte.

Sin embargo, el amor de Dios es tan grande, tan inmenso, tan maravilloso que, como hemos escuchado a san Pablo en la Segunda Lectura: "envió a su propio Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos" (GaI 4, 4-5). Es el mismo Dios, quien por medio del Espíritu nos hace llamarlo Padre "iAbbá!", "papá"; es Dios, solamente Él, quien permanece siempre fiel, es ese nuestro Dios, "nuestro" pues Él mismo se ha hecho "nuestro" y por ello podemos decirle Padre, y nosotros decimos hermanos.

Es el Creador quien sale a nuestro encuentro, precisamente, por medio de una mujer para sanar y salvar nuestros corazones. Es el mismo Dios, quien por medio de María, su Madre Santísima, restaura la relación que se había destruido en el ser humano; gracias a Dios, podemos tener su misma presencia entre nosotros, por medio de María; como dice el profeta Isaías en la Primera Lectura: "He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-can-nosotros" (ls7, 14).

En nuestro amado México, hace 475 años, a diez años después de la Conquista, Dios se hace presente por medio de una virgen, una doncella, que se encaminó presurosa a un pueblo, un pueblo que agonizaba, que moría; que había sido vencido con violencia, que se atormentaba con la depresión, un pueblo convencido de que sus dioses, por los cuales había derramado la sangre de sus hijos, lo habían traicionado, lo habían abandonaron a su suerte; y, además, enfrentado a otro pueblo, que al pretender destruirlo se destruía a sí mismo.

Dos pueblos que se sentían pertenecientes y elegidos por Dios; el pueblo azteca que se decía: "hijo del Sol" y el pueblo español que se decía: "hijo de Dios"; dos pueblos religiosos en extremo y, al mismo tiempo, con mentalidades totalmente distintas; culturas tan distantes, con visiones del mundo, de los demás, de su propia persona y de Dios tan diferentes pero, al mismo tiempo, tan semejantes; en esencia, estos pueblos eran integrados por ese mismo ser humano de todos los tiempos y de todas las culturas; con sus limitaciones y pecados, con sus virtudes y sus cualidades.

Seres humanos de barro creados por Dios a su imagen y semejanza.

Santa María de Guadalupe, virgen y madre, entra en nuestra historia de una manera determinante, es Ella la que viene presurosa a traemos a Nuestro Señor Jesucristo. Dios elige su mejor Sagrario: el vientre virginal de su Madre Santísima; quien llena de júbilo exclama: "mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava" (Lc 1, 46-48).

Triunfa la humildad sobre la soberbia; triunfa el Amor sobre el odio; triunfa el perdón sobre el rencor; triunfa la unidad sobre la división. Ante Ella podemos unir nuestra voz a la de su prima Isabel: "iBendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!"

Ella puso sus ojos misericordiosos en nosotros, sus hijos; por medio de Ella, se hace presente nuestro Dios y Señor, quien salva y sana de las heridas del pecado; restaurando en Ella la relación de nosotros con Él, con el verdadero Dios por quien se vive. El Creador de todas las cosas, por medio de Santa María de Guadalupe, también restaura en su ser la armonía con la naturaleza, el sol, la luna, las estrellas son unidad en su imagen bendita. Dios, por medio de su Madre, restaura la unidad con el hermano.

Ella es quien nos confirma, por medio de san Juan Diego, que el miedo ya no debe dominar nuestro corazón, cuando le dice a este gran hombre, y a través de él a todos nosotros: "Escucha, ponlo en tu corazón, Hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas [...] ¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?”[1]

Dios, por medio de su Santísima Madre, hace de nosotros una nueva creación; es por ello que desde el primer encuentro que tiene con san Juan Diego se manifiesta este paraíso, como se expresa en el Nican Mopohua: "El resplandor de Ella como preciosas piedras, como ajorca (todo lo más bello) parecía: la tierra como que relumbraba con los resplandores del arco iris en la niebla.” [2]

Cuando Juan Diego contempló estas maravillosas manifestaciones, inmediatamente vino a su mente la imagen del paraíso celestial que tanto había escuchado describir a sus antepasados; absorto, pero con el alma y el corazón sin turbación, exclamó: "« ¿Dónde estoy? ¿Dónde me veo? ¿Acaso allá donde dejaron dicho los antiguos nuestros antepasados, nuestros abuelos: en la tierra de las flores, en la tierra del maíz, de nuestra carne, de nuestro sustento, acaso en la tierra celestial? [3].

Es así que en el vientre Santísimo de María de Guadalupe nacemos de nuevo; hace de nosotros un nuevo pueblo, un pueblo mestizo, un pueblo en donde se da el modelo de una evangelización perfectamente inculturada, como la definió el Papa Juan Pablo 11, de felicísima memoria: "América Latina, en Santa María de Guadalupe, ofrece un gran ejemplo de evangelización perfectamente incultura da. En efecto, en la figura de María -desde el principio de la cristianización del Nuevo Mundo y a la luz del evangelio de Jesús- se encarnaron auténticos valores culturales indígenas. En el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, se resume el gran principio de inculturación: la íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante la integración en el cristianismo en las varias culturas".[4]

Esta integración que proclama el Santo Padre es por lo que debemos luchar y dar la vida; es necesario vivir en unidad íntima con nuestro Dios y Señor, quien nos ha dado la oportunidad de volver a Él, hay que esforzamos para vivir integrados con nosotros mismos, es muy importante unimos como verdaderos hermanos; hay que conquistar nuestro máximo anhelo de ser un pueblo lleno de Dios, lleno de Amor; que surja en nosotros lo valioso y hermoso que tenemos dentro y que Dios lo confirma, somos tan valiosos para Él, que Él ha dado su vida por nosotros, ha dado a su propia Madre como nuestra Madre; por ello podemos nuevamente unimos a la voz de Isabel y proclamar: ¿Quién soy yo, para que la Madre de mi Señor venga a verme?" (Lc 1, 43); ¿Quiénes somos nosotros para que la Madre de nuestro Señor venga a vemos y venga a ser nuestra Madre?

Gracias Madre mía, Morenita mía, mi Niña Amada; gracias por ver y valorar en nosotros .10 que, por nuestra soberbia y pecado, no habíamos visto ni valorado; gracias por ser nuestra Madre; gracias por venir presurosa a entregamos a tu Hijo Jesucristo, Nuestro Salvador; gracias por restaurar nuestro ser; gracias por unimos como hermanos de una misma sangre derramada en esa cruz, la sangre de tu propio Hijo; gracias Reina del Cielo por tener misericordia de éste tu pueblo, el que tú elegiste para manifestar tu rostro y dejamos tu hermosa y bendita imagen en la humilde tilma de san Juan Diego; gracias Madre nuestra pues, por ti, podemos unimos como un solo pueblo lleno del amor de Dios

Notas

[1] ANTONIO VALERIANO, Nican Mopohua, v v. 118-119.
[2] ANTONIO VALERIANO, Nican Mopohua, v v. 19-20.
[3] ANTONIO VALERlANO, Nican Mopohua, v. 10.
[4]JUAN PABLO II, «Discurso Inaugural en la IV Conferencia General del Episcopado Latino Americano». Santo Domingo a 12 de Octubre de 1992, AAS, LXXXV (1993) 9, p. 826, Nº  24.

 
 
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