Por todo el mundo, a
toda la creación
Excelentísimo Señor Arzobispo Don Rafael,
señor obispo auxiliar Don Juan, amados hermanos sacerdotes de
la Arquidiócesis de Acapulco, Costa Chica y Costa Grande, hermanos
diáconos, religiosas, seminaristas, fieles laicos muy queridos
en Jesucristo Nuestro Señor.
Cuando llegamos aquí a las plantas
de Santa María de Guadalupe, experimentamos el complejo de la
timidez de aquellos que se aman y no saben como decírselo. Pero
cuando contemplamos a la Santísima Virgen María allí, en la
imagen de su amor testimoniado ya durante 475 años de estar
en el ayate de Juan Diego, y vemos que nos mira a todos, escuchemos
sus palabras que nos reúnen en su regazo y nos sentimos hermanados,
echamos fuera complejos, echamos fuera timideces y experimentamos
el calor de ese nido materno que es el que nos une a todos y
nos hermana para sentirnos así como cobijados, como el niño
pequeño en sus entrañas, cuando oímos sus palabras amorosas
que son como las palabras de una madre cuando está arrullando
al hijo pequeñito entre sus brazos. ¿No estoy yo aquí que soy
tu Madre? ¿No soy yo vida y salud? ¿No estás en mi regazo y
corres por mi cuenta? ¿Qué otra cosa necesitas?
Hermanas y hermanos, hemos llegado
peregrinos no solamente a contemplar a la Virgen Santísima y
que Ella nos contemple, que en sus pupilas maternales nos sintamos
retratados. Sino que sabemos que nosotros, los que venimos ahora
peregrinos guerrerenses tenemos un lugarcito especial en su
corazón. Que la Virgen Santísima como Madre de Dios y Madre
nuestra, Madre espiritual de todos los hombres de la tierra,
entregada por Cristo en el Calvario ahora en este monte del
Tepeyac. Ella nos asegura que con ese mismo amor ama a todos
los hombres, pero que a nosotros por ser más pequeños, por ser
más delicados, por ser más necesitados, por venir también nosotros
trayéndole nuestro ayate revuelto con las rosas, con el aroma
de las rosas, las espinas de nuestras penas, de nuestros sinsabores,
de nuestras preocupaciones. Y allí sentimos y estamos convencidos
que como la gallina cobija a sus poyuelos así también ella nos
reúne a todos nosotros, y nos quiere juntos a los que somos
discípulos de Jesús nos quiere reunidos en comunidad. Y así
como Ella reunió a los discípulos de Jesús después de la resurrección
y fortaleció la comunidad de los que estaban reunidos esperando
la venida prometida por Jesucristo, con los dones del Espíritu
Santo en Pentecostés. Así también ahora nosotros en esta Pascua
de Resurrección nos sentimos gozosos con María de Guadalupe,
reunidos en este año de la comunidad de nuestra arquidiócesis,
porque sabemos que estamos hermanados, no solamente por el amor
de un mismo Padre Dios que nos ama y nos quiere, sino también
experimentamos el abrazo tierno y amoroso de la Virgen María
de Guadalupe que quiere a todos nosotros, a los que somos discípulos
de Jesús que seamos una comunidad; más aún la horma el molde,
la inspiración, el toquel, el modelo y el ejemplo donde se forja
la comunidad tiene que ser así como estaba María juntamente
con los discípulos, allí en Pentecostés, dice; “Estaban reunidos”,
es decir en unidad de comunidad, reunidos los discípulos con
María, la Madre de Jesús, esperando que se cumpliera la promesa
de Jesús, la avenida de los dones de lo alto, al descender el
Espíritu Santo sobre todos los apóstoles. Pues, así nos ha reunido,
hermanos y hermanas.
El Tepeyac es un lugar de consuelo,
si como la Gruta en Lourdes, Francia, es un lugar de salud.
Fátima, allá en Cova de Iría, es un lugar de conversión. El
Tepeyac reúne todo esto la salud, un llamado a la conversión.
Pero es también un lugar de consuelo donde Ella quiere enjugar
una a una, todas las lágrimas que gotean de nuestros ojos, todas
las penas que están sangrando nuestro corazón y quiere suavizar
con la fragancia de su aroma de Madre, las heridas que nos ha
causado las espinas, de todas las preocupaciones y sinsabores
que traemos hoy en este día a su presencia. Juntamente con las
alegrías gozosas de la Pascua, traemos también las preocupaciones
de nuestros compromisos allá en nuestros pueblos, de nuestra
querida arquidiócesis, tanto en Costa Chica, como en Costa Grande,
y en la ciudad y municipio de Acapulco.
El apóstol san Pedro nos ha advertido
muy bien a todos los que nos hemos reunidos en comunidad en
torno a Santa María de Guadalupe; retratándonos con pinceladas
muy fuertes tal como el mismo lo había experimentado, él sabia
lo que eran las tentaciones del demonio que lo habían hecho
caer a él tres veces estrepitosamente, y solamente porque fue
muy grande la misericordia del Señor volvió otra vez al buen
camino y fue constituido y restituido y constituido como jefe
de los apóstoles, el primer papa de la Iglesia. Él supo bien
de lo que eran las tentaciones, y las acechanzas del demonio
las tenia que superar, las tenía que afrontar, por eso nos dice
en su carta que acabamos de escuchar, dice: “Hermanos, el enemigo,
el diablo anda en torno a ustedes como león rugiente babeando
rabia, hambriento, buscando a quién devorar, buscando a ver
a que hora se abre aunque sea una rendija para darnos el zarpazo
y descuartizar nuestra vida, descuartizar y destruir nuestra
comunidad, nuestra vida de comunidad, nuestras comunidades”.
Nosotros hoy venimos también muy preocupados
sentimos que nuestro enemigo el diablo como león rugiente anda
buscando como destruir nuestra sociedad, y hoy venimos a confiarle
a la Santísima Virgen María que allá en nuestro Estado de Guerrero
y en nuestra Arquidiócesis de Acapulco queremos pronunciarnos
vigorosamente resistiéndole a ese demonio en la fe. Resístanle
fuertes en la fe. Queremos pedir que Ella nos alcance la fortaleza,
Ella que es la mujer del Magnificat que derriba del trono a
los poderosos y enaltece a los humildes, que sea nuestra torre
de marfil, que sea nuestra escudo y fortaleza para poder ir
también a resistir estos embates del enemigo firmemente con
nuestra fe.
Sabemos que está amenazada la familia
en sus bases más sólidas. La familia constituida según la voluntad
del Creador por el hombre y la mujer, pero ahora sabemos que
está amenazada por las Sociedades de Convivencia, aquí en la
República Mexi cana. Cuando ya en algunos estados comienzan
a aprobarse algunas leyes que van en contra del país y que nos
parece que no solamente son persecutorias, sino que son desintegradoras
de una sociedad que en su base tiene necesariamente a la familia.
El papá y la mamá, el hombre y la mujer bendecidos por Dios
con Sacramento del Matrimonio de tal manera que lo que Dios
une jamás lo separe el hombre. Y sean ellos también en donde
puedan generarse los hijos, la educación de los hijos y sea
allí el taller de grandes apóstoles y de aquellos grandes líderes
que transformen nuestra sociedad acapulqueña, costa chóquense
y costa granéense. Por eso hoy venimos a pedir que proteja nuestras
familias. Que no se destruyan ni se desintegren, que iluminen
también a nuestros legisladores para que sepan defender sus
propios principios, sus convicciones, que son las convicciones
del pueblo de México que representan para que sepan defender
también de estas leyes, de estas dispocisiones en las cámaras
de decisiones de los legisladores, tanto cámara alta, como cámara
baja de nuestros legisladores en todas partes y en nuestros
estados.
Pero también estamos nosotros sintiendo
otra vez nuevamente el látigo de la amenaza de aquellos que
quieren profanar el santuario de la vida que es la familia.
Pero ese sagrario de la familia que es el vientre materno en
donde se forja el hombre, en donde se forja también el Hijo
de Dios, en donde se forja aquel que está llamado a ser cristiano,
a ser el apóstol aquel que pueda transformar nuestra sociedad
y queremos declararnos vigorosamente en favor de la dignidad
de la mujer, a favor de la dignidad de aquella que está llamada
a ser madre para que sea la primera que siendo molde y ejemplo
para sus hijos, defienda la vida de sus hijos, sobre todo aquellos
más indefensos pero que tienen el derecho de nacer.
Que la Santísima Virgen de Guadalupe
nos ayude también para que sea respetada la vida desde ese primer
instante de la concepción cuando se anida el ser viviente, el
ser humano que ya es un ser humano desde la concepción, la anidación,
la gestación durante una semana, durante cinco semanas, durante
doce semanas, durante los nueve meses de gestación. Ahí hay
un ser humano, ahí hay una imagen de Dios, ahí hay alguien que
tiene derechos y debe ser respetado.
Por eso queremos pedir a la Santísima Virgen María de Guadalupe
que nos hagamos eco de aquella palabra que nos arengó aquí mismo
en México el Papa Juan Pablo II, cuando nos advirtió: “Que ningún
mexicano se atreva profanar la vida de un ser humano en el vientre
materno” que nosotros seamos consientes de la realidad de peligro
que estamos viviendo en nuestra patria y que no vayamos a ser
cómplices de disposiciones que van directamente contra el Creador,
contra la vida que Dios ha creado, contra la dignidad de la
familia y también contra la dignidad de la mujer, contra la
dignidad de la persona humana, ya que solamente Dios es el dueño
de la vida. Que todos sepamos respetar estos planes de Dios
que la Virgen Santísima nos de fortaleza para llevar acabo esta
lucha que san Pedro nos dice: “Hermanos estén alerta, no se
duerman” no crean que todo está hecho y al cabo si Dios quiere
no se hará y si el quiere lo hará, ese provincianismo, no lo
quiere Santa María de Guadalupe. Anda como león rugiente
buscando a ver a que hora nos da el zarpazo y desintegra y destruye
la obra de Dios en la sociedad de nuestro México y en nuestro
estado de Guerrero en nuestra Arquidiócesis de Acapulco Costa
Chica y Costa Grande.
Hoy en este día, hermanas y hermanos,
yo traigo la inquietud que estoy concelebrando con mis hermanos
obispos y sacerdotes y con todos mis hermanos fieles de mi arquidiócesis
hace unos días estuvieron aquí mis compañeros del mismo grupo
que fueron ordenados sacerdotes hace ya casi cinco décadas.
Hace más de 49 años y estamos celebrando un año jubilar sacerdotal
no pude yo estar con ellos hace apenas ocho días, pero ahora
estoy también aquí concelebrando con mis hermanos sacerdotes
y celebrando con mis fieles de mi arquidiócesis, estoy concelebrando
esta misa por el Año Jubilar de los 50 años sacerdotales y quiero
recordar ante la presencia de la Santísima Virgen María; para
que ustedes me ayuden a que sea sacerdote y te prometí que lo
siga haciendo como hasta ahora que en la Antigua Basílica dejé;
un pequeño papelito doblado y enrollado, para poderlo colocar
en una de las rendijas de las bases de las columnas de la Antigua
Basílica que en el fondo ya han sido demolidas.
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