Ha
resonado nuevamente la voz del Señor Jesús convocando a
sus discípulos. Al pasar vio a Mateo y le dijo: Sígueme.
Él se levantó y lo siguió. Es la misma llamada que ha
penetrado en nosotros como espada de dos filos, llegando
hasta lo más íntimo de nuestra persona, hasta la médula
de nuestros huesos, como dice este día la Palabra de
Dios. Nosotros también seguimos respondiendo a esa llamada
y por eso estamos aquí reunidos como Iglesia.
Venir en peregrinación al encuentro
de nuestra Madre, María de Guadalupe, es un signo que habla
de nuestra realidad de Pueblo de Dios que camina guiado
por las huellas de Jesús. Ser seguidores de Jesús es un
don precioso que debemos aquilatar y desarrollar.
Hace dos mil años el Señor Jesús comenzó
a llamar a los que quiso para que le siguieran. Hoy, entre
nosotros, continúa haciéndolo. De muchas y distintas maneras,
el Señor sigue hablando al corazón de quienes elige para
descubrirles nuevos caminos, una nueva vida.
Este mismo cerro del Tepeyac hace 475
años fue testigo de otra llamada. En esa ocasión, el amor
maternal de María fue el medio para que la elección de Dios
se manifestara al corazón de uno de los hijos de esta tierra.
Juan Diego, Juandieguito, escuchó el que había sido
elegido.
Esa palabra, que penetró su corazón, cambió la vida de Juan
Diego y lo convirtió en enviado. ¡Cuántos y cuántas han
recibido y siguen recibiendo el llamado del amor de Dios
a través de la solicitud maternal de María! La respuesta
de Juan Diego a la llamada proveniente del Dios por quien
se vive, sigue dando abundantes frutos, que sólo se
explican con la fuerza de Dios.
Así es la vocación de todo cristiano.
El Señor elige a cada uno sólo por amor, nos llama por nuestro
nombre, es decir, nos habla de manera especial, para que
vayamos entendiendo que el amor se manifiesta de forma personal.
Quiere mostrarnos que la encomienda de amor que tiene para
nosotros, la necesitan y esperan muchos de nuestros semejantes.
Nuestro “sí” para seguirlo y para aceptar ser enviados nos
hace partícipes de su Misión Redentora sin merecerlo. El
“sí” de María trajo la salvación al mundo. Nuestro “sí”
llevará la salvación a donde ni siquiera nos imaginamos.
Miremos en el relato del Evangelio
cómo la vocación de Mateo está en el mismo contexto de la
afirmación de Jesús: no he venido a llamar a los justos,
sino a los pecadores. Esa es la historia de los discípulos
de Jesús, esa es nuestra historia. El Señor, Palabra Viva,
nos conoce, pues descubre los pensamientos e intenciones
del corazón. Sin embargo, insiste en llamarnos, a pesar
de nuestra pequeñez.
Ese don gratuito que recibimos en el
bautismo es un proyecto de transformación interior que el
Señor Jesús quiere realizar en nosotros por medio de su
Espíritu para que podamos ser instrumentos de su misericordia
y de su amor. Es ésta experiencia de encuentro con el amor
de Dios lo que nos capacita. Es lo único que puede convertirnos
en apóstoles de Jesús. Tengamos presente que nuestra respuesta
es indispensable para que la obra de Dios se realice en
nosotros. Cada cristiano es el primer responsable de su
propia vocación. Los principales medios a los que debemos
acudir para alimentar y hacer crecer nuestra intimidad con
Jesucristo son: la mesa de la Palabra de Dios, la mesa de
la Eucaristía, el encuentro fraterno en la comunidad creyente
y el servicio de la caridad hacia todos nuestros semejantes.
En el desarrollo del bautizado, el
apoyo de la familia cristiana, la “pequeña Iglesia”, resulta
insustituible para que la conciencia de fe pueda germinar
y se den las primeras experiencias de encuentro con el amor
de Dios. Allí, los padres de familia son los primeros colaboradores
del Señor mediante el ambiente de amor, de fe y de caridad
que logren crear en su propio hogar.
Es claro que como Iglesia local tenemos
una gran responsabilidad para poner al alcance de los bautizados
los medios que les permitan profundizar en su vocación y
puedan convertirse en piedras vivas del edificio que el
Señor va construyendo. Es tarea de la Comunidad en su conjunto,
acompañar a cada bautizado a descubrir y vivir su propia
vocación y misión. Eso significa ayudar a que crezca la
conciencia de lo que el Espíritu está realizando y quiere
realizar en su propia persona y en el mundo. Abrir este
horizonte a cada bautizado permite que maduremos como Iglesia
evangelizadora.
Pensando en llevar la Buena Noticia
de Jesús a nuestra ciudad, es de especial importancia que
la formación de los bautizados tome en cuenta su crecimiento
como miembros de la Iglesia y como ciudadanos de la sociedad
en que estamos insertos, pues estas realidades no deben
ser dos vidas paralelas. Debemos ser capaces de vivir de
tal forma nuestra fe en la cotidianidad urbana, que cada
bautizado comprenda que su misión debe realizarla donde
el Señor lo ha colocado. De esta manera, en la vida de la
familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso
político y de las diversas expresiones culturales en la
ciudad, siempre habrá bautizados que encarnen los valores
evangélicos.
Iniciando este nuevo año y motivados
por el fruto que el Señor ha producido en la sencillez de
Juan Diego, quiero invitarlos a renovar nuestra respuesta
de discípulos de Jesús en la Ciudad de México. El Señor
quiere que seamos cada día sus enviados.
Para responder como Iglesia diocesana,
que desea ser más capaz de anunciar el Evangelio en la Ciudad,
les pido que demos un paso adelante poniendo especial énfasis
en la formación de los agentes de evangelización. A partir
de esta fecha, les propongo que iniciemos una etapa de seis
años, que nos permita lograr definir y consolidar los programas
y metas necesarios para mejorar substancialmente la formación
básica, la específica y la permanente, de todos los que
quieren o ya están colaborando en la tarea de evangelización.
Esta etapa pastoral tendrá un momento especial de evaluación
al cumplirse veinte años de la entrega del Decreto General
del II Sínodo Diocesano en el año 2013.
Exhorto a todos los fieles laicos a
responsabilizarse de su propia vocación y de su necesaria
formación. Los signos del Espíritu que se manifiestan en
la dinámica social, nos exigen que todas las facetas de
nuestra vida estén compenetradas por la fe en Cristo. Despertemos
con mayor fuerza el deseo de participar en la obra del Señor
en la Ciudad. Él nos llama a estar comprometidos en esa
tarea.
Con gran confianza, llamo a todos nuestros
Hermanos y Hermanas de Vida Consagrada a sentirse parte
importante en este proyecto. Sus carismas y su capacidad
en la formación para la evangelización han sido, y serán
en el futuro, un gran apoyo para muchos bautizados de nuestra
Iglesia local. Fomentemos el diálogo de colaboración para
fortalecer este servicio que tenemos en común.
Animo a mis hermanos Diáconos, Presbíteros
y Obispos a profundizar en la importancia que tiene su presencia
en medio de nuestras comunidades para convocar y acompañar
el crecimiento de todos los fieles, para que así puedan
madurar como discípulos y misioneros de Jesús.
Tengan presente que su palabra, su interés y, sobre todo,
su testimonio de entrega, suelen ser definitivos en la motivación
y en la respuesta de las personas que el Espíritu va integrando
en la Comunidad creyente. Consideren que la participación
de los bautizados en la misión evangelizadora es nuestro
objetivo primordial como Iglesia local. Tengamos la certeza
de que ese es el camino para hacer más eficaz nuestra labor
pastoral.
Les pido a mis Hermanos Obispos que
nos comprometamos con gran entusiasmo en este propósito
de ayudar a madurar la vocación cristiana y la capacidad
apostólica de todos los bautizados. Nos corresponde fortalecer
la unidad con el Presbiterio y con nuestros Hermanos y Hermanas
de Vida Consagrada, junto a una mayor cercanía con todos
los Agentes Laicos. Alimentemos un ambiente de oración y
de reflexión pastoral para que todos sientan suyo el proyecto
diocesano. Impulsemos la corresponsabilidad y la coordinación
que permitan compartir las experiencias y programas a favor
de la tarea común.
El Espíritu, que el Señor Jesús ha
enviado a su Iglesia, es nuestra fuerza en este camino.
Pongamos a los pies de María de Guadalupe
nuestros propósitos. Ella nos ayudará a comprender el significado
de ser enviados en medio de nuestra Ciudad. |