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Homilía
pronunciada por Mons. Francisco Moreno Barrón, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Morelia, en ocasión de la peregrinación femenil de la Arquidiócesis de Morelia al Tepeyac.

11 de agosto de 2007


INTRODUCCIÓN

Queridas mujeres peregrinas y queridos hermanos sacerdotes: nos encontramos frente a la Santísima Virgen de Guadalupe, que quiso permanecer con su pueblo mexicano en esta bendita imagen desde el año 1531. En este nidito de amor que le hemos construido, ella nos protege en su regazo y continúa escuchando las súplicas de sus hijos. ¿No es verdad que todo un año ustedes esperaron con ansia el inicio de esta peregrinación? ¿No es verdad que en estos días de caminata fueron preparando sus corazones para el encuentro con la dulce Señora del Tepeyac? No importaron el cansancio, las privaciones, ni las inclemencias del tiempo... Sólo importaba llegar a la cita y aquí están puntuales las valientes peregrinas de la Arquidiócesis de Morelia.

COMENTARIO A LA PALABRA DE DIOS

Para disponemos al sacrificio de Cristo y al banquete de la Eucaristía, Dios nos ha dirigido su Palabra y quiere que la recibamos con alegría y la pongamos en práctica.

En la primera lectura escuchamos un precioso pasaje del libro del Eclesiástico o Sirácide, escrito hacia el año 180 antes de Cristo. Este libro dedica algunas perícopas a exaltar la sabiduría divina y humana, y enseña que Dios es el origen de la sabiduría y la sabiduría misma, que ha derramado en las obras de la creación y ha comunicado a los seres humanos.

Estos versículos 23 al 30 del capítulo 24 son una bella descripción de la grandeza, hermosura, atractivo y beneficios de la sabiduría, y la comparan con las plantas más majestuosas de la flora palestinense y con las sustancias más aromáticas del Oriente.

El versículo 24 señala la utilidad y suaves frutos de la sabiduría, mencionando en primer lugar el amor a Dios, sumo Bien, que sólo la Sabiduría puede enseñar y conceder: "Yo soy la madre del amor... ", dice la Sabiduría. Sólo ella puede señalamos el camino, enseñamos la verdad y comunicamos la vida (v. 25 de la Vulgata). Ante la consideración de sus ricos dones, la Sabiduría hace una invitación a todos a participar de ellos (26).

El Nuevo Testamento ha mirado a Cristo en la Sabiduría y la tradición cristiana también ha visto a María en esta Sabiduría de Dios. Hoy la liturgia aplica este himno del Eclesiástico a la Santísima Virgen María, "madre del amor, del conocimiento y de la santa esperanza", porque ella es madre de Jesús, el Hijo de Dios. Así se presentó ante Juan Diego: "Yo soy la siempre Virgen Santa María de Guadalupe, la Madre del verdadero Dios por quien se vive" (NM). Podemos afirmar entonces que hay un paralelismo entre este texto del Eclesiástico y las palabras de María en el acontecimiento guadalupano.

APLICACIONES A LA VIDA

¿Cómo ilumina esta Palabra nuestro encuentro con la Virgencita morena? Hagamos tres aplicaciones: en primer lugar, Dios es la Sabiduría y la Virgen de Guadalupe participa de esa Sabiduría en alto grado, porque es "la Madre del verdadero Dios por quien se vive" (NM) y porque vive íntimamente unida a su Hijo Jesucristo. También nosotros hemos recibido, con el Espíritu Santo en nuestra confirmación, el don de Sabiduría. Esta Sabiduría no consiste en ser muy inteligente o en tener muchos conocimientos, sino en orientar la vida entera hacia Dios, de quien venimos y a quien hemos de regresar. Hermanas peregrinas, todo lo que hagan en casa, en la escuela, en el trabajo, en la amistad, el noviazgo o el matrimonio, háganlo siempre como una ofrenda agradable a Dios y para su gloria y alabanza. También ofrézcanle sus penas y alegrías, sus logros y fracasos, sus ilusiones y esperanzas... Todo con Dios, nada sin Él. Esa es la verdadera sabiduría que todos necesitamos. Estamos totalmente en sus manos paternales y es un absurdo querer vivir al margen de Él o contra Él. Aprendamos de la Virgen a vivir íntimamente unidos a Dios por la gracia santificante y no permitamos que nadie nos separe de su amor. Deseemos la sabiduría de Dios y pidámosla con fervor al Espíritu Santo.

La segunda aplicación se refiere a la palabra pronunciada por la sabiduría y que aplicamos a María. Ella nos está diciendo: "Yo soy la madre del amor...". Ella es la madre de Dios Amor, la madre de Jesucristo quien nos rescató del pecado para que vivamos en el verdadero amor. La Virgen se sabe amada, disfruta el amor de Dios y nos engendra en Cristo al amor. Por eso dijo a Juan Diego: "Juanito, Juan Dieguito, a quien amo como a tierno y delicado, ¿No estoy yo aquí que soy tu madre?". Aquí todos hemos nacido con una vocación al amor, para amar y ser amados. El papa Juan Pablo II decía que sólo hay dos caminos para realizarse en el amor: la consagración virginal y el matrimonio.

Veamos, hermanas peregrinas, ¿quiénes de entre ustedes son mujeres solteras? ¿Quiénes están casadas? ¿Quiénes son mamás de uno o más hijos? ¿Quiénes de ustedes han enviudado? ¿Quiénes tienen una consagración especial como religiosas? Todos estamos llamados a vivir nuestra propia vocación al amor, a hacer de nuestra vida una entrega amorosa. En la vida hay muchas cosas valiosas, pero la mejor inversión que podemos hacer es construir en el amor nuestra felicidad y la de los que nos rodean.

Pregúntate, hermana, ¿Estoy viviendo plenamente mi vocación al amor como soltera, casada o consagrada? Recuerda un momento con cariño a tu familia, a tus seres queridos y, ante la madre del amor, haz el compromiso de ser, en medio de un mundo desgarrado por el egoísmo, una mujer constructora del verdadero amor. Deposita en sus manos amorosas tus experiencias amargas y las heridas causadas en la familia, amistad, noviazgo, matrimonio o vida religiosa, y tus carencias y limitaciones para amar. Que ella te alcance de su divino Hijo la gracia de retomar a los tuyos, a imitación de María, como una mujer renovada que refleje el amor de Dios.

La tercera aplicación es en torno a los versículos 25 y 26: "Vengan a mí, ustedes los que me aman y aliméntense de mis frutos". Así lo expresó también la Santísima Virgen en esta colina: "Es mi deseo que se me construya un templo donde yo escuche las súplicas de aquellos que a mí acudan" (NM). Nuestros antepasados le construyeron la primera Basílica y, hoy, movidos por el amor, hemos respondido a su llamado y acudimos a ella en esta nueva Basílica, donde está el corazón de todos los mexicanos, porque en ella permanece intacta la imagen fiel de su presencia maternal, plasmada en el tosco ayate de san Juan Diego.

¡Vaya si la amamos! La historia de nuestra patria no se puede comprender sino a la luz de las apariciones en el Tepeyac y la vida misma de cada uno de nosotros cobra su completo significado en nuestra relación con esta admirable y celestial Señora. Ella nos amó primero con un amor exquisito y fiel y nosotros, desde nuestra pequeñez, buscamos corresponderle en los pequeños gestos y detalles de la vida cotidiana, y siempre la llevamos en nuestro corazón. Que ella acepte nuestro amor tan frágil y limitado.

El fruto por excelencia de María es su Hijo Jesucristo. Lo lleva en su seno, nos lo entrega con verdadero amor de Madre y nos dice: Aliméntense de mi Hijo Jesucristo ante todo en la Eucaristía. Yo veo a la Virgen de Guadalupe diciendo a cada una de ustedes peregrinas: "Regresa a tu casa y llévate contigo a Cristo, aliméntate de su Palabra, de su Cuerpo y de su Sangre en la Eucaristía dominical, y haz de mi Hijo Jesucristo en la Santa Misa el centro de tu vida, para que llegues a ser una mujer eucarística, a imitación mía".

Hermanas peregrinas, el IV Congreso Eucarístico Nacional que celebraremos del 30 de Abril al 4 de Mayo del año entrante en la ciudad de Morelia, es una oportunidad para continuar y proyectar esta peregrinación guadalupana, para prolongar este encuentro con Cristo en compañía de nuestra madre común. Ustedes vivirán el Congreso desde sus comunidades. Están invitadas a participar, en Morelia a través de algunas representantes de sus Regiones, y todas podrán asistir a la solemne clausura el domingo 4 de Mayo. Es la Virgen de Guadalupe la que nos alienta a vivir con más intensidad la relación con su Hijo Jesucristo en la Sagrada Eucaristía.

CONCLUSIÓN

Al culminar este homenaje que le tributamos a la Virgen de Guadalupe con nuestra peregrinación, ofrezcámonos todos con Cristo al Padre Dios, comamos el banquete del Cuerpo y Sangre de Jesucristo y volvamos a la vida cotidiana para dar testimonio de lo que aquí celebramos. Vivamos con autenticidad nuestra vida, orientándola toda a Dios por el don de la sabiduría disfrutemos nuestra vocación al amor en una entrega plena a la familia, a la Iglesia y a la sociedad y que Cristo, el Pan de Vida, nos nutra en nuestra peregrinación hacía la casa del Padre.

 
 
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