Muy
queridos hermanos peregrinos de la Arquidiócesis de Monterrey,
sacerdotes y fieles laicos, muy queridos hermanos y hermanas
todos en Jesucristo Nuestro Señor.
Estamos reunidos en la casa de nuestra
madre santísima de Guadalupe en el Domingo, en el día del Señor;
y unidos a ella, guiados por ella, hemos escuchado ya la Palabra
de su hijo Jesucristo y nos acercaremos dentro un momento a
comer el Cuerpo y a beber la Sangre de su hijo Jesucristo.
La palabra que escuchamos en la segunda
lectura nos habla de la virtud de la fe. Es la fe, queridos
hermanos y hermanas, la que nos mueve a estar aquí. Es la fe
la que nos hace tener la convicción de que nosotros somos el
pueblo escogido por Dios. Él nos eligió en Cristo para que fuéramos
también nosotros sus hijos. Somos el pueblo elegido por Dios
y la fe nos asegura que las promesas de nuestro Padre Dios en
Cristo se cumplen, se cumplen cabalmente, se cumplen puntualmente,
plenamente.
En esta nuestra asamblea, entorno a
la santísima Virgen María nuestra madre, nos encontramos con
Cristo y Él nos acoge, Él nos purifica, Él nos perdona, Él nos
reconcilia para comunicarnos su propia vida.
María nos lo recuerda de manera permanente
con su vida, ella fue la primera discípula, que se puso a la
escucha de la Palabra de Dios. Ella fue la primera discípula
que abrió todo su ser al plan salvador de Dios. Y ella, la primera
discípula, recibió el cumplimiento pleno y cabal de lo que la
Palabra le había anunciado. María es la discípula creyente que
nos enseña a nosotros, pueblo escogido por Dios, como debemos
estar siempre a la escucha de la Palabra. Somos, también, discípulos
y como discípulos debemos estar abiertos a la enseñanza de la
Palabra de vida, de la Palabra de Dios.
Por eso acogemos con toda humildad,
el mensaje principal que nos deja la Palabra de Dios hoy: el
verdadero discípulo de Cristo es el que vive en una vigilante
espera. El Señor está viniendo constantemente a nuestra vida.
El Señor vendrá de manera definitiva a nuestra vida y mientras
el Señor viene definitivamente, nos toca estar en una vigilante
espera, para que no nos distraigan las cosas de este mundo,
para que no nos roben el corazón los anhelos de poseer las cosas
de este mundo.
Debemos de vivir en una vigilante espera
porque nuestra meta, porque nuestro fin no está en esta vida,
nuestra meta última y definitiva está en la casa eterna con
Dios. Y mientras llegamos debemos vivir como hermanos: atentos
y preocupados todos por las necesidades de todos.
Mientras vamos caminando a la casa
del Padre tenemos que empeñarnos en vivir en justicia, en armonía,
en paz; trabajando todos por un auténtico progreso para que
brille la dignidad de hijos de todo el pueblo escogido por Dios.
La dignidad de la persona humana, el respeto por su vida, debe
brillar en nuestra condición de peregrinos mientras el Señor
viene, definitivamente, mientras nosotros nos encontramos con
Él de manera definitiva.
María, la fiel discípula de Jesús,
no sólo nos enseña a ponernos a la escucha de la Palabra; María,
también, testimonia con su propia vida la esperanza de los bienes
futuros y la vigilante espera con la que hay que prepararnos
a esos bienes futuros.
Dentro de unos días vamos a celebrar
con toda la Iglesia, vamos a contemplar a la Santísima Virgen
María en su Asunción a los cielos en cuerpo y alma. Y su llegada
a los cielos nos pondrá de manifiesto, una vez más, que el Señor
viene, que nosotros vamos a su encuentro y que nuestra meta
última y definitiva no está en esta tierra y que la participación
de la plenitud de la vida no depende del cúmulo de vienes materiales
que podamos obtener en la tierra.
Vivir nuestra vida en una vigilante
espera, para que no nos esclavicen nuestras pasiones, nuestros
caprichos desordenados, para que no nos esclavice el egoísmo,
para que no nos ate la ambición por las cosas de este mundo.
Para que, como pueblo escogido por Dios, busquemos juntos el
progreso, el adelanto, las oportunidades para todos.
Nosotros, me refiero especialmente
a los peregrinos que venimos de esa gran ciudad de nuestra patria
que está en el Noreste, traemos nuestro corazón cargado de
ilusiones, de anhelos, de necesidades, de peticiones; pero traemos
un anhelo común, queremos que en todo el mundo, que en nuestra
patria, que en nuestra gran ciudad, reine la paz fruto de la
justicia, fruto del respeto incondicional por la dignidad de
toda persona y por el respeto a la vida. Queremos vivir en paz,
para que el trabajo sea honesto, sea bien remunerado, y para
que el trabajo sea medio para que las familias vivan integradas,
vivan en armonía, vivan buscando un auténtico progreso humano
y cristiano.
La
Santísima Virgen María de Guadalupe sabe
que Monterrey la ama, Monterrey le tiene una casita allá y el
pueblo peregrina siempre pero de una manera intensa desde el
12 de octubre al 12 de diciembre, peregrina el pueblo ininterrumpidamente,
todos los días numerosos grupos de toda el área urbana peregrinan
al santuario de la Madre, al santuario de la Santísima Virgen
María de Guadalupe. Ella sabe el cariño que le tenemos, ella
adivina nuestras necesidades y nuestros anhelos y ella, estamos
ciertos, quiere corresponder como piadosa madre.
Que nos llevemos de aquí la certeza
de que ella nos escucha e intercede. Y que nos llevemos de aquí
el propósito de vivir nuestra vida cristina en nuestra condición
de auténticos discípulos de su hijo, dispuestos a escuchar su
Palabra y dispuestos a vivir en una vigilante espera, que nada
ni nadie nos distraiga, nada ni nadie nos separe de nuestro
último fin, de nuestra meta.
Sigamos viviendo hermanos y hermanas
unidos a la Santísima Virgen nuestro encuentro con su hijo en
su Palabra y en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.
Que así sea.