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Homilía
pronunciada por Mons. Rafael León Villegas,
Obispo de Ciudad Guzmán, en la peregrinación de la Diócesis de Autlán y la Diócesis de Ciudad Guzmán, a la Basílica de Guadalupe.

10 de abril de 2007

Hermanos, Hermanas.

Peregrinamos, con el mismo espíritu de Juan Diego Cuauhtlatoatzin de hace 475 años, hasta esta insigne Colina del Tepeyac, traemos a cuestas nuestras fatigas y penas, nuestras ilusiones y esperanzas; y no sólo las nuestras, sino las de nuestros familiares, vecinos y amigos, las de nuestras comunidades parroquiales y diocesanas. Como nuestro abuelo indígena, aquí nos encontramos con la Madre del Dios por quien se vive.

En este Encuentro Eucarístico, reconocemos los favores recibidos por nosotros, nuestras familias y nuestros pueblos, y queremos también agradecerlos, tanto en nombre de cada uno de los presentes, como en representación de los nuestros, diocesanos de Autlán y de Ciudad Guzmán. Por ello también, porque "amor con amor se paga", queremos examinar en qué debemos retribuir todo el bien que recibimos del Señor bajo el amparo protector de nuestra Madre de Guadalupe.

Nuestra confiada Peregrinación

Como en otros años, aquí mismo, en esta fecha, cada uno de nosotros, que representamos con santo orgullo a nuestros hermanos, tenemos el privilegio de postrarnos ante nuestra Madre celestial para manifestarle: «Llego, Señora mía, a esta gran ciudad de México, en donde habitan tantas gentes, venidas de todas partes del país, del continente y del mundo. Soy uno más, peregrino y devoto tuyo, como la mayoría de los que habitan este valle, queriendo ser hermano y compañero de camino de todos los que militan bajo tu maternal amparo. Llego de lejos, de mis tierras de occidente, para encontrarte en tu imagen bendita: ninguna turbación pasa en mi corazón, ni ninguna cosa lo altera, antes me siento contento y alegre por todo extremo: me siento como un niño en brazos de su madre (cf. Nican Mopohua, v. 13). Como Juan Diego quiero ser discípulo y andar en pos de Dios y de sus mandatos; llevar su mensaje a mis hermanos (cf. ib., v. 6). En este lugar tú quisiste aparecerte a Juan Diego y en Juan Diego a todos nosotros, con tu mensaje, con tus rosas, con tu misma presencia. Ahora nosotros, como tus fieles devotos, estamos en tu casa para decirte, cada uno, recordando la propia vocación cristiana, los compromisos que de ella se derivan, y el camino que hemos todos de recorrer todavía: "Señora mía, Niña mía, que no angustie yo con pena tu rostro, tu corazón. Con todo gusto iré a poner por obra tu aliento, tu palabra; de ninguna manera lo dejaré de hacer, ni estimo por molesto el camino" (cf. ib., v. 63).

Una confiada petición

Como me lo pide el momento actual, como lo pides tú, quiero ser "discípulo y misionero del Dios por quien se vive, para que nuestros pueblos tengan vida". Pero, al igual que Juan Diego, cada uno de nosotros te decimos: soy un hombre de campo, soy mecapal, soy parihuela, soy cola, soy ala; yo mismo necesito ser conducido, llevado a cuestas (cf. ib., v. 55). Sabemos la tarea que nos encomiendas Tú, Señora y Madre nuestra, Madre del Dios por quien se vive. En estos tiempos nos lo van enseñando nuestros Obispos en esta ya próxima V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano: ser "discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida". Es una tarea mayor que nuestras limitadas fuerzas. Somos débiles y estamos heridos por el pecado. Por eso hoy venimos a encontrarte en tu Santuario, porque necesitamos escuchar tus palabras: "¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?" (ib., v. 119)>>. Así beberemos de esta fuente de conuelo y, como Juan diego, tomaremos fuerzas para cumplir los mandatos de Jesucristo, como tú lo pides en tu solícito amor materno por nosotros.

Nuestros retos

Estamos aquí para pedirte, como tú lo deseas, como lo quiere nuestra Iglesia que peregrina en este continente Latinoamericano, que todos los que hemos recibido el don del bautismo de tu Hijo estemos a la altura de nuestra excelsa vocación. Porque en verdad, «"¡Dueña mía, Señora, reina... (queremos) hacerte saber, Muchachita mía, que está muy grave tu amado pueblo, una gran pena se le ha asentado!" (ib., vv. 111-112). En efecto, nuestro pueblo mexicano, -como los pueblos de América Latina-, afronta enormes desafíos: el cambio cultural generado por una comunicación social que marca los modos de pensar y las costumbres de millones de personas; los flujos migratorios, con tantas repercusiones en la vida familiar y en la práctica religiosa en los nuevos ambientes; la reaparición de interrogante s sobre cómo los pueblos han de asumir su memoria histórica y su futuro democrático; la globalización, el secularismo, la pobreza que no da tregua, la falta de oportunidades de desarrollo para tantos jóvenes y el deterioro ecológico, sobre todo en las grandes ciudades, así como la violencia y el narcotráfico.

Ante todo ello, se ve la necesidad urgente de una nueva Evangelización, que nos impulse a profundizar en los valores de nuestra fe, para que sean savia y configuren la identidad de nuestros amados pueblos que un día recibieron la luz del Evangelio. Te rogamos, Madre nuestra de Guadalupe, que la V Conferencia nos ayude a conseguir que todo cristiano se convierta en un verdadero discípulo de Jesucristo, enviado por Él como apóstol; y como decía el Papa Juan Pablo II, emprendamos ya con eficacia los caminos de "una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión", a fin de que la Buena Noticia arraigue en la vida y en la conciencia de todos los hombres y mujeres de América Latina (Discurso en la apertura de la XIX Asamblea del Consejo del Episcopado Latinoamericano. Port-au-Prince, Haití, 9 marzo 1983).

Nuestras convicciones

Estamos persuadidos, Madre, que el verdadero discípulo crece y madura en la familia, en la comunidad parroquial y diocesana; se convierte en misionero cuando anuncia la persona de Cristo y su Evangelio en todos los ambientes: la escuela, la economía, la cultura, la política y los medios de comunicación social. De modo especial, los frecuentes fenómenos de explotación e injusticia, de corrupción, impunidad y violencia, son una llamada apremiante para que los cristianos vivamos con coherencia nuestra fe y nos esforcemos por recibir una sólida formación doctrinal y espiritual, contribuyendo así a la construcción de una sociedad más justa, más humana y cristiana.

Sabemos, como tú nos lo enseñas, que es un deber importante alentar a tus fieles hijos para que, animados por su espíritu de fe y caridad, trabajen incansablemente para ofrecer nuevas oportunidades a quienes se encuentran en la pobreza o en las zonas periféricas más abandonadas, de modo que los necesitados sean los protagonistas activos de su propio desarrollo. Como tú y contigo, ayúdanos a llevarles tu mensaje de fe, de esperanza y de solidaridad.

Reconocemos que, desde que dejamos las sangrientas luchas fraticidas, nuestra Patria ha crecido económicamente a un ritmo impresionante, pero sigue manteniendo en amplias áreas de nuestro pueblo unos niveles de pobreza vergonzosamente altos, pues salta a la vista que no se ha logrado la participación de todos en la generación y la distribución de la riqueza. En ese sentido, como pueblo mexicano, nos falta mucha vida y mucha solidaridad fraterna. De ahí que, incluso en medio de este cambio formidable, que comprende las instituciones, las personas y las comunidades, las leyes y las costumbres, los sentimientos y las ideas, las identidades y los valores. El Mensaje que nos dejaste aquí, en el Tepeyac, siga más vigente que nunca.

La presencia salvadora de Cristo por María

En efecto, tú viniste a este suelo tuyo para "ser en verdad nuestra Madre compasiva, nuestra y de todos los que en esta tierra estamos en uno, y las demás variadas estirpes de hombres, los que te amamos, los que te buscamos, los que tenemos el privilegio de confiar en ti..."(ib., vv. 29-31) ¿Cómo podríamos existir nosotros si tu amor no hubiera reconciliado y unido el antagonismo de nuestros padres españoles e indios? ¿Cómo hubieran podido nuestros ancestros indios aceptar a tu Hijo divino, si no les hubieras explicado con tanta claridad y sencillez que tú, "la Madre de su verdaderísimo Dios por quien se vive, del Creador de las personas, el dueño de la cercanía y de la inmediación, del cielo y de la tierra" (ib., v. 33), eras también "la perfecta Virgen, la amable, maravillosa Madre de nuestro Salvador, nuestro Señor Jesucristo"? (ib., v. 75)

Este Buena Nueva la recibimos hace 475 años. Te la agrademos de todo corazón. Allí nació nuestra Iglesia y nuestra Patria mestiza. Por eso también hoy estamos aquí celebrando la Acción de Gracias de nuestros fieles de Autlán y Ciudad Guzmán.

Nuestros abuelos indios, fieles como nadie en su entrega a Dios, pese a tenerla contaminada con errores tan graves como el que denunciaba Jesús en su tiempo: creer que matando le daban gloria a Dios (cf. Jn 16, 2), recibieron la Buena Nueva de Jesucristo, el Dios por quien se vive, de labios de nuestros abuelos españoles. La Providencia amorosa e inescrutable de Dios determinó que en nuestro México se encontraran indios y españoles. Con su fe y con sus grandezas y limitaciones, unos y otros acudieron al llamado de la Providencia; pero acabaron viéndose entrampados en una situación trágica, sobre todo para los indios: explotación, esclavitud, desesperanza, dominio del más fuerte y otras calamidades inhumanas.

¡Pero en ese momento crucial, el Señor, que es nuestra Paz y que reconcilió a los pueblos en uno, derribando el muro de división el odio (cfr., Ef 2,14). teniendo como mensajera a su Madre santísima, anunció que venía a entregarles a ambos el amor y la liberación que El les había ganado con su cruz y resurrección. A españoles y a indios, les descubrió su incondicional buena nueva de unión y de amor, revelándoles que eran hermanos, hijos de una misma Madre, quien venía a regalamos el privilegio de entregamos a su Hijo divino y de estar ambos, Ella y Él, para siempre con nosotros, para aquí, en esta tierra que pisamos, «démoslo a él, que es todo su amor, su mirada compasiva, su auxilio, su salvación... para allí escuchar nuestro llanto, nuestra tristeza, remediar, curar todas nuestras diferentes penas, miserias y dolores» (cf. Nican Mopohua, vv. 26-32). Quiso el Señor que nuestros abuelos españoles e indios se aceptaran los unos a los otros, se reconocieran hijos del amor de un mismo Padre y de una misma Madre, y construyeran una sola familia en su paz.

Así, en este bendito lugar, escuchamos esas dulces palabras que hemos grabado con caracteres indelebles en las muros de este Santuario Nacional, pero sobretodo en nuestro corazón mestizo: «Juanito, Juandieguito, ten por cierto, hijo mío el mas pequeño, que yo soy la siempre Virgen santa María, Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, el creador de las personas, el dueño del cielo, el dueño de la tierra...Mucho quiero, ardo en deseos de que aquí me levanten mi casita sagrada" en donde lo mostraré, lo ensalzaré, al ponerlo de manifiesto... porque en verdad soy vuestra madre compasiva, tuya y de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno, y de las demás variadas estirpes de hombres mis amadores, los que a mí clamen, los que me busquen, los que me honren confiando en mí, porque allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores...

Anda al palacio del obispo y le dirás cómo yo le envío, y cómo mucho deseo que allí me provea de una casa, me erija en el llano mi templo. Todo le contarás, cuanto has visto y admirado, y lo que has oído» (cf. Nican Mopohua, vv. 12-33). Ya conocemos el resultado. Entre mil vicisitudes humanas se difundió el Evangelio, se construyó el santuario de nuestra Madre de Guadalupe y se forjó nuestro pueblo mestizo.

Reconstruir nuestra Nación

Señora y Madre nuestra, hoy te pedimos que con tu poderosa intercesión nos ayudes a continuar construyendo con generosidad y tino una nación de hermanos. Que no nos enfrentemos, no nos despedacemos, antes bien nos aceptemos y complementemos. ¡Cuán lejos nos vemos de vivir con plenitud los proyectos del Dios viviente! En nuestros días bien podemos traer a nuestra consideración aquella monición del Señor: "No bastará con decirme: ¡Señor!, ¡Señor!, para entrar en el Reino de los Cielos; más bien entrará el que hace la voluntad de mi Padre del Cielo, Aquel día muchos me dirán: ¡Señor!, ¡Señor!, hemos hablado en tu nombre, y en tu nombre hemos expulsado demonios y realizado muchos milagros. Entonces yo les diré claramente: Nunca los conocí. ¡Aléjense de mí ustedes, que hacen el mal!" (Mt 7, 21-23).

Más no perdamos la esperanza. Tenemos la oportunidad de construir una nación nueva. En el clima de la V Conferencia del Episcopado de nuestro Continente, -cuyo centro de preocupación pastoral es la vida plena en Cristo tanto del sujeto individual, discípulo-misionero, como del sujeto colectivo, que se realiza en la Iglesia para el bien de nuestros pueblos-, rescatemos la Buena Noticia sobre la común y excelsa dignidad de todos los hijos de Dios, el mandamiento de la caridad, la pasión evangélica por la justicia y la solidaridad preferencial con los más pobres y desamparados. Es la Buena Nueva que acompaña y anima los sufrimientos y esperanzas de los pueblos latinoamericanos en sus vicisitudes históricas, y queda desafiada ante los grandes retos de un presente desconcertado que añora, anhela y vacila (Cfr. v CELAM, Documento de Síntesis, nn 6.8).

Ante grandes desafíos nos hallamos. Para darle respuesta queremos encontramos nuevamente con Cristo, como los discípulos y los santos, -como nuestro abuelo Juan Diego-, lo han hecho desde los inicios del cristianismo y a lo largo de la historia. La alternativa crucial es ésta: o nuestra tradición católica y nuestras opciones personales por el Señor arraigan más profundamente en el corazón de las personas y de los pueblos latinoamericanos, -y de nuestro pueblo mexicano-, como acontecimiento fundante, como encuentro vivificante y transformador con Cristo, y se manifiesta como novedad de vida en todas las dimensiones de la existencia personal y la convivencia social, o corre el riesgo de seguir dilapidándose, empobreciéndose y diluyéndose en vastos sectores de la población, lo que sería una pérdida dramática para el bien de nuestros pueblos y para toda la catolicidad (Cfr. V Conferencia del CELAM, Documento de Síntesis, 15)

Oración final

Te pedimos, Madre de México, Madre de América, que se manifiesten con intensidad creciente los signos de esperanza presentes en nuestros pueblos. Esa asombrosa riqueza de vida por doquier en la convivencia, los incesantes esfuerzos por construir la paz y buscar salidas democráticas a los múltiples y variados problemas que aquejan nuestra realidad. Nuestros pueblos no pierden su fe en Dios y su amor por la vida, Conservan su sed de trascendencia, su capacidad de acogida, servicio y ayuda fraterna. Las iniciativas ciudadanas se multiplican y no falta la entrega abnegada y comprometida de muchas personas que continúan construyendo espacios de fraternidad y solidaridad, y abriendo caminos hacia un futuro más promisorio (Cfr. Idem, 8)

Ayúdanos, Madre, a ser discípulos y misioneros de Jesucristo: que tengamos un encuentro vital y amistoso con el Señor que nos hace objeto de su gratuidad, que estrechemos lazos de cercanía afectuosa y servicial con la comunidad donde vivimos nuestra identidad ec1esial, y con aquellos a quienes somos enviados en nombre del Señor de la vida.

Que nuestros pueblos vayan teniendo la vida que anhelas, fruto de nuestra acción evangelizadora; que como discípulos del Maestro procuremos la solidaridad, el amor oblativo y el servicio generoso a todos sin exclusiones. Que acompañemos a nuestros pueblos en la liberación de sus sufrimientos y esclavitudes, que ahogan su esperanza y no les permiten tener la vida plena que el Padre Dios nos regala sin cesar con la resurrección de Jesús.

Que poseamos y manifestemos la convicción de que en el Dios vivo revelado en Jesús, que tú nos trajiste, se encuentra el sentido, la fecundidad y la dignidad de la vida humana. Ésta es la vida en Cristo que anhelamos con nuestros pueblos y que se ve amenazada en formas insospechadas y malignas. Que nos urja la misión de entregarla, promoverla y defenderla en toda su integridad, con la conciencia de que alcanzará un día la plenitud cuando "Dios sea todo en todos" (1Cor 15,28) (cfr. Idem, 28-30).

Madre de México, Madre de América: que todos nosotros seamos discípulos y misioneros de tu Hijo para que nuestros pueblos y familias en él tengan vida.

 
 
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