Al encontramos, una vez más, reunidos a las plantas de Nuestra
amantísima. Madre Santa María de Guadalupe, saludo con afecto
de padre y pastor a las comunidades de nuestra amada Diócesis
de Huejutla, representadas aquí en las personas de los peregrinos:
laicos, religiosas, seminaristas y Presbíteros. Que la Virgen
de Guadalupe nos acoja en sus manos y nos alcance de parte de
Dios las bendiciones y gracias que nuestra comunidad diocesana
necesita.
En este segundo domingo de Pascua la lectura de la Misa nos
hablan de la presencia de Jesús Resucitado en medio de su Iglesia:
como El mismo lo prometió al retomar a su Padre/no nos dejó
huérfanos: la Iglesia vive la seguridad y la alegría de que
Jesús está con Ella todos los día, hasta el final de los tiempos
(Mt. 28, 20). Esta fue la fe de la primitiva comunidad cristiana, a la que
los apóstoles conducían predicándole la Palabra de Cristo y
realizando prodigios y señales milagrosas, como nos lo recuerdan
las lecturas de los Hechos de los Apóstoles y del. Apocalipsis,
que acabamos de escuchar.
Y es que Cristo nuestro salvador quiso encomendar a los apóstoles,
y solamente a ellos, el cuidado de su Iglesia. Así fue desde
el principio, así sigue y seguirá siendo hasta el 1m del mundo,
actuando ahora los mismos apóstoles a través de la personas
del Papa y los Obispos, que son sus sucesores, y de los sacerdotes
colaboradores suyos.
La misión, pues, que los apóstoles recibieron de Cristo fue
la de hacerlo presente por medio de nosotros en medio de su
Palabra y la fuerza de su Espíritu que nos une con Dios. Todo
esto se realiza en la Iglesia a través de la celebración de
los sacramentos. De hecho en el Evangelio de hoy, San Juan nos
recuerda que el mismo día de la resurrección Jesús se presentó,
lleno de vida en medio de los apóstoles, que todavía se encontraban
impresionados y menos de miedo por la muerte de su maestro.
Ante todo, Jesús les comunica su paz y transforma su temor en
Alegría.
Pero en ese momento el Señor no estaba pensando solamente en
sus apóstoles sino en toda su Iglesia, en nosotros que formamos
parte de ella. Recordemos que Jesús acaba de resucitar: Jesús
está radiante de vida y de felicidad y quiere compartir esa
vida y esa felicidad con todos sus fieles. Con su resurrección
el Padre le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra (Mt.
28, 18). Y ese poder es precisamente, a favor de la Iglesia.
Por eso, infundiendo en los apóstoles el don del Espíritu Santo,
les dice: "como el Padre me ha enviado, así también los
envío YO...A los que les perdonen sus pecados, les quedarán
perdonados; y al los que no se los perdonen, les quedarán sin
perdonar. "
En una ocasión, durante su vida mortal, Jesús fue cuestionado
por haber perdonado los pecados a un paralítico: ¿Quién puede
perdonar los pecados, sino sólo Dios? Le reprochaban sus adversarios.
Jesús, entonces, curando al enfermo, les demostró que Él verdaderamente
tenía ese poder (Lc. 5, 21, 24). Ahora, resucitado, comunica
esa misma potestad a los apóstoles.
Pero, el transmitir el poder de perdonar los pecados a los
apóstoles/nos hace recordar en este momento nuestra condición
de pecadores. En efecto, el cristiano mientras peregrina sobre
la tierra hacia su destino eterno puede luchar por ser un santo
sirviendo fielmente a Dios, o pude convertirse en un pecador
que se aleja radicalmente de su creador y redentor. En este
mismo sentido, cuando examinamos a fondo nuestro interior comprobamos
la marcada inclinación que nos lleva al mal y, de hecho, nos
sentimos rodeados y anegados por muchos males inmorales.
Esto es lo que explica la división íntima del hombre. Toda
la vida humana, la individual y la colectiva, se nos presenta
como una lucha continúa entre el bien y el mal, entre la luz
y las tinieblas. Pero en esta lucha que hemos de sostener diariamente,
no estamos solos, el Señor vino en persona para libramos de
los males inmorales y vigorizarnos interiormente a fin de no
ser víctimas del pecado.
Con la venida de Jesucristo nuestro salvador llena de amor
y misericordia, los cristianos hemos recibido el gran regalo
que necesitábamos para ser verdaderamente dichosos: el tener
la seguridad de que Dios perdona nuestros pecados por el ministerio
de los hombres. Además, poniendo este poder en manos de los
apóstoles, Jesús nos facilita el camino para lograr este perdón:
este perdón se halla a nuestro alcance en el sacramento de la
reconciliación o confesión que puede conferimos cualquier Obispo
o Sacerdote. El Sacramento de la Reconciliación, es un regalo pascual de
Jesús a su Iglesia. Para quien verdaderamente se da cuenta del
peso de sus pecados, para quien sabe perfectamente que con sus
propias fuerzas humanas no puede liberarse de esa carga, el
sacramento de la reconciliación es un alivio espiritual, una
fuente de alegría, una liberación, cuya única explicación se
encuentra en el amor infinito con que nuestro Padre Dios nos
ama a cada uno de sus hijos.
Queridos hermanos y hermanas: es necesario que nos sintamos
aludidos por este Evangelio, por esta Buena Noticia que Jesús
nos acaba de anunciar: Él la dirige a cada uno de nosotros de
manera personal. El conoce quiénes somos, cual es nuestra historia,
cuáles son las cargas que venimos llevando sobre nuestra conciencia
quizá desde hace muchos años. No sigamos pensando que el sacramento
de la Reconciliación es un tormento; no lo sigamos viendo como
algo que vamos a dejar para cuando no haya más remedio: para
el momento de nuestra muerte. El Señor nos llama hoya acoger
su misericordia a volver sinceramente arrepentidos, como el
Hijo pródigo a su casa que es nuestra casa, que es a donde pertenecemos
por derecho, porque somos hijos de Dios.
La
Pascua de Cristo es vida es gozo pleno, y Cristo la pone a nuestro
alcance en su Iglesia. ¿Qué caso tiene vivir tristes, agobiados
por la carga del pecado (Heb. 12, 1); enemistados con Dios,
con nuestro prójimo y con nosotros mismos si, por su sangre
derramada Jesucristo nos ofrece amorosamente su perdón? ¿Qué
sentido tiene estar posponiendo indefinidamente el remedio a
nuestros males, con el riesgo, incluso, de que cuando por fin
lo busquemos ya no esté a nuestro alcance?
Nuestra misma vida como pueblo de Dios, como Diócesis de Huejutla,
no tiene sentido si es el pecado, y no la gracia de Dios lo
que habita en nuestros corazones. Por eso, para que nuestra
religiosidad sea vida y no simple desahogo sentimental, para
que nuestra pastoral sea obra de salvación y no únicamente actividad
organizada, para que nuestra vida familiar y cívica, para que
nuestro trabajo sean verdaderamente una colaboración a la construcción
del Reino de Dios, necesitamos acercamos a los dispensadores
de los misterios de Dios, para que ellos nos comuniquen el perdón
divino que Cristo los hizo capaces de conceder.
Todo lo anterior, nos compromete seriamente a los sacerdotes,
servidores de ustedes. Nos interpela a comprometemos en el crecimiento
de su vida cristiana, a preparamos adecuadamente para el ministerio
de la Reconciliación que Dios nos ha confiado (2 Cor. 5, 18)
a promover en las Parroquias y en los diversos grupos y movimientos
eclesiales la recepción del Sacramento de la Reconciliación;
a estar siempre dispuestos a escuchar a los fieles en la confesión
y, finalmente, a ser nosotros mismos personas convertidas y
sacramentalmente reconciliadas, a fin de que, viviendo personalmente
la experiencia de la misericordia y el perdón de Dios, podamos
ofrecerlo más eficazmente a nuestros hermanos en la fe. Que
Santa María de Guadalupe, nuestra dulce morenita del Tepeyac
nos ayude a hacer todo esto una feliz realidad. AMEN. |
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