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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Roberto Octavio Balmori Cinta, M.J., Obispo de la Diócesis de Ciudad Valles, San Luis Potosí, en la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

17 de octubre de 2007

Muy queridos sacerdotes, muy queridos hermanos y hermanas, todos venidos desde la Diócesis de Ciudad Valles. Hemos venido para postrarnos a los pies de nuestra Madre Santísima de Guadalupe. Como cada año nuestra diócesis quiere presentarle a nuestra Madre Santísima ese homenaje de fe, de amor, de devoción, presentarle nuestras peticiones, cada uno trae en su corazón: alegrías, gozos, pero, también, penas y esperanzas, porque todo lo que le presentamos a la Santísima Virgen María (y Ella las toma en sus manos), todas estas peticiones, ciertamente que las escucha y las atiende, porque somos sus hijos, Ella misma nos lo dijo: “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás en mi regazo y corres por mi cuenta? ¿No soy yo vida y salud? ¿Necesitas alguna otra cosa?”.

Pues, hermanos y hermanas, al presentarnos aquí ante esta bendita imagen de María, que quiso dejarnos toda Ella vestida de sol, la luna bajo sus pies, su manto lleno de estrellas. Así nosotros, queridos hermanos, al venir aquí, al postrarnos ante Ella, también, queremos aprender los hermosos ejemplos que Ella nos da, porque Ella es nuestra Madre amorosa y para aprender estos ejemplos basta con ir a lo que nos dice el Santo Evangelio de María.

No podemos comprender, entender, a María sin verla siempre unida a Jesús y unida también a la Iglesia. Podemos nosotros descubrir cuatro momentos en la vida de María, donde Ella está presente junto a Jesús y también para dársenos como ejemplo y para manifestar y extender su protección sobre toda la Iglesia, sobre todos y cada uno de nosotros.

El primer momento es el de la Encarnación.  La Encarnación del Hijo de Dios en el seno purísimo de la María. Cuando le fue anunciado por parte del ángel este grandioso misterio,  Ella dice: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra”, y ahí tenemos ya una enseñanza magistral. María haciendo la voluntad de Dios. Que es lo que también nosotros, hermanos, estamos llamados a hacer en nuestra vida diaria, hacer la voluntad de Dios.

Tenemos así que preguntarnos, cada día: ¿Señor que quieres que yo haga? y conociendo esta voluntad de Dios aceptarla, vivirla en nuestro corazón y con esta aceptación ciertamente que María tomó sobre sí, ese compromiso de llevar a Cristo durante nueve meses y proclamó su alegría y su gozo y fue con su prima Isabel a decirle: “Glorifica mi alma al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mí Salvador”.

Hermanos, las obras de Dios que el Señor realice en nosotros, deben de producir en nosotros ese deseo de alabarlo, de glorificarlo, también, nosotros como Ella, decir: “Glorifica mi alma al Señor”, por tantos y tantos beneficios que nos da, que nos concede cada día. Y luego, también, en este mismo misterio está el nacimiento, el nacimiento de Jesús y es María la primera que junto con su esposo José adoran este misterio. Ahí en ese pequeño niño, ahí está Dios, Dios omnipotente y ellos lo adoran y se postran ante Él, porque María a dado a luz a Jesús, al Salvador del mundo para todos los hombres, también para nosotros y debemos darle gracias.

Hay un segundo momento en la vida de María que el Evangelio nos presenta. En la vida pública de Jesús, María está presente en las bodas de Cana, y allí ve que falta el vino, y se interesa, va con Jesús: “No tienen vino”.  “Que nos va a ti y a mí, déjalos”, le dice Jesús, pero María se adelanta y les dice: “Hagan lo que Él les diga” y Jesús por la insistencia de María, su Madre, digámoslo así; se ve obligado a realizar su primer milagro, convirtió el agua en vino. Ciertamente que la presencia de Jesús allí, la presencia de María nos están indicando el gran interés que el Señor tiene por los matrimonios. Jesús quiere bendecir los matrimonios, cada uno de los matrimonios. Esa agua convertida en vino, es la gracia del Señor, que Dios derrama en abundancia sobre los esposos cristianos. Y ahí tenemos un mensaje para las familias, para todas las familias, para todos aquellos que se preparan también para un matrimonio, Jesús quiere estar presente en medio de ellos. Acordándonos de aquella promesa que hizo donde dos o más están unidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos, así Jesús quiere estar presente en cada matrimonio cristiano.

Un tercer momento, hermanos, el Calvario, ahí está también presente al pie de la cruz llena de dolor, pero también llena de un inmenso amor por toda la humanidad, porque Jesús está ofreciendo su sacrificio por la redención de todos los hombres y María está allí también con Él,  de pie. Y allí escucha aquellas Palabras de Cristo: “Mujer ahí tienes a tu hijo”, señalándole a Juan el apóstol y luego se dirige a Juan y le dice: “Ahí tienes a tu Madre”  desde ese momento María Madre de Jesús, Madre del Verdadero Dios, Jesucristo, se hace también madre nuestra en ese momento de dolor. Aquí podríamos nosotros decir: María más que nadie comprende el dolor del corazón humano, los sufrimientos de la humanidad, los sufrimientos de tantos pueblos, de tantas familias, de tantos corazones. Aquí es donde tenemos que presentarle a María los dolores y sufrimientos de cada uno, porque Ella los ha sentido en sí misma como Madre, unida a su Hijo Jesucristo como Redentor. Por eso la cruz, hermanos, es también la gran enseñanza de María, el amor y el dolor unidos en el mismo corazón.

Encomendémosle a María todos estos sufrimientos, también de nuestra diócesis, también de todos esos hermanos nuestros que sufren que están enfermemos, recordamos al padre Juan Narváez, al padre Alfredo, al padre Francisco Villareal, a los padres, al padre Paco, tantos también que sufren y de ustedes, hermanos y hermanas, cuantos familiares, también, estarán enfermos pongámoslos en las manos de la Santísima Virgen. Y luego todo ese sufrimiento que se hizo presente en nuestra diócesis en las inundaciones, cuantos hermanos nuestros que perdieron su casa, sus bienes, que sufrieron en sus cosechas en sus siembras, es un sufrimiento. Pero, Ella, María lo recibe para transformarlo en gracia, en alegría, en solidaridad entre todos los hermanos.

Precisamente santa María de Guadalupe fue aquella que escuchó la tristeza de Juan Diego por su tío enfermo, Juan Bernardino, Ella, le dice, “No te preocupes, tu tío ya está sano”, o sea que en la cruz María une el dolor, sí, pero también el amor.

Y el cuarto momento de la presencia de María con Jesús y con la Iglesia es en Pentecostés en el Cenáculo, allí María está junto con todos los apóstoles haciendo oración para pedir por los apóstoles que van a iniciar la gran misión que Cristo les ha confiado: ir por todo el mundo anunciando el Evangelio, llevar la Palabra de Dios a todas partes, hasta los últimos rincones de la tierra. Pentecostés, hermanos. Nuestra diócesis está viviendo este Pentecostés porque tiene como tarea la nueva evangelización que el Santo Padre nos ha indicado. La evangelización que tiene que llegar hasta los últimos rincones de nuestra diócesis, en cada parroquia, en cada comunidad, la Palabra de Jesús tiene que resonar.

Los apóstoles, los sacerdotes, sí, pero también ustedes, familias, laicos, jóvenes, apóstoles de Jesucristo, discípulos y misioneros, como hoy la Iglesia en toda la América Latina. Y además recordamos el próximo domingo, “Domingo Mundial de las Misiones”, que nos invita a pedir al Señor por interseción de la Santísima Virgen María, todas las misiones y los misioneros en el mundo, todavía son millones de hombres y mujeres que no conocen al Verdadero Dios, la Iglesia hace oración en esta jornada del próximo domingo. La oración, los sacrificios, la ayuda económica y también la disponibilidad personal para decir: “Señor, si me llamas aquí estoy”, “Quiero ir a esos campos donde la mies es mucha y los trabajadores son pocos, aquí estoy”.

Bueno, pues hermanos, en estos cuatro momentos que corresponden a los cuatro misterios del Rosario. Vayamos a María, encomendémonos a Ella. Y hoy especialmente le encomendamos la programación de este año de nuestra diócesis dentro de nuestro plan de pastoral, que Ella se digne bendecirlo para que con su amor maternal lo llevemos a su plena realización y que sea para bien de toda la diócesis, de todos nuestros hermanos.

Muchas gracias.

 
 
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