¿No eran diez los que quedaron curados?
Con relativa frecuencia al escuchar esta página del Evangelio nuestra meditación y comentario se van espontáneamente en torno al tema de la gratitud; es decir, ¿cómo es posible que habiendo recibido el milagro de la salud, no regrese sino sólo uno para agradecer a Jesús la maravillosa curación?
Hoy esta oportunidad de estar aquí como Diócesis de Texcoco a los pies de nuestra querida Madre la Virgen de Guadalupe, los invito a ir como Ella a meditar y rumiar la Palabra en nuestro corazón, para profundizar el texto evangélico y podamos iluminar nuestro camino pastoral diocesano.
Los diez leprosos del Evangelio gritaban a Jesús cuando lo vieron pasar: “Jesús, Maestro ten compasión de nosotros” Jesús le dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”; es decir, los animo para que conforme lo indicaba la Ley del Levítico fueran con los sacerdotes y estos le hicieran el ritual propio y determinarán si podían considerarse limpios. Ellos obedecieron a Jesús y en el camino quedaron limpios de la lepra. Entonces habrá pasado por su mente la pregunta ¿quién me ha curado? Jesús sólo les había indicado lo que tenían que hacer conforme a la ley establecida, quizá nueve de los diez, que eran judíos conocerían mejor la ley, creyeron que Dios le devolvía la salud, porque aceptaron poniéndose en camino, al templo ir donde los sacerdotes. Tal vez pensaron que ese fue mérito suyo y que por eso quedaron curados. Entonces concluyeron que no le debían nada a Jesús, porque fue un simple consejo que Él les dio, como lo habría hecho cualquier otro que conociera la ley, el mérito, pensarían, estaba en aplicar el consejo y entonces el mérito era de ellos. Uno, el extranjero, el samaritano, el aparentemente más alejado de Dios y de la práctica de la religión, cayó en la cuenta que la intervención divina había venido gracias a Jesucristo y ese samaritano alababa a Dios en voz alta, daba testimonio manifiesto de lo que le había sucedido y llegó agradecido con Jesús para darle las gracias, entonces dijo Jesús: “¿No eran diez los que quedaron curados? ¿Dónde están los otros nueve?” No ha habido nadie fuera de este extranjero que volviera a dar gloria al Dios, que de testimonio a los demás de que Dios, el Señorm está presente en el mundo y que su misericordia se ha manifestado, pero para ello es indispensable la sensibilidad espiritual que mostró el samaritano; sensibilidad que hace capaz de detectar en las cosas ordinarias, en el mismo cumplimiento de la ley, en el cotidiano quehacer la presencia misteriosa, pero real de Dios; es entonces, cuando desarrollada la espiritualidad personal y comunitaria, surge imperioso el reconocimiento y la gratitud a partir de las actividades de todos los días.
Para eso, queridos fieles texcocanos, hemos venido hoy a esta Casita del Tepeyac para decirle a nuestra Madre que la Diócesis de Texcoco fiel al mandato de su Hijo, el Señor Jesús, este año 2007, desde nuestro cotidiano quehacer pastoral, está trabajando para descubrirnos y valorarnos como personas, como regalo de Dios, queriendo construir la Iglesia, como casa y escuela de comunión. Hemos venido para pedirle a nuestra Madre nos dé la sensibilidad espiritual que tuvo el samaritano del Evangelio, para regresar y postrarse ante Jesús conociendo la intervención de Dios en su vida.
La Diócesis de Texcoco está realizando un grande esfuerzo para vivir la comunión siguiendo en esto la orientación pastoral de los obispos, que reunidos colegialmente en la V Conferencia General en Aparecida señalamos que la comunión es la forma operativa para alcanzar la santidad, la vida de Dios y por tanto es el camino de la Iglesia, para llamar, formar y enviar a los discípulos de Jesucristo.
Los invito, hoy, a pedirle a María discípula y maestra que nos enseñe y acompañe para obtener la sensibilidad espiritual del samaritano; es decir, que haciendo nuestro esfuerzo confiado en poner en práctica el Plan Diocesano de Pastoral, cimentado en la espiritualidad de comunión, logremos no solamente coordinar y articular las acciones pastorales de todas las parroquias, sino que a través de esas mismas acciones descubramos la intervención divina, la presencia de Dios, que toda actividad por más insignificante que se suponga o por poco religiosa o espiritual que nos parezca sea siempre ocasión propicia de crecimiento en la fe viva que sabe descubrir la presencia de Dios. Así podremos dar testimonio cierto y convencido de que Dios camina con nosotros a este mundo por un lado tan deseoso de amor, justicia y paz, pero por otro lado tan distante y alejado de los caminos pastorales y de la acción de la Iglesia.
Por otra parte retomando la orientación de Aparecida para nuestro caminar pastoral es muy conveniente asumir la enseñanza de que un discípulo de Jesucristo nace, crece, se forma y vive su misión en comunidad, es decir, en relación estable con los otros discípulos de Cristo, esta es una clara tarea de la Iglesia, en particular de la diócesis y de la parroquia ofrecer los espacios y las instancias para el encuentro de los discípulos y generar la conciencia de pertenencia a la comunidad de discípulos como Jesús lo hizo y de ello da testimonio el Evangelio. El reto es transformar nuestras habitúales maneras de ejercer el ministerio y de atención pastoral, para que efectivamente los fieles cristianos no solamente se identifiquen como católicos, sino se identifiquen como miembros de la comunidad de discípulos misioneros de Jesucristo.
El reto es que como diócesis en todas sus instancias demos gloria a Dios, dar gloria a Dios es ser testigo del amor del Padre, es proclamar las maravillas que hace en medio de nosotros, es abrir el corazón para decir a los cuatro vientos que Dios nos está muerto, que vive y nos acompaña llevándonos en sus brazos si es necesario y finalmente es afirmar que el amor ha vencido el odio, el mal y la muerte misma.
Dar gloria a Dios es vivir la fe y dar testimonio de ella personal y comunitariamente como lo estamos haciendo ahora en esta peregrinación que desde nuestro corazón surja en todos y cada uno de nosotros la gratitud a Jesucristo que nos ha llamado a ser sus discípulos, que nos está conduciendo a la vivencia de la espiritualidad de comunión y que nos conceda por el auxilio maternal de María de Guadalupe aplicar con fruto el Plan Diocesano de Pastoral y tomar conciencia de que esta es la voluntad del Padre para todos y cada uno de quienes integramos la Diócesis Texcoco.
Que así sea. |
|