pronunciada por Mons. Carlos Cabrero Romero,
Obispo Electo de Zacatecas, en ocasión de la peregrinación de la
Arquidiócesis de San Luis Potosí, a
la Basílica de Guadalupe.
Celebró Mons. Luis Morales Reyes, Arzobispo de la Arquidiócesis
de San Luis Potosí.
11 de noviembre de 2008
Excelentísimo Señor Arzobispo Don Luis Morales Reyes, muy estimados
hermanos sacerdotes, muy estimadas hermanas y hermanos. Hoy hemos
venido en peregrinación a esta insigne y monumental Basílica, como
pueblo de Dios, ya que reconocemos, que vamos en camino. Este es
el fruto de la peregrinación nos ha recordado que vamos en camino
con una dirección llegar un día a la casa del Padre. Reconocemos
y hemos sentido porque así ha sido la experiencia del gozo de vernos,
como dice el salmo responsorial unidos y además unidos vamos sin
perder la meta, unidos a nuestra estrella María. Santa María de
Guadalupe, como hemos dicho anteriormente, a la casa del Padre.
Hemos vivido esta jornada de peregrinación acompañados e iluminados
por la fe, porque hemos encontrado al Señor Resucitado en cada uno
de nosotros y esto lo hemos celebrado como familia, como Pueblo
de Dios. Venimos hoy a renovar nuestra fe. Hemos caminado también
con esperanza y por esto nuestra llegada a este Santuario es un
gran regocijo, fruto del encuentro del amor, que nos ha brindado
al acogernos nuestra dulce y santa Madre, nuestra Señora de Guadalupe
y al encontrarnos como pueblo potosino en este santo lugar. Venimos
porque así lo es, a contemplar todo el tiempo, que nos es posible
su preciosa imagen, que nos trae el ungüento de su ternura para
con nosotros, nos trae su cercanía y nos lleva todo esto a abrirle
nuestro corazón y descargar todo lo que llevamos en nuestros corazones
de dolor y también de alegría en medio de esta oración espontánea
y hermosa.
Es espontánea y hermosa porque es la fe ciertamente la que
la motiva, es la esperanza la que la acompaña, pero sobretodo es
el amor lo que nos lleva a abrirle nuestro corazón a María y con
gran ilusión y mucha esperanza suplicarle y pedirle que venga con
nosotros a caminar. Y también le queremos decir implícitamente que
si nos hemos puesto en camino, queremos manifestarle que renunciamos
a la autosuficiencia, que renunciamos a la incredulidad, que renunciamos
a la superstición y también queremos renunciar al desaliento, porque
Ella nos consuela, Ella nos ama y Ella nos dirige a la casa del
Padre. Con nosotros, hoy, y en nosotros se ha renovado en esta relación
filial con María nuestra dulce y Santa Madre. Ella en el Evangelio
nos invita, nos invita a vivir la experiencia de siervo del Señor.
El Evangelio de este día, que hace un momento se nos ha proclamado,
es el resultado de ese encuentro gozoso de María con el Padre a
través de aquel anuncio del ángel Gabriel y que ahora lleva gozosa
ese anuncio de haber encontrado al Señor, lo encontró en su fe,
lo vivió en su encuentro como Madre y también como discípula y misionera
va a el encuentro de otra santa mujer a llevarle ese gozoso anuncio
de que Jesús ha establecido su morada entre nosotros.
Así, pues, estemos dispuestos a llevar su mensaje y el mensaje
de María y desde este lugar es llevar a su Hijo Jesucristo, la Buena
Nueva como discípulos y también misioneros.
Llevemos este mensaje al estilo y a la manera de María, la
primera creyente, la sierva y la discípula del Señor.
Así sea.