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Homilía
pronunciada por Mons. José Luis Amezcua Melgoza, Obispo de la Diócesis de Colima, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

16 de octubre de 2008

Queridos hermanos sacerdotes, fieles laicos y religiosas de la Diócesis de Colima, que hoy nos hacemos presentes una vez más a los pies de nuestra Señora. Queridos hermanos, venidos de otros lugares de nuestra patria.

Nos reunimos una vez más en este Santuario a los pies de la Santísima Virgen de Guadalupe, como peregrinos y misioneros, queriendo manifestar con ello nuestra devoción y veneración a la Madre de Dios. Queremos hacerlo como pueblo de Dios que somos: sacerdotes y fieles venidos de varias de las parroquias de la Diócesis de Colima, Dios nos ha elegido en Cristo.

Acabamos de escuchar en la Palabra de Dios, que oímos en la primera lectura: “nos ha elegido para ser sus hijos, para que alabemos la gracia que nos ha favorecido por medio de su Hijo amado”. Somos hijos de un mismo Padre y junto con Él formamos la familia de Dios. La conciencia de ser familia nos impulsa ahora a manifestar y a confirmar nuestro compromiso y a favor de la vida y en defensa de la vida en todas sus formas, puesto que nuestro Dios es el Dios de la vida, es el Dios vivo. La vida nos presenta diferentes situaciones en cada momento. A veces adversas y contrarias y que pueden hacernos perder el rumbo y la identidad de nuestra misión en este mundo. El cristiano ha sido llamado por Dios a tener únicamente a Cristo como cabeza, como dice el apóstol san Pablo, y de este único principio construir todo el edificio de su vida a nivel personal, familiar, eclesial y social.

Cristo tiene que ser, pues, el principio y el término de todas nuestra acción a pesar de que muchos hermanos nuestros esta verdad haya quedado un tanto olvidada o simplemente sea rechazada. El olvido de Dios trae como consecuencia el olvido de nuestras responsabilidades y tal parecería que la responsabilidad de nuestros actos queda en el vacío, que podemos disponer de nuestra vida, como mejor nos parezca. Confiándonos en nuestra lógica y olvidando una verdad fundamental, que el Evangelio de este día nos recuerda: “que de cada cosa tendremos que dar cuenta a Dios”.

El Señor en el Evangelio de san Lucas, se dirige a los doctores de la ley y a los fariseos para hacerles ver que: ir en contra de los planes de Dios y de los enviados implica una grave responsabilidad de la que tendrán que dar cuentas. ¿De qué cosa tendremos que dar cuenta nosotros a Dios? Principalmente de la administración que hacemos de nuestra vida. ¿Qué he hecho con mi vida? ¿qué he hecho por los demás? ¿qué he hecho por los más débiles?

En nuestro tiempo hay que dar razón de quienes somos. A nivel laboral hay que presentar un camino de experiencia, que de referencias nuestras de lo que hemos hecho o estudiado para ver si se es considerado apto para dicho trabajo. Tenemos que dar razón a muchos y a muchas circunstancias, pero el dar razón a Dios de nuestro actuar nos parece irreal, más no nos damos cuenta de que estamos acumulando una experiencia de vida, que tendrá que ser presentada a Dios tarde o temprano. Por eso el Señor nos invita a estar atentos para dar cuentas porque no sabemos ni el día, ni la hora.

El plan de salvación de Dios y su voluntad es por muchos anulada, ignorada y hasta combatida en nuestro tiempo no reconociendo, que el camino por el que se dirigen, no llegaran a buen término. A esta generación se le pedirán cuentas afirma el texto del Evangelio. Pero el cristiano que vive una vida de fe y esperanza absoluta en Dios debe tener conciencia clara de que el cumplimiento de la voluntad de Dios lo dispone y lo capacita para llevar una vida más digna, aunque lo que se manifieste ante nuestros ojos se reprobable no debemos retroceder en nuestro empeño común por buscar el bien. No desfallezcamos y renovemos nuestra fidelidad a Dios y a su voluntad. Impulsado por estas palabras quisiera que en este Santuario de nuestra Señora, la casa de todos nosotros, punto de llegada de numerosas familias que de todos los rincones del país recurrimos a la Madre de Dios para recibir consuelo, auxilio y toda clase de ven de dones para nosotros mismos, quisiera que meditáramos sobre la riqueza que poseemos en nuestras familias. Quien más que nuestra Madre que ha escuchado los clamores más íntimos del corazón de sus hijos, nos ayudará a redescubrir la riqueza y la belleza de una verdadera familia cristiana.

Las enseñanza de nuestros obispos que nos dejaron después de haberse reunido con el Santo Padre en la Ciudad de Aparecida, en Brasil, nos recuerda que la familia es uno de los tesoros más importantes de nuestros pueblos Latinoamericanos es un don precioso que tenemos que proteger contra todos aquellos que atentan contra ella y que pretenden desviar el orden dispuesto por Dios. La Iglesia reconoce este tesoro y custodia como Madre la vida amenazada de sus hijos.

Dios nos ha dado la vida y quiere que nuestros pueblos tengan la vida, que es un regalo gratuito de Dios. Don y tarea que debemos cuidar desde la concepción en todas sus etapas y hasta la muerte natural, sin relativismos. Así recalca ese documento de Aparecida. Es por ello que debemos renovar en nosotros esta conciencia para reconocer ese don de Dios y ese tesoro que aún tenemos en muchos de nuestros pueblos.

Quien mejor que nadie conoce la tarea de dar la vida, como la mujer, por ello recurrimos a María. La mujer que llevó en su seno al mismo autor de la vida a Jesucristo el Señor. Y le pedimos que guarde nuestras familias en los momentos en que son vulnerables, que conserve en su paz los hogares que han perdido la alegría, que sostenga a los que aclaman justicia al cielo por tantos atropellos contra su dignidad.

Invocamos a María para pedirle por todas las familias desintegradas, golpeadas, heridas. Santa María de Guadalupe, nuestra Madre, ha acompañado la historia de nuestro pueblo con especial predilección y diría, sin temor a equivocarme, que Ella ha sido un pilar fuerte en el que todas las generaciones han encontrando seguridad. No dudemos en consagrarle el tesoro de nuestras familias y gravemos muy dentro de nuestro corazón las palabras que una y otra vez nos dice con voz materna y que todos llevamos en la mente y en el corazón: ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre? Cuando nos veamos asechados por los peligros sepamos que en nuestra Madre natural encontramos defensa y protección. Y con cuanta mayor razón debemos recurrir a nuestra Señora la Reina de México, nuestra Señora de Guadalupe para que Ella nos defienda de tantos males que nos asechan y nos fortalezca para continuar luchando por mejorar e integrar cada vez más nuestras familias. El panorama de estos días con sus grandes crisis económicas, con las violaciones contra la debilidad de las familias y contra los mismos derechos humanos nos debe impulsar en primer lugar a implorar el auxilio de la Madre de Dios y después a empeñarnos grandemente para luchar por poner todo lo que esta de nuestra parte por cultivar la paz, por cuidar nuestras familias, para conservar la unión en ellas y para mantener entre todos nosotros la armonía que muchas veces se ve amenazada. Hay una parte importante que nos toca a cada uno y de la cual no podemos prescindir.

Hermanos y hermanas de la Diócesis de Colima, hermanos, todos, en el Señor, que la Virgen de Guadalupe proteja a cada una de nuestras familias, pongámosla en sus manos y que el Señor nos mantenga firmes en nuestras tareas por el bien común y nos conceda vivir con alegría nuestra vocación de hijos de Dios y de familia de Dios.

 
 
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