Versión estenográfica
de la
Homilía
pronunciada por Mons.
Guillermo López, Obispo de la Diócesis de
Cuauhtémoc Maderas, en ocasión de la peregrinación de su
diócesis a la Basílica de Guadalupe.
25
de enero de 2008
Muy queridos hermanos y hermanas, que
bueno que Dios nos ha permitido de nuevo reunirnos como iglesia,
para venir, como nos invitaba en el documento del Nuevo Milenio,
Juan Pablo II; para venir a contemplar el rostro de Cristo y descubrir
la acción evangelizadora de María en la Iglesia y especialmente
en estas tierras de México.
Muchos de los que habitamos el mundo
actual hemos perdido el sentido de la trascendencia y nos limitamos
a trabajar, a luchar para vivir de la mejor manera, buscar el éxito,
pero no pensamos en el más allá. No pensamos en que la vida que
Dios nos ha concedido, como un regalo, tiene un limite, tiene un
término.
Su Santidad el Papa Benedicto XVI,
también, nos ha recordado algo importantísimo para nuestra vida
y fe, diciéndonos que nuestra fe católica es cristocéntrica; que
debe estar centrada en Cristo. Entonces al escuchar, hoy, la Palabra
de Dios se nos hace una invitación a acudir a Él. La liturgia aplica,
también, a María la invitación: “Venid a Él; a encontrarnos con
Él, para llenarnos de Él; para llenar esos vacíos de nuestra vida;
para llenarnos del amor de Dios y llenos de ese amor, vivir amándonos
unos a otros a la manera de Dios; amarnos sin preferencias, sin
límites, sin hacer ningún tipo de excepción”. “Vengan a mí”.
¿Qué le dijo María de Guadalupe aquí
en estas tierras al santo mexicano san Juan Diego? “Quiero un
templo para en el mostrar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa”
Y nosotros hemos tomado en serio las palabras de María; hemos tomado
en serio esa invitación y acudimos durante todo el año más de cincuenta
millones de mexicanos, quiere decir, que como la mitad de los habitantes
de este país durante el año estamos aquí, para experimentar esa
protección, ese auxilio, ese consuelo, esa ternura que nos brinda
nuestra Madre. ¿Y qué es lo que Ella pretende? Llevarnos a su Hijo,
llevarnos a Jesús.
Ya es famosa la frase del Papa Juan
Pablo II: “La devoción a María, la verdadera devoción a María,
es camino seguro para llegar a Cristo”. Cuando nuestra fe a
María es sincera, es real y está purificada, de todo lo que tenemos
que purificarla, Ella nos lleva a su Hijo, Ella nos lleva a Jesús.
La segunda parte de la liturgia de
la Palabra, nos hace ver con una síntesis, nos dice: la Carta a
los Gálatas, que Dios, llegada la plenitud de los tiempos, envió
a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatarnos.
Pues, hay un tiempo en el que finalmente el Padre Dios, nos dice
todo lo que nos tiene que decir, por medio de su Hijo. Y se hace
verdadero hombre, siendo verdadero Dios, se hace verdadero hombre
para rescatarnos. Eso es muy interesante y muy importante que lo
entendamos, queridos hermanos y hermanas, tenemos que levantarnos;
tenemos que descubrir que todos tenemos una dignidad; reconocer
que somos personas; que somos valiosos; que somos importantes en
la construcción de la sociedad; no únicamente en la construcción
de la iglesia. No podemos permanecer atados o como esclavos unos
de otros; tenemos que aceptar lo que Cristo nos ofrece: hacernos
libres y ver y descubrir que cada uno de nosotros, cada ser humano
tenemos que vivir la vida que Dios nos ha confiado. Vivirla en plenitud,
vivirla como protagonistas, vivirla como personas de primera, no
de segunda, ni de tercera, ni de cuarta, como seres humanos, llevando
una vida digna y todavía en ese campo tenemos mucho por hacer, porque
no sólo somos pecadores todos nosotros. Cada uno de nosotros somos
pecadores, pero nos hemos creado, nos hemos fabricado estructuras
de pecado, entonces tenemos que cambiar nosotros, cada uno como
persona, descubrir que deberás Dios quiere que cada uno seamos una
nueva criatura, después empezar a cambiar las estructuras de la
sociedad, de hacer estructuras humanas, estructuras de justicia,
de verdad, de amor, estructura de progreso, también, pero tomando
en cuenta a todas las criaturas, a todo lo que Dios ha creado, a
todo lo que ha salido de las manos de Dios.
Entonces, por eso la Carta a los Gálatas
nos hace ver cual es la misión del Hijo, venir de parte del Padre
a rescatarnos, a salvarnos, a redimirnos. Pero, allí entra la colaboración
discreta de nuestra Madre y podríamos decir, hoy, la colaboración
importante de la mujer en la salvación y lo importante de la mujer
hoy, también, en la sociedad, en la iglesia. Como Dios, volviendo
al principio, Dios crea al hombre y a la mujer de igual dignidad,
entonces Dios quiere salvarnos pidiendo la colaboración de una mujer,
pidiendo la colaboración de María, pidiendo la colaboración de nuestra
Madre.
Y entonces aquí esto se hace muy claro
en Santa María de Guadalupe, como Ella precisamente en los tiempos
difíciles de fusión de culturas, hace posible que el mensaje sea
acogido por los pobladores de estas tierras; que el mensaje de salvación,
que el mensaje de Jesucristo sea aceptado por los pobladores de
aquel tiempo, podríamos decir, por nuestros antepasados, por nuestros
hermanos mayores. Aquí está en nuestra patria, pues, esa colaboración
especial, para que los moradores de estas tierras aceptemos a Jesucristo:
como Dios, como Salvador, como único camino que nos conduce a la
casa del Padre Dios.
En nuestra diócesis, en nuestra iglesia
particular, nos hemos soñado la iglesia que queremos ser, me refiero
a esto por el Evangelio, como María va a servir a su prima Isabel
que está esperando y como Isabel descubre el testimonio de María
y le dice: “Dichosa tú que has creído, dichosa tú que eres creyente,
dichosa tú que te has fiado de la Palabra de Dios, porque se va
a cumplir en ti”. Pues, nosotros nos hemos soñado, queridos
hermanos y hermanas, como una iglesia servidora, como una iglesia
ministerial, como una iglesia rica en ministerios y servicios y
eso lo tenemos que ir haciendo en cada comunidad, en cada parroquia,
pero teniendo la visión de que queremos ser una iglesia servidora,
lo que nosotros tenemos que servir es el Evangelio, es a Jesucristo,
tenemos que darlo a conocer. Y es lo que, también, los obispos de
América en Brasil nos han recordado a todos que formamos la iglesia
de este continente, tenemos que ser evangelizadores, que tenemos
que ser misioneros, pero previamente, tenemos que ser discípulos
del Maestro.
Hagan de cuenta que nos copiaron porque
nosotros ya lo habíamos dicho en Cuauhtémoc, verdad, queremos llevar
una espiritualidad del discipulado, queremos vivir el mandamiento
del amor, queremos trabajar por el cuidado de la creación, todo
lo que es la ecología, queremos luchar por la dignidad humana, queremos
luchar por un mundo más fraterno y más solidario.
Ahí está lo que queremos ser, ojala
con trabajo, con esfuerzo, con dedicación lo logremos, por eso esos
anhelos que están en los habitantes de aquellas tierras nos ponemos
hoy a los pies de nuestra Madre y Señora de Guadalupe, que Ella
llegue a buen término eso que nosotros hemos descubierto a través
de estos doce años de diócesis, lo que hemos trabajado en las asambleas,
en las parroquias, en los decanatos, ahí está plasmado de una manera
muy sencilla, pero hay que hacerlo operativo, eso que juntos hemos
reflexionado, que juntos hemos descubierto a la luz de la Palabra
de Dios y a la luz del magisterio.
Recordemos, pues, también, a quienes
nos han pedido una oración, aquí en este Santuario, en esta Basílica,
para que de verás, también, tengamos esa atención, ese servicio
a los enfermos, a los pobres, a los campesinos, a nuestros migrantes,
a nuestros indígenas, a todos los que conformamos la diócesis, que
a todos los tengamos hoy presentes en esta Eucaristía. Y quienes
han venido por un motivo particular, que también los pongan en esta
Eucaristía y que pidan la intercesión de nuestra Madre y Señora
de Guadalupe. Pero también ampliemos la visión, no busquemos únicamente
nuestros intereses personales, sino abrámonos al bien, a la verdad
de Dios, al bien y a la verdad que el mundo requiere hoy, para que
aceptemos a Jesucristo y Él se convierta en ese camino seguro, también,
que nos lleva al Padre Dios.