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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Mario Espinosa Contreras, Obispo de la Diócesis de Mazatlán, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

10 de Agosto de 2008

Muy queridos hermanos presbíteros, muy queridos hermanos que vienen peregrinando de las parroquias de Mazatlán, de la diócesis. Muy queridas hermanas religiosas, muy queridos hermanos laicos, muy queridos seminaristas, muy queridos hermanos y hermanas en el Señor.

En nuestro año jubilar diocesano, venimos con gozo y alegría a esta casa solariega del Tepeyac, a presentar a santa María de Guadalupe nuestra acción de gracias por todas las bendiciones y luces que estamos recibiendo en la primera etapa de nuestra misión diocesana. Le damos gracias a Dios que ya estamos en esta misión permanente, que la próxima semana en forma solemne se proclamará en Quito, convocando a todas las iglesias particulares a la misión permanente. Dios nos ha permitido, desde el 22 de noviembre del año pasado, orientarnos en esa misión.

Venimos, también, a suplicar a la primera evangelizadora de México que todos sus hijos e hijas de Mazatlán seamos mejores discípulos y seguidores de Jesucristo. Hoy el Señor nos afirma, la primera lectura, que Él está con nosotros en lo ordinario de nuestra vida. Como estuvo en la brisa suave que impacto al profeta Elías. Gran confianza y seguridad nos proporciona el sabernos acompañados por nuestro Padre Dios. De esta forma los retos y los desafíos no nos desalientan y las amarguras y enfermedades no nos derriban. Pues, Dios grande en amor y misericordia está con nosotros y también nos acompaña la protección amorosa de santa María de Guadalupe.

También, hoy el fervoroso apóstol Pablo, quien también le estamos celebrando su año jubilar, no da su testimonio apasionado de poner todo el ser al servicio del bien de sus hermanos. La vida humana sólo alcanza su sentido más pleno, en la donación y entrega en beneficio de los demás. Así fue la vida de Pablo de Tarso, él no retuvo la existencia para sí, sino que la experimentó y la ejerció siempre para que todos fueran salvados. En él se cumplió a cabalidad su sincera afirmación: “me gastaré y me desgastaré al servicio de mis hermanos”.

El Señor que tanto nos ha amado y que no consideró apreciable tesoro, el permanecer en su categoría divina, sino que por nosotros se hizo menos, para que todos tuviéramos vida. Además de inspirarnos con su divino ejemplo, nos invita a ser como María, siempre diligentes a favor de los demás, a ser como Pablo siempre sacrificando la vida por el prójimo. Que con nuestras obras y palabras procuren ustedes en el seno familiar ayudarse unos a otros a ser mejores padres, mejores esposos y más benévolos hermanos. De esta forma nuestros hogares se proyectarán más positivamente en el mundo del trabajo y de la sociedad. Ya no todas las familias logran esa proyección y lo vemos en toda nuestra patria y lo vemos en Sinaloa con la presencia tan angustiosa de la delincuencia y la criminalidad.  Pedimos a Dios por todos los que son víctimas inocentes de la criminalidad.

El Evangelio de hoy, nos presenta que en la historia de nuestras personas, no dejará de haber vientos contrarios y zozobras, y en esos días difíciles el Señor se hará presente y también nos dirá, como a los apóstoles en el Lago de Galilea: “tranquilícense y no teman”. Y cuando nos acontezca, que parece que nos hundimos contemplando a Cristo oremos como Pedro: “sálvanos Señor”. Y sin duda que el Señor, también nos ofrecerá sus manos, nos va a sostener y el viento se calmará.

¡Gracias Señor por protegernos siempre, porque contigo todo lo podemos vivir y experimentar con entereza y ánimo toda nuestra vida!

¡Gracias Santa María de Guadalupe, por ser nuestra Madre tierna y cariñosa, por consolarnos y fortalecernos siempre!

Reina y Madre de los mexicanos continúa elevando tus ruegos por tus hijos e hijas de la iglesia particular que peregrina en el sur de Sinaloa y que la festiva celebración de los cincuenta años de vida diocesana sea una oportunidad de profundizar en el plan de Dios en nuestro seguimiento y en nuestra actitud misionera.

Que Dios tenga en su gloria a los evangelizadores, presbíteros, religiosas, catequistas y laicos comprometidos que se esforzaron en dar su aporte a la salvación de sus hermanos, que sea para ellos la felicidad y la comunión de los elegidos

Y para todos los evangelizadores del presente, implora Madre misericordiosa que tengamos un gran amor al Padre, un gran amor al Hijo y al Espíritu Santo y una solicitud esmerada por nuestros semejantes, para que nuestra diócesis sea cada vez más un lugar sagrado, un espacio fraterno y una puerta del cielo.

El Señor nos dice: “no tengan miedo”. Nos alientan los signos de la victoria de Cristo Resucitado mientras suplicamos la gracia de la conversión y mantenemos viva la esperanza viva, que no defrauda. Lo que nos define no son las circunstancias dramáticas de la vida, ni los desafíos de la sociedad, ni las tareas que debemos emprender, lo que nos define es ante todo el amor recibido del Padre gracias a Jesucristo por la unción del Espíritu Santo.

Santa María de Guadalupe, alcanza para todos y tus hijos e hijas una gran conciencia de la dignidad humana, que estemos lejos de todo lo que lesione y afecte la persona de los demás siendo concientes que todo lo que hagamos a los demás se lo hacemos a Cristo.

Aleja Madre de nosotros la agresión y la violencia, suscita el respeto mutuo y la caridad. Alcanza para todos nosotros aquí presentes en esta Insigne y Nacional Basílica y a nuestros con diocesanos los dones de la justicia y la paz.

Santa María de Guadalupe, reina y patrona de México, salva nuestra patria y conserva nuestra fe.

 
 
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