Mi querido señor
Vicario General. Hermanos todos, presbíteros de nuestro Presbiterio
de Zacatecas, un saludo para ustedes en este Santuario de Nuestra
señora a donde venimos peregrinando acompañando a
nuestros hermanos zacatecanos. A muchos que viven aquí y
tantos otros que se unen a nuestra asamblea para elevar nuestra
acción de gracias al Señor por manos de María
de Guadalupe. Saludo a los religiosos y religiosas, a todos los
fieles aquí congregados pensando en sus familias, en sus
trabajos, en sus alegrías y penas. También saludo
al señor rector de nuestro seminario, al grupo de seminaristas
que nos acompañan para dar más esplendor y dignidad
a nuestra celebración eucarística con el servicio
litúrgico de nuestros seminaristas.
Hermanos zacatecanos: nos congregamos hoy en este Santuario bendito
del Tepeyac al realizar la 123 Peregrinación anual de nuestra
Diócesis de Zacatecas. Siempre hemos sido alentados con el
amor a la Virgen Morena de Guadalupe; ella, solícita, nos
recibe en su casa, para prodigamos su cuidado maternal acompañándonos
en el despliegue de La Misión Continental que el Papa Benedicto
XVI y nuestros Obispos del Continente Latino Americano y del Caribe,
han establecido como fruto permanente de la V Conferencia de Aparecida
en Brasil, el año pasado.
También estamos celebrando el Año Paulino para conmemorar,
revitalizando el ser y la misión de la Iglesia Universal,
el nacimiento del gran Apóstol San Pablo, columna y ejemplo
vivo de misionero infatigable de los albores de la Iglesia fundada
por Cristo.
Por esto, el tema de mi homilía en esta solemne concelebración,
es: "María de Guadalupe, compañera fiel de la
Iglesia en su Misión Continental dentro del Año Paulino".
Basándonos en el texto evangélico que se ha proclamado
y que ahora queremos asimilar para el mejoramiento de nuestra vida
cristiana católica, descubrimos a la luz de la fe, que María
es Misionera por excelencia.
En efecto, hemos escuchado que "En aquellos días, María
se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas
de Judá, y entrando en la casa de Zacarías, saludó
a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María,
la criatura saltó en su seno (Juan el Bautista)." El
gozo de Isabel y de su hijo que llevaba en sus entrañas,
es la respuesta a la presurosa y solícita actitud de María,
quien a su vez llevaba ya en su seno virginal a Jesús, el
Hijo de Dios altísimo, salvador y redentor de todos los hombres.
Aparecida nos inculca que vivamos el sentido profundo de nuestra
Iglesia, que llena del amor de Cristo y María, está
llamada a visitar a los miembros del pueblo de Dios, llevando a
cabo dicha Misión Continental, inspirados en el ejemplo e
intercesión de María, que nos impulsa a realizar la
Misión entrando y visitando las casas de nuestras familias
y en la entraña de nuestras culturas, instituciones, trabajos
y valores para que se llenen de la presencia fecunda y redentora
de Cristo y su Madre santísima, que por su propio designio
nos la ha dado como Madre, grávida de su evangelio y con
la llama de amor que impulsa a todos para ser discípulos
misioneros en la hora actual al inicio del Tercer Milenio de nuestra
historia y del siglo XXI.
Pero ahora reflexiono brevemente sobre la misión continental
dentro del Año Paulino en compañía de María
y a su ejemplo.
No cabe duda, que la celebración del Año Paulino
que nos hace vivir el espíritu misionero de San Pablo a lo
largo de dos mil años desde su nacimiento y empeño
evangelizador hasta el presente, está íntimamente
conectado con las personas de Cristo y María y de la obra
de redención del género humano. Si Cristo ha estado
presente con el mandato de evangelizar a todos los pueblos, esto
se hace realidad viva con la presencia y acción misioneras
de María, especialmente en su advocación consoladora
y reconfortante de Nuestra Señora de Guadalupe.
Esta Madre nuestra nunca ha dejado en el abandono y el olvido al
pueblo mexicano y demás pueblos que la honran y veneran.
Está presente en el corazón de miles de hogares que
la honran con su imagen del Tepeyac, reproducida sobre todo en la
conciencia, en la fe, la esperanza y el amor de los hijos de esta
tierra en la cual con Cristo, se ha hecho presente dándonos
a Jesús, desde las Apariciones de diciembre del año
1531 al indio San Juan Diego.
Voy a hacer ahora, para finalizar mi homilía, una exhortación.
Nuestra 123 Peregrinación a este Santuario que nos llena
de paz y gozo, debe prolongarse encaminándonos con María
para visitar a nuestras familias y comunidades. Despertar una y
otra vez la fe dormida para que despierta rinda frutos de fidelidad
en la misión continental y permanente que Cristo nos ha confiado
a través de María de Guadalupe y nuestros pastores
de Aparecida. Unidos a San Pablo e imitándolo en su generosidad
sin límites para anunciar en todo tiempo y ocasión
el evangelio de Cristo.
Hoy, muy unidos como hermanos, con el beneplácito y cuidados
maternales de María de Guadalupe, tengamos presentes a los
integrantes de nuestra Peregrinación actual.
Pedimos por nuestros enfermos ausentes; a nuestros hermanos difuntos;
nuestras familias con sus problemas y retos tan arduos que afrontan
en este tiempo calamitoso y difícil; nos unimos especialmente
con los emigrantes, con los niños, jóvenes y adultos
de nuestra Diócesis y de nuestra Patria Mexicana.
Pedimos en horas inciertas de inseguridad y crímenes que
se han desatado en nuestro México, la bonanza de una paz
que todos estamos llamados a construir en la justicia, en la verdad
y el amor servicial sin fronteras.
Es muy necesario pedir a María que fortalezca e ilumine
a las autoridades federales, estatales y municipales de nuestra
Nación en la promoción del bien común y en
el cuidado que deben tener para que exista un recto orden en la
paz y en el buen entendiendo de todos pensando que la mitad de nuestra
población mexicana sufre tantas carencias, tanto desamparo
y tanta miseria.
Que nos alcance de su divino Hijo el don de la concordia, del respeto
a la vida y a la dignidad inviolable de nuestras personas como imágenes
del Dios vivo, desde que se empieza a formar cada hombre y mujer
en el seno, que debe ser inviolable, de cada mujer y de cada niño
que gesta para poder participar en el banquete de la vida.
Que fortalezca en la fidelidad y la generosidad a los Ministros
de la Casa Dios: Obispos, Presbíteros y Diáconos;
que aseguren en la santidad de vida a todos los consagrados y mantengan
la fe comprometida de todos los fieles que honran y aman a Cristo
y a María. No olvidemos a nuestros hermanos difuntos especialmente
los recientemente fallecidos. También pidamos a María
que impulse las vocaciones de nuestros hermanos especialmente las
de nuestros seminaristas diocesanos para que iluminen con oración
constante su llamado para seguir generosa y fielmente a Cristo Sacerdote,
Profeta, Pastor, Esposo de la Iglesia.
Con María que nos conduce a Cristo visitándonos con
su consuelo y amor maternales, habremos de construir infatigables
la comunión entre los mexicanos desterrando los odios, los
secuestros y multitud de crímenes que se fomentan con la
droga, el alcohol y los deseos malsanos de poder, dinero y placer
egoísta. LOS HOMBRES JUSTOS y DE BUENA VOLUNTAD IMITANDO
a Cristo en compañía de María de Guadalupe,
habremos de llevar a efecto nuestra cooperación a la acción
del Espíritu Santo para que Él renueve en cada discípulo
misionero del Señor, el ánimo permanente de misión.
¡Que Santa María de Guadalupe, Madre y Modelo de todo
discípulo misionero nos ayude a realizar el nuevo Pentecostés
que Dios Uno y Trino, quiere para nosotros asociados dinámica
y comprometidamente a la persona señera del Apóstol
San Pablo para la gloria del mismo Dios y salvación temporal
y eterna de todo hombre que ama el Señor!
Termino repitiendo las palabras últimas de la Plegaria de
la Misión Permanente Continental, que nuestra Iglesia de
Latino América y del Caribe, dirige a Cristo y que ahora
ponemos en manos de María en nuestros corazones y en nuestros
labios:
"A María, tu Madre, ¡Oh Cristo! y nuestra Madre,
Señora de Guadalupe, Mujer vestida de Sol, confiamos el Pueblo
de Dios peregrino en este inicio del tercer milenio cristiano. Amén".