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Homilía
pronunciada por Mons. Emilio Carlos Berlie Belaunzarán, Arzobispo de la Arquidiócesis de Yucatán, en ocasión de la peregrinación de su arquidiócesis a la Basílica de Guadalupe.

12 de julio de 2009

Muy querido Mons. Joaquín Vázquez Ávila.
Muy querido Mons
. Manuel Vargas Góngora, Padres Fernando Escobar Fajardo, Francisco Basto Aguilar, que también han traído desde hace tiempo mucho entusiasmo las peregrinaciones a esta Basílica.

Muy queridos hermanos, todos en el presbiterio, hermanos y hermanas religiosas, hermanas y hermanos, todos, en Cristo Jesús. Se cumplen hoy 50 años de haber iniciado esta bellísima costumbre de peregrinar anualmente hasta el mismísimo lugar de las apariciones de la Santísima Virgen María, aquí en el Cerro del Tepeyac donde Ella quiso que se le edificara una capilla.

Fue mi ilustrísimo antecesor el Señor Arzobispo Don Fernando Ruiz Solórzano quien inició esta práctica y la continuó con inigualable fervor S.E. Mons. Manuel Castro Ruiz, ambos que de Dios gocen. Hoy nos toca a nosotros continuar con la estafeta en las manos, y sin desfallecer, sobre todo ante la crisis que debilita muchísimo la economía personal y familiar.

De rodillas, ante la insigne y milagrosa imagen que preside nuestra celebración, alzamos nuestras súplicas y elevemos nuestras plegarias a nuestra Madre Santísima, para pedirle que continúe bendiciendo a toda la Arquidiócesis de Yucatán, todos los afanes pastorales, particularmente el plan de pastoral y la intensión que tenemos de que se multipliquen las pequeñas comunidades parroquiales muy cohesionadas en torno a su parroquia y muy fervorosas en su fe.  

Primera Lectura

El texto de esta primera lectura[1] habla de la vocación del profeta Amós.  Que sin rodeo, ni diplomacia y su voz fue como un rugido de Dios, condenó la injusticia social y la violencia del lujo, de la depravación, del formalismo y de un culto vacío. Anunció por vez primera el castigo del llamado "Día de Yahvé", la ruina de la casa real y el exilio del Reino del Norte. Habló donde era preciso hablar y en el momento oportuno, que es cuando hablan los profetas y callan muchas veces los demás. Por eso sus palabras resultaron insoportables.

Eran aquellos tiempos en que el pueblo de Dios se había dividido en dos reinos: el norte, Israel, con capital en Samaria y el sur, Judá, con capital en Jerusalén. Cuando el profeta Amós se atrevió a profetizar en el santuario nacional de Betel, sus palabras resultan aparentemente subversivas. No es de extrañar que le saliera al paso el sumo sacerdote Amasías, quien creía que Amós era uno de esos profesionales que se ganan la vida profetizando. No tenía nada en contra de ese oficio, pero le dijo al profeta que se ganara tranquilamente el pan en su propia tierra.

Amós le respondió enérgicamente y le dijo que él no era un profeta de oficio, que no pertenecía a ninguna escuela profética, y que para vivir le bastaba con cultivar higos y cuidar un rebaño de cabras. Si él predica la Palabra de Dios no lo hace por vocación humana o simple interés, sino porque Dios lo ha llamado a profetizar contra Israel.

La segunda lectura[2] es un himno de alabanza al Padre que nos ha elegido y salvado por su Hijo, Jesucristo, en el Espíritu Santo. El motivo de alabanza al Padre es la bendición divina de lo que hemos sido objeto: la elección, la filiación adoptiva, la redención, la manifestación del Misterio de su Voluntad, la reconciliación de todas las cosas en Cristo. . . . y todo esto sin que antecediera por nuestra parte ningún mérito. Por eso el himno es una "alabanza de la gloria de Dios".

El texto del Evangelio[3] nos habla de la "misión" de los Doce. Jesús los envía de dos en dos para que se ayuden mutuamente, pero también para que su testimonio sea válido ante el pueblo. No llevarán consigo otra cosa que una túnica, un bastón y unas sandalias. Todo lo demás es un estorbo para el que tiene premura de recorrer su camino.

Por otra parte, deben confiar en el Señor que les envía y a cuyo servicio han entrado. No deberán ir de casa en casa sino permanecer en la que primero los acoja. No deben buscar su acomodo sino cumplir su misión. No siempre serán bien acogidos; cuando tropiecen con la obcecación de quienes no quieren escucharlos, deberán comportarse lo mismo que Jesús en la región de Gerasa y no insistir en el anuncio de un mensaje que aquellos no desean recibir. Llegado ese caso, deben ir a otro sitio, no sin antes sacudirse el polvo de las sandalias. Este gesto simbólico lo practicaban siempre los judíos cuando abandonaban la tierra de los gentiles y entraban en tierras de Israel. Significaba ostensiblemente que se consideraba impuro el lugar abandonado y que no se quería saber nada con los que lo habitaban.

La hora de la Misión

Hemos concluido el Año dedicado a la memoria del Apóstol San Pablo. Su vida y su mensaje nos hablan de la misión que todos tenemos de "ir por todo el mundo y predicar el evangelio". A propósito de esta encomienda de Jesús en el Evangelio, en la reunión continental de Aparecida, Brasil, los obispos de América Latina expresaron lo siguiente:

"Al terminar la Conferencia de Aparecida, en el vigor del Espíritu Santo, convocamos a todos nuestros hermanos y hermanas, para que unidos, con entusiasmo, realicemos la Gran Misión Continental. Será un nuevo Pentecostés que nos impulse a ir, de manera especial, en búsqueda de los católicos alejados y de los que poco o nada conocen a Jesucristo, para que formemos con alegría la comunidad de amor de nuestro Padre Dios. Misión que debe llegar a todos, ser permanente y profunda”[4].

Nosotros vamos siguiendo paso a paso las indicaciones de nuestro Plan Diocesano de Pastoral, en él aparecen varios de los aspectos que enumera el documento de Aparecida como, por ejemplo: ir en búsqueda de los católicos alejados, la formación alegre y testimonial de pequeñas comunidades.

Año sacerdotal

Ahora bien, desde el mes pasado iniciamos en todo el mundo el Año Sacerdotal, un tiempo en el que el Papa quiere que se favorezca "la tensión de los sacerdotes hacia la perfección espiritual de la que depende la eficacia de su ministerio"[5].

Esto mismo me hace recordar que un día como ayer, hace 15 años, cinco sacerdotes perecieron en un lamentable accidente de tránsito, en la carretera Mérida ­Cancún: el Señor Canónigo y Vicario General José María Casares Ponce, Antonio Castro Magaña, Adalberto Ruiz Quintero, Graciliano Rodríguez y Xavier Flota García. A ellos hay que añadir ahora: los padres Francisco Montañez Jure y Miguel Basto Brito.

Este debe ser por lo tanto "un año ampliamente celebrado con toda su grandeza y con la calurosa participación del pueblo católico, que sin duda ama a sus sacerdotes y los quiere ver felices, santos y llenos de alegría en su diario quehacer apostólico”[6].

¿Por qué? Porque "la Iglesia, dice muy bonito el Santo Padre,  está orgullosa de sus sacerdotes: los ama, los venera, los admira y reconoce con gratitud su trabajo pastoral y su testimonio de vida”[7].

Conclusión

Queridos hermanos: encomiendo a Nuestra Señora de Guadalupe la vida y el ministerio sacerdotal de todo el clero, el presbiterio de la Arquidiócesis. Delante de su bendita imagen encomiendo todos los problemas y los afanes de ustedes; le pido por aquellos fieles que no tienen trabajo; le pido también por aquellos fieles que están enfermos. Que la Santísima Virgen María nos guarde y nos proteja siempre y nos conceda a todos la gracia de la perseverancia final.

Concluyo estas palabras con aquella tan entrañable que solía repetir constantemente San Juan Bautista María Vianney, conocido popularmente como el Santo Cura de Ars, que dice así:

"Te amo, Oh mi Dios.
Mi único deseo
es amarte
hasta el último suspiro de mi vida
.

Te amo, infinitamente oh amoroso Dios,
y prefiero morir amándote que vivir un instante sin Ti.
Te amo, oh mi Dios,
y mi único temor es ir al infierno
porque ahí nunca tendría la dulce consolación de tu amor,

Oh mi Dios,  si mi lengua no puede decir
cada instante que te amo, por lo menos quiero
que mi corazón lo repita cada vez que respiro.
Ah, dame la gracia de sufrir mientras que te amo,
y de amarte mientras que sufro,
y el día que me muera
no solo amarte sino sentir que te amo.

Te suplico que mientras más cerca esté mi hora final aumentes
y perfecciones mi amor por Ti.
Amén.

El Señor nos bendiga a todos y que caminemos bajo la protección de Santa María de Guadalupe.

Quer así sea.



Notas

[1] Am 7,12-15
[2] Ef 1, 3-14
[3] Mc 6, 7-13
[4] Mensaje final, 5.
[5] BENEDICTO XVI, Discurso a los participantes de la Plenaria de la Congregación para el Clero, 16. III.2009.
[6] CLAUDIO HUMES, Carta a los sacerdotes con motivo del Año Sacerdotal.
[7] Ibid.
 
 
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