14 de abril de 2009
Excelentísimo y muy
estimado señor Obispo de Autlán, hermano, compañero y amigo.
Queridísimos hermanos sacerdotes, tanto de Autlán como
de Ciudad Guzmán. Venerables hermanas religiosas. Queridísimos hermanos,
tanto de Autlán como de Cd Guzmán:
Esperemos que hayan
tenido un buen viaje y se encuentren ahora con un corazón
muy tranquilo ante la mirada cariñosa de nuestra Madre Santísima,
Señora de Guadalupe.
Una vez más hemos
peregrinado a la colina del Tepeyac, corazón de México creyente
y mariano. Nos encontramos cobijados por el manto de ternura
de nuestra Madre de Guadalupe. Contémplenla, es hermoso
ver el rostro de María, nuestra madre del Cielo.
Venimos cargando con
nuestra historia, nuestras penas sí, pero también nuestros
proyectos, planes y esperanzas. Autlán, como diócesis, pone
ya el punto final a su Sínodo Diocesano y está preparando
sus Bodas de Oro como Iglesia Particular. Los saludamos
a todos y los felicitamos por estos logros y esta fecha
conmemorativa. Ciudad Guzmán en estos meses está en plena
tarea de elaboración del IV Plan Diocesano de Pastoral.
Y todos estamos ante los desafíos no pequeños del mundo
que nos rodea.
Impulsados ahora por
nuestra ferviente devoción y filial confianza, invocamos
sobre nuestras vidas, nuestras comunidades, nuestros trabajos
la protección de tan solícita Madre. Ella nos dirá lo que
hemos de hacer para que Jesús, el Maestro, convierta nuestra
agua, el agua de nuestros esfuerzos siempre limitados, siempre
humanos, en el más exquisito de los vinos, que pueda avivar
el entusiasmo apostólico del ministerio pastoral diocesano
en comunión fraterna y comprometida. Un trabajo que intenta
ser orgánico, de conjunto y eficaz, como hoy lo quiere la
Iglesia y lo requiere el mundo.
La
Resurrección de Jesucristo
Peregrinamos en medio
del ambiente festivo de la Resurrección del Señor. "Este
es el día del triunfo del Señor, día de júbilo y de gozo".
Pedro. El Príncipe de los Apóstoles, con la intrépida valentía
que le comunicó el Espíritu de Cristo resucitado, decía:
"Sepa todo Israel, con absoluta certeza, que Dios ha
constituido Señor y Salvador al mismo Jesús, a quien ustedes
han crucificado" (Hch 2,36). Con la resurrección de
Jesús hemos sido puestos "a salvo de este mundo corrompido"(Id.
2,41). La Pascua de Cristo es la experiencia de que no estamos
en el mundo como encerrados en un sepulcro, de que Él nos
ha liberado de la losa que reducía la existencia humana
a oscuridad y esclavitud y muerte. Su Pascua es luz, gozo,
vida nueva. Comunica el deseo de resucitar y tener ganas
de vivir. Es imperioso ahora vivir con Cristo una vida nueva.
Por eso hoy estamos aquí, queridísimos hermanos y hermanas.
Para que la Pascua
sea una realidad plena se debe aceptar la muerte de esa
zona de propio yo a la que ordinariamente estamos demasiado
vivos: intereses totalmente efímeros, temores, tristezas,
egoísmos y pecado; y hay que resucitar en esa zona en la
que estamos demasiado muertos: resucitar a la fe, a la esperanza,
al perdón, al amor, a la paz, a la alegría, al servicio
fraterno.
Anunciar la
Resurrección. María Magdalena
Los ángeles del sepulcro
vacío y el mismo Jesús resucitado le preguntan a María Magdalena:
Mujer, ¿Por qué estás llorando? (Jn 20,12.14). La pregunta
no es porque no estuviera clara la razón del llanto de la
Magdalena, sino porque ese llanto ya no tenía razón de ser.
¡Jesús había resucitado! Había que enjugar las lágrimas,
cambiar la desolación en gozo y correr a anunciar que Jesús
resucitó y está vivo. "Ve", -le ordena Jesús a
María-, "Ve a decir a mis hermanos: 'Subo a mi Padre
y a su Padre, a mi Dios y a su Dios' " (Id. 17). María,
como apóstol de apóstoles, se fue a ver a los discípulos
con el exultante mensaje de la resurrección del Crucificado.
No hay que celebrar
solamente la resurrección que aconteció hace dos mil años,
sino hay que intentar que la Pascua sea fiesta actual en
la resurrección de los cristianos, que atestiguan ante el
mundo que es posible morir y resucitar. La gran prueba de
que Cristo ha resucitado, de que Cristo vive, es que su
amor se palpa entre sus discípulos, que hay personas y comunidades
cristianas que viven de su vida y que aman con su amor.
Vivimos de la vida de Cristo y queremos amar con su amor.
Hoy todos los discípulos
misioneros del resucitado, como María Magdalena y las santas
mujeres, como los apóstoles y los demás discípulos de la
primera hora, somos enviados a los hermanos para encontrar
y ver en la fe a Cristo resucitado. Anunciamos la resurrección
de Cristo, proclamamos que la muerte se toma en vida, la
tristeza en gozo, la prueba en gracia, el odio en amor,
porque nuestra fe es luz, esperanza, alegría y amor.
La Virgen María, vidente del Resucitado
y Misionera.
(Cfr. Juan Pablo 11, Catequesis, miércoles 21 de mayo de
1997).
Después de que Jesús
es colocado en el sepulcro, María, la madre de Jesús, «es
la única que mantiene viva la llama de la fe, preparándose
para acoger el anuncio gozoso y sorprendente de la Resurrección»
(Juan Pablo II, Catequesis, miércoles 3 de abril de 1996).
La espera que vive la Madre del Señor el Sábado santo constituye
uno de los momentos más altos de su fe: en la oscuridad
que envuelve el universo, ella confía plenamente en el Dios
de la vida y, recordando las palabras de su Hijo, espera
la realización plena de las promesas divinas.
Los evangelios refieren
varias apariciones del Resucitado, pero no hablan del encuentro
de Jesús con su madre. Este silencio no debe llevamos a
concluir que, después de su resurrección Cristo no se apareció
a María santísima; al contrario, nos invita a tratar de
descubrir los motivos por los cuales los evangelistas no
lo refieren.
Si los autores del
Nuevo Testamento no hablan del encuentro de Jesús resucitado
con su madre, tal vez se debe atribuir al hecho de que los
que negaban la resurrección del Señor podrían haber considerado
ese testimonio demasiado interesado y, por consiguiente,
no digno de fe.
Los evangelios, además,
refieren sólo unas cuantas apariciones de Jesús resucitado,
y ciertamente no pretenden hacer una crónica completa de
todo lo que sucedió durante los cuarenta días después de
la Pascua. San Pablo recuerda una aparición «a más de quinientos
hermanos a la vez» (1 Co 15, 6). ¿Cómo justificar que un
hecho conocido por muchos no sea referido por los evangelistas,
a pesar de su carácter excepcional? Es signo evidente de
que otras apariciones del Resucitado, aun siendo consideradas
hechos reales y notorios, no quedaron recogidas.
¿Cómo podría la Virgen,
presente en la primera comunidad de los discípulos (cf.
Hch 1, 14), haber sido excluida del número de los que se
encontraron con su divino Hijo resucitado de entre los muertos?
Más aún, es legítimo
pensar que verosímilmente Jesús resucitado se apareció a
su madre en primer lugar. La ausencia de María del grupo
de las mujeres que al alba se dirigieron al sepulcro (cf.
Mc 16, 1; Mt 28, 1), ¿no podría constituir un indicio del
hecho de que ella ya se había encontrado con Jesús? Esta
deducción quedaría confirmada también por el dato de que
las primeras testigos de la resurrección, por voluntad de
Jesús, fueron las mujeres; aquí, queridísimos hermanos,
hay muchas mujeres peregrinas de Autlán y de Cd. Guzmán,
esas mujeres están llamadas, en primer lugar, a ser testigos
de la Resurrección de Jesús.
Ellas las mujeres
permanecieron fieles al pie de la cruz y por tanto, más
firmes en la fe en Cristo muerto por nuestros pecados y
resucitado por nuestra salvación.
Por muchas razones
nos permitimos pensar que, antes que a María Magdalena y
en primer lugar, Jesús se apareció a su madre, pues ella
fue la más fiel y en la prueba conservó íntegra su fe. Como
dice el Concilio Vaticano II: “ En efecto, el carácter único
y especial de la presencia de la Virgen en el Calvario y
su perfecta unión con su Hijo en el sufrimiento de la cruz,
parecen postular su participación particularísima en el
misterio de la Resurrección. María, Madre del Señor, inundada
con el gozo de la gloria del Resucitado, tanto o más que
iodos los misioneros de la primera hora, estaba llamada
a difundir la gozosa noticia de la resurrección a todos
los hermanos de su hijo, a quienes ella fue entregada como
Madre de la Esperanza.
Santa María
de Guadalupe, Misionera del Resucitado
Ella es Madre de la
Esperanza, Mensajera de la Resurrección, que en el tiempo
señalado se presentó aquí, en la colina del Tepeyac, para
anunciamos al "Dios por quien se vive", resucitado
y presente entre nosotros para damos la vida. De sobra conocemos
esta providente historia del amor misericordioso de Dios
y de "la perfecta siempre virgen santa María, madre
del verdaderísimo Dios por quien se vive", hacia Juan
Diego, pobre hombre del pueblo, y hacia "todos los
hombres que en esta tierra están en uno y de las demás variadas
estirpes de hombres, los que a mi clamen, los que me busquen,
los que confíen en mí". Hoy estamos aquí, queridos
hermanos, porque somos eso: hombres y mujeres, que clamamos
que buscamos, que confiamos en nuestra madre santísima,
según las dulces palabras de la Doncella del Tepeyac.
Santa María de Guadalupe
es el nombre de la celestial Señora. Ella pidió que se le
construyera un templo, y el templo se construyó. En él estamos.
A él peregrina nuestro pueblo henchido de filial confianza.
Hoy se encuentran muchísimos templos en todo México y fuera
de él dedicados a la Virgen de Guadalupe. Casi todas las
ciudades mexicanas tienen el suyo.
Aquí nos sentimos
todos en la casa de la madre común. Aquí escuchamos las
consoladores palabras que son el reflejo de la presencia
del Dios viviente, de Cristo resucitado, que camina con
nosotros en la ternura maternal de María: "No temas,
¿no estoy yo aquí que soy tu Madre?". Hermosas palabras
que nos quiere dirigir a cada uno siempre, pero sobre todo
en esos días difíciles, días de arduos trabajos, de dolorosas
enfermedades, de grandes desafíos, de horizontes inciertos,
de desesperanza.
"No temas, ¿no
esto yo aquí que soy tu Madre?" Tenemos miedo de tantas
cosas, miedo de perder la salud, el empleo, a ser blanco
de la delincuencia, del robo, del secuestro, de la violencia
que no se detiene, miedo a la pobreza, a la miseria, al
fracaso de la nación mexicana. Ya ven que nos encontramos
en dificultades y decimos ¿México tendrá futuro? ¡Claro
que México tiene futuro en las manos de nuestra madre celestial!
Más allá de la construcción
de esta bella, Insigne y Nacional Basílica, sabemos muy
bien cuál es la voluntad de esta Madre compasiva: "Hagan
lo que él, mi divino Hijo, el resucitado, les diga"
(cfr. Jn 2, 5). Esa es la condición para que México vaya
adelante queridísimos hermanos, hacerle caso a María que
nos dice que nos dice en Juan Diego y en cada uno de nosotros:
Hagan, por favor, lo que Él les diga.
Podemos preguntamos
si México sería el mismo si no hubiera intervenido en su
Historia la Madre de Cristo resucitado, nuestra Madre de
Guadalupe. Ella nos trajo el Evangelio. Ella logró que nuestros
abuelos indios reconocieran la religión cristiana de nuestros
abuelos españoles no como enemiga y antagónica, sino como
la suya propia, sublimada y potenciada. Algo así como la
referencia de Jesús a la religión israelita del antiguo
testamento. El Resucitado, Dios por quien se vive, traído
por Santa María de Guadalupe, no vino a abolir lo que de
verdadero, noble y bueno había en la cultura indígena. Vino
a darle cumplimiento, como un portentoso "ejemplo de
evangelización perfectamente inculturada". Así lo refirió
el Papa Guadalupano Juan Pablo II.
Para los que tienen
fe, queridísimos hermanos de Autlán, de Cd. Guzmán y tanta
otra gente, dispersa en nuestra patria geográfica, hay un
faro de esperanza en esta Colina del Tepeyac, que se llama
Santa María de Guadalupe. El tesoro más rico que México
tiene es esta tilma sencilla donde la Madre de Dios se pintó
a sí misma para que al contemplarla oyéramos todo su dulce
mensaje: "¿No estoy yo aquí que soy tu madre?"
(Cfr. Padre Mariano de BIas, 1.e,).
Conclusión
En santa María de
Guadalupe, en el hueco de su manto y en el cruce de sus
manos, nosotros peregrinos, discípulos y misioneros de Autlán
y Ciudad Guzmán, Obispos, sacerdotes, consagrados y ustedes
queridísimos fieles laicos, depositamos con esperanza filial
las inquietudes, las dificultades, las penas, los miedos;
también los proyectos, planes y trabajos pastorales de estas
horas cruciales de nuestra historia.
Digámosle a María,
finalmente queridísimos hermanos: ¡Madre nuestra de Guadalupe!
¡Recibe nuestros proyectos, nuestros planes pastorales,
llévalos a la presencia de tu Hijo resucitado! ¡Con tu poderosa
intercesión Él los hará fructificar en la construcción de
comunidades diocesanas que alimenten la esperanza de todos
y forjen la civilización del amor, de la vida y de la paz!
Que así sea, queridísimos
hermanos, que así sea para Autlán y para Ciudad Guzmán.