1 de febrero de 2009
Hermanos, hermanas, todos, el Evangelio que se acaba de proclamar
y hemos escuchado, nos ayuda a encontrarnos con Jesucristo
casi al inicio de su misión según lo presenta san Marcos.
Llega Jesús a Cafarnaúm población a la orilla del mar de
Galilea y que se va a convertir en centro de operaciones
para ir desde allí a otras poblaciones. Es día sábado y
como judío piadoso, Jesús va a la Sinagoga a participar
en la oración, la lectura de la Sagrada Escritura y la instrucción,
la enseñanza. Pero, Jesús no se suma a la asamblea como
un oyente, sino que se pone a enseñar provocando asombro.
Pues, enseña como quien tiene autoridad y no como los escribas.
Estos en efecto eran intérpretes de la ley de Moisés basándose
en la tradición de los antepasados, de judíos renombrados.
Jesús no necesita ese apoyo tiene confianza en sí mismo
para transmitir el mensaje de Dios. Esta enseñanza con autoridad
de Jesús queda corroborada con el poder para actuar al curar
a un hombre poseído por un espíritu inmundo. El diálogo
intenso que se establece es muy clarificador.
El hombre poseído por el espíritu inmundo grita a Jesús: “¿qué
quieres Tú con nosotros Jesús de Nazaret?” Satanás
defiende su territorio viendo en Jesús una amenaza. El hombre
añade: “Ya sé quien eres, el Santo de Dios”.
Nos parecería con esta frase que el hombre poseído por Satanás
reconoce el poderío superior de Jesús y así queda subordinado
a Él. Sin embargo, es al contario propio de la posesión
satánica, él hombre desenmascara a Jesús diciendo quien
es con lo cual pretende quedar superior a Él. Pero, Jesús
no entra en diálogos innecesarios, ni en gestos espectaculares
porque significaría entrar en concesiones. Así con una palabra
llena de autoridad le ordenó: cállate y sal de él.
La sacudida violenta del hombre y un alarido del espíritu
inmundo dejan estupefactos a lo presentes que exclaman,
como será frecuente en san Marcos según lo irá mencionando.
¿Qué es esto? ¿qué nueva doctrina es esta? Este hombre
tiene autoridad hasta para mandar a los espíritus inmundos
y lo obedecen. La escena que se narra no es solamente de
hechos que tuvieron lugar hace poco más de 2000 años, sino
que habla también de nosotros en nuestro encuentro con Jesús.
De modo que nos ubicamos en la escena, no como espectadores
curiosos a la expectativa de algo ajeno a nosotros, queremos
hacerlo como discípulos de Jesús a quienes Él ha llamado
y quieren responderle.
Efectivamente en la escena anterior, propia del domingo pasado:
Jesús llamaba a dos pares de hermanos; a Simón y su hermano
Andrés; a Santiago y su hermano Juan. Queremos, también,
nosotros estar en esta escena, como discípulos de Jesús
viendo lo que hace y escuchando lo que dice para aprender
su estilo de vida y hacerlo nuestro. Queremos dejarnos sorprender
y fascinar por la autoridad de Jesús para hablar y actuar
en circunstancias en que escuchamos opiniones y posturas
tan diferentes y opuestas a su Evangelio por ejemplo: sobre
el matrimonio, la familia y la vida. Sigue habiendo personas
que se enfrentan a Jesús reclamándole ¿qué quieres Tú con
nosotros? no dejándolo entrar rechazándolo, agrediéndolo.
Lo grave es que estas posturas y acciones contra la vida
humana, contra el matrimonio y la familia se presentan,
como un derecho y un valor con signo de progreso y que el
Evangelio de Cristo Jesús es algo conservador, como sinónimo
de anticuado y superado.
¡Jesús, queremos escucharte porque sólo Tú tienes palabras
de vida eterna! Pero,
desgraciadamente nosotros mismos con frecuencia somos esa
persona poseída por ese espíritu inmundo: del placer sexual,
del afán de riquezas, de poder, ególatras y desafiantes
contra los que no piensan y actúan como nosotros. Que en
esas circunstancias Jesús se nos ha acercado de diversas
maneras, por ejemplo: por medio de personas buenas, pero
lo hemos rechazado, diciéndole con fastidio ¿qué quieres
Tú con nosotros? Déjanos en paz, vete con lo tuyo a otra
parte. Jesús, sin embargo, permanece junto a nosotros ofreciéndonos
su Palabra que nos da vida; su poder que nos ama y nos salva.
Contemplemos agradecidos y fascinados la autoridad de Jesús
para hablar y actuar en bien nuestro y de los que nos rodean.
La
Virgen María de Guadalupe se convirtió en la mejor discípula y seguidora
de Cristo Jesús al encontrarnos con Ella, Ella nos lleva
a su Hijo. Cuando de Ella recibimos compasión, amor, auxilio
y defensa lo que hace Ella es compartirnos la abundancia
de vida nueva de Hijo. La fe en la Virgen María de Guadalupe
es necesariamente fe en Cristo Jesús. Y aquí estamos celebrando
esta fe en el día domingo, el día del Señor Jesús Resucitado.
Venimos agradecidos porque el Señor nos ha concedido tener
a lo largo de un año la visita pastoral a las parroquias
de la diócesis, incluido el seminario y las casas de religiosas.
Hemos avanzado en la elaboración y ejecución del plan de
pastoral a nivel parroquial, decanal y diocesano con su
marco de la realidad y con su marco doctrinal, que derivan
en programas concretos en las tareas fundamentales y en
las prioridades de modo que la vidita pastoral se convierte
en meta intermedia o sea a su vez el punto de partida, que
nos lanza a afrontar retos impostergables uniéndonos a la
Misión Continental en un espíritu, ya no de pastoral, de
mantenimiento o conservación, sino de pastoral misionera
convencidos que Jesús: es el camino, la verdad y la vida.
Que al encontrarnos con Él no podemos dejar de convertirnos
en perseverantes discípulos y entusiastas misioneros suyos.
Hermanos sacerdotes, los planes pastorales de las respectivas
parroquias y decanatos serán eficaces en la medida que los
hagamos nuestros y los integremos a la Misión Continental
para que el Evangelio de Jesucristo llegue a todas las familias;
a las más apartadas comunidades de nuestra diócesis; a las
diversas subculturas y etnias. Nuestro celibato, como nos
dice san Pablo, en la Carta a la Comunidad de Corinto: “no
es una carga, sino un gozo, porque nos unifica y
alegra en el Señor Jesús para bien de nuestros hermanos”.
Hermanas y hermanos religiosos, laicos, familias, que no seamos
sordos a la voz del Señor. Vengan lancemos vivas al Señor;
aclamemos al Dios que no salva; acerquémonos a Él llenos
de júbilo y démosle gracias. Nos dice el Salmo Responsorial:
“vale la pena entregarnos a Cristo Jesús para seguirlo,
para vivir, anunciar, celebrar y vivir su Evangelio”. Pidámosle
su ayuda por intercesión de nuestra Madre buena, la siempre
Virgen Santa María de Guadalupe, con Ella ofrecemos a Dios
este año 2009 sin dejarnos abatir por las crisis y adversidades,
sino con la esperanza cierta puesta en Jesucristo que nos
salva, más aún como discípulos y misioneros suyos somos
enviados por Él para prolongar su misión y nos recuerda
el mismo Cristo Jesús: “si tuvieran fe, como un granito
de mostaza podrían decirle al árbol o la montaña: cámbiate
de lugar y desobedecería”. De modo que sostenidos por
Jesús que nos envía, queremos actuar con su autoridad en
su nombre, para anunciar su Evangelio que sea fecundo, se
haga vida en nuestras familias, en nuestra vida diocesana.
Vengan y puestos de rodillas adoremos y bendigamos al Señor
que nos hizo, pues, Él es nuestro Dios y nosotros su pueblo.
Él es nuestro pastor y nosotros sus ovejas. Con Cristo Jesús
unidos a Él damos fruto en abundancia porque entonces somos
parte del Reino de los Cielos, levadura que hace crecer
la masa.