15 de
octubre de 2009
Muy queridos hermanos sacerdotes,
un saludo lleno de afecto para todos los peregrinos que han venido
de la Arquidiócesis de León y a todos los participantes en esta Eucaristía
los saludo, también, como hermanos en Cristo nuestro Señor.
Hemos venido peregrinando hasta
este lugar que atrae el corazón de tantos fieles cristianos, especialmente
de tantos mexicanos. Venimos aquí a confesar nuestra fe en Cristo,
la que nos fue anunciada por María. Venimos aquí porque queremos fortalecer
nuestra esperanza. Todo el mensaje de nuestra Señora de Guadalupe
es una invitación a no desfallecer en los momentos difíciles. El rostro
de la Virgen, nuestra Señora de Guadalupe, es la revelación del rostro
misericordioso y paterno de Dios que cuida de cada uno de nosotros.
Venimos aquí a crecer en caridad a inflamarnos en amor a Dios y a
nuestros hermanos. Estamos aquí un grupo numeroso de peregrinos, que
venimos desde las tierras de Guanajuato, desde la Arquidiócesis de
León, nos mueve el deseo de sentirnos unidos en fraternidad. La decisión
de llegar hasta este Santuario es ya una confesión de fe, al llegar
hasta esta casa, la casa de la familia, de la gran familia mexicana,
depositamos nuestra mirada en esta imagen bendita, que simboliza la
ternura y la cercanía de Dios. Sin duda cada uno de nosotros puede
asegurar, que el estar aquí nos conmueve profundamente, que venimos
trayendo una carga, sí, de preocupaciones, pero también llevamos en
el corazón una confianza filial.
Venimos a presentarle nuestras
súplicas sinceras, a expresar que hemos renunciado a lo que es autosuficiencia,
a creer que podemos nosotros solos salvarnos y a salir de nuestros
problemas. Estar aquí es decir: pedimos ayuda, pedimos el aporte y
la fuerza que viene de lo alto. Cuantos peregrinos en el encuentro
lleno de devoción aquí y en todos los santuarios dispersos por el
amplio territorio de nuestra patria siempre que llegamos a uno de
los santuarios dedicados a Cristo, a la Virgen Santísima o algunos
de los santos, tomamos decisiones que marcan profundamente nuestras
vidas. Si a caso nosotros supiéramos las historias de tantos millones
y millones de mexicanos que han pasado por este santuario: ¿cuántos
ha recibido aquí la experiencia del perdón? ¿cuántos han sido regalados
con gracias especiales en esta Basílica de nuestra Señora Guadalupe?
Hablar de nuestra Señora de
Guadalupe evidentemente nos pide referirnos a Cristo, porque Él es
el modelo, Él es la referencia, a Él nos conduce Santa María de Guadalupe.
Cristo se hizo compañero nuestro; haciéndose hombre en todo semejante
a nosotros; haciéndose peregrino de nuestro historia. Él puso su tienda
de campaña entre nosotros, cuando se encarnó en el vientre de María.
Él se revistió de nuestra carne humana y ha atravesado con nosotros
por el desierto de la vida. Quiso así asumir con total decisión el
proyecto del Padre, entregarse por nosotros hasta la muerte y muerte
de cruz para conducirnos a la casa paterna.
La
Virgen de Guadalupe nos testificó que Ella también quería hacerse
compañera de nuestra historia, hacerse una de nosotros, cuando apenas
empezábamos a existir como Nación. A lo largo de nuestra existencia
patria Ella ha sido para nosotros, como la llamamos en los piropos
que le decimos en la letanía: consuelo de afligidos, causa de alegría,
refugio de pecadores, reina de nuestros mártires. Ella es totalmente
nuestra, así la percibimos desde su mismo porte exterior. Ella usa
ropaje con colores y símbolos que son como una parábola evangélica
en el lenguaje conocido por los habitantes de estas tierras. Ella
nos habló en la lengua mexicana. Ella nos toca hablándonos en el estilo
que nos gusta a nosotros. No queremos que nos amenacen, nos gusta
que nos ayuden a superarnos ganándonos desde el corazón, nos gusta
que nos quieran. Así lo hizo Ella con exquisita dulzura, con una pedagogía
que resultó de una poderosa eficacia evangelizadora.
La
Virgen de Guadalupe nos trajo lo más valioso que tenemos, el anuncio
salvador de Cristo: la fe cristiana. Pero al mismo tiempo en la figura
de Juan Diego nos dejó una encomienda, Ella nos encargó algo, ya sabemos
que es. Ella nos pidió llevar la noticia de lo que Ella pregonó. En
san Juan Diego hemos sido comprometidos a convertirnos en mensajeros
de buenas nuevas, de Evangelio. Con bastante decisión y claridad los
obispos lo han dicho en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano,
reunido en la Ciudad de Aparecida en Brasil, dijeron: nos disponemos
a emprender una nueva etapa de nuestro caminar pastoral, declarándonos
en esta de misión permanente con la fuerza del Espíritu Santo que
vendrá, sobre todo nosotros debemos ser testigos hasta los confines
de la tierra. En consonancia con la invitación de Jesús, la Virgen
de Guadalupe nos invita también a participar en la misión de hablar,
de anunciar a Cristo con valentía. Que nadie se quede con los brazos
cruzados. Ser misionero, especialmente en estos tiempos es ser un
valiente anunciador de Cristo con audacia, para llevar el Evangelio
a los lugares donde todavía no ha sido suficientemente anunciado o
acogido, en especial en los ambientes difíciles. En los ambientes
donde se experimenta, que hay frialdad, que hay desconocimiento de
Cristo. En este comienzo del siglo XXI se nos pide tomar un papel
más activo en la difusión del Evangelio. Se no pide que experimentemos
las preocupaciones del corazón de Cristo Buen Pastor. En nuestra Arquidiócesis
de León estamos comprometidos con esta forma de vivencia de nuestra
fe, siguiendo el camino que nos hemos propuesto por el Plan Diocesano
de Pastoral.
Hoy ante la imagen de nuestra
Señora de Guadalupe renovamos la promesa de asumir con valentía y
docilidad los proyectos que nos hemos propuesto para ser de nuestras
parroquias centros de comunión, lugares donde se predique el Evangelio,
renovando mentalidades, transformando esquemas, que están ya anticuados
y que son ineficaces para que la Palabra de vida resuene de manera
comprensible al hombre de nuestros días, pero sobretodo queremos comprometernos
en dar un testimonio que haga fascinante y lleno de atractivo el rostro
de Cristo a eso no hemos comprometido, que nuestra peregrinación a
este Santuario sirva para renovar este proyecto que tiene que ser
fuerza transformadora en el ambiente de nuestra diócesis. Lograr una
actitud verdaderamente misionera requiere primero una conversión de
las mentes y de los corazones, no lo lograremos sólo con discursos,
con programas hechos con sabiduría y astucia humana, no, no lo vamos
a poder. Queremos aprovechar nuestra presencia en este lugar de gracia
y bendición para pedirle a nuestra Madre lo que más necesitamos, se
lo pedimos con grande confianza.
Venimos Señora a pedirte que
nos auxilies, para que sepamos responder a la encomienda que tú misma
nos haces en esta hora difícil y esperanzadora de nuestra patria y
de nuestra diócesis. Que nos convirtamos para superar la tentación
y el riesgo del desgano y a la apatía. Que no caigamos en entusiasmos
pasajeros, que no nos venza el cansancio. Que sepamos ser valientes
para tomar la cruz de Cristo. La cruz de nuestras responsabilidades
diarias. Que sepamos ser cristianos decididos, para confesar a Cristo
con valentía más que con nuestra Palabra con el testimonio coherente
hecho de fidelidad a nuestra propia vocación: en el hogar, en el trabajo,
en los compromisos de la vida diaria. Venimos a pedirte por nuestra
patria en esta hora de graves desafíos que todos nos decidamos a estar
de lado de la verdad, de la honestidad y la justicia. Que se destierre
de nosotros cultura de la corrupción, sí, como necesitamos que la
Virgen Santísima nos consiga tener un corazón honesto, cristiano,
fiel al Evangelio, para que superemos el egoísmo, la mentira y la
tendencia al acaparamiento injusto.
Te pedimos Señora que se haga
fuerte en nosotros el poder salvífico del Evangelio. Que crezcamos
en una religiosidad auténtica, que penetre las entrañas y los corazones,
para que pongamos en primer lugar a Cristo. Así veremos en cada persona
a un hermano, y en cada hermano a Cristo. Cuando tenemos ojos bautizados
por la fe, entonces se aviva nuestra capacidad para descubrir la dignidad
de cada persona humana. La vida pierde sacralidad, cuando vamos perdiendo
el sentido de nuestra vocación cristiana. Entonces, maltratamos la
vida e inclusive llegamos hasta el extremo de matar la vida humana
por la violencia en diferentes modalidades. No podemos ser verdaderos
creyentes en el Dios que Cristo nos reveló, sino tenemos sensibilidad
por los más pobres, que fueron siempre los privilegiados de Cristo.
Y cuya evangelización fue presentada, como Jesús, como el testimonio
de que el Reino de los cielos llegó a este mundo.
Encomendamos, a nuestra Señora
de Guadalupe, nos ponemos bajo su protección, bajo su regazo para
que ponga en los pliegues de su manto a los campesinos desplazados
por la miseria de un campo que ya no ofrece lo necesario para vivir
con dignidad. Encomendamos a las familias de todos aquellos que han
tenido que emigrar aventurándose a ganar en el extranjero el pan de
la humillación y de la discriminación. Venimos principalmente a pedir
a nuestra Señora que sane nuestra patria y conserve nuestra fe, para
conseguirlo necesitamos que se salven nuestras familias. Porque el
futuro de nuestra Nación pasa por la salud de nuestras familias. Es
en la familia donde se aprende a conocer y amar a Dios, como Padre
y a Cristo como hermano. Las lecciones de catequesis que más nos marcan
para toda la vida las aprendemos en nuestra familia, sin discursos
más bien en el Evangelio anunciado por el testimonio vivo de los padres,
que crean un ambiente que nos penetra y acompaña para siempre.
En este año, especialmente,
venimos a pedir a nuestra Señora de Guadalupe por nuestros sacerdotes.
Este año que el Papa Benedicto ha proclamado como Año Sacerdotal.
Señora te pedimos que fortalezcas en cada sacerdote un generoso y
renovado impulso de vivir los ideales de total entrega a Cristo, que
son los que motivaron su decisión de consagrarse a Jesús definitivamente,
para siempre, por la salvación de los hombres.
Que nuestros sacerdotes se
identifiquen cada días más los sentimientos de Jesús, Buen Pastor.
Que cada sacerdote tenga una conciencia viva del extraordinario e
indispensable don de la gracia que ha recibido para sí mismo, para
la Iglesia y para el mundo entero. Que sin este don del sacerdocio
el mundo estaría perdido. Pedimos por el aumento de las vocaciones
a la Vida Sacerdotal, como lo hacemos constantemente, cuando decimos:
te pedimos por la Inmaculada Virgen de Guadalupe, tú dulce y santa
Madre danos sacerdotes, danos sacerdotes según tu corazón. Señora
quiero convertirme en voz de toda esta comunidad leonesa, que ha venido
peregrinando hasta tu Santuario para rogarte, bendecirte y alabarte.
Lo hago con una oración que sabemos siempre y que recitamos con gran
sentido de confianza:
Bajo
tu amparo acógenos,
no
desprecies las oraciones y súplicas
que
te hacemos en nuestras necesidades,
oh
clemente,
oh
piadosa,
oh
dulce Virgen María líbranos de todo peligro
oh
gloriosa Virgen Santa María de Guadalupe.
Amén.