31 de julio de 2009
¿Quién
soy yo para que la Madre de mi Señor venga a verme?
Muy
queridos hermanos sacerdotes, muy queridos hermanos y hermanas de
la Vida Consagrada, muy queridos seminaristas, muy queridos hermanos
y hermanas de la iglesia de Nuevo Laredo, hermanos y hermanas, todos,
muy queridos en Cristo nuestro Señor.
Un
día como hoy, hace siete años en esta Basílica de Guadalupe presidía
la Santa Misa, en su última visita a México, el Papa Juan Pablo II.
En esa ocasión vino para canonizar, para llevar a los altares a san
Juan Diego, hoy lo celebramos y hoy viene nuestra iglesia de Nuevo
Laredo a su peregrinación anual, bendita coincidencia de esta celebración
nuestra en la fiesta de san Juan Diego.
Nosotros
hemos venido con la humildad de este santo indígena y con el amor
que él nos enseñó a tenerle a nuestra Madre del Cielo. A presentar
nuestras súplicas; a presentar nuestras plegarías las nuestras y de
aquellos a quienes representamos. En este Año Sacerdotal oramos por
los sacerdotes de Nuevo Laredo, los que hoy nos acompañan y todos
los que no nos han podido acompañar, que ellos sean santos para que
nuestra Iglesia sea santa, para que su ministerio sea más eficaz y
que el Señor les conceda todo lo que cada uno de ellos más necesita.
Que los colme así de sus bendiciones.
Venimos
a pedirle por nuestro seminario, por cada uno de nuestros seminaristas;
dándole gracias por los muchachos que pronto van a unirse a nuestro
seminario; dándole gracias por aquellos que todavía van a seguir pensando,
pero que ya entran en un proceso formal de preparación para ingresar
al seminario. Que el Señor le conceda a cada uno de ellos, a cada
uno de nuestros muchachos perseverar y algún día que se obre entre
sus manos el milagro de la encarnación, permanente continuada en nuestra
Iglesia.
Oramos,
pues, nuestro seminario y nuestros formadores. Oramos por la Vida
Consagrada, todos los que nos acompañan hoy, pero también por todas
las religiosas y religiosos de nuestra Diócesis de Nuevo Laredo. Somos
bendecidos con un gran número de consagrados. Esta vida consagrada
en Nuevo Laredo es un motivo de alegría, es una forma muy concreta
de evangelizar y especialmente de estar más cercanos a los pobres,
a los más necesitados. Oramos, pues, dando gracias al Señor por la
presencia de la Vida Consagrada en Nuevo Laredo, pero también pidiéndole
que muchos jóvenes, muchas jóvenes de nuestros pueblos y ciudades
escuchando el llamado del Señor, quieran consagrarse a Él en pobreza,
castidad y obediencia. Quizá siguiendo alguna de las familias religiosas
presentes en nuestra diócesis. Encomendamos a todas las familias.
Familias aquí representadas por los que han acudido, pero también
por todas las demás familias.
Pedimos
al Señor que las familias se mantengan unidas; que la división no
llegue a ellas; que el amor a Dios y el amor a Cristo sean el motor
y el modelo de la unión familiar. El amor que nos tenemos unos a otros
en la familia no es suficiente ante nuestras propias debilidades.
Necesitamos de la gracia de Dios. Necesitamos de su Palabra y de sus
sacramentos para que nuestras familias sean fuertes en la unidad y
en el amor.
Encomendamos
al Señor todas y cada una de las parroquias de nuestras diócesis,
las que han venido en peregrinación y también las que no han venido,
para que sean comunidades vivas y dinámicas, para que se preocupen
todos, no solamente los sacerdotes y religiosas, sino todos los laicos,
no solamente los catequistas, sino todos los que de alguna manera
están más cercanos a las cosas de Dios se preocupen por los alejados,
se preocupen para que el Evangelio llegue a cada cuadra, a cada barrio,
a cada casa, a cada hogar. Que todos se sientan llamados y convocados
a la comunidad parroquial. Que cada parroquia pueda vivirse intensamente
bajo la dinámica de nuestro Plan de Pastoral Diocesano, en prospectiva
de salvación, en prospectiva de nuestro gran ideal que es nuestra
santidad. Así, pues, el Señor bendiga a las parroquias y que cada
parroquia pueda hacerse responsable de los más alejados de sus propias
comunidades.
Pedimos,
también, por las distintas agrupaciones y movimientos que hay en nuestra
iglesia diocesana, que el Señor los fortalezca para que sean una fuerza
evangelizadora grande de toda nuestra diócesis. Que fieles a su propio
carisma estén siempre abiertos a la comunión y al seguimiento de nuestro
Plan Diocesano, como iglesia pedimos por todas nuestras comunidades,
pueblos y ciudades. Pedimos por nuestras autoridades civiles, por
los gobernadores de nuestros estados, por los presidentes municipales
de nuestros municipios y por todos los demás que sirven en las distintas
alcaldías, en los distintos lugares de servicio de nuestros gobiernos,
de los estados y de los municipios. Que el Señor les de un corazón
sensible a las necesidades de los más pobres y que nosotros como iglesia
podamos sumarnos a todas las actividades que nuestro gobierno y los
demás grupos sociales hagan a favor de los pobres.
Tenemos
muy presentes a nuestros migrantes, a todos los hombres y mujeres,
que pasan por nuestra ciudad, que van de camino hacia el país del
Norte, desesperados por la miseria, muchos de ellos mexicanos, pero
muchos de ellos vienen de más lejos: hermanos centroamericanos. Pedimos
por ellos, por cada uno de ellos, para que con quien quiera que se
encuentren tengan siempre un trato digno, un trato justo.
Muchas
son las vejaciones y abusos que ellos padecen, incluso en nuestras
ciudades, incluso de parte de gente que se dice creyente, esto nos
es posible, esto no puede ser. No basta con que tengamos una casa
del migrante, bendito sea Dios que la tenemos y que podemos servir
así a tantos hermanos. Es necesario que todos: autoridades, miembros
de la Iglesia y de todos los grupos sociales nos preocupemos por cada
uno de los migrantes. Tengámoslos, pues, en la oración ante el altar.
Pedimos, también, por nuestros presos, todos los hombres y mujeres
que se encuentran en prisión. No importa que tan culpables sean en
realidad de lo que se les acusa, son nuestros hermanos y son para
nosotros signo de Cristo. Estuve preso y me fuiste a ver, dice
Jesús en el Evangelio, son ellos una responsabilidad para nosotros
pueblo cristiano. Una oración muy particular por todos nuestros enfermos;
enfermos que se encuentran en hospitales, enfermos que se encuentran
en sus hogares, por ahí algunas personas me hablaban de los enfermos
de cáncer. Esta plaga del cáncer que tanto ataca a la humanidad para
que quienes padecen el cáncer, si es voluntad de Dios, obtengan la
curación y si el Señor permite que sigan enfermos que Él sea su fortaleza
y que se convierta cada enfermos de cualquier enfermedad, en un corredentor:
alguien que sabe unir sus dolores a la pasión de Cristo nuestro Señor.
Hago
un paréntesis para unirme, también, a las intenciones y necesidades
de personas que nos acompañan en esta peregrinación y que ya no viven
en Nuevo Laredo o que quizás nunca han vivido, se de algunas personas
que vienen desde Chicago, otras personas que vienen de Dalas, quizás
de otros lugares a todos los encomendamos en nuestra oración. Pedimos
por los más pobres de nuestras comunidades, que el Señor nos dé a
todos un corazón sensible para con ellos, para que también en ellos
sepamos reconocer el rostro de Cristo: tuve hambre y me diste de
comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste.
Hermanos
y hermanas, venimos con muchas intenciones en nuestro corazón, muchas
súplicas, pero también que no falte la gratitud por todas bendiciones
que Dios nos ha dado por la intercesión de Santa María de Guadalupe
y de san Juan Diego. Y que no nos falte a nosotros además de la gratitud
y de la súplica, que no nos falte en esta ocasión, también la enseñanza,
que nos deja María con toda su humildad, siempre dispuesta a servir.
Presurosa va a la Montaña ¿y a qué va? va a servir; eh aquí
que la Virgen concebirá y dará a luz un Hijo.
Escuchamos
en la primera lectura, tomada del profeta Isaías, una de las profecías
antiguas referidas a las Santísima Virgen María. La gran mujer, la
esperada desde siglos, la prometida por el Creador a nuestros primeros
padres y al mismo demonio: pondré enemistad entre ti y la mujer;
entre tu descendencia y su descendencia. Ella te aplastará la cabeza
mientras tú asechas su talón. Esa gran mujer, la mujer más grande
que jamás allá habido, ni abra, es toda humildad, toda sencillez y
todo servicio, atenta a las necesidades de los demás. Va presurosa
a la montaña para atender a su parienta Isabel. Vino presurosa a nuestro
México, aquí a esta montaña del Tepeyac, vino inmediatamente para
levantar el ánimo de un pueblo que moría. No solamente los muertos
que habían muerto en la batalla de la conquista, un pueblo que moría
de tristeza, un pueblo que moría por el sin sentido de la existencia,
su mundo se había derrumbado. Viene santa María de Guadalupe se presenta
como la Madre del verdadero Dios por quien se vive, se le presenta
a alguien, que bien puede representar a ese pueblo noble y sencillo
de nuestros antepasados. Se manifiesta a san Juan Diego y a él le
dice, y a nosotros nos dice: que Ella es nuestra Madre, la Madre del
verdadero Dios por quien se vive. Viene presurosa porque necesitábamos
de Ella, para fortalecernos, para llenarnos de alegría y para seguir
su ejemplo de servidora y de evangelizadora, primera evangelizadora.
Recordemos, como fueron mujeres las primeras enviadas por Cristo a
evangelizar, que nuestra patria aunque habían venido ya doce evangelizadores
eran poco lo que ellos podían avanzar en su trabajo, es María la que
abre la puerta del corazón de los mexicanos para que el Evangelio
llegue y arraigue en todos los mexicanos: primera evangelizadora.
Y
hoy nosotros ¿cuántas religiosas tenemos? ¿cuántas mujeres laicas
entregadas a la causa de la evangelización? ¿cuántas madres de familia,
las número uno, en cada hogar para hacer presente el Evangelio? Así
es que de Ella tenemos que aprender: humildad, servicio y servicio
al Evangelio.
¿Quién
soy yo para que la Madre de mi Señor venga a verme? Esto lo dice Isabel
llena del Espíritu Santo. San Pablo dirá después: nadie puede decir,
ni siquiera, Jesús es el Señor si no es por la fuerza, por la obra
del Espíritu Santo. Y el Evangelio nos ha dicho hoy: que Isabel
llena del Espíritu Santo reconoce quien es María ¿quién soy yo
para que la Madre de mi Señor venga a verme? Así nosotros movidos
por el Espíritu Santo llenos de su gracia, hemos venido a corresponderle
a María su visita.
Hemos
venido con fe y devoción, y hemos dicho en el camino, y volvemos a
decir, junto con Isabel: Dios te salve María llena eres de gracia,
es el Espíritu Santo, el que nos mueve a esta confesión a este
reconocimiento.
Pues,
presentemos en este altar todas esas buenas intenciones que traemos
y volvamos a Nuevo Laredo, o cualquier lugar a donde vayamos a regresar,
vayamos llevando esta Buena Nueva, que la Madre de Dios es nuestra
Reina que está de pie junto al trono de nuestro Señor, sentado para
reinar está Cristo nuestro Señor junto al Padre y junto a Él está
de pie la Reina, enjoyada con todas las virtudes, que un ser humano
pueda concebir.
Vayamos
con esa alegría a imitar a la Santísima Virgen; a imitar a san Juan
Diego; a llevar a nuestra iglesia esa vitalidad necesaria para hacer
presente a nuestro Señor en cada lugar de nuestra diócesis. Así, pues,
llenos de fe aclamemos, como aclamaban los mártires:
¡Viva
Cristo Rey!
¡Viva
Santa María de Guadalupe!