11 de
noviembre de 2009
Muy querido señor obispo de
Tula don Pedro Juárez Meléndez, muy queridos hermanos presbíteros,
religiosas, religiosos, seminaristas, laicos de nuestra iglesia diocesana
de Tlaxcala y demás personas que nos acompañan.
Como cada año desde hace medio
siglo la Diócesis de Tlaxcala acude hoy a la cita de amor con Santa
María de Guadalupe, la Madre del verdadero Dios por quien se vive.
Su casa, este hermoso templo donde nos acoge, es figura del templo
espiritual de la Iglesia formada por todos los bautizados y la Iglesia
Universal se hace visible en nuestra querida Diócesis de Tlaxcala,
que está celebrando a las fiestas jubilares por sus cincuenta años
en esta segunda etapa de su existencia.
Tlaxcala es una diócesis antigua,
porque fue la primera de México en 1525, pero es también joven porque
habiéndosele cambiado su nombre ha cincuenta y seis años, por el de
Puebla de los Ángeles fue reinstaurada por el Papa Juan XXIII, hace
medio siglo, con el mismo nombre original de Diócesis de Tlaxcala.
El 11 de noviembre 1959 fue ordenado, consagrado y tomó posesión de
su diócesis, el primer obispo don Luis Munive y Escobar en lo que
ahora es el Templo de san José, su primera catedral; 32 años más tarde
a sumió la encomienda del pastor diocesano don Jacinto Guerrero Torres
su actual catedral dedicada a nuestra Señora de la Asunción. Los recordamos
con gratitud y cariño.
Venimos como Diócesis de Tlaxcala
en nuestras bodas de oro al encuentro con la Santísima Virgen de Guadalupe,
para que Ella nos ayude a darle gracias a Dios por todos los dones
recibidos de su bondad. A pedirle humildemente perdón por todas las
deficiencias y pecados cometidos y a ofrecerle con entusiasmo filial
todo lo que somos y tenemos, con la mirada fija en el horizonte, para
que Él nos reciba, como ofrenda agradable en su presencia.
En la primera lectura que se
ha proclamado el profeta Isaías utiliza las más coloridas imágenes,
para expresar la visión de la futura Jerusalén. De todo el mundo regresan
los que habían emigrado, este retorno va acompañado de una afluencia
de paganos convertidos que reconocen la gloria única del Dios de Israel
y también los meritos de su pueblo. Llegan al templo para ofrecer
sus riquezas y dan al pueblo de Israel de sus propias pertenencias
para que este a la altura que le corresponde.
El Libro del Apocalipsis retomará
estas palabras para evocar las riquezas de la ciudad definitiva, la
Jerusalén celestial donde se realizarán todas a las aspiraciones de
una humanidad purificada y reunida en la luz de Dios. Allí la humanidad
tendrá en plenitud lo que anhelaba. A la luz de estas palabras proféticas
de Isaías nosotros también hemos expresado nuestros sueños acerca
de la Diócesis de Tlaxcala. El nuevo Plan de Pastoral nos señala cual
es esa visión, que tenemos de nuestra diócesis para dentro de diez
años tener una diócesis que viva en comunión donde sacerdotes, consagrados
y laicos con una optima formación inicial y permanente se encuentren
con Jesucristo, vivan el Él y lo hagan presente en la realidad social.
Para que esta visión sea una realidad, nos hemos propuesto poner en
práctica el Plan Diocesano de Pastoral en toda la diócesis. Partimos
de una verdadera conversión y poniendo especial empeño en la formación
permanente de todos los agentes de pastoral para impulsar en nuestra
diócesis la Misión Continental, que no es otra cosa sino una renovación
profunda de las personas y las estructuras y el anuncio gozoso con
el testimonio y la Palabra de que Cristo está vivo y resucitado en
medio de nosotros. Como el profeta Isaías visualizaba el futuro de
Jerusalén y del pueblo escogido, así nosotros soñamos despiertos con
darle un nuevo rostro a nuestra diócesis viviendo nuestra identidad
de discípulos misioneros de nuestros Maestro y Salvador Jesucristo.
Venimos a poner en manos de
la Santísima Virgen de Guadalupe estas aspiraciones y a comprometernos
a poner, todos, nuestro mejor empeño en su realización.
La
Carta a los Efesios proclama el plan de Dios, por el que quiso comunicar
sus riquezas a sus seres creados. Ese es el plan de Dios para nosotros.
Es el llamado vocacional para cada bautizado. Quiso Dios, que hijos
suyos se multiplicarán en torno a su Hijo Único recibiendo su mismo
Espíritu y retornarán a Él al fin de la historia unidos en un sólo
Cuerpo. Las expresiones de este texto bien se pueden aplicar a cada
uno de nosotros y a nuestra diócesis en su conjunto, por Cristo, por
su Sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.
Hermanos, hermanas, hemos sido
comprados a un precio muy alto. Cristo mismo nos ha bañado con su
Sangre preciosa, por eso Dios nos eligió en Cristo para que seamos
santos e irreprochables a sus ojos por el amor. Nuestra vida no puede
ser de otra manera, por eso en Tlaxcala nos hemos propuesto transitar
los senderos de la santidad en el desempeño de nuestros quehaceres
diarios a imitación de los niños mártires tlaxcaltecas, para que toda
nuestra vida sea una alabanza continua de su gloria.
Todo esto es posible, ya que
hemos sido marcados con el Espíritu Santo prometido que vive, y actúa
en nosotros. Así como somos herederos de una gran diócesis, de una
gran historia, de grandes expresiones artísticas y culturales con
Cristo somos también nosotros herederos para recibir la herencia del
pueblo Santo en la luz. ¡Qué admirable plan de amor y salvación ha
trazado Dios para todos y cada uno de nosotros! En este camino vocacional
de discípulos misioneros la Diócesis de Tlaxcala no va sola, sino
junto con toda Iglesia, bajo la guía del Papa Benedicto XVI a quien
el Señor le dijo: apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas.
Y bajo el callado de su obispo, que quiere enseñar, santificar
y conducir a su pueblo en nombre de Cristo, el Buen Pastor.
Que esta Eucaristía junto a
la Santísima Virgen de Guadalupe es la misma Eucaristía, que celebraremos
el próximo sábado catorce de noviembre en nuestro seminario con la
presencia del señor Nuncio Apostólico representante del Papa Benedicto
XVI y de más de sesenta obispos. En esta celebración a sumiremos nuestro
nuevo plan y seremos enviados, como discípulos misioneros a cumplir
nuestra tarea evangelizadora en el mundo de nuestros ambientes cotidianos.
Para que, como hemos proclamado en el Salmo 18, el mensaje del Señor
llegue a toda la Tierra.
Los presbíteros que están cumpliendo
sus cincuenta años de ministerio en nuestra Diócesis de Tlaxcala ocupan
un lugar importante en esta misa y en nuestro corazón. Ahí, desde
su lecho de enfermedad, en su ausencia física, pero con una presencia
fuertemente espiritual ellos ocupan la intensión central en esta Eucaristía
de nuestras bodas de oro de nuestra diócesis. Pudiéramos pensar que
ellos están en el ocaso de su vida, pero no es así; la Sagrada Escritura
se valora a los ancianos, como las personas sabias de quienes aprenden
a vivir los niños y los jóvenes con sus sabidos consejos y buen ejemplo.
Hermanos sacerdotes ancianos
ustedes aún tienen tanto que aportar en la renovación profunda de
nuestra diócesis sigan adelante. Les agrademos su entrega de amor,
les felicitamos por ser los testigos auténticos del peregrinar completo
de nuestra diócesis en este medio siglo y oramos a Dios para que les
llene de sus gracias y bendiciones y les obsequie su paz y la perseverancia
final.
También, presentamos con las
ofrendas del pan y del vino la fatiga, la ilusión, las necesidades
y súplicas que brotan del corazón de todos estos peregrinos, que se
encuentra con Cristo a través de la Morenita del Tepeyac y que quieren
vivir más auténticamente su vocación en la Iglesia y en el mundo.
Virgen y Madre, Santa María
de Guadalupe gracias por habernos traído a estas tierras a tu Hijo,
Jesucristo. Continúa caminando a nuestro lado, como iglesia de Tlaxcala
y no permitas que el cansancio o el desaliento hagan presa de nosotros,
antes, bien, ayúdanos a ser siempre dóciles a las moniciones del Espíritu
Santo. Intercede por nosotros, Madre llena de amor, ante tu Hijo para
que nos reconozcamos como Tú misma discípulos suyos, que colaboran
con Él en el anuncio gozoso del Evangelio a fin de que vayamos fermentando
nuestra sociedad y en Ella se vivan desde ahora los valores del Reino
de Dios
Así sea.