14 de junio de 2009
El tiempo que nos toca vivir pareciera ser que
quiere quitarnos, esas de ganas de seguir hacia delante. A cualquier
lado que volteamos nuestra mirada; a cualquier campo de la vida humana
encontramos ciertas dificultades. En el campo laboral: la falta de
empleo. En el campo de la salud: lo que acabamos de vivir y seguimos
todavía viviendo y teniendo los cuidados necesarios para que no haya
no recaída. En el campo económico de igual manera, en campo religioso
con mucha tristeza podemos constatar que también día con día muchos
hermanos y hermanas nuestras abandonan nuestra fe católica. Todo esto
como decía, pareciera ser que pudiera estar ganando terreno en la
vida de todos y cada uno de nosotros. Pero no hemos venido para regresarnos
tristes, si traemos todas estas preocupaciones en el corazón de nuestras
familias, de nuestros pueblos, particularmente de la Prelatura de
Huautla, donde todas estas situaciones se viven fuertemente y no de
ahora, sino de hace mucho tiempo y sin embargo no han sido motivo
para dejar de seguir caminando. Todo lo contrario hemos venido a renovar
nuestra fe y a comprometernos a lo que proclamamos con este lema en
esta peregrinación: a caminar con la Santísima Virgen María y tenido
como guía al Espíritu Santo.
Caminar con María para encaminarnos presurosos a la ayuda de
nuestro prójimo, acercarnos al que más lo necesita, así como Ella
lo hizo. Se encaminó hacía la casa de su prima Isabel, se encaminó
hacía este pueblo en los momentos más difíciles, cuando se le mostró
al indio Juan Diego para que no perdiera la esperanza, sino por el
contrario que al tenerla a Ella, como Madre pudiera levantarse e ir
con alegría y con esperanza a llevar esa buena nueva a sus hermanos.
Encaminarnos presurosos, como María para sostener la Iglesia
en oración así lo hizo Ella, después de la muerte de su Hijo Jesucristo,
nuestro Hermano. Permaneció en oración con los apóstoles y la Iglesia
unida a Ella. Logró esperar esa venida del Espíritu Santo para que
después de ese gran acontecimiento se abrieran las puertas y salieran
sin temor. Eso es lo que queremos precisamente en esta tarde unirnos
en la oración con la Santísima Virgen María para invocar a la tercera
persona de la Trinidad: el Espíritu Santo. Que venga sobre todos y
cada uno de nosotros desde un servidor, desde nuestro obispo emérito,
los presbíteros, diáconos, diáconos permanentes, religiosas, seminaristas,
fieles, todos de nuestra Prelatura. Para que abramos las puertas y
venzamos al miedo para poder dar testimonio de Jesucristo en medio
de los hombres.
Hoy nos ha recordado el Señor en el Evangelio: que las acciones
del Reino no han sido nunca aparatosas, nunca han sido tampoco que
llamen mucho la atención, siempre son algo pequeño, algo sencillo,
pero que se va cultivando día con día. Tristemente hemos ido dejando
a un lado nuestra formación cristiana y es por eso que muchas de las
veces corremos el peligro de abandonar nuestra fe. Preocupémonos por
tener esos procesos de formación cada uno de nosotros en su parroquia,
cada uno en su familia, padres y madres de familia sigan enseñando
el Evangelio, tengan o no tengan una gran preparación. Esa fe que
ustedes tienen es la que los ha sostenido y ha sostenido a su familia
hasta el día de hoy. Sepan transmitir con seguridad y con alegría
la fe que han recibido de sus padres y de sus abuelos. No tengamos
miedo demos testimonio de Jesucristo en medio de nuestros hermanos.
Como decía, también, en nuestra Prelatura y en las distintas comunidades
que la conforman. Vemos con tristeza esta misma realidad.
Escasísimo es el trabajo, ya no se diga el sostenimiento de
nuestras familias. Con cuanta tristeza vemos que nuestros pueblos
y los más alejados, hay quien ya está poniendo en duda su fe y hay
quien ya la ha abandonado. No solamente nos quedemos expectantes,
no solamente nos quedemos como los discípulos mirando el cielo, porque
el Señor nos dice: ¿qué están haciendo ahí? vayan y anuncien a sus
hermanos, lleven esta Buena Nueva.
Hemos venido a renovar nuestra fe, hemos venido a recibir por
medio de la Santísima Virgen María esa fuerza que tenemos en cada
uno de nuestros pasos, en cada uno de nuestros corazones para seguir
caminando por los distintos caminos de nuestras comunidades en esta
Prelatura de Huautla. Salgamos y anunciemos a Jesucristo con nuestras
acciones sencillas, pero hechas con el corazón, esa será la gran diferencia.
El Señor, como decía, no los ha recordado en este día al proponernos
estas parábolas: el Reino de los Cielos es lo más pequeño, lo más
insignificante, pero no por eso va a dejar de existir, no por eso
será algo mínimo en nuestra vida, por el contrario quién mejor que
todos y cada uno de nosotros que seguimos al contacto todavía de la
tierra y del cultivo de ella. Sabemos que hay que esperar, que hay
que seguir tirando la semilla, que hay que volver a mover la tierra
para que esa semilla que se planta pueda producir fruto. Habido años
en que no recogen cosecha, pero esto no les ha hecho dar marcha atrás,
sino por el contrario nuevamente con fe poniendo esas semillas en
manos del Señor volvemos a tirarlas en su nombre.
Hemos venido a renovar nuestra esperanza, volvamos a nuestras
familias, volvamos a nuestras parroquias, volvamos a nuestras comunidades,
convencidos de que el Señor sigue estando a nuestro lado y que la
Santísima Virgen María sigue siendo nuestra protectora, como lo cantamos
en algunos de estos cantos guadalupanos.
Renovemos nuestra fe y nuestra esperanza, salgamos con alegría
y vayamos a llevar esta Buena Nueva aquellos que están allá entre
nuestros pueblos. Los que no han podido estar hoy con nosotros los
tenemos en nuestro corazón, los que padecen alguna enfermedad, los
tenemos hoy presentes en nuestra Eucaristía a todos y a cada uno de
ustedes fieles de esta Prelatura estarán siempre en el corazón e la
Santísima Virgen María y en corazón de cada uno de nosotros sus pastores.
Rueguen, también por nosotros para que renovemos, también, nuestro
compromiso de este ministerio que el Señor nos ha encomendado, de
ser los primeros de mostrarnos con entusiasmo, de ser los primeros
de creer en lo que anunciamos, y de vivirlo con alegría.
Oremos, también, en esta tarde para que por intercesión de
Santa María de Guadalupe nos conceda las vocaciones que necesitamos.
Fieles laicos hombre y mujeres comprometidos, diáconos al servicio
de este pueblo, presbíteros, pero todos ellos que surjan de nuestras
familias. Esas familias generosas que hay en nuestras comunidades.
Hoy están aquí con nosotros estos jóvenes seminaristas, son
unos pocos, pero el Señor nos ha dicho hoy que esos pocos pueden ser
suficientes para nuestra Prelatura, pongámoslos también en sus manos
para que ellos cada día vayan viendo con más claridad, cual es el
llamado que el Señor les está haciendo.
Caminemos con María, caminemos con María.
Hoy, también, aprovechamos esta ocasión para unirnos a la iglesia
mexicana. El pasado mes de abril en el asamblea que celebramos los
obispos. Iniciamos precisamente en esta Insigne Basílica Nacional
de Guadalupe, nuestra asamblea y ahí nos consagramos al Espíritu Santo
y se nos ha invitado a que todos y cada uno de los obispos de las
distintas diócesis y prelaturas que conformamos la Iglesia en México
tengamos un momento en que como iglesia particular nos consagremos
al Espíritu Santo.
Y hoy que Dios nos ha dado la oportunidad, convocados por la
Santísima Virgen María y que nos hemos reunido de las distintas parroquias
que conforman esta prelatura yo los invito a que se pongan de pie
en este momento y que tomemos la hoja que nos han entregado para hacer
esta consagración de nuestra Prelatura al Espíritu Santo.