28 de abril de 2010
Hermanas y hermanos,
hermanos sacerdotes de la Arquidiócesis de Acapulco.
Verdaderamente me convenzo
una vez más de que Acapulco tiene un presbiterio guadalupano año
con año han venido demostrando esta presencia de cercanía, de cariño,
de amor, reiteradamente manifiesto, al venir a esta peregrinación
guadalupana, como lo están haciendo ahora gran parte de nuestro
presbiterio, de los 114 sacerdotes de nuestro presbiterio, muy bien
representados aquí en esta Basílica de Guadalupe en el día de nuestra
peregrinación de la arquidiócesis.
Estimadas religiosas, que han
estado incrementándose más y más en nuestra arquidiócesis, en la
Costa Grande, en la Costa Chica y en la ciudad y municipio de Acapulco.
Hermanos y hermanas laicos
de nuestra arquidiócesis, que de las diferentes parroquias, de las
74 parroquias están aquí también muy bien representadas. No se puede
esconder el sacrificio, el cansancio, el desvelo todo lo que es
necesario ofrecer para poder estar aquí a las planta de la santísima
Virgen María de Guadalupe, pero como dice la canción de los que
cantan las mañanitas aquí a la Virgen de Guadalupe, dice: ya
mis tristezas no más de verte las olvide, porque estamos aquí cobijados
bajo el manto de la Guadalupana.
Estimados seminaristas, también
hay una representación de nuestro Seminario Diocesano del Buen Pastor,
que está cumpliendo 50 años de haber sido fundado y también un buen
número de representantes de quienes ya son una asociación muy numerosa,
inquieta, alegre, de monaguillos, que también han venido representando
a nuestra arquidiócesis.
Pues, amados fieles, todos,
muy amados en Jesucristo nuestro Señor, el Tepeyac es un lugar de
consuelo: ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿no soy yo vida
y salud? ¿no estás en mi regazo y corres por mi cuenta? ¿necesitas
otra cosa? Estas palabras de una madre, que está arrullando
al Hijo de sus entrañas, que son las que dirigió a san Juan Diego,
aquí en este lugar. Las escuchamos también nosotros y hoy venimos
a contarle muchas ilusiones a nuestra Señora de Guadalupe. Las alegrías,
pero también muchas preocupaciones, muchas penas y lágrimas de nuestras
comunidades y de todos y cada uno de nosotros. Porque el Tepeyac
dice: me mostraré Madre tierna y cariñosa de todos los que me
invoquen aquí en este lugar. Vine a contar mis penas, a que
me escuches y me des fe, pero ya mis tristezas no más de verte las
olvide. Pues, venimos también a eso.
Nuestras alegrías, nuestras
ilusiones, también nuestras penas y preocupaciones para ponerlas
en las manos de la guadalupana. Pero también es un lugar donde se
fortalece la fe en donde María de Guadalupe se ha presentado, como
luz del mundo: Yo he venido, como luz del mundo, dice Cristo.
Y como María nos trajo a Cristo, Ella vino como luz de este mundo
en los pueblos de América y para nuestros pueblos de México. Con
razón dice la alabanza de la estrofa del Himno Guadalupano: de
la santa montaña en la cumbre apareció, como un astro María ahuyentando
con placida lumbre las tinieblas de la idolatría.
Es luz para nosotros, pero
también el Tepeyac es un lugar de envío: anda le dijo Santa María
de Guadalupe a nuestro paisano el indio san Juan Diego: anda
quiero que seas tú mismo y no otro el que lleve la Buena Nueva para
que junto con el obispo edifiques el templo de la nueva civilización
en México, que es el templo de santa María de Guadalupe significado
en esta Basílica, en este templo también material que nos pidió
Santa María de Guadalupe.
Es un lugar de envío y hoy
Santa María de Guadalupe quiere enviarnos, como a san Juan Diego
a llevar el quimil de las rosas en el ayate de nuestra arquidiócesis
para llevar las rosas del Tepeyac, las rosas de la nueva evangelización,
las rosas de nuestros planes de pastoral diocesano, el V plan recientemente
promulgado y las rosas de nuestro 74 planes de pastoral, que en
la próxima asamblea en esta semana vamos a presentar, vamos a promulgar,
a entregar y a enviar. Para participar en la Misión Continental,
de esta manera nos adherimos a participar en esta misión continental.
Pues, desde aquí hemos venido
para que sea nuestra plataforma y base de lanzamiento y que mejor
que ese seno bendito, que es santuario del Espíritu Santo, para
que con su luz y con su fuego seamos enviados. Así como llenos del
Espíritu Santo fueron enviados Bernabé y Pablo para la misión continental,
que entonces se les encomendó o mundial o universal que se les envió
por todas las comunidades de entonces. Y ellos fueron hasta Eleusina,
a Chipre, al mundo de los helénicos, conocidos hasta entonces por
todas partes, fueron a llevar el Evangelio del Señor, fueron enviados
con la fuerza del Espíritu Santo. Así también nosotros desde aquí
vamos a llevar esta Buena Nueva de nuestras rosas del Tepeyac a
todos nuestros hermanos.
Y traemos a este lugar de consuelo
una preocupación, que los obispos de México recientemente en su
89 Asamblea Episcopal nos han dado, recopilando las preocupaciones
de todos los mexicanos, nos lo han dicho en un mensaje reciente,
que hoy lo confiamos también a santa María de Guadalupe, como preocupaciones.
A la vez como una ilusión de transformar nuestro Estado, nuestro
México, nuestra arquidiócesis.
Nos preocupa, dicen los obispos,
la pobreza y no perdemos de vista las realidades de diversa índole
que afectan a nuestra patria, como es la incontrolable ola de violencia,
de inseguridad que se ha desatado desde hace varios años en México
y que ha cobrado innumerables víctimas inocentes no obstante los
grandes esfuerzos y sacrificios, que las diversas estancias gubernamentales
están realizando. Subsiste el miedo y la inseguridad, que destruye
la vida de las comunidades, las aísla y las expone a mayores o nuevas
expresiones de violencia. La impunidad provoca desconfianza en las
instituciones sobre estas situaciones ya hemos compartido todo un
documento que en Cristo, nuestra paz, México tenga vida digna. Deseamos,
que dicho documento llegue a todos, nos preocupa: la pobreza, la
desigualdad, el desempleo y bajos ingresos. Los bajos niveles de
educación y la falta de oportunidades, particularmente para los
más jóvenes y nos anima la recuperación de empleos y los leves signos
de superación de la crisis económica.
Ante estas realidades el mensaje
de Cristo nos impulsa a dar respuesta desde nuestra fe de una manera
activa para colaborar en la búsqueda de soluciones que fortalezcan
la vida digna de todos. Lo que sucede en el mundo y en México son
signos de los tiempos que la Iglesia debe interpretar para ser fiel
a la misión que el Señor le ha encomendado.
Por eso ahora nuestro compromiso,
como cristianos, junto con nuestros pastores, es fortalecernos en
una fe increbantable, con una energía que no desfallezca, para realizar
las tareas que Dios nos tiene asignadas acompañando con esmero a
nuestros hermanos y hermanas en la fe. Confirmándolos en su vocación
de discípulos misioneros de Jesucristo.
Por eso decimos nosotros, los
guerrerenses y acapulqueños de la Costa Chica y de la Costa Grande:
Ayúdanos Madre del Verdaderísimo Dios, por quien se vive; ayúdanos
a construir la nueva civilización del amor, para que llegue el día
en que tus hijos de Guerrero y de México formemos una sola familia,
con un sólo corazón y una sola alma. Que no nos creamos con derecho
a destruir la vida de los hermanos, que nos vemos todos, como hijos
del Único Dios y Padre, hermanos en Cristo, tú Hijo congregados
por el Espíritu Santo bajo tu manto protector y materno. A ti clamamos
Señora nuestra, en ti confiamos, escucha el llanto y la tristeza
de los que más sufren, remedia y cura todas sus diferentes penas,
miserias y dolores. Nos duelen mucho los secuestros, los asesinatos,
los asaltos, los odios y rencores de tus hijos guerrerenses, nuestros
hermanos, cuya sangre ha sido derramada. Hay muchas cosas que nos
espantan, nos afligen, nos perturban el rostro y el corazón. Tú
conoces las enfermedades y las cosas punzantes y aflictivas que
nos preocupan sobretodo la falta de paz y de seguridad. La miseria
de tanta gente que pasa hambre, la siembra de estupefacientes, el
narcotráfico, el alcoholismo y el abandono de nuestras tierras.
Pero venimos a ponernos bajo tu sombra y resguardo, Tú eres la fuente
de nuestras alegrías, nos ponemos en el hueco de tu manto y en el
cruce de tus brazos y estando contigo que eres nuestra Madre no
tenemos necesidad de alguna otra cosa. Cuídanos de los peligros
que nos rodean y amenazan, de los sismos y los elementos naturales
desencadenados. Ruega por nuestras familias y los sacerdotes, los
diáconos, religiosos, religiosas y fieles laicos. Ayúdanos a obtener
más vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras. Ruega por
nuestro México y por nuestro Estado, por los indígenas, por los
legisladores y los gobernantes. Así como hiciste florecer el árido
Tepeyac has que florezcan entre nosotros la verdad y la paz, la
justicia y la reconciliación, el amor y la fraternidad.
Virgen de Guadalupe, Acapulco
está a tus plantas pidiéndote que te dibujes en la tilma de nuestra
Arquidiócesis de Acapulco, Costa Chica y Costa Grande, sus 12 decanatos
y sus 74 parroquias. Que nos des las rosas del Tepeyac, para exhalar
e irradiar el aroma de Cristo, que es la nueva evangelización en
la Misión Continental. Que podamos a ser como Juan Diego los caminos
del templo de María junto con el obispo para edificar el templo
de la aceptación y puesta en práctica de nuestro V Plan de Pastoral
y los 74 planes parroquiales, que ponemos en tus manos ya desde
ahora para la próxima asamblea vigésimo octava de pastoral que serán
promulgados.
Queremos sabes fundamentar
nuestra pastoral en una auténtica santidad de vida y desarrollarla
en el marco de una espiritualidad profunda de comunión para evangelizar
intensamente todos los rincones de la arquidiócesis con la quemante
pasión del Reino de Dios.
Inmaculada Madre de Dios por
quien se vive te pedimos que nuestro Estado de Guerrero posea y
promueva una vida digna de seres humanos, que se alejen las culturas
de muerte y se acaben los atentados contra la vida: el aborto, los
asaltos, los secuestros, la inseguridad de los ciudadanos, toda
clase de violencia. Que la inmoralidad no venga a profanar la bella
de nuestra bahía y de nuestros litorales con la implantación de
centros de perversión. Que con el espejismo del dinero quisieran
justificar la degradación de las costumbres y de la dignidad del
trabajo humano.
Compadécete de los pueblos
de nuestra arquidiócesis, cuyas gentes peregrinan extenuadas, como
ovejas sin pastor. Intercede por las vocaciones sacerdotales y fortalece
nuestro seminario con sus seminaristas, sus familias, con sus formadores,
especialmente al cumplir las bodas de oro de su fundación. Haz que
florezcan en nuestras tierras guerrerenses las religiosas y las
vocaciones de la Vida Consagrada, así como florecieron las rosas
en este cerro del Tepeyac.
Bendícenos a todos estos los
hijos de esta arquidiócesis acapulqueña, Costa Chica y Costa Grande,
que hemos venido a tus plantas como peregrinos. Bendice nuestras
parroquias, nuestros decanatos, nuestras familias, nuestros enfermos,
nuestras penas y preocupaciones y danos la paz. Danos la vocación
de construirte, te lo pedimos muy encarecidamente, el máximo templo
de la arquidiócesis: la Catedral de Cristo Rey.
Recibe, también, mis 36 años
de episcopado recientemente cumplidos, que los pongo en tus manos
para que sea el buen pastor que he prometido. Te pedimos ahora que
bendigas aquel obispo que ha de llegar como arzobispo sucesor, cuando
el Papa Benedicto XVI lo designe. Que sea él un sucesor de los apóstoles,
según el corazón de Dios. Así como lo necesita esta iglesia de Acapulco.
Señor y Dios, nuestro escucha
las súplicas que te pedimos por los méritos de Cristo Resucitado
con la intercesión de Santa María de Guadalupe, san Juan Diego y
la de nuestro beato acapulqueño Bartolomé Díaz Laurel.
Santa María de Guadalupe, Reina de México.
Salva nuestra patria y conserva nuestra fe.
Amén.