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Homilía
pronunciada por Mons. J. Ulises Macías Salcedo, Arzobispo de la Arquidiócesis de Hermosillo, Sonora, en ocasión de su peregrinación a la Basílica de Guadalupe.


17 de julio de 2010

"DICHOSA TU PORQUE HAS CREÍDO"

Saludo con cariño y gratitud a mis sacerdotes, que con un gesto de comunión se hacen presentes, para unirnos aquella iglesia particular norteña, lejana del centro geográfico, Hermosillo en su peregrinar. Gracias alumnos de nuestro Seminario Juan, Abarrete y Guerrero. Gracias personas que nos acompañan, venidos de tantos y tantos puntos diferentes, cercanos y distantes de esta Basílica. Y saludo a los peregrinos con ¿cuánta alegría deberás llegamos a la casa del Señor y al Santuario de nuestra Reina? Que le hemos erigido nos sólo uno en la Antigua Basílica, sino esta bella y hermosa también Basílica Santuario.

María fue bendecida porque creyó. Dichosa tú que has creído, fue el saludo de su prima Isabel. Esa fe grande de María se traduce en una palabra: Fiat, es decir, hágase tu voluntad. Sí, María, por eso eres dichosa, porque te abriste a la Palabra de Dios y la guardaste en tu corazón. Sí, dichosa tú, porque por tu fe tan grande, supiste acoger la Palabra de Dios y la guardaste primero en tu corazón y después en tus entrañas.

La fe hace maravillas en la vida de los hombres y mujeres creyentes y por eso, como Abraham, María por su fe, llegó a ser la Madre del Hijo de Dios y de innumerables hijos. María creyó, porque amó. Fe y amor son dos hermanas que van siempre unidas. En nadie podríamos creer si no hay una predisposición amorosa y a nadie se podría amar, si no se creyese en Él.

"MARÍA FUE LA QUE MÁS AMÓ"

Lo primero que aprendían los niños hebreos era que había que amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. No había lugar, ni espacio para otros "dioses". ¡Qué difícil es cumplir con este mandamiento! Pues, casi siempre reservamos alguna parte del corazón y del alma para otros "diosecillos", o quizá para el dios que es más peligroso: nuestro propio yo, nuestro egoísmo.

María no fue así, María no tiene nada de amor propio, pues, se vació enteramente de sí misma y renunció así a su vida para darla toda. Se puso confiadamente en las manos y en el altar de Dios.

Esta actitud del gran amor de María, es lo único que es capaz de poder explicar la razón por la que la Virgen bajó del cielo al Tepeyac... porque nos hacía mucha falta en el momento difícil e importante en que nuestra patria y pueblo estaban viviendo. Ella se hizo una de nosotros, tomó nuestros rasgos indígenas, asumió muchos elementos de nuestra cultura y de la manera cómo vivían su fe nuestros antepasados, basta verlo y comprobarlo en su imagen. Se nos manifestó como la Virgen Nuestra Señora de Guadalupe, nuestra linda Morenita, pidiéndonos un lugar sagrado, "una casita", un templo, para atendemos desde ahí, escuchamos, velar por nuestras vidas, apoyar el proceso de la Evangelización que nos conquistaría para Dios y permanecer siempre con nosotros en este Santuario al que hoy hemos venido como peregrino, y así ofrecerle lo mejor de nuestras vidas, agradecer su cariño, suplicar su ayuda y resolver tantos problemas de toda índole que nos lastiman: tanta falta de fe y moral, la cultura de muerte y de inseguridad, que priva en nuestro Estado y sobretodo en algunas ciudades; las crisis económicas que afectan socialmente a muchas personas que sufren desocupación o desempleo. Tantos deportados, hermanos mexicanos nuestros. El hundimiento moral por la falta de valores, el dolor profundo que existe aún en las vidas de las familias, especialmente los padres, por la muerte de los cuarenta y nueve niños de la guardería el año pasado... Sí, Madre confiamos en ti y sabemos, estamos ciertos, que podemos poner en tu corazón toda nuestra esperanza.

Cuando meditamos el Evangelio encontramos a Jesús en más de un momento necesitado de cariño. Sorprende, porque Él nos amó más que nadie, y no nos amó para que le amáramos, sino para que nos amáramos. Dios no nos ama para que le devolvamos el amor, sino para capacitarnos amar y poder amarlo, y amar a nuestros hermanos.

Jesús, que apenas pidió cosas nuestras: una posada, una sala para cenar la Pascua, un poco de agua, un burrito… también se hizo mendigo de amor cuando pregunta: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?".

¿Quién fue el que más amó a Jesús? Quizá Pedro, entre los discípulos. Quizá Juan, el más amado. Quizá Pablo, un poquito después, el más apasionado. Quizá María Magdalena, la más enamorada. Pero, no, quien más amó a Jesús fue María, más que nadie, más que todos juntos, incluyendo todos los tiempos. Porque María amó a Jesús con amor de MADRE, con amor de HIJA y con amor de DISCÍPULA.

Amor de Madre que comulgó entrañablemente con su Hijo nueve meses y toda la vida. Que le dio su aliento, su sangre, sus sentimientos. Y esa comunión, no la rompió ningún cordón umbilical. Amor de hija que se reconoce como la esclava de Dios, pero experimenta que Dios la tiene en sus manos, querida y bendecida desde siempre y para siempre. En algún momento parece sentirse también como esposa del mismo Dios, el Espíritu Santo, que desciende sobre Ella y la cubre con su sombra.

Amor de discípula, porque nadie como Ella escuchó y guardó su Palabra. Nadie como Ella se alimentó de la Palabra de Dios. Con este amor, con esta "encendida caridad", de la que habla el Concilio Vaticano II, María "cooperó en forma del todo singular a la restauración de la vida sobrenatural de las almas" (LG, 61).


DICHOSA TÚ, QUE FUISTE LA MÁS AMADA

Por aquí tendríamos que empezar. Nadie puede amar si no ha sido ya amado. Tratándose de Dios, Él toma siempre la iniciativa. Si nosotros le amamos un poco, es porque Él nos ha amado mucho. Si nosotros le amamos mucho, es porque Él nos ha amado todo. Si nosotros le amamos todo, es porque Él nos ha amado infinito.

María fue desde el principio y siempre la más amada. Qué bien se aplica a Ella el texto de la segunda lectura: "Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e inmaculados ante Él por el amor".

Antes de crear el mundo amaba a Cristo. Antes de crear el mundo amaba a la Madre de Cristo. Antes de crear el mundo amaba a los hermanos de Cristo. Antes de crear el mundo amaba el mundo que recibiría a Cristo. Dios amó a María más que nadie, después de Cristo. Este amor capacitaría a María amar a Dios más que a todos.

Fue así María el receptáculo del amor de Dios. Era una vasija de barro, pero llena de Dios. Si la destapáramos percibiríamos el aroma de Dios. Si Pablo pudo decir: vivo yo, pero no yo, sino es Cristo quien vive en mí, María lo puede afirmar con más verdad. Ella pudo decir: mi vida ya no es mía, es de Dios y para Dios. Yo no soy yo, soy solamente un instrumento en manos de Dios. Cristo vivió en mí y sigue viviendo en mí. Yo vivo en Él y Él vive en mí.

ORACIÓN FINAL

Madrecita de Guadalupe que siempre nos miras con ternura, que nos enseñas a ser templos vivos de Dios y nos muestras el camino, más aún, te haces camino para que siempre nos acerquemos cada vez más a Él, María mujer y creyente, contágianos tu fe.

María Madre del amor, envuélvenos en tu misericordia. Fuente de alegría, vístenos de fiesta. María Reina de la Paz, protégenos y danos esa seguridad y confianza en la Providencia de Dios para vivir nuestra vida, como tú, siempre dispuestos a aceptar la voluntad de Dios. Enséñanos las lecciones que diste a tu Hijo Jesús en Nazaret y sigue abriendo siempre la puerta de tu corazón a nuestras oraciones y súplicas. Enséñanos a ser discípulos como tú y misioneros de la Buena Nueva para compartir nuestra devoción y confianza a ti que eres nuestra Madre.

VIRGEN DE GUADALUPE RUEGA POR NOSOTROS.

¡Qué viva la Virgen de Guadalupe!
¡Qué viva nuestra Madre, la Virgen Morenita, la Virgen de Guadalupe!

 
 
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