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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. José Guadalupe Martín Rábago, Arzobispo de la Arquidiócesis de León, Guanajuato, en ocasión de la peregrinación de su arquidiócesis, a la Basílica de Guadalupe.

17 de octubre de 2010

Quiero saludar con ánimo fraterno a mis hermanos sacerdotes concelebrantes, a todos los peregrinos venidos desde la Arquidiócesis de León a quienes saludo con afecto fraterno y en la amistad de Cristo y a todos ustedes hermanos que hoy nos acompañan en esta celebración dominical.

Al igual que millones de mexicanos y de extranjeros hemos llegado hasta este lugar, la casa de la Madre de nuestra Señora de Guadalupe. Hemos llegado movidos por el deseo de confesar a nuestra fe en Cristo, que nos fue anunciado por María, la primera evangelizadora de nuestra patria. También, hemos venido porque alimentar nuestra esperanza de los difíciles tiempos que nos toca vivir. Todo el mensaje de la Virgen de Guadalupe es una invitación a la confianza divina y a la ayuda que Ella se compromete a brindarnos, como Madre de Dios y Madre de todos nosotros.

Venimos, también a fortalecer nuestra caridad el amor a Dios y el amor nuestros hermanos. El mensaje y la figura de nuestra Señora de Guadalupe es una manifestación esplendida del amor misericordioso de Dios y de la ternura divina. El centro del mensaje guadalupano es amor a Dios y amor a los hermanos.

La Virgen Santísima ha venido hasta este lugar para que descubramos a Dios, como Padre, para que lo amemos y en Él nos hablemos todos en sentido fraterno. Hemos venido peregrinando desde nuestras tierras del Bajío, tierra de Cristo Rey. Nos hemos animado a sacrificarnos, a hacer gastos especiales y a correr los riesgos que son propios de todo viaje. Hemos decidido salir a peregrinar porque sabemos lo que significa la peregrinación, como salida, como marcha. Así experimentamos el significado de nuestra vida, que es un caminar conducido por el Espíritu hacia la casa del Padre, somos peregrinos, que no tenemos en esta vida ciudad definitiva. Todos los esfuerzos y sacrificios de una peregrinación, quedan bien recompensados al llegar a cualquier santuario con mayor razón al Santuario de la Madre por excelencia, al Santuario del Tepeyac. Aquí el corazón encuentra respuestas a muchas preguntas inquietantes. Aquí sentimos que podemos casi tocar el misterio y experimentamos que el cielo está más cerca de nosotros.

Como lo dicen los obispos en el Documento de Aparecida, tan hermosamente: la decisión de partir al Santuario ya es una confesión de fe. El caminar es un verdadero canto de esperanza y la llegada es un encuentro de amor. La mirada del peregrino se deposita sobre una imagen, que simboliza la ternura y la cercanía de Dios. El amor se detiene, también, se conmueve, derramando toda la carga de su dolor y de sus sueños. Este es el texto del Documento de Aparecida.

Hemos venido hasta este santuario mariano para oír una vez más las palabras del evangelio guadalupano, que no son tan conocidas. Conocidas, sí, pero siempre nuevas, porque son las palabras salidas del corazón de una Madre; que tocan las fibras más sensibles de los hijos que necesitamos seguridad, aliento y estímulo para vivir. Además de escuchar el mensaje guadalupano, queremos que también nuestra Señora escuche nuestras súplicas, las dolencias que nos afligen en esta hora difícil de nuestra patria y comenzamos a desahogar en el regazo materno nuestros temores y la larga lejanía de los males que padecemos. Te decimos Señora crece la violencia y la inseguridad, no hay confianza, no hay seguridad de conservar el patrimonio familiar, tememos perder la vida porque se ha desatado una agresividad brutal, que destruye impunemente la existencia de los seres humanos. Y podríamos alargarnos en contarle los agobios nacionales, además de las preocupaciones y pendientes personales que cada uno conoce y carga en su corazón.

Nuestra Señora nos escucha con un corazón atento y nos dice, como a Juan Diego agobiado por la enfermedad de su tío Juan Bernardino: escucha, ponlo en tu corazón hijo mío el menor, que es nada lo que te espanta, lo que te aflige. No temas a esta enfermedad ni ninguna otra, ni cosa dolorosa o aflictiva. En las palabras que pronunció nuestra Señora y que sigue diciendo para nosotros en esta hora concreta de nuestra historia, no encontramos un refugio para huir de nuestras responsabilidades son más bien un estímulo para luchar con perseverancia contra todo lo que nos degrada y lo que se opone al proyecto de Dios. Él quiere que tengamos vida y la tengamos en abundancia, mal entenderíamos la confianza que nos ofrece la protección materna de nuestra Señora de Guadalupe sino se convirtiera en una vigorosa invitación a descubrir las raíces de nuestros males; sino reconociéramos que tenemos que ser trabajadores que sobrellevamos con valentía el peso del trabajo para construir un mundo, una patria más humana y más fraterna.

En el Himno de Laudes, que recitamos el 12 de diciembre, decimos: Jamás, oh Madre has sido Tú en nuestra historia cobarde a subterfugio, porque tú eres la escala ante el Hijo del Padre. Tú el regazo y el puente. Tú defensa y refugio. Sí, en el mensaje guadalupano encontramos palabras de consuelo, pero también palabras que nos invitan al compromiso, a buscar soluciones a nuestros problemas. ¿Qué espera nuestra Señora de Guadalupe de nosotros en esta hora concreta de nuestra patria? creo que podríamos encontrar muchas respuestas. Pero el Papa Paulo VI nos decía en su mensaje al pueblo mexicano, en octubre del año 1970: lo que la Virgen espera de todos nosotros los mexicanos, no es tanto una corona material, sino una preciosa corona espiritual formada por un profundo amor a Cristo y por un sincero amor a todos los hombres. Los dos mandamientos que resumen el mensaje evangélico. Y continúa la palabra de Papa Paulo VI: la misma Virgen Santísima con su ejemplo nos guía en estos dos caminos. En primer lugar que hagamos de Cristo el centro y la cumbre de nuestra vida cristiana, pero también un cristiano no puede menos que demostrar su solidaridad con los más necesitados. Ver a Cristo en cada hermano de manera que el amor a Dios y el amor al prójimo se unan en un mismo amor vivo y operante, que es lo único que puede redimir las miserias del mundo, renovándolo en su raíz más honda, el corazón del hombre. Hasta aquí el texto del Papa.

México pueblo profundamente guadalupano, y sin embargo, también que padece una enorme desigualdad en la distribución de los bienes que Dios ha creado abundantemente en este país para servicio de todos. México pueblo que tiene como punto de referencia a una Madre común y sin embargo un pueblo donde cunde dramáticamente la violencia. En estos momentos se cometen algunos asesinatos con una hazaña aterradora y francamente salvaje. ¿No somos acaso una familia unida fraternalmente con el vínculo materno en unos brazos cálidos? ¿cómo se ha perdido se ha perdido el sentido de respeto que nos debería merecer la vida de cualquier ser humano? ¿cómo hemos perdido tan gravemente la sensibilidad y la conciencia cristiana? ¿cómo algunos han sido capaces de causar tanto sufrimiento y tanta muerte impunemente?

Nuestra religiosidad, hay que reconocerlo y aceptarlo no ha penetrado las entrañas del corazón y en algunos ambientes ha quedado más bien como un barniz superficial más reducido a sentimentalismo intrascendente, que a verdaderas convicciones, que nos lleven a una conversión de misterios y de conducta.

Cuando el evangelio no ha transformado nuestro interior para poner en primer lugar ejemplo de Cristo Entonces, no vemos en cada persona a un hermano y en cada hermano el rostro de Cristo, cuando no es Cristo la luz que orienta nuestras decisiones, entonces, la dignidad de la persona humana se opaca. La vida pierde su sacralidad; se convierte en el objetivo de la existencia humana en tener más que el ser; se privilegia la ganancia económica a como de lugar, se busca acaparar fortunas incalculables en poco tiempo sin importar las formas y los medios, sin sentir compasión por la cuota de sufrimientos y de muerte para alcanzar fines tan perversos.

Es el ambiente familiar donde podemos lograr educarnos para vivir un cristianismo como el que la Virgen de Guadalupe vino a evangelizarnos. Es respuesta comprometida y comprometidora ofrecerle a nuestra Señora hacer de cada una de nuestras familias un hogar, un templo, una escuela.

Que cada una de nuestras familias sea un verdadero hogar, es decir: el lugar que congrega, para vivir la experiencia diaria de la unión en el amor, donde se aprende a crecer en la experiencia del encuentro desinteresado que da amor y que recibe amor; que nos educa para tener entrañas de misericordia y de respeto. Especialmente a favor de los más débiles y más desamparados. Así debería ser cada familia; familia que sea también escuela donde se aprende de manera testimonial la importancia de la honradez, de la entrega desinteresada en el servicio, la superación en el esfuerzo y el trabajo, la austeridad, la constancia en las obras emprendidas. Estas son las lesiones que nos marcan para siempre y que dan los padres de una manera creíble cuando les enseñan con su vida a los hijos. Padres de familia ustedes son educadores insustituibles.

Las familias son también templos donde se aprende a conocer y amar a Dios como Padre a Cristo como Hermano. Las lecciones de catequesis que más nos marcan para toda la vida, sí, lo puedo decir con convicción las aprendemos en nuestras familias, sin discursos más bien en el evangelio anunciado, con el testimonio vivo de los padres que crean un ambiente, que nos penetra y nos acompaña para siempre. Ahí aprendemos lo que significa el temor de Dios, que no es miedo a un Dios terrible, sino el respeto que nos lleva a buscar siempre agradar a un Padre Bueno y no querer ignorar sus mandamientos.

Hoy hemos venido a pedir a la Virgen de Guadalupe que salve nuestra patria y que conserve nuestra fe. Estemos seguros que Ella velará por nosotros ahora, como lo ha hecho siempre desde su llegada a este lugar, pero nos pide que salvemos a nuestras familias, porque el futuro de nuestra nación pasa por la salud de nuestras familias.

Nuestra peregrinación al Tepeyac en este año coincide con la celebración patria del Bicentenario de nuestra Independencia. Nuestra Señora de Guadalupe ocupó un lugar destacadísimo en el desarrollo de todo el proceso independentista. Ella fue proclamada por el padre José María Morelos como la Patrona de nuestra libertad. Ella fue enarbolada por el señor cura Don Miguel Hidalgo como el estandarte que aglutino a criollos, a mestizos y a indígenas. Bajo su patrocinio se sintieron hermanados y se conjuntaron voluntades para animarse a una empresa difícil y sumamente riesgosa, que de hecho provocó la muerte de muchos de ellos.

Dicen, nuestros obispos mexicanos en la Carta Pastoral con motivo del Bicentenario. Y estoy convencido de que son palabras completamente ciertas e históricamente objetivas. Ciertamente, sin el ingrediente religioso el movimiento de Independencia o no se hubiera conocido o habría tomado otro rumbo. Bien sabemos que la independencia nacional no está terminada y hoy, como hace doscientos años, podemos encontrar en el mensaje y en la figura de la Virgen de Guadalupe la inspiración para lanzarnos a empresas sumamente exigentes, pero impostergables.

Los obispos mexicanos hemos convocado a todos a conseguir tres prioridades fundamentales en nuestro desarrollo como Nación. Hoy las colocamos bajo la mirada de nuestra Señora de Guadalupe.

Señora necesitamos tu intercesión, para que en México todos sus habitantes tengamos acceso equitativo a los bienes de la tierra: que se promueva la superación y el crecimiento de todos en la justicia y la solidaridad. Necesitamos decidirnos a dar  un combate frontal a la pobreza que degrada y humilla.

Madre Santísima, impúlsanos para tenernos a crecer en una cultura que acreciente nuestra conciencia en el respecto a la dignidad, que nos corresponde como hijos de Dios. Que nos empeñemos en crecer en una educación integral y de calidad para todos.

Madre de todos los mexicanos te necesitamos para que superemos todos los rencores y divisiones ancestrales. Que alcancemos una mayor armonía, reconciliación e integración, para alcanzar el bien común en el respeto de unos a otros.

Volvemos nuestra mirada al rostro mestizo de la Virgen de Guadalupe y vemos en su cara fundidas las diferencias faciales y le decimos: Madre y Señora, tú te nos presentas como Mujer, que es Madre de familia, que en tu regazo nos haces hermanos y nos impulsas a construir la patria común, como una casa, como la casa de la familia.

Este es el saludo que te ofrecemos Señora todos los que hemos venido peregrinando desde la Diócesis de León, en ti ponemos nuestras esperanzas. Sabemos que seremos escuchados, porque tú eres nuestra Madre. Y de la misma manera que oramos en todas las iglesias de nuestra patria, en todos los lugares de nuestra patria te lo decimos hoy con profunda fe y devoción:

Santa María de Guadalupe, Reina de México,
salva nuestra patria y conserva nuestra fe.

Santa María de Guadalupe, Reina de México,
salva nuestra patria y conserva nuestra fe.

Santa María de Guadalupe, Reina de México,
salva nuestra patria y conserva nuestra fe.

Que así sea.

 
 
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