17 de octubre de 2010
Quiero saludar con ánimo fraterno a mis hermanos sacerdotes concelebrantes,
a todos los peregrinos venidos desde la Arquidiócesis de
León a quienes saludo con afecto fraterno y en la amistad
de Cristo y a todos ustedes hermanos que hoy nos acompañan
en esta celebración dominical.
Al igual que millones de mexicanos y de extranjeros hemos llegado
hasta este lugar, la casa de la Madre de nuestra Señora
de Guadalupe. Hemos llegado movidos por el deseo de confesar
a nuestra fe en Cristo, que nos fue anunciado por María,
la primera evangelizadora de nuestra patria. También, hemos
venido porque alimentar nuestra esperanza de los difíciles
tiempos que nos toca vivir. Todo el mensaje de la Virgen
de Guadalupe es una invitación a la confianza divina y a
la ayuda que Ella se compromete a brindarnos, como Madre
de Dios y Madre de todos nosotros.
Venimos, también a fortalecer nuestra caridad el amor a Dios y el
amor nuestros hermanos. El mensaje y la figura de nuestra
Señora de Guadalupe es una manifestación esplendida del
amor misericordioso de Dios y de la ternura divina. El centro
del mensaje guadalupano es amor a Dios y amor a los hermanos.
La Virgen Santísima ha venido hasta este lugar para que descubramos
a Dios, como Padre, para que lo amemos y en Él nos hablemos
todos en sentido fraterno. Hemos venido peregrinando desde
nuestras tierras del Bajío, tierra de Cristo Rey. Nos hemos
animado a sacrificarnos, a hacer gastos especiales y a correr
los riesgos que son propios de todo viaje. Hemos decidido
salir a peregrinar porque sabemos lo que significa la peregrinación,
como salida, como marcha. Así experimentamos el significado
de nuestra vida, que es un caminar conducido por el Espíritu
hacia la casa del Padre, somos peregrinos, que no tenemos
en esta vida ciudad definitiva. Todos los esfuerzos y sacrificios
de una peregrinación, quedan bien recompensados al llegar
a cualquier santuario con mayor razón al Santuario de la
Madre por excelencia, al Santuario del Tepeyac. Aquí el
corazón encuentra respuestas a muchas preguntas inquietantes.
Aquí sentimos que podemos casi tocar el misterio y experimentamos
que el cielo está más cerca de nosotros.
Como lo dicen los obispos en el Documento de Aparecida, tan hermosamente:
la decisión de partir al Santuario ya es una confesión
de fe. El caminar es un verdadero canto de esperanza y la
llegada es un encuentro de amor. La mirada del peregrino
se deposita sobre una imagen, que simboliza la ternura y
la cercanía de Dios. El amor se detiene, también, se conmueve,
derramando toda la carga de su dolor y de sus sueños.
Este es el texto del Documento de Aparecida.
Hemos venido hasta este santuario mariano para oír una vez más las
palabras del evangelio guadalupano, que no son tan conocidas.
Conocidas, sí, pero siempre nuevas, porque son las palabras
salidas del corazón de una Madre; que tocan las fibras más
sensibles de los hijos que necesitamos seguridad, aliento
y estímulo para vivir. Además de escuchar el mensaje guadalupano,
queremos que también nuestra Señora escuche nuestras súplicas,
las dolencias que nos afligen en esta hora difícil de nuestra
patria y comenzamos a desahogar en el regazo materno nuestros
temores y la larga lejanía de los males que padecemos. Te
decimos Señora crece la violencia y la inseguridad, no hay
confianza, no hay seguridad de conservar el patrimonio familiar,
tememos perder la vida porque se ha desatado una agresividad
brutal, que destruye impunemente la existencia de los seres
humanos. Y podríamos alargarnos en contarle los agobios
nacionales, además de las preocupaciones y pendientes personales
que cada uno conoce y carga en su corazón.
Nuestra Señora nos escucha con un corazón atento y nos dice, como
a Juan Diego agobiado por la enfermedad de su tío Juan Bernardino:
escucha, ponlo en tu corazón hijo mío el menor, que es
nada lo que te espanta, lo que te aflige. No temas a esta
enfermedad ni ninguna otra, ni cosa dolorosa o aflictiva.
En las palabras que pronunció nuestra Señora y que sigue
diciendo para nosotros en esta hora concreta de nuestra
historia, no encontramos un refugio para huir de nuestras
responsabilidades son más bien un estímulo para luchar con
perseverancia contra todo lo que nos degrada y lo que se
opone al proyecto de Dios. Él quiere que tengamos vida y
la tengamos en abundancia, mal entenderíamos la confianza
que nos ofrece la protección materna de nuestra Señora de
Guadalupe sino se convirtiera en una vigorosa invitación
a descubrir las raíces de nuestros males; sino reconociéramos
que tenemos que ser trabajadores que sobrellevamos con valentía
el peso del trabajo para construir un mundo, una patria
más humana y más fraterna.
En el Himno de Laudes, que recitamos el 12 de diciembre, decimos:
Jamás, oh Madre has sido Tú en nuestra historia cobarde
a subterfugio, porque tú eres la escala ante el Hijo del
Padre. Tú el regazo y el puente. Tú defensa y refugio. Sí,
en el mensaje guadalupano encontramos palabras de consuelo,
pero también palabras que nos invitan al compromiso, a buscar
soluciones a nuestros problemas. ¿Qué espera nuestra Señora
de Guadalupe de nosotros en esta hora concreta de nuestra
patria? creo que podríamos encontrar muchas respuestas.
Pero el Papa Paulo VI nos decía en su mensaje al pueblo
mexicano, en octubre del año 1970: lo que la Virgen espera
de todos nosotros los mexicanos, no es tanto una corona
material, sino una preciosa corona espiritual formada por
un profundo amor a Cristo y por un sincero amor a todos
los hombres. Los dos mandamientos que resumen el mensaje
evangélico. Y continúa la palabra de Papa Paulo VI: la
misma Virgen Santísima con su ejemplo nos guía en estos
dos caminos. En primer lugar que hagamos de Cristo el centro
y la cumbre de nuestra vida cristiana, pero también un cristiano
no puede menos que demostrar su solidaridad con los más
necesitados. Ver a Cristo en cada hermano de manera que
el amor a Dios y el amor al prójimo se unan en un mismo
amor vivo y operante, que es lo único que puede redimir
las miserias del mundo, renovándolo en su raíz más honda,
el corazón del hombre. Hasta aquí el texto del Papa.
México pueblo profundamente guadalupano, y sin embargo, también que
padece una enorme desigualdad en la distribución de los
bienes que Dios ha creado abundantemente en este país para
servicio de todos. México pueblo que tiene como punto de
referencia a una Madre común y sin embargo un pueblo donde
cunde dramáticamente la violencia. En estos momentos se
cometen algunos asesinatos con una hazaña aterradora y francamente
salvaje. ¿No somos acaso una familia unida fraternalmente
con el vínculo materno en unos brazos cálidos? ¿cómo se
ha perdido se ha perdido el sentido de respeto que nos debería
merecer la vida de cualquier ser humano? ¿cómo hemos perdido
tan gravemente la sensibilidad y la conciencia cristiana?
¿cómo algunos han sido capaces de causar tanto sufrimiento
y tanta muerte impunemente?
Nuestra religiosidad, hay que reconocerlo y aceptarlo no ha penetrado
las entrañas del corazón y en algunos ambientes ha quedado
más bien como un barniz superficial más reducido a sentimentalismo
intrascendente, que a verdaderas convicciones, que nos lleven
a una conversión de misterios y de conducta.
Cuando el evangelio no ha transformado nuestro interior para poner
en primer lugar ejemplo de Cristo Entonces, no vemos en
cada persona a un hermano y en cada hermano el rostro de
Cristo, cuando no es Cristo la luz que orienta nuestras
decisiones, entonces, la dignidad de la persona humana se
opaca. La vida pierde su sacralidad; se convierte en el
objetivo de la existencia humana en tener más que el ser;
se privilegia la ganancia económica a como de lugar, se
busca acaparar fortunas incalculables en poco tiempo sin
importar las formas y los medios, sin sentir compasión por
la cuota de sufrimientos y de muerte para alcanzar fines
tan perversos.
Es el ambiente familiar donde podemos lograr educarnos para vivir
un cristianismo como el que la Virgen de Guadalupe vino
a evangelizarnos. Es respuesta comprometida y comprometidora
ofrecerle a nuestra Señora hacer de cada una de nuestras
familias un hogar, un templo, una escuela.
Que cada una de nuestras familias sea un verdadero hogar, es decir:
el lugar que congrega, para vivir la experiencia diaria
de la unión en el amor, donde se aprende a crecer en la
experiencia del encuentro desinteresado que da amor y que
recibe amor; que nos educa para tener entrañas de misericordia
y de respeto. Especialmente a favor de los más débiles y
más desamparados. Así debería ser cada familia; familia
que sea también escuela donde se aprende de manera testimonial
la importancia de la honradez, de la entrega desinteresada
en el servicio, la superación en el esfuerzo y el trabajo,
la austeridad, la constancia en las obras emprendidas. Estas
son las lesiones que nos marcan para siempre y que dan los
padres de una manera creíble cuando les enseñan con su vida
a los hijos. Padres de familia ustedes son educadores insustituibles.
Las familias son también templos donde se aprende a conocer y amar
a Dios como Padre a Cristo como Hermano. Las lecciones de
catequesis que más nos marcan para toda la vida, sí, lo
puedo decir con convicción las aprendemos en nuestras familias,
sin discursos más bien en el evangelio anunciado, con el
testimonio vivo de los padres que crean un ambiente, que
nos penetra y nos acompaña para siempre. Ahí aprendemos
lo que significa el temor de Dios, que no es miedo a un
Dios terrible, sino el respeto que nos lleva a buscar siempre
agradar a un Padre Bueno y no querer ignorar sus mandamientos.
Hoy hemos venido a pedir a la Virgen de Guadalupe que salve nuestra
patria y que conserve nuestra fe. Estemos seguros que Ella
velará por nosotros ahora, como lo ha hecho siempre desde
su llegada a este lugar, pero nos pide que salvemos a nuestras
familias, porque el futuro de nuestra nación pasa por la
salud de nuestras familias.
Nuestra peregrinación al Tepeyac en este año coincide con la celebración
patria del Bicentenario de nuestra Independencia. Nuestra
Señora de Guadalupe ocupó un lugar destacadísimo en el desarrollo
de todo el proceso independentista. Ella fue proclamada
por el padre José María Morelos como la Patrona de nuestra
libertad. Ella fue enarbolada por el señor cura Don Miguel
Hidalgo como el estandarte que aglutino a criollos, a mestizos
y a indígenas. Bajo su patrocinio se sintieron hermanados
y se conjuntaron voluntades para animarse a una empresa
difícil y sumamente riesgosa, que de hecho provocó la muerte
de muchos de ellos.
Dicen, nuestros obispos mexicanos en la Carta Pastoral con motivo
del Bicentenario. Y estoy convencido de que son palabras
completamente ciertas e históricamente objetivas. Ciertamente,
sin el ingrediente religioso el movimiento de Independencia
o no se hubiera conocido o habría tomado otro rumbo. Bien
sabemos que la independencia nacional no está terminada
y hoy, como hace doscientos años, podemos encontrar en el
mensaje y en la figura de la Virgen de Guadalupe la inspiración
para lanzarnos a empresas sumamente exigentes, pero impostergables.
Los obispos mexicanos hemos convocado a todos a conseguir tres prioridades
fundamentales en nuestro desarrollo como Nación. Hoy las
colocamos bajo la mirada de nuestra Señora de Guadalupe.
Señora necesitamos tu intercesión, para que en México todos sus habitantes
tengamos acceso equitativo a los bienes de la tierra: que
se promueva la superación y el crecimiento de todos en la
justicia y la solidaridad. Necesitamos decidirnos a dar
un combate frontal a la pobreza que degrada y humilla.
Madre Santísima, impúlsanos para tenernos a crecer en una cultura
que acreciente nuestra conciencia en el respecto a la dignidad,
que nos corresponde como hijos de Dios. Que nos empeñemos
en crecer en una educación integral y de calidad para todos.
Madre de todos los mexicanos te necesitamos para que superemos todos
los rencores y divisiones ancestrales. Que alcancemos una
mayor armonía, reconciliación e integración, para alcanzar
el bien común en el respeto de unos a otros.
Volvemos nuestra mirada al rostro mestizo de la Virgen de Guadalupe
y vemos en su cara fundidas las diferencias faciales y le
decimos: Madre y Señora, tú te nos presentas como Mujer,
que es Madre de familia, que en tu regazo nos haces hermanos
y nos impulsas a construir la patria común, como una casa,
como la casa de la familia.
Este es el saludo que te ofrecemos Señora todos los que hemos venido
peregrinando desde la Diócesis de León, en ti ponemos nuestras
esperanzas. Sabemos que seremos escuchados, porque tú eres
nuestra Madre. Y de la misma manera que oramos en todas
las iglesias de nuestra patria, en todos los lugares de
nuestra patria te lo decimos hoy con profunda fe y devoción:
Santa María de Guadalupe, Reina de México,
salva nuestra patria y conserva nuestra fe.
Santa María de Guadalupe, Reina de México,
salva nuestra patria y conserva nuestra fe.
Santa María de Guadalupe, Reina de México,
salva nuestra patria y conserva nuestra fe.
Que así sea.