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Homilía
pronunciada por el Emmo. Sr.
Cardenal Don Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en ocasión de la LXXXI Peregrinación de la Arquidiócesis de México al Tepeyac.

9 de enero de 2010

Muy queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús. Fieles Laicos que han venido esta mañana a la casa de nuestra Madre del Cielo, Santa María de Guadalupe. Hermanos y hermanas de Vida Consagrada, damos gracias al Señor por su compromiso de vida en comunión con nosotros. Presbíteros y diáconos, en el marco del Año Sacerdotal, toda la comunidad se une en la oración para rogar la renovación de su amor y servicio al Señor y a la Iglesia. Saludamos con especial cariño a nuestro futuro presbiterio que se está formando en nuestro Seminario. Queridos hermanos en el Episcopado, los invito a valorar el don recibido de ser pastores de esta gran comunidad. Sirvámosla en nombre de Jesús con alegría y entrega.

Estamos terminando la primera década del nuevo milenio y un año muy significativo para nuestra patria, pues, se cumplen 200 años de la Independencia y 100 de la Revolución Mexicana, acontecimientos que han marcado el inicio de la construcción de México como nación y como estado democrático capaz de forjar su identidad y destino. Ambos aniversarios piden a todos nosotros, los mexicanos retomar la herencia preciosa de su historia y responsabilizarnos del México de hoy y del México del futuro.

Este empeño debemos realizarlo con un espíritu lleno de gran esperanza y gratuidad porque los retos que hay que enfrentar son grandes. Mediante la encomienda pastoral nos corresponde acompañar la historia de nuestro pueblo con un testimonio que sea fermento. Como comunidad eclesial debemos ser capaces de aportar actitudes de servicio generoso que busquen contagiar la conciencia social de corresponsabilidad en el bien común. Ese testimonio de los creyentes debe crecer para lograr un ambiente más solidario en nuestra patria.

De la realidad urbana nace la urgencia de avanzar en nuestra conversión pastoral para poder responder como luz, sal y fermento de esta ciudad. Los invito a poner nuestra mayor entrega en avanzar en las tres vertientes principales del programa sinodal, que hemos ido desarrollando poco a poco  a través de estos últimos 16 años que siguieron al II Sínodo Arquidiocesano. La renovación pastoral para convertirnos en una Iglesia misionera; el empeño especial en las prioridades pastorales: la familia, los jóvenes, los alejados y los más pobres; y, la estrategia principal, la formación de cada vez más discípulos, pero discípulos que sean misioneros.

Hoy les entrego las Orientaciones Pastorales para el período 2010-2012 que, recogiendo las propuestas de la XV Asamblea Diocesana, quieren ser un impulso de continuación, de revisión y fortalecimiento al proceso que hemos estado viviendo. La  realidad  presente  de nuestra   patria  y   de nuestra ciudad exige a la comunidad de bautizados una fe madura, que sea capaz de testimoniar los valores del Evangelio en el ambiente urbano secular donde coexisten diferentes criterios de valoración, de pensar y de vivir.

La comunidad cristiana debe ser sensible a quienes están sufriendo grandes tribulaciones, pues, las circunstancias de crisis económica presionan cada vez a más personas. Hay que acercarse y mostrar comprensión a quienes se sienten deprimidos porque no encuentran alternativas para salir adelante con sus familias. Nuestra presencia debe comunicarles esperanza y nuestro compromiso de servicio debe estar impregnado del amor misericordioso, testimonio que es el núcleo de la Buena Noticia. Estas actitudes humanas y cristianas son las que más hacen falta en nuestro ambiente urbano.

Leyendo la intensa experiencia de los primeros cristianos, no es fácil de explicar humanamente su entereza para vivir las dificultades. Los discípulos se daban cuenta que, apoyados en la fe, las adversidades también tenían un propósito y sus corazones se forjaban en la paciencia y en la perseverancia (Cf. Sant.1, 3). Es singular el ejemplo del apóstol Pablo quien se alegraba en medio de las dificultades (Cf. Rom 5,3) y soportaba las tribulaciones por amor a Cristo (Cf. 2 Cor 4,12).

Y no es que podamos evitar la sensación de estrechez, esa angustia que proviene de hallarnos en situación apurada. La angustia puede venir por muchas cosas y nos puede deprimir. Jesús mismo se angustió en el huerto de Getsemaní (Cf. Mt 26,37). Y, ya el Señor, les había anticipado a sus discípulos la persecución (Cf. Mt 5,10-12), misma que llegó apenas iniciada la predicación Evangelio (Cf. Hech 8,1). Pero tampoco esto los hizo volver atrás y separarse del amor de Cristo.

A pesar de los muchos conflictos, la experiencia es que el Señor no nos deja solos (Cf. 2Cor 7,5-7). Frecuentemente la vida del apóstol es la de alguien que está afligido, pero no desesperado (Cf. 2Cor 4,8). Es al discípulo misionero a quien le tocan mil penas y, a pesar de ello, permanece alegre. Es el más pobre pero, sin saber cómo, enriquece a muchos; porque no teniendo nada, lo posee todo (Cf. 2Cor 6,10).

Les exhorto a dejarnos iluminar por esta experiencia de fe viva. Cada uno debe preguntarse: ¿cómo es mi experiencia? ¿algo me está separando del amor de Cristo? ¿son las tribulaciones las que me alejan de Dios? ¿te sientes desorientado en medio de las constantes pruebas? No desesperemos, ni nos dejemos vencer por los problemas de la vida, al contrario, confiemos en el poder de Dios, cuando nos sintamos débiles, tenemos que buscar al Señor, entonces seremos fuertes (Cf. 2Cor 12,10) y saldremos victoriosos para recibir la corona de la vida (Cf. Sant.1, 12).

La Palabra de Dios nos ilumina de forma providencial para que tengamos confianza a pesar de las adversidades. Podemos afirmar en verdad, que nada, absolutamente nada, nos puede separar del Amor de Dios que se manifiesta en Cristo Jesús. Ninguna cosa o situación, por difícil, compleja o dañina que sea (Cf. Rom 8,31-39). Quiero animar a todos, ustedes, a cimentar nuestra fe en el Amor de nuestro Salvador que todo lo puede: Cristo, Jesús, es el poder de Dios. ¿Es tiempo de problemas más grandes que nuestras fuerzas? Entonces hay que reavivar en nosotros la fe que espera, la fe que confía en Cristo Jesús. El Dios con nosotros tiene un enorme potencial de esperanza que es capaz de ensanchar nuestro corazón para hacer frente a los retos que nos rebasan.

El camino que está por delante nos reclama mayores niveles de fe, de esperanza, de amor y de conversión, pues, no sólo se trata de sostenernos en la esperanza que no se rompe, sino de comunicarla. Esa es nuestra misión: convertirnos en Buena Noticia para la ciudad. Para anunciar con nuestra vida y persona la Buena Noticia a todo el pueblo, hace falta que tengamos el lenguaje del Padre, el amor misericordioso. La Palabra de Amor gratuito del Padre es Jesús: su gratuidad orienta nuestra historia hacia los planes de Dios. Cuando nos ponemos en la senda de Jesús podemos aprender de Él a no vivir para nosotros mismos y convertirnos en misioneros, convertirnos en instrumentos del Reino Dios, que tiene que hacerse presente.

Así, el Señor otorga poderes a sus apóstoles, pero los envía a que los pongan al servicio de sus hermanos necesitados con el sello de Dios que es la gratuidad. Porque sólo el amor gratuito confronta eficazmente, se ofrece a quienes no son mi comunidad. Cuando damos ese paso de calidad, entendemos que la razón de la comunidad cristiana es practicar la gratuidad y el amor de Cristo nos impulsa al encuentro con los más pobres, con los más alejados. Ellos necesitan tener la fe para que puedan también vencer las dificultades.

Ahí también se ubica nuestra participación en el Sacerdocio de Cristo, la vocación del sacerdote y también del Pueblo Sacerdotal, es uno de los signos más claros de la gratuidad de Dios, y así se debe ejercer: don absoluto que se ejerce donándose. No fuimos nosotros los que elegimos a Dios, Dios nos eligió sin merito alguno de nuestra parte y nos ha destinado a que demos fruto y fruto abundante. Y es que Dios mismo es esencialmente donación, gratuidad, amor misericordioso, todo lo hemos recibido de Él gratuitamente. Es experiencia de ser los destinatarios del amor gratuito de Dios, es lo que recrea la esperanza en nuestros corazones y nos da una seguridad inquebrantable en que el Señor nos sostiene pase lo que pase. No confiamos en nuestras fuerzas, confiamos en el Señor.

Podremos ser Buena Noticia para la ciudad sólo en la medida en que nos sostiene la esperanza en el Señor y todo lo hacemos como expresión de ese amor misericordioso. La Misión es Misión en la gratuidad. Sin merecerlo el Señor nos eligió, nos llamó, nos envía y nos acompaña. Por su gratuidad nos necesita. Cada bautizado está llamado a ser testigo del amor misericordioso en medio de esta sociedad tan plural en la que todo se hace por una ganancia económica, por intereses personales o de grupo. Los que estén dispuestos a servir sólo por amor, son hoy tan necesarios o más, que el ingeniero de informática o el comunicador.

Es el amor misericordioso el que nos permite reafirmar el valor de la persona incluso sobre la justicia misma. Esa actitud de Dios es la que nos enseña a estar para los demás, capacidad fundamental de quien se convierte en discípulo y misionero de Jesús. Cuando se pierde el sentido de la misericordia, se endurece el corazón del ser humano, se piensa dueño absoluto y ya no respeta como sagrados los dones recibidos, comenzando con la vida. Sus decisiones son expresión de ambición y de poder, se olvida que todo lo que tiene es regalo de Dios. Cuando olvida su origen, su esperanza ya no radica en Dios sino en sí mismo. Ya no queda espacio para el amor gratuito de las relaciones humanas ni, por tanto, para la verdadera fraternidad. Cuando se acepta que todo es don se encuentra la libertad para compartir lo recibido ¿qué tienes que no hayas recibido? y si lo recibiste porque te glorias, como si no lo hubieras recibido. La lógica de la gratuidad permite entender que hay más alegría en dar que en recibir (Cf. Hech 20,35), permite vivir la libertad de tratar a un semejante como hermano hijo del mismo Padre.

Él continúa modelándonos siendo bueno con nosotros para que podamos convertirnos en Buena Noticia para la ciudad de México. Estamos en sus manos, no tengamos miedo en renovarnos con ese espíritu. Los llamo a intensificar su entrega al servicio de la Misión. Este período pastoral de 3 años que iniciamos debemos aprovecharlo para consolidar nuestra capacidad de diálogo y cercanía con todos los ambientes urbanos y poder testimoniar el Evangelio. Para hacerlo es indispensable que nuestros ambientes eclesiales se transformen para ser formadores de discípulos misioneros para la Ciudad.

Hermanos obispos, quienes más dones hemos recibido debemos también estar dispuestos a dar más. Debemos ser motivación de servicio para todos los bautizados de nuestras comunidades. Queridos presbíteros y diáconos, fortaleciendo la comunión con su obispo, realicemos nuestra labor pastoral con un solo corazón para que los frutos sean abundantes, demos testimonio de la unidad de Dios. Hermanos y hermanas de Vida Consagrada, el aprecio a su vocación nos debe llevar a darle más atención a la comunión fraterna. Necesitamos de su testimonio para lograrlo en esta gran ciudad. Hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo Jesús, ustedes son la Iglesia en medio de las realidades seculares, son la fuerza evangelizadora. Sigamos adelante en la formación de todos los bautizados para que su presencia sea Buena Noticia en nuestra la ciudad.

Con el Señor les digo a todos: gratis hemos recibido el don del Evangelio, debemos ofrecerlo con gratuitamente para ser luz de Dios para con  nuestros hermanos aprendiendo de Jesús y unidos a Él demos gracias porque el Padre nos ha elegido a pesar de nuestra pequeñez. En aquel momento Jesús se llenó del Espíritu Santo, y dijo: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a la gente sencilla. (Lc 10,17-21).

Con María, aprendamos a reconocer la obra de Dios en nosotros y a estar dispuestos para su plan salvador: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en la humildad de su esclava”. (Lc 1,46-48).

El Señor, a través de María de Guadalupe, confirmó en el Tepeyac esta lógica de la gratuidad del amor misericordioso al elegir a San Juan Diego y, en él nos eligió a todos nosotros discípulos y misioneros como él lo fue. Demos gracias al Señor con nuestra decisión generosa para convertirnos en sus discípulos misioneros para esta gran Ciudad de México.

Que el Señor bendiga a todos ustedes, bendiga a sus familias, bendiga a sus comunidades.

 
 
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