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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por el Sr. Cardenal José Francisco Robles Ortega, Arzobispo de la Arquidiócesis de Monterrey, en ocasión de su peregrinación a la Basílica de Guadalupe.

12 de agosto de 2010

Muy queridos hermanos sacerdotes, muy queridos consagrados y consagradas. Muy queridos hermanos y hermanas peregrinos de la Arquidiócesis de Monterrey. Muy queridos hermanos y hermanas, todos, aquí presentes.

Hemos escuchado en la segunda lectura que cuando llegó la plenitud de los tiempos Dios nos envió a su único Hijo nacido de una Mujer, para rescatarlos de la ley del pecado y para darnos el Espíritu de hijos de Dios. Tengamos presente, hermanas y hermanos, que nosotros estamos reunidos aquí en esta conciencia de que somos de verdad hijos e hijas de Dios. Y en esa confianza nos sabemos amados de Dios; nos sabemos aceptados y acogidos por la infinita misericordia de Dios. Este amor, esta misericordia de Dios tiene una expresión, un rostro femenino que es el rostro, el corazón, la persona de María de Guadalupe, nuestra Madre. En Ella nosotros tenemos la oportunidad de experimentar ¿cuánto nos ama Dios? ¿cuánto nos acepta Dios? ¿y cuánto espera Dios que brille cada uno y cada una la dignidad de ser hijos de Dios? Por eso, queridos hermanos y hermanas, en esta confianza nos acercamos nosotros este día a la casa común, a la casa de esta familia de Dios, que es la Iglesia y que tiene por expresión el amor maternal, amoroso de María. Y nos acercamos para confiarle todas las cosas buenas que nosotros queremos agradecer.

Queremos agradecer que este fenómeno natural, que por providencia de Dios acaeció en nuestra ciudad y en nuestra región tenemos que agradecer que aunque tuvimos que lamentar la pérdida de algunas vidas humanas, no en la proporción de la grandeza y de la gravedad del fenómeno. Tenemos que agradecer la expresiones de solidaridad, de caridad, de servicio desinteresado de unos para con otros, para resolver las necesidades inmediatas después de este fenómeno. Nuestra ciudad, nuestra patria sea ha manifestado verdaderamente, solidaria con los que más gravemente han sufrido las consecuencias de este fenómeno. Tenemos que agradecer que la esperanza no decaiga; que el aliento se mantenga y que la fe se sobreponga a todos los motivos que pudiéramos tener de desaliento o de desanimo. Todo esto lo venimos a agradecer a Dios por intercesión de su Santísima Madre, que es también Madre nuestra.

En lo eclesial queremos nosotros agradecer el proceso de evangelización a través de la misión permanente que está creciendo cada vez más en las universidades parroquiales, pero sobre todo en la conciencia del pueblo de Dios. Pueblo de Dios en misión permanente y tenemos que agradecer que esta nuestra vocación misionera está también creciendo en la conciencia de nuestros hermanos presbíteros, de nuestros hermanos agentes de pastoral. Tenemos que darle gracias a Dios, y este esfuerzo, este dinamismo misionero pastoral lo vemos culminar con nuestro Plan Diocesano de Pastoral 2006-2010. Lo vemos culminar, pero lo vemos abrirse a los próximos años como una verdadera prioridad. No podemos en el mundo, en las circunstancias que nos ha tocado vivir mantenernos replegados, acomplejados, inactivos. Tenemos que comprometernos más en la transformación de nuestra sociedad con el compromiso de la misión que toca cada corazón, cada conciencia y que con la fuerza de la Palabra de Dios transforma la vida. La vida personal, la vida familiar, la vida social.

Tenemos que agradecer y queremos hacerlo ahora por todos los frutos de vocaciones que el Señor suscita en su Iglesia. Vocaciones a la Vida Sacerdotal, el día de mañana vamos a tener la gracia de ordenar 15 nuevos diáconos que serán en el futuro presbíteros, pasado mañana vamos a ordenar a 15 nuevos sacerdotes, 15 nuevos presbíteros. Hemos iniciado ya nuestro curso en el Seminario donde ya han ingresado jóvenes, que quieren descubrir la autenticidad del llamado que ellos sienten a seguir a Jesús más de cerca en el Sacerdocio Ministerial.

Todos estos son motivos que nosotros reconocemos y queremos agradecer ahora por manos, por intercesión de la Santísima Virgen de Guadalupe, Madre del Verdadero Dios por quien se vive, Madre de nuestro Dios por quien nosotros tenemos vida y esperamos la gracia de la salvación. Pero junto con agradecer, estos y muchos otros beneficios, que ustedes tendrán presentes en su vida personal, en su vida familiar, en su vida parroquial, junto con agradecer todos estos beneficios. Tenemos que hacer conciencia de graves carencias que abren para nosotros un gran campo de oportunidades para proyectar nuestra fe, nuestra vida cristiana.

Por ejemplo: el tema de la violencia, de la inseguridad, que venimos padeciendo y que no vemos que aminore. Tenemos que intensificar nuestra oración para que esto cese y podamos vivir en paz, y podamos trabajar en paz, en armonía, en honestidad y justicia. No podemos ser presa de la ambición de unos pocos que quieren enriquecerse a base de embrutecer a nuestra juventud; de destruir nuestras familias. No estamos dispuestos a eso; queremos la paz, queremos la justicia; queremos el orden social para buscar con nuestro esfuerzo; con nuestro trabajo diario, honesto el pan para vivir, el techo para estar, el vestido para tener, nada más.

Tenemos que intensificar nuestra oración, como de hecho ya se hace en familia en lo personal, en las celebraciones eucarísticas, en las horas santas, en las comunidades se hace mucha oración. Tenemos que intensificarla, y tenemos también que desarrollar otras actividades que pudieran contribuir a la pacificación de nuestra sociedad y de nuestra patria. Somos ciudadanos, ciudadanos sí, de este mundo, pero tenemos una fe. Una fe que proviene de la aceptación de Cristo y esta fe ilumina y amplia nuestra razón. Y nos hace verdaderamente libres; somos ciudadanos que reconocemos las instituciones de nuestra patria; somos ciudadanos respetuosos de las leyes que nos rigen. Pero tenemos, desde nuestra fe, el compromiso de hacer prevalecer los valores que nos han distinguido, como familia, como comunidad cristiana. Tenemos que, con todo respeto, hacer prevalecer los valores de la familia, del santo matrimonio, de la vida en cualquiera de sus etapas desde su gestación hasta su consumación natural. Todos estos valores han dado identidad y son raíz de vida y de pujanza de nuestra patria. Con toda naturalidad, con absoluta libertad, con pleno respeto a los que piensan diferente, nosotros cristianos, discípulos de Cristo, hijos de María tenemos la oportunidad de consolidar con más convicción y con más eficacia los valores que emanan de nuestra fe cristiana y católica.

Aunque hubiera, y aunque de hecho hay, muchos que no quieren que hablemos, que no quieren que nos expresemos, que le incomoda, que queramos hacer valer nuestra identidad cristiana y católica. Somos ciudadanos respetosos de las instituciones, respetuosos del marco legal, respetuosos de la pluralidad, respetuosos de la diversidad de opiniones, pero tenemos el derecho de consolidar más y más nuestras convicciones que emanan de la fe y que son para vivirse en esta historia, en este mundo, en esta sociedad.

Son tareas que tenemos por delante, menos mal que son tareas estimulantes, son tareas que nos renuevan y que nos animan. Vamos confiados, hermanos y hermanas, en el amor de Dios, nuestro Padre. Dios, cuando llegó la plenitud de los tiempos nos envió a su único Hijo Jesucristo nacido de esta bendita Mujer, Santa María de Guadalupe, para que nosotros fuéramos hijos de Dios y lo somos, lo somos, nos gloriamos, reconocemos esta gracia, la manifestamos, la celebramos, como lo estamos haciendo hoy. Somos de verdad hijos de Dios y con la infinita bondad de Dios manifestada en Cristo y con un rostro maternal en Santa María de Guadalupe queremos volver a nuestra casa, volver a nuestra tierra, volver a nuestras actividades verdaderamente esperanzados, verdaderamente fortalecidos, renovados para seguir viviendo nuestra vocación cristiana en medio de este mundo, de esta sociedad y en este momento histórico que nos ha tocado vivir, no es otro.

Pongamos, hermanos y hermanas, sobre el altar el Pan y el Vino, pero junto con el Pan y el Vino todos los motivos que nosotros que nosotros queremos agradecer. Pongamos también todas las necesidades que quisiéramos remediar. Con la gracia de Dios y con nuestro compromiso.

Así sea.

 
 
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