21 de noviembre de 2010
“Hoy estarás conmigo en el
paraíso”
Mis hermanos, amadísimos, todos,
fieles de la Diócesis de nuestra Señora de Aguascalientes.
Venidos de las parroquias de Zacatecas, de Jalisco y de
nuestro querido Estado. Fieles todos amadísimos, hermanos,
de esta gran patria, por la cual han luchado muchos antepasados
nuestros derramando su sangre, buscando un porvenir mejor
para nosotros y las futuras generaciones.
Esta es la promesa de Jesús,
quizás el único que públicamente, allá en el Calvario, supo
reconocer públicamente que Jesús verdaderamente era Rey.
Los evangelios nos relatan
al igual que Dimas, así dice la tradición que se llamaba,
este bandido arrepentido, también el centurión romano, cuando
inspiró a Jesús se puso de rodillas y reconoció dándose
golpes en el pecho: verdaderamente este es el Hijo de
Dios.
Pues, sí, en los tres años
de ministerio de Jesús muchos dudaron de que Él efectivamente
fuera Rey. Y los cientos que el día Domingo Ramos lo aclamaron,
como: bendito Él que viene en el nombre del Señor. El
Hijo de David, descendiente directo para poner su reino
en el trono de Israel a los poquitos días lo abandonaron.
En la escena del Evangelio vemos como autoridades judías,
autoridades romanas, curiosos, extranjeros que también se
habían arrimado a participar en el espectáculo doloroso
del Vía Crucis, hasta el mismo Gestas, que está crucificado
justamente con Jesús, todos dudan de su realeza, se burlan
de Él. Al verlo indefenso en la cruz sufriendo precisamente
este flagelo seleccionado para los maldecidos.
La página del Evangelio recuerda
como Dimas después de reprender a Gestas diciéndole:
mira tú yo somos culpables, y sufrimos el merecido de nuestros
delitos ¿pero Él qué culpa tiene? Déjalo en paz, no lo molestes,
Él es inocente, Él no merece este flagelo y tampoco las
burlas, ni tus desprecios, cállate. Y volteando hacia
Jesús le súplica: acuérdate Señor cuando estés en tu
reino. Y es cuando Jesús le dirige esas palabras llenas
de consuelo, que sin duda alguna en este día que celebramos
la fiesta de Cristo Rey habrán de tener un eco especial
en nuestro corazón, porque están también dirigidas a todos
nosotros. Están dirigidas a todos aquellos discípulos y
misioneros de Jesús, que reconozcan a Jesús como su Rey.
Un Rey diferente, sí, un reino de paz, un reino de justicia,
un reino de amor, un reino de vida, un reino universal,
un reino eterno. Así cantamos con mucho entusiasmo: tu
reino es vida, tu reino es verdad, tu reino es gracia, tu
reino es amor, venga a nosotros tu reino Señor.
A eso nos convoca la Iglesia
en esta fiesta de Cristo Rey a pedirle al Señor: que venga
su reino; que todos reconozcamos a Jesús como nuestro Rey,
nuestro Rey, nuestro Salvador, nuestro Dios. Venimos a agradecerle
al Padre Celestial que haya querido en su Hijo, Jesucristo,
incorporarnos por medio del bautismo al misterio de su muerte
y resurrección. Y así hacernos participes ya desde esta
vida, de esta realeza, que nos asegura la verdadera libertad.
Esta realeza que nos abre horizontes de vida plena para
siempre. Una vida dichosa, la amistad de Dios en esta vida,
la paz, la alegría, el gozo, la gratitud y después, como
dice la Sagrada Escritura: lo veremos con nuestros propios
ojos tal como Él es y seremos semejantes a Él.
Participaremos para siempre
de su reino, sin la zozobra por nuestra debilidad de equivocarnos
y apartarnos de su reinado sin el temor de de alejarnos
del amor y de la misericordia del Señor. Por eso le decíamos
al principio de la misa: apiádate de nosotros, ten misericordia
de de nosotros. Hoy debemos decir, como recitamos todos
los días el Padre nuestro, pero con mayor devoción y con
mayor convicción: venga tu reino, Señor.
Tertuliano un antiguo cristiano,
defensor con sus palabras y letras de la fe de los primeros
discípulos de Jesús, escribe: que tu reino venga lo antes
posible, es el deseo de los cristianos, es la confusión
de las naciones. Nosotros sufrimos por ello, porque
no entienden las naciones la realeza de Jesús, más aún nosotros
rezamos por su llegada. Es un deseo que los cristianos venimos
repitiendo a los largo de más de 20 siglos. Que venga a
nuestras tierras su paz. Que se acaben las guerras, que
haya concierto y fraternidad entre las naciones. Que venga
a nuestra tierra su reino de justicia frente a la corrupción
invadente; frente a tantas diferencias sociales y económicas;
frente a tanta degradación moral. Que venga su reino de
amor entre los esposos, los padres y los hijos. Entre los
miembros de las distintas razas o religiones. Que venga
su reino de amor hacia los niños y hacia los ancianos, hacia
los pobres, hacia los enfermos. Que venga su reino a todos
los más necesitados de atención, de cariño, de ternura.
Sabemos que el reino de Cristo
vive en una situación de tensión permanente, porque lo exige
su mismo crecimiento, porque encuentra resistencias a su
acción transformadora, con todo cuando llegue ese reino
de paz, de justicia y de amor, trabajamos, sufrimos, oramos
los cristianos y todos los hombres de buena voluntad: venga
tu reino. Sea ese el grito con el que amanezcamos a
un nuevo día y con el que cerremos el duro bregar de cada
jornada. Para que digamos, como uno también de los santos
padres, orgullo de cristiandad antigua, san Cipriano: nosotros
que le hemos servido en esta vida, reinemos en la otra con
Cristo Rey, como Él mismo nos lo ha prometido.
Cuando siendo seminarista tuve
la oportunidad de participar en los cursillos de cristiandad,
me llamó mucho la atención el testimonio que un laico nos
dio, respecto a Jesucristo. Y nos decía que Francisco de
Borja, un duque español a quien le tenía mucha confianza
el emperador Calos V. Le confió que formará parte de sequito
de la emperatriz, que la acompañará y la defendiera de todos
los peligros y la ayudará a sus constantes traslados a lo
largo y ancho del imperio, que se extendía desde las Españas
hasta las Alemanias, desde los países bajos hasta la Isla
de Sicilia. Pues, que se murió la emperatriz y él tuvo que
cuidar todos los afanes, todos los trajines para llevarla
hasta Toledo donde estaban las tumbas imperiales, duro días
y días la jornada. Prepararon el cadáver para que pudiera
superar la travesía. Después de los funerales solemnes le
pidieron que reconociera que efectivamente era la emperatriz
la que iban a enterrar en aquella tumba. La emperatriz tan
hermosa, tan distinguida a la que él había servido exquisitamente,
con admiración, con gratitud, con cariño, la que se había
muerto y él había acompañado hasta enterrarla en Toledo,
la ciudad imperial en la Catedral.
Y nos platicaba el rollista,
así le decíamos, que cuando abrieron el sarcófago cuál fue
la sorpresa, que la encontraron a aquella emperatriz tan
hermosa toda descompuesta toda podrida y hedionda. Aunque
conservaba sus vestidos imperiales brillantes e impecables,
ya estaba todo su rostro deformado. Sintió un asco distintivo,
reconoció el cadáver y firmó los documentos distintivos
y se hizo un propósito que cambio toda su vida. Y Francisco
de Borja dijo: jamás serviré rey que se me muera.
Dejó la corte se hizo jesuita,
después precisamente por su rectitud, su honestidad y virtuosidad
lo pusieron de maestro de novicios de las primeras generaciones
de jesuitas. Que siguiendo las indicaciones de Ignacio de
Loyola se pusieron como máxima, para mayor gloria de
Dios. Así Francisco cambió, ya dejó de servir a dioses
que se descomponen, que se pudren, que se mueren y que se
acaban y decidió en la compañía de Jesús consagrar su vida
aún Dios que nunca muere: Jesús, nuestro Señor. Y no buscar
en su vida, con sus pensamientos, palabras y obras otra
gracia sino la de servir fielmente buscando siempre en su
gloria. Es la gracia que pedimos al principio de la misa:
que libres de toda esclavitud podamos servirlo con un corazón
agradecido, con un corazón jubiloso, todos los días de nuestra
vida y a lo largo de toda la eternidad.
Ayer celebrábamos el V aniversario
de la canonización de varios hermanos nuestros de la región
de Occidente del país encabezados por Anacleto González
Flores, hermanos nuestros de la acción católica, de la adoración
nocturna, de la legión de María, grupos apostólicos florecientes
en los años veintes, que también se hicieron ese propósito,
no iban a servir a dioses que se mueren, dioses de pies
de barro. Anacleto González Flores, el maestro como se le
reconoce, era, muchos así lo atestiguan, el líder moral
de todos aquellos campesinos, miles y miles que se levantaron
en armas para defender su fe, el derecho humano fundamental.
Confesar libremente su fe, no pedían otro derecho sino espacios,
que les facilitaran vivir libremente su fe en Cristo Jesús,
en la Virgen de Guadalupe.
En los años 20 se escribió,
posiblemente, la historia más maravillosa del pueblo mexicano,
que supo defender su fe con las palabras, con las obras
y con su vida. Como fue el caso de Anacleto González y sus
compañeros que llevan apellidos nuestros: González, Estrada,
Velázquez, Gómez, Loza. Gente de nuestra tierra, gente de
nuestros apellidos, que como Francisco de Borja y muchos
discípulos de Jesús a lo largo de la vida, que se han encontrado
con Él y han visto renacer en su corazón un torrente de
vida y de esperanza han tomado la decisión, no van a adorar
dioses que se mueren. En ese tiempo eran Obregón, Calles,
Gómez Farías. Grandes reformadores que querían cambiar la
fisionomía de nuestra patria arrancándoles características
más fundamentales: su fe en Cristo, Jesús y su amor a la
Virgen de Guadalupe. Querían inventar otra patria, arrancándole
al pueblo mexicano de sus labios y de su corazón el bendito
nombre de Jesús y de la Santísima Virgen de Guadalupe.
Los cristeros, como se les
llamó, sabían los que peleaban honores, no peleaban tierras,
no peleaban salarios, no pedían prestaciones, pedía libertad
y era su grito: “viva Cristo Rey” “viva la Virgen de Guadalupe”.
Así luchaban y así morían, pues, Anacleto González Flores
le llegó su día y llegó su día al círculo más cercano de
sus amigos. El que les interesaba era Anacleto y querían
hacerlo claudicar, porque para ellos sería un éxito que
el maestro moral renegara de su fe, que en el último momento
de su vida se acobardara y así lo exhibieran por todo el
país como el hazmerreir, como el fracasado, el que de repente
reconoció el error y había inducido a otros más por caminos
equivocados.
Él nunca aprobó la lucha armada,
nuca llevó un arma en su cinto, no disparó ni un balazo,
pero le tenían más miedo, que a los batallones que dirigía
el General Gorostieta, que cada día eran miles y miles.
Y los generales más afamados de ese tiempo Zedillo, Amaro
no podían controlar y quedaban en vergüenza ellos con mejor
armamento y mejor capacitación derrotados por un grupo de
campesinos, que no tenía armas, pero sí tenían una convicción
firme en su corazón en la que ellos sabían que tarde que
temprano iban a vencer. Y querían incluso con su sangre
sembrar libertad auténtica en nuestra patria. Torturaron
delante de Anacleto a todos sus compañeros a ver si así
le quebrantaban el ánimo. Y él, como nos lo relata el libro
de los Macabeos, como aquella madre prudente, valiente,
que alentaba a cada uno de sus sietes hijos a nos renegar
de sus fe ante Antíoco. Animándolos con sus palabras, avivándoles,
fortaleciéndoles, como madre a la que perseveraban en su
fe. Así hubo muchas mamás macabeas en esos tiempos difíciles
y sigue habiendo muchas mamás macabeas, si no fuera por
ellas posiblemente en nuestra patria ya no fuera ni guadalupana,
ni cristiana. Porque están duro, continuamente, con sus
hijos recordándoles, felicitándolos, amonestándolos, rezando
por ellos y bendiciones. Pues, así Anacleto González Flores,
como una madre macabea, como un judas macabeo estuvo animando
a cada uno de ellos en el momento del martirio. Y cuando
le llegó su hora; lo habían martirizaron con navajas de
afeitar, habían cortado su cuerpo.
Pues, bien, cuando llegó el
momento decisivo, dijo que lo sepa toda América, desde América
Septentrional hasta América Meridional. Muero yo, pero
Dios nunca muere “viva Cristo Rey” “viva la Virgen de Guadalupe”.
Hermanos, esta fiesta de Cristo
Rey nos invita a hacernos un planteamiento decisivo en nuestra
vida. Debemos consagrarnos a Aquel que derramó su sangre
por nosotros en este Santuario maravillo de la Virgen María
a dónde venimos a postrarnos y a presentarle nuestra tristezas
y alegrías; nuestras esperanzas y nuestro anhelos, porque
Ella como Madre nos entiende y nos ayuda y nos ofrece la
medicina, nos ofrece el consuelo, nos ofrece la bendición
espiritual de su Hijo, Jesucristo. Hoy estamos convocados
para refrendar nuestra fe y buscar caminos de paz y de justicia
para nuestra patria reafirmando con gozo y gratitud nuestra
vocación de discípulos, misioneros de Cristo Jesús.
Los tiempos actuales son difíciles,
en aquellos tiempos se sellaba su compromiso como Anacleto
con sus palabras, con sus obras, con su sangre. Ahora los
discípulos de Jesús se les desprestigia, se les descalifica,
se les ridiculiza, se les margina, se les sepulta en vida.
Vivimos tiempos marcados por la violencia y por la inseguridad,
por la pobreza y la marginación, donde muchos jóvenes no
encuentran el sentido a su vida y son presa fácil de las
drogas, el relativismo, el hedonismo, el consumismo, el
securalismo, que nos arranca símbolos religiosos. De los
medios de comunicación, de nuestros propios hogares y finalmente
de nuestros propios corazones. Un país donde, también, encontramos
mexicanos que quieren un mundo sin Dios y que aprueban sin
reflexionar leyes inicuas que van en contra de la ley natural,
minando el patrimonio más valioso de la humanidad y de nuestra
patria, nuestra familia. Aprobando leyes inicuas de las
cuales deberíamos estar todos avergonzados. Un país en el
que la Iglesia está sufriendo el abandono de unos, el alejamiento
o la contradicción y la vida de muchos más, que se persignan
de la mañana y siguen haciendo sus fechorías a lo largo
del día. Ante esta adversa realidad hemos de reconocer,
también signos de vida en muchos ambientes, esfuerzos sinceros
en la sociedad y en la Iglesia para responder al bien integral
del hombre. En este peregrinar cotidiano entre luces y sombras
siempre nos ha acompañado la Santísima Virgen de Guadalupe,
desde los tiempos de san Juan Diego en los albores de la
evangelización de este pueblo bendito, el pueblo mexicano
desde los inicios de la Independencia, cuando nuestros héroes:
Hidalgo y Morelos la invocaron como la Patrona de nuestra
libertad. Ella siempre nos ha acompañado.
Nuestra patria no nació con
las leyes de Reforma; nuestra patria mexicana no nació el
16 de septiembre de 1810. Nuestra patria nació cuando los
primeros misioneros plantaron la cruz en las costas del
Golfo de México. Nuestra patria se fortaleció cuando se
apareció la Virgen de Guadalupe con esas palabras maravillosas,
dirigidas a Juan Diego y a cada uno de nosotros: “¿no
estoy yo aquí que soy tu Madre? No es nada lo que te aflige.
No es nada lo que te apena. Aquí estoy contigo, estás en
el regazo de mis brazos.” Yo cuido de ti. Ella
quiere unidos a los mexicanos y que le abramos el corazón
a su divino Hijo Jesucristo. Este es el camino seguro, el
único camino seguro para reconstruir y dar vida a las personas,
a las familias e instituciones y para hacer de México un
país en donde reine la justicia y se viva la paz.
Así dice un documento que hicimos
los obispos mexicanos con motivo de la inseguridad y del
crimen organizado. Que Cristo nuestra paz México tenga
vida digna. Y ahí se señala que sufrimos lo que sufrimos
porque se está deshilvanando el tejido social en nuestras
poblaciones, en nuestros estados. Porque hay una cultura
de ilegalidad y porque nuestros líderes dan muestra de sinvergüenzadas
y de impunidad, porque hay una crisis de inmoralidad desde
el seno mismo de los hogares.
Sólo Cristo es el camino seguro
que nos lleva por caminos de paz y de prosperidad. En el
día en que la Virgen de Guadalupe nos ofrece una vez más
a su Hijo, renovemos nuestra esperanza, un mañana mejor
para México, haciendo nuestras las palabras del Papa Benedicto
XVI: no tengan miedo, abran más todavía, abran de par
en par las puertas a Cristo, quien deje entrar a Cristo
en su vida no pierde nada, absolutamente nada de lo que
hace la vida libre y grande. Sólo con esta amistad se abren
las puertas de la vida. Sólo con esta amistad experimentamos
lo que es bello y nos libera. No tenga miedo de Cristo,
él no quita nada y lo da todo. Quien se da a Él, recibe
el ciento por uno. Sí, abran de par en par las puertas de
Cristo y encontraran la verdadera vida.
El Papa, también, y el documento
de Aparecida recogió sus palabras pronunciadas en Brasil,
decía la contraparte: sin Jesús no hay futuro, no hay luz,
no hay vida, no hay esperanza. Esto tiene que repercutir
en nuestros corazones, hermanos, de todos aquellos que con
gratitud y alegría nos reconocemos como discípulos, misioneros
de Cristo. Esto es el testimonio, el mensaje propositivo
que debemos llevar a nuestros hogares con Jesús, con Jesús,
el regalo de María de Guadalupe a nuestro pueblo mexicano.
Con Jesús presente en nuestras comunidades eclesiales en
su Palabra, en la Eucaristía, en la vida fraternal.
Con Jesús en el crecimiento
como hermanos, en la fe, en la esperanza y la caridad que
deben caracterizar a nuestras comunidades. Sí habrá, para
nuestro país y para el mundo entero futuro, luz, vida y
esperanza. ¿Necesitamos más motivos para amar a la Virgen
de Guadalupe? Nos sobran razones para disfrutar de esta
cita amorosa, que hoy nos congrega, nuestra relación personal
y comunitaria con Cristo y María es la verdadera razón de
nuestra presencia aquí y ahora.
Venimos a nutrir nuestra fe
en Cristo Jesús y nuestro amor filial a la Virgen de Guadalupe.
Venimos a pedirle que conserve nuestra fe y que salve nuestra
patria. Venimos a pedir que Ella que es hija del Padre ilumine
nuestra fe. A Ella que es Madre de Dios, Hijo, fortalezca
nuestra esperanza. A Ella que es esposa del Espíritu Santo,
que interceda continuamente ante el Padre Celestial, para
que nuestra caridad se enardezca. Y así desde las familias,
primer núcleo eclesial, hasta las diócesis y toda nuestra
patria mexicana crezca y Cristo Jesús con la fuerza del
Espíritu en la fe, en la esperanza y la caridad.
María es la primera discípula
y misionera del Señor Jesús; es el espejo de la fe; el espejo
de la esperanza; el espejo de la caridad en la que tenemos
que reflejarnos, porque nosotros como Ella también somos
discípulos y Ella es nuestra Maestra, nuestra Madre, nuestro
modelo.
Esta peregrinación anual nos
fortalece, como discípulos y misioneros de Jesús nuestro
Maestro contemplando, imitando a María, queremos conocer,
amar y seguir a Jesucristo hasta asemejarnos cada vez más
a Él; al tiempo que nos empeñamos en revelar en la vida
cotidiana su rostro atractivo, para que muchos le abran
su corazón y lo reconozcan como el enviado del Padre. Esta
es la misión que tenemos en nuestras diócesis junto con
América Latina y el Caribe es lo que llamamos la Misión
Continental y Permanente.
Que nos encontremos cada día
con Jesucristo y así renovemos nuestra vocación de discípulos
misioneros suyos. Esta Misión Continental y Permanente nos
exige pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral
auténticamente misionera. Exige cambio de mentalidad y de
actitud particularmente los obispos, en los presbíteros,
en los agentes de pastoral, catequistas, padres de familia.
Exige, desde luego, conversión que sólo lo escucha atenta
a la Palabra de Dios nos puede dar. Las estructuras no se
convierten se transforman, las personas son las que se convierten.
Y porque el problema es de
actitud se necesita en nosotros la valentía al estilo de
los profetas y de los santos, de los grandes santos: san
Francisco de Borja, Anacleto González. No es tarea fácil,
dada la inercia de siglos anteriores, pero ciertamente es
el camino para responder a los desafíos actuales. Para responder
esta Misión Continental a la cual nos convoca el Santo Padre,
en el espíritu de Aparecida, es indispensable promover la
renovación de nuestras parroquias, para que sean auténticas
casas y escuelas de comunión, es decir. Lugar de participación
y formación para convertir a los actuales feligreses en
discípulos y misioneros capaces de poder transmitir la fe
en Cristo a las actuales generaciones, especialmente a los
niños a los adolescentes, a los jóvenes, a los padres de
familia, profesionistas y líderes sociales.
Me viene a la memoria, que
cuando estaba Anacleto González Flores siendo velado en
la casa de uno de sus amigos y admiradores acudieron cientos
y cientos de gentes. Su hijo de 3 años parado sobre una
mesa contemplaba a su papá y les decía: a mí papá lo
mataron, porque quería mucho a Diosito.
Qué maravilloso testimonio,
que es un ejemplo. Ojalá que cada niño de México encuentre
en su padre a una persona verdaderamente enamorada de Jesucristo.
No importa que corra el riesgo de que lo desprestigien y
se burlen de él, lo entierren en vida, le causen desgracias,
pero que les quede a los niños y a los jóvenes de las futuras
generaciones que sus pastores, sus padres, sus maestros
eran personas verdaderamente enamoradas de Cristo y de la
Virgen de Guadalupe.
Nuestro Plan Diocesano nos
marca el camino que hemos de transitar en esta tarea misionera:
el encuentro con Cristo, la conversión permanente, el discipulado,
la vida comunitaria, la misión permanente. Tenemos caminos
para renovarnos: la familia, los jóvenes, la formación de
agentes, la renovación de nuestras parroquias.
Nutridos siempre por la Palabra
de Dios y la Eucaristía para ir impregnando el Evangelio
de vida nueva a los corazones, a los lugares y a los ambientes
de nuestra amada Diócesis de Aguascalientes y de todas las
del país entero. Qué hermoso llamado hemos recibido de Jesús
y que gran lección nos ha confiado.
Ser con María, Evangelizadora
de América, evangelizadores nosotros también de las futuras
generaciones. En este empeño y poco a poco lograremos ir
dando un rostro nuevo a nuestra iglesia diocesana; el rostro
de una iglesia auténticamente discípula y misionera de Cristo;
una iglesia que de la mano de la Virgen María conoce, ama
y sirve cada día mejor a Cristo Jesús.
Como la Virgen María fue dócil
al Espíritu de Dios; engendró a Cristo y lo entregó a los
hombres. Como la Virgen de Guadalupe vino a estas tierras
a sembrar la semilla de la fe en su Hijo amado. Así también
nosotros dejémonos conducir por el Espíritu Santo en nuestra
experiencia de discípulos misioneros. Y llevemos con fidelidad
el anuncio gozoso de Cristo Resucitado a nuestros hermanos.
Santa María de Guadalupe, Reina
de México salva nuestra fe, salva nuestra patria y conserva
nuestra fe.
¡Viva Cristo Rey y la Virgen
de Guadalupe!
Qué así sea.