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Homilía
pronunciada por Mons. Renato Ascencio León, Obispo de la Diócesis de Ciudad Juárez, en ocasión de su peregrinación a la Basílica de Guadalupe.

16 de julio de 2010

Muy queridos hermanos sacerdotes, queridas religiosas, estimados seminaristas, hermanos, que vienen en peregrinación desde la fronteriza Ciudad de Juárez. Hermanos, que vienen de otros lugares a venerar a nuestra Madre y a nuestra Reina, la Virgen de Guadalupe en esta su Basílica.

Una vez más nos encontramos en este lugar tan querido para todos nosotros, por la historia, por la fe y por la oración de todo el pueblo. Generaciones y generaciones de mexicanos, y fieles de otros muchos lugares de aquel lado de la frontera, han venido a este santo lugar para encontrar consuelo y fuerzas en la peregrinación de nuestra vida. Porque nuestra vida es también una peregrinación, peregrinación a la casa del Padre, y toda peregrinación tiene sus particularidades. Millones y millones de creyentes han comprobado en este santo lugar las palabras, llenas de ternura maternal, de amor solícito de nuestra Señora de Guadalupe: « ¿no estoy yo aquí que soy tu madre? ¿De qué más tienes necesidad?». Y nosotros, queridos hermanos, que venidos de nuestra dolorida Diócesis de Ciudad Juárez, debemos sentir como una realidad inequívoca el amor solícito de nuestra Madre de Guadalupe. No podemos olvidar que nuestra querida ciudad, desde su fundación en aquel ya lejano 8 de diciembre de 1659, fue puesta bajo la protección de nuestra querida Madre María de Guadalupe.

Venimos con la misma fe y devoción centenarias. Venimos para dar gracias a Dios Padre, fuente de todo don perfecto (Sant 1,17), para adorar a Jesucristo, a quien María de Guadalupe ha anunciado a estas tierras cuando nacíamos como pueblo, para pedirle a Dios Trinidad, por la intercesión maternal de nuestra Madre que nos haga crecer en la fe, en la esperanza y en el amor; que nos haga crecer en el compromiso de la misión evangelizadora a la que por nuestro bautismo estamos comprometidos.

Venimos, mis queridos hermanos, cierto, en momentos en que nuestra Patria y, especialmente nuestra querida Ciudad Juárez, viven situaciones de prueba extrema por la terrible violencia que domina el ambiente y también por la falta de trabajo para muchos de nuestros hermanos, para muchas familias que sufren esta necesidad.

Venimos para presentar a María que fue Mujer, que fue Esposa, que fue Madre, ante Ella que fue la luz de su hogar en el silencio de Nazaret, las necesidades de las familias de nuestra diócesis. En efecto, mis queridos hermanos, y lo sabemos muy bien, nuestras familias viven una profunda crisis determinada por el oscurecimiento de los valores cristianos en nuestro ambiente.

Esto ha determinado un alejamiento de Dios, un alejamiento del Evangelio de la vida, que es Jesús mismo. Esto se ha reflejado, en la multitud de jóvenes, de menores de edad, que engrosan las filas de la delincuencia, no pocas veces en situaciones de extrema violencia y crueldad. Las noticias nos preocupan cuando reflejan el hecho de que es una generación de jóvenes la que está muriendo y matando, la que está delinquiendo de múltiples maneras, y haciendo casi irrespirable el ambiente de una ciudad que nos ha acogido a todos como una Madre y donde muchos mexicanos han encontrado cobijo y respuesta a sus necesidades de una vida más digna.

¿Cómo no traer a los pies del trono de nuestra Madre de Guadalupe, Reina de los mexicanos, estas sentidas necesidades de toda nuestra Diócesis? ¿Cómo no pedirle a Ella, intercesora nuestra ante su Hijo querido, que mueva los corazones de todos para aceptar el Evangelio en nuestro propio corazón, primero, en el seno de nuestras familias, en nuestros ambientes, en nuestras estructuras sociales? Es el único camino que tenemos para revertir una situación que causa tanto sufrimiento y tanto dolor. Debemos pedirle a nuestra Madre amorosa que nos ayude a superar el desaliento; que el pesimismo no se apodere de nuestro corazón y de nuestro pensamiento, sino al contrario, que, siendo fieles oyentes de la Palabra, a ejemplo de Ella, sepamos acoger el Evangelio y hacer de nuestras familias verdaderas escuelas de humanidad, escuelas de oración, escuelas donde se vivan y transmitan los valores cristianos que son los nuestros. Debemos pedir a María de Guadalupe que nos haga crecer, también, como ciudadanos capaces de asumir las obligaciones, responsabilidades y actitudes que corresponden a una mayoría de edad, a una conciencia madura de la ciudadanía, para implicamos coherentemente, y desde nuestra fe, en la transformación de nuestros ambientes.

En actitud de esperanza ponemos en sus manos las intenciones de nuestras autoridades de las que están por terminar su responsabilidad y de aquella que dentro de poco han de tomar la guía de los ciudadanos de Chihuahua y de nuestras ciudades. Venimos a los pies de nuestra Madre para pedir por todos aquellos que formamos parte del Estado grande de Chihuahua.

Pedimos de manera especial por quienes sufren en el seno de sus hogares la pérdida de sus seres queridos arrebatados por la violencia irracional que priva en nuestros ambientes. Ante Ella ponemos a nuestros jóvenes, para que Ella, Mujer, sea el ejemplo de una respuesta perfecta a la voluntad de Dios y, así, a imitación suya demos todos, una respuesta generosa a los planes que Dios tiene para nosotros.

LA VOLUNTAD DE MARÍA DE GUADALUPE.

Pero, mis queridos hermanos, no sería suficiente la simple presentación de nuestras necesidades a nuestra Madre de Guadalupe. Ella también nos pide algo. Ella quiere hacer de nosotros, como de Juan Diego enviados que vayamos a decir a todos los demás que ella es la verdadera Madre del Dios por quien se vive.

Que Ella es la verdadera Madre, por quien se vive, Ella es la Madre del Evangelio de la vida, que Ella ha venido aquí para manifestarnos a su Hijo muy amado y quiere que sus verdaderos devotos nos convirtamos también en apóstoles de este mensaje cristiano, tal como lo hizo Juan Diego y lo hicieron los misioneros de entonces y los misioneros de todos los tiempos. Anunciar al Dios por quien se vive, es el mejor servicio que podemos prestar a nuestra sociedad desalentada, turbada, tal vez víctima del pesimismo.

Es necesario que nos fijemos, también en la figura de Juan Diego. Ella lo ha enviado con su mensaje inefable a casa del obispo, pero no ha tenido éxito. Juan Diego se convierte entonces en una persona desalentada que quiere dejar a un lado la misión que le manda la Virgen. Por lo cual te ruego, le dice Juan Diego a María, encarecidamente Señora y Niña Mía, que a alguno de los principales, conocido, respetado y estimado le encargues que lleve tu mensaje, para que le crea. Las razones de Juan Diego reflejan su profunda humildad, pero, si alguien sabe que Dios se vale de los humildes para realizar sus planes es la Virgen, es precisamente María, la Virgen, Ella la esclava del Señor.

La respuesta de María es profundamente iluminadora en nuestra vida de creyentes; ciertamente, Ella tiene muchos servidores y mensajeros a quienes puede encargarles llevarles el mensaje y hacer su voluntad; pero es de todo punto preciso, le dice, que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla esta mi voluntad.

No es suficiente, pues, mis queridos hermanos, como decía poco antes, que presentemos a la Virgen nuestras necesidades nuestras súplicas por profundas y sinceras que sean y luego marchamos. Haríamos entonces de nuestra oración un buzón de quejas. La verdadera oración cristiana, como la oración de María, es primeramente una actitud de apertura, de escucha, de disponibilidad; Ella, en su testamento espiritual nos ha dicho: Hagan lo que mi Hijo les diga. María envía a Juan Diego. Juan Diego es un mensajero y su intercesión es necesaria para que se cumpla la voluntad del Señor.

Y el mensaje es claro para nosotros. Al regresar a nuestra ciudad, debemos llegar con la convicción segura de que Ella nos envía también a nosotros para el mensaje de esperanza y de alegría. Que nos envía a nuestra ciudad, el mejor servicio que podemos prestarle, como devotos de María de Guadalupe, es llevar comenzando por la familia, el mensaje del Evangelio. Juan Diego así lo ha dicho; María de Guadalupe quiso necesitar de Juan Diego para que se cumpliera su voluntad, levantar en este lugar un pequeño templo donde Ella habría de oír las súplicas de todos los mexicanos, como lo dice de una manera textual: para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues, soy vuestra piadosa Madre, nos ha dicho.

El Papa Paulo VI, en la Evangelii Nuntiandi, el compromiso de anunciar el Evangelio a los hombres de nuestro tiempo animados por la esperanza, pero al mismo tiempo, a menudo turbados por el miedo y por la angustia es sin duda un servicio hecho no sólo a la comunidad cristiana, sino también a toda la humanidad. Misión grande, que el Señor en las palabras del Papa Paulo VI nos ha encomendado.

El sujeto, pues, de la misión guadalupana fue Juan Diego; ahora somos nosotros. El plan de Dios se realiza a través de la mediación humana. Por ello, debemos de pedir a nuestra Madre, aquí en esta Basílica, en este lugar que nos conceda la gracia de ser verdaderos apóstoles, mensajeros de su Hijo, de su tierno amor, de su solicita preocupación por nosotros, por este pueblo nuestro, sabiendo que el mensaje de María de Guadalupe es el mismo mensaje de su Hijo Jesús. Haced lo que Él les diga.

VIDA, DULZURA Y ESPERANZA NUESTRA

Así pues, nuestra devoción verdadera a María, tiene que llevarnos al compromiso apostólico. A Juan Diego, el ángel, el enviado de María de Guadalupe le esperaban más dificultades; el trabajo de la evangelización no es fácil. Jesús decía: a sus discípulos yo los envío como corderos entre lobos.

El tío Bernardino ha caído enfermo y el impulso de Juan Diego es buscar un sacerdote para que le ayude a bien morir, porque desde que nacimos, vinimos a guardar el trabajo de nuestra muerte. Se distrae de la misión de la Santísima Virgen preocupado por la salud de su tío y entonces tiene lugar las palabras más bellas del relato. Después de oírlo, la piadosísima Virgen le dice: oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asuste y aflige. No se turbe tu corazón; no temas esa enfermedad ni ninguna otra enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester?

Difícilmente encontramos, y esto nos lo dicen los especialistas, palabras más bellas, más tiernas, más consoladoras en la literatura universal. Si pudiéramos analizar este fragmento como un canto a la esperanza, a la alegría, a la confianza, aún en las dificultades más duras de la vida, ninguna preocupación debería alejarnos de la certeza de este amor maternal que es un reflejo infinito del amor con que Dios nos ama a todos nosotros, como no recordar las palabras de María ¿quién podrá apartarnos del amor de Dios? La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada. En todas estas circunstancias vencemos de sobra gracias al que nos amó, palabras que podemos aplicar perfectamente a María y que están tomadas del apóstol san Pablo en su carta a los romanos (cf. Rom. 8,35ss)

La sintonía del relato guadalupano con la sagrada escritura es impresionante. Problemas, mis hermanos, todos los tenemos y muchos. Pero no debemos permitirnos el desaliento, la desesperanza, debemos tolerar estos sentimientos es tanto como negar la presencia de Dios en nuestras vidas. En estas bellas palabras de María descubrimos un mensaje. Ella no desea una Iglesia sobrecargada de problemas, pues, el problema muchas veces es un equivalente a la desesperanza, y ésta no puede ocupar el mismo sitio del Señor. María no quiere unos hijos y hermanos en la fe que se hallen agobiados de la angustia por falta de sentido u horizonte.

Ni siquiera la tribulación y las necesidades más extremas deben sembrar en nosotros el desaliento y el pesimismo. Así nos lo dice la Virgen, así nos lo ha dicho en el apóstol san Pablo. Todos los que descansan sus preocupaciones en Dios conservan un semblante sereno y luminoso, es como para desconfiar de los devotos inquisidores y amargados que pierden la paciencia por los males del mundo y quisieran imponer la santidad por decreto. La perfecta alegría que es paz en el espíritu y serenidad en el semblante, es también hermana reflejada perfectamente en la bienaventuranza del Señor.

Dichosos los mansos porque heredarán la tierra. Así lo han entendido los santos, aquellos cuya alegría y bondadoso temple los convirtió en valores universales. Mantengamos, pues, mis queridos hermanos, viva la esperanza; regresemos a nuestra diócesis y a nuestros  lugares de origen transformados, intensificada nuestra oración y la devoción a nuestra Madre de Guadalupe.

Ella es la Madre misericordiosa, es nuestra vida, nuestra dulzura y esperanza. En tu compañía, Madre misericordiosa de Guadalupe, nosotros bebemos de la fuente del amor. Nuestros corazones sedientos y nuestras almas inquietas tienen acceso, a través de ti, a la vida nueva que tu Hijo nos ha traído.

Protege y bendice a nuestra Diócesis; haz que todos, pastores y fieles unidos en la caridad, crezcamos en la fidelidad al evangelio. Que nos sintamos enviados tuyos a ese mundo lastimado, herido en el que parece no haber lugar para el amor y la esperanza. Madre bendita de Guadalupe tu promesa alienta nuestra vida. Tú vas en el duro camino del día a día de nuestra vida.

Haz que conservemos en nuestro corazón la belleza de tus palabras, la sinceridad de tu promesa.

Atiende nuestras súplicas, gloriosa Madre de Dios.

Así sea.

 
 
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