20 de
julio de 2010
Queridos hermanos sacerdotes
y diáconos, hermanas religiosas y fieles laicos en Cristo nuestro
Señor. Después de haber vivido el año sacerdotal, el Señor nos
concede la gracia de venir nuevamente como peregrinos al Santuario
de Nuestra Señora de Guadalupe para presentarle en el altar
del Señor, y a los pies de la Virgen, nuestros proyectos, preocupaciones
y necesidades.
En la Palabra de Dios, siempre
iluminadora para nuestros pasos, aparece la visión que tuvo
Juan. Es la imagen de la gloria futura para el pueblo de Dios,
para la Iglesia peregrina de la cual formamos parte hoy. Ya
desde el Antiguo Testamento, Dios se comprometió en alianza
con su pueblo y prometió poner su morada en medio de su pueblo:
"Mi morada estará junto a ellos, seré su Dios y ellos
serán mi pueblo. Y sabrán las naciones que yo soy el Señor,
que santifico a Israel, cuando mi santuario esté en medio de
ellos para siempre" (Jr 37, 27-28). En efecto, por
la encarnación, María ha sido: "La morada de Dios con
los hombres", pues, cuando: "La palabra se
hizo carne y puso su morada entre nosotros" (Jn 1,
14), lo hizo en el seno inmaculado de María. "Ustedes
serán mi pueblo y yo seré su Dios" significaba seré
su dueño, su amo, su esposo. Por eso el profeta Oseas no oculta
los adulterios de Israel, pero sobre todo, no oculta el amor
de Dios que vence la infidelidad de Israel llevándolo al desierto
y hablándole al Corazón (Cf. Os 2, 16). Así ha sido, así es
y así será el amor de Dios. Ahora nosotros en México, en el
Bicentenario de la independencia y en el centenario de la revolución,
somos el pueblo peregrino de Dios. También somos el pueblo pecador
que sufre por tanta violencia, inseguridad y muerte.
Por eso hoy, en este Santuario
bendito de María nuestra Madre, "la morada de Dios con
los hombres", pedimos a Dios que enjugue nuestras lágrimas,
"que ya no haya muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor".
Sabemos que esto sólo será posible en plenitud en la gloria,
pero pedimos por intercesión de nuestra madre del cielo que:
"El primer mundo pase y Dios comience a hacer nuevas
todas las cosas", queremos vemos libres del miedo,
de la inseguridad, queremos un México con justicia, con oportunidades
para todos, queremos un México en paz, queremos el México que
Dios quiere de María de Guadalupe.
Queremos superar esta crisis
del tejido social en la que nos encontramos, queremos crecer
en legalidad y moralidad, queremos crecer en santidad. Sólo
si queremos crecer en santidad, sólo consagrados a Dios y a
María nos será más fácil hacer la voluntad de Dios en nuestra
vida y en nuestra sociedad. Sólo creciendo en santidad creceremos
en moralidad y en legalidad. En nuestra diócesis, precisamente
por eso, como cierre del Año Sacerdotal nos hemos consagrado
al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María.
Ahora a los pies de María de Guadalupe renovaremos esta consagración.
En este mismo sentido el profeta
Isaías cantaba: "Que grande es en medio de ti el Santo
de Israel". Por eso ponemos en Dios nuestra confianza:
"Porque mi fuerza y mi poder es el Señor". Por
eso damos gracias, invocamos su nombre y proclamamos que su
nombre es excelso.
El Evangelio de la anunciación
nos muestra a la "esposa de José", "a
la llena de gracia", "a la Madre del Hijo de Dios"
porque, como dice el evangelio: "El Espíritu Santo vendrá
sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra";
nos muestra, "a la sencilla y humilde esclava del
Señor". La iglesia cree y enseña que María fue llena
de gracia desde su concepción, por los méritos de Cristo y en
orden a su maternidad. Por eso es imagen y Madre de la Iglesia,
por su santidad. Por eso es modelo para sus hijos, por eso es
intercesora, por eso su corazón Inmaculado es el corazón humano
más unido al corazón de su Hijo Jesús, por eso nos consagramos
al Inmaculado Corazón de María, porque es el camino más seguro
para unimos al Sagrado Corazón de Jesús.
Nosotros como discípulos de
Cristo debemos dejar aquello que nos ata y caminar hacia adelante
fija la mirada en Jesús autor y consumador de nuestra fe (Hb
12, 2). En forma similar, como hijos de María, contemplamos
en Ella la imagen purísima de la Iglesia y peregrinamos, fijos
los ojos en ella, hasta que llegue aquella plenitud de la gloria
que ya contemplamos en María.
María, como esclava humilde
del Señor resplandece por la integridad de su fe y por su entrega
a la voluntad de Dios: "Hágase en mí según tu palabra",
le dice al ángel. Como Madre de la Iglesia y fecunda por la
acción del Espíritu Santo acepta el designio de Dios: "Concebirás
en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre
Jesús". La respuesta de María: "Cómo será eso,
pues no conozco varón", no es una respuesta negativa,
sino la petición, en la fe, de una señal. Señal que Dios concede
a los que creen en él: "Ahí tiene a tu pariente Isabel,
que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de
seis meses la que llamaban estéril".
Hermanos, Dios nos da señales,
si tenemos fe. En cambio, para el que no tiene fe, no hay señal
que valga. Para nosotros la imagen de nuestra Señora de Guadalupe
fue la señal dada por Dios a los pueblos de América. Por eso,
atendiendo a las palabras de nuestra Señora a Juan Diego venimos
a su santuario, pues ella decía: "¿No estoy yo aquí
que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud?
¿No estás por ventura en mi regazo?".
Qué alegría saber que la Santísima
Virgen María nos tiene en su regazo, que alegría reconocerlo
y venir por nuestra propia cuenta, de manera consciente, a su
casita del Tepeyac para acurrucamos en su seno virginal, como
el hijo pequeño que se duerme confiado y tranquilo en los brazos
de su madre.
En el cierre del año sacerdotal
he planteado que, para darle continuidad, tenemos: "Palabra
de Dios, Eucaristía y devoción a María". Estas tres
palabras quieren abarcar toda nuestra vida cristiana. Palaba
de Dios significa estudio, predicación, evangelización, catequesis,
oración con la palabra de Dios. Eucaristía significa toda la
vida sacramental, de la cual la Eucaristía es centro y culmen.
Finalmente, la devoción a María porque, la unión al Inmaculado
Corazón de María, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia y Madre
de los sacerdotes, es el camino más seguro para la unión con
el Sagrado Corazón de Jesús y ella es nuestra poderosa intercesora
y defensora en la lucha espiritual contra Satanás.
Recientemente, además de lo
dicho, también hemos acordado, en reunión de presbiterio, dar
continuidad al año sacerdotal, en nuestra diócesis, con un año
vocacional y pronto vamos a dar los pasos necesarios para organizarlo
y llevarlo a cabo con la intercesión de la Santísima Virgen
María. Así pues, como diócesis de San Andrés, ponemos a los
pies de nuestra Madre del cielo todos nuestros proyectos y preocupaciones.
En primer lugar le pedimos
a la Virgen que, después de este año sacerdotal, Dios bendiga
a todo nuestro presbiterio para que nosotros, obispo, sacerdotes
y diáconos, sin ceder a los egoísmos, a las lisonjas del mundo
y a las tentaciones del Maligno, seamos pastores y servidores
que no se apacienten a sí mismos, sino que se entreguen llenos
de gozo a Dios por los hermanos.
Además, seguimos contando con
la intercesión de la Virgen para seguir adelante con la elaboración
del V Plan de Pastoral y queremos que los nuevos proyectos de
la pastoral vocacional, que ponemos a los pies de la Santísima
Virgen María, sean rociados con una gracia del cielo que los
fecunde para que las vocaciones suscitadas respondan a las exigencias
de la Iglesia de nuestros tiempos.
Por otro lado, pedimos a la
Virgen que bendiga a los peregrinos, cuyo amor a la Virgen le
ha traído hasta aquí, y a aquellos otros que no han podido venir,
pero que están unidos espiritualmente a nosotros en esta celebración,
especialmente los enfermos o ancianos, así como los que sufren
víctimas de la violencia para que el Señor atienda sus súplicas
y cure sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la
esperanza.
Finalmente, en el bicentenario
de nuestra independencia, pedimos a la Santísima Virgen que
Dios proteja a nuestros gobernantes, y que éstos pongan en primer
lugar los intereses de México y de la sociedad mexicana para
que tengamos paz y justicia social en nuestro suelo mexicano
y así, con la intercesión de la Santísima Virgen María de Guadalupe,
iniciemos una nueva etapa en nuestra historia.
Que así sea.