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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Guillermo Francisco Escobar Galicia, Obispo de la Diócesis de Teotihuacán, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

24 de febrero de 2010

Muy queridos hermanos, de nuestra querida Diócesis de Teotihuacán, ante todo a nombre de todos ustedes quiero agradecer las palabras de bienvenida que se nos han pronunciado a nombre del Eminentísimo Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera, del rector de esta Basílica de nuestra Señora de Guadalupe y también del honorable Cabildo. Gracias por esas amables palabras, para todos nosotros en este día que venimos, como iglesia de Teotihuacán a presentarnos en nuestra primera peregrinación, y como se nos ha dicho en las palabras de bienvenida, esperemos en Dios y en la Virgen, su Madre, que podamos acudir a este Santuario Guadalupano año con año.

Al cumplir un año de vida, como Diócesis de Teotihuacán que justamente hoy lo estamos recordando. Seguramente que muchos de los que están aquí recuerdan hace un año, 24 de febrero de 2009, a esta misma hora estábamos muy cerca de las pirámides con una gran fiesta, con un gran evento, porque estaba naciendo nuestra iglesia de Teotihuacán. Hace un año que estábamos celebrando precisamente esta gracia que el Señor nos concedió a todos y a cada uno de nosotros. Por eso hoy al conmemorar un año de vida venimos a este Santuario Guadalupano, para darle gracias a Dios y a su Madre Santísima por tantos beneficios y gracias que a lo largo del mismo todos hemos recibido.

Y junto con venir a dar gracias, también, nosotros queremos ofrecer las primicias, como los ninivitas de acuerdo a la lectura que escuchamos hoy, ellos buscan agradar a Dios con su arrepentimiento, y nosotros hoy en este primer año, como quien recoge lo sembrado queremos ofrecerlo a los pies de nuestra Madre Santísima, nuestras primicias, lo primero que hemos cosechado. Queremos presentarlo a Dios, como lo hacía siempre su pueblo, el pueblo de Israel. Nosotros, también, queridos hermanos, hemos cosechado mucho y hoy queremos presentar esas primicias.

Hace un año que el Señor me llamó a la Diócesis de Teotihuacán para iniciar una misión, le dije que sí, con temor e incertidumbre, como Moisés, como Jonás de quien escuchamos hoy en la primera lectura, como María, como todos los que en algún momento Él ha llamado para cooperar en su obra, también yo le dije que sí. Este “sí”, hermanos, estaba cargado de fe, de emoción, de esperanza, de confianza y fue así, como llamado y respuesta concretaron e hicieron posible la Diócesis de Teotihuacán, porque así solamente, queridos hermanos, se realizan todas aquellas propuestas que el Señor nos hace. Él nos llama, si nosotros respondemos, entonces se realiza aquello para lo cual el Señor nos invita, siempre ha sido así y así seguirá siendo.

Nace así, queridos hermanos, el 3 de diciembre del año 2008 esta Diócesis de Teotihuacán desmembrada de nuestro hoy muy querido Texcoco de quien fuimos nosotros y de quien somos todavía sus hijos. El 24 de febrero, un día como hoy vino mi consagración y mi toma de posesión de la diócesis. Y por eso pensamos nosotros siempre, y así lo decidimos, que a partir de este día 24 de febrero será una excelente oportunidad para que año con año estemos aquí a los pies de nuestra querida Madre. Cumpliendo un año dando gracias y haciendo que este día, sea el día anual de nuestra peregrinación a este querido lugar.

Venimos, hermanos, con mucha ilusión y con mucha esperanza, así venimos todos. Dar comienzo a una diócesis, como todavía lo estamos haciendo, es un desafío, pero también es una oportunidad, es también una gracia maravillosa de parte de Dios, que nos permite compartir un proyecto de vida, edifiquemos su reino. Ese fue el lema que yo escogí, para este período que el Señor me conceda de ministerio edifiquemos su reino. Y esta es la invitación a la que yo siempre le he hecho. Lo primero que pensé al ser llamado es que yo no estaba solo, que no era un proyecto personal, sino que era un proyecto de Dios. También, sabía que contaba con sacerdotes, con diáconos permanentes, con discípulos misioneros de Jesús servidor, con religiosas, con religiosos, que son un don del Padre, por medio del Espíritu a la Iglesia, con seminaristas y con fuerzas vivas parroquiales, para emprender esta misión con gran potencial, para crecer y madurar.

Así, queridos hermanos, pensé que no estaba solo, vi que no estaba solo y por eso me anime a esta empresa, porque solamente así sí es posible entrar en un proyecto todos y juntos y a través de este tiempo así lo he comprobado. No estoy solo estamos todos.

Hoy, queridos hermanos, como les he dicho traemos el fruto del trabajo y el esfuerzo realizado, como ministros hemos trabajado en y por la comunión sacerdotal. Especialmente por un doble motivo, por ser el Año Sacerdotal convocado por el Papa Benedicto XVI para renovar la fidelidad a Jesucristo en el ministerio y por el deseo de construir nuestra nueva familia entorno al obispo, como cabeza visible, con los presbíteros, sus colaborados inmediatos. Aun año de caminar juntos damos gracias por nuestro consejo episcopal y consejo de presbiterio, así como de los sacerdotes responsables de comisiones y dimensiones.

Agradecemos hoy a los pies de nuestra Madre todo lo que hemos logrado en comunión, en fraternidad y en solidaridad sacerdotal. Todo esto fruto sin duda de la participación en las reuniones de decanato, de vicaría, de presbiterio, de nuestros ejercicios espirituales y de nuestra formación permanente, porque la comunión sacerdotal no se hace solamente así, sino a partir y a través de estas acciones, que nosotros hemos realizado.

Hoy también, queridos hermanos, con mucha alegría ofrecemos todas las primicias de un sacerdote, del Padre Rufino, que está aquí con nosotros. Hoy lo estamos ofreciendo, queridos hermanos, es nuestra primicia en este primer año de vida diocesana. Pero, también, queremos dar gracias y ofrecer por nuestros seminaristas que están aquí entre nosotros, también, los seminaristas por favor pónganse de pie, para que la comunidad los identifique. Ellos, los seminaristas son la esperanza de los futuros sacerdotes, pero también como lo he dicho, hermanos, ofrecemos y damos gracias por todo nuestro presbiterio que está aquí con nosotros, también, mis hermanos sacerdotes. Damos gracias por cada uno de ellos que están en sus parroquias, en sus comunidades. La Vida Consagrada, los religiosos y las religiosas que también están entre nosotros hoy, ellos constituyen un elemento decisivo para la misión de la Iglesia, por su fecunda oración y abnegada entrega en el trabajo pastoral de nuestras comunidades, siendo siempre ellos y ellas testimonio indispensable en la tarea de la Iglesia.

Ofrezco a las religiosas y religiosos, como signo de la vitalidad de la diócesis y de las parroquias. Las religiosas si están aquí presentes pónganse de pie también en medio de esta comunidad. Y sobre todo a ustedes queridos laicos comprometidos, como los llama Aparecida discípulos y misioneros de Jesús luz del mundo, con ustedes laicos comprometidos con quienes he tenido la oportunidad de encontrarme en las asambleas de vicaría, sin ustedes la tarea de renovación pastoral no sería completa.

Agradecemos a Dios, porque son generosos y están dispuestos a colaborar en esta obra maravillosa, que el Señor ha puesto en manos de todos. Así mismo los ofrezco en su persona, con sus ilusiones, decepciones, esperanza y problemáticas. Nuestros laicos comprometidos, también, están aquí, para ellos les ofrecemos este aplauso, sin ellos la tarea de la de evangelización en la diócesis no sería posible.

Reconocemos, queridos hermanos, la acción del Espíritu en los diferentes dones y servicios, que prestan catequistas, grupos de liturgia, quienes visitan a nuestros hermanos presos, enfermos, huérfanos, ancianos, quienes ayudan a los migrantes, quienes actúan en situaciones de emergencia, como Caritas y Pastoral Social, evangelizadores, grupos de misión quienes atienden a los diferentes sectores, a la familia, a los jóvenes, a los novios, a los niños. Agradezco a Dios por su testimonio Cristiano y ofrecemos siempre su labor edificante para nuestra Iglesia. Agradezco al Señor el servicio de muchos de mis hermanos que prestan en las comunidades parroquiales, como fiscales y mayordomos al dedicar su tiempo y esfuerzo en la labor de las fiestas patronales y ofrezco también su disponibilidad, para trabajar juntos.

Hemos cosechado mucho, queridos hermanos, como les he dicho, mucho en este año, más todavía de lo que obispo, sacerdotes y fieles hayamos podido sembrar. En mis visitas a las parroquias he sentido el cariño y el afecto que el pueblo tiene a sus ministros. Lo he palpado verdaderamente, quiero decirle que esto nos compromete más aún, todavía, en seguir dando lo mejor de nosotros mismos, para ustedes. Porque nuestro ministerio no tiene sentido, sino es para ustedes. Por cada niño y adulto bautizado, confirmado o que haya recibido su primera comunión te damos gracias Señor y te ofrecemos a todos y a cada uno; así como a sus catequistas y formadores.

En su proyecto de amor, queridos hermanos, estaba nuestra iglesia diocesana; en cada oportunidad que he tenido al encontrarme con la comunidad he comprobado que la gracia y el favor de Dios están siempre presentes en todo aquello que realizamos ya que se sigue experimentando su amor, su bondad, su ternura, su misericordia, como la vivió el pueblo ninivita de quien acabamos de escuchar precisamente.

En este primer año de vida diocesana en verdad el Señor se ha portado maravillosamente con nosotros, con su Diócesis de Teotihuacán, no nos ha dejado de su mano, nunca lo ha hecho con aquellos que ama y esta es una prueba más de su amor por todos. Él, queridos hermanos, sigue cumpliendo con nosotros su Palabra y su promesa, porque Dios nunca falla. Si dentro del oficio sacerdotal, como es el que nosotros ejercemos está presentar a Dios las ofrendas y peticiones del pueblo. También, hoy de manera muy especial en esta oportunidad es bueno poner delante de Dios y de nuestra Madre Santísima todas las peticiones de bendición, de ayuda, de consuelo, de salud, de trabajo, de paz, que he recibido de los fieles en mis visitas a las parroquias. Y yo estoy seguro que también mis hermanos sacerdotes han recibido estas peticiones, por eso hoy de manera muy especial, que estamos a los pies de nuestra Madre Santísima queremos poner delante de Ella todo aquello que nosotros en la mente y en el corazón traemos de quienes están aquí; pero también de quienes no han podido venir; pero que en algún momento nos han dicho: señor obispo, hermanos sacerdotes, padres, encomiendo mi causa a su oración.

Ella, queridos hermanos, María de Guadalupe como lo ha mostrado siempre sabrá no sólo escuchar, sino alcanzar de su Hijo Jesucristo todas aquellas gracias que juntos todos esperamos recibir. Presentemos, también, hermanos, con mucha esperanza la opción que hicimos para trabajar con el Plan Diocesano de renovación pastoral, por eso quiero exhortarlos a todos y a todas que llevemos adelante nuestro trabajo de manera organizada, seria y corresponsable. Entreguemos nuestra vida al servicio de Cristo, razón y fundamento de nuestra vida cristiana, pues, como dice el Evangelio que escuchamos: aquí hay alguien más que Jonás y éste es Cristo, no hay duda, alguien que es más grande que Salomón.

Este Tiempo de la Cuaresma es una excelente oportunidad, para encontrarnos con Cristo y juntos revisemos nuestras acciones como diócesis, como parroquias, como comunidades de vida, grupos y movimientos, pero también de forma individual, desde la conversión personal, queridos hermanos, vayamos hacia la conversión pastoral, pues, a ambas tareas nos ha llamado a todos el Señor. Los invito a renovar juntos nuestras parroquias, nuestros programas pastorales con creatividad, participando eficientemente con generosidad, para responder a los desafíos que la realidad nos presenta sabiendo que nuestro esfuerzo no es vano y que fructificará siempre con la gracia de Dios.

Nuestra peregrinación anual siempre nos dará la oportunidad de estar aquí ante esta imagen de nuestra Madre y de su Hijo Jesucristo y retornar a nuestras parroquias, a nuestra casa, a nuestra familia, llenos de entusiasmo, de confianza y de esperanza.

Vayamos siempre con gozo, hermanos, con esta consigna para edificar el reino de Cristo. Al terminar esta reflexión, hermanos, no quiero dejar de decir mi agradecimiento a todos ustedes y de manera especial a los integrantes de la Escuela Justo Sierra; a la banda que hoy nos ha acompañado presidiendo nuestra peregrinación; a los niños, a las niñas, a sus maestros, a su director. Muchas gracias por estar con nosotros hoy, también agradezco al coro que está animando nuestra celebración.

Vayamos, pues, hermanos, con gozo y alegría y edifiquemos el reino de Cristo.

Que así sea.

 
 
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