Muy queridos
hermanos en Cristo Jesús:
A un año de haber celebrado
las Fiestas Jubilares por los 50 años de nuestra diócesis
y cuatro días antes de la XXX Asamblea Diocesana de Pastoral,
acudimos al encuentro anual con la Virgen de Guadalupe en
este rinconcito de amor. Aquí está el pueblo de Dios representado
en los laicos, seminaristas, religiosos, religiosas, presbíteros
y obispo de la iglesia particular de Tlaxcala. Nuestros
corazones laten con fuerza y al unísono al experimentar
esta cercanía con "la Madre del verdadero Dios por
quien se vive".
En Tlaxcala la Virgen María
siempre nos acompaña como santa patrona en Nuestra Señora
de Ocotlán y en otras advocaciones. ¿Para qué peregrinar,
entonces, hasta esta Basílica, si la tenemos tan cerca,
si siempre está a nuestro lado? Éste es el templo que Santa
María de Guadalupe pidió que le construyéramos para escuchar
nuestros ruegos. ¡Cuántos de nuestros antepasados han depositado
aquí sus penas y alegrías, sus preocupaciones y proyectos,
sus enfermedades y su vida misma! México entero está aquí
en el corazón de la dulce Señora. Hoy hemos venido para
expresar nuestra solidaridad y unión con el pueblo de México
en el momento histórico que vive y a experimentar con él
la predilección y protección amorosa de la Virgen de Guadalupe,
confiados en sus propias palabras: "¿no estoy yo
aquí que soy tu madre? ¿no estás sentado en mi regazo? ¿no
corres por mi cuenta? ¿qué te preocupa? ¿qué te aflige?"
Los aquí congregados hacemos
presente a todo nuestro pueblo que saluda, honra y bendice
a la Morenita del Tepeyac. Le confiamos a nuestros niños,
adolescentes y jóvenes, el amor de los esposos, la unidad
de nuestras familias, a las instituciones, gobernantes y
sociedad tlaxcalteca.
La Palabra de Dios nos da vida
y nos ayuda a comprender el profundo sentido de nuestra
peregrinación a esta Basílica. Podemos reconocer un interesante
paralelismo entre la escena del Evangelio que se ha proclamado
y las apariciones de Santa María de Guadalupe en el Tepeyac
hacia el año 1531.
En el Evangelio, la Virgen
María, que ha quedado en cinta por obra y gracia del
Espíritu Santo, fue al encuentro de su prima Isabel en
las montañas de Judea, igual que vino a este Cerro del
Tepeyac para encontrarse con los habitantes de estas tierras
a través de Juan Diego. En ambos casos, ella toma la iniciativa
para acercarse a personas que ama en modo especial. Ella
cumple la voluntad del Padre Celestial y es el Espíritu
Santo quien la impulsa con su gracia. El indito Juan Diego,
hoy san Juan Diego, nos representa a todos los mexicanos.
Somos el Juan Diego de hoy con quien la Señora del Cielo
prosigue el incomparable coloquio iniciado en la colina
del Tepeyac hace 479 años. Superficialmente mirada, la historia
de México puede ser la historia de cualquier pueblo, pero,
si la vemos con cuidado, no es otra cosa, sino la historia
de una relación amorosa entre la Virgen de Guadalupe y el
pueblo mexicano.
El Evangelio dice que María
"saludó a Isabel" y el Nican Mopohua
narra que Ella se dirigió a Juan Diego con estas palabras:
"Juanito, Juan Dieguito, a quien amo como a tierno
y delicado...” Qué atención y delicadeza la de la Virgen
María: da un trato personal, cercano y cariñoso a cada uno
de nosotros. Con su pedagogía femenina y maternal toca lo
más íntimo de nuestras almas, para disponernos al encuentro,
al diálogo, a la intimidad, a la transformación... Así nos
ha recibido hoy: llamándonos por nuestro nombre y con una
sonrisa que nos hace estar a gusto en su casa.
Observemos que en el Evangelio
María no va sola a visitar a su prima, lleva en sus entrañas
al mismo Hijo de Dios. En realidad el verdadero encuentro
se da entre Jesús y el Bautista, a través del encuentro
de María e Isabel. Así también, cuando la Virgen de Guadalupe
se le apareció a Juan Diego, se presentó como una mujer
en cinta, con su vientre abultado y un moño a la altura
de su cintura que significa también su embarazo. Ella no
viene sola a nosotros, trae en su seno a Cristo, el Salvador.
En realidad ella es una emisaria, una mensajera que trae
a su Hijo a los hombres.
Aunque Jesucristo había nacido
1531 años antes en Belén y aunque ya habían llegado los
primeros misioneros a estas tierras de lo que hoyes México,
eran muy pocos los naturales que aceptaban la nueva fe.
Sabemos por la historia que, a partir del encuentro milagroso
en el Tepeyac, se multiplicaron las conversiones y eran
muchos los que pedían el bautismo. No cabe la menor duda
de que la Virgen de Guadalupe nos trajo el regalo más preciado,
la fe en su Hijo Jesucristo.
San Lucas escribe en su Evangelio
que, "en cuanto Isabel oyó el saludo de María,
la creatura saltó de gozo en su seno". Juan
Bautista, con seis meses de concebido, se regocija en las
entrañas de su madre ante la presencia del Salvador recién
concebido en el seno de la Virgen Madre. De la misma manera,
Juan Diego, en medio de su sorpresa y sobresalto ante el
inesperado encuentro con aquella hermosa mujer, se alegró
y, con él, todo el pueblo mexicano se regocija por que la
Virgen de Guadalupe nos ha traído a Cristo, el Salvador,
y no dejamos de agradecerle y de exclamar con las mismas
palabras de Isabel: “¡Bendita, tú, entre las mujeres
y bendito el fruto de tu vientre!”
La Virgen María permaneció
con Isabel unos meses para asistirla en su embarazo,
en el parto y en su recuperación; se olvida de sí misma
y se pone al servicio de su prima. Ella siempre es la mujer
de la entrega total y sin medida. A los mexicanos no nos
visitó por algunos momentos, sino que decidió permanecer
con nosotros y por eso nos dejó su hermosísima imagen en
el tosco ayate de Juan Diego. Nosotros cortamos las rosas
que ella misma nos proveyó en aquel crudo invierno, las
depositamos en la tilma, ella las tocó con su mano de nieve
y ocurrió el milagro de amor: quedó estampada su bendita
imagen en el burdo lienzo y grabó su rostro maternal en
la mente y en el corazón del pueblo mexicano. Así ha permanecido
la Virgen de Guadalupe entre nosotros y así se quedará para
siempre, engendrando a Cristo en el alma de su pueblo.
En los tiempos actuales, vivimos
en un país marcado por la violencia e inseguridad, por la
pobreza y la marginación, donde muchos jóvenes no encuentran
el verdadero sentido a su vida y son presa fácil de las
drogas, el relativismo, el hedonismo, el consumismo y el
secularismo; un país donde también encontramos mexicanos
que quieren un mundo sin Dios; un país en el que la Iglesia
está sufriendo el abandono de unos, el alejamiento de otros
o la contradicción entre fe y vida de muchos más. Ante esta
adversa realidad, hemos de reconocer también signos de vida
en muchos ambientes, esfuerzos sinceros en la sociedad y
en la Iglesia para responder al bien integral del hombre.
En este peregrinar cotidiano, entre luces y sombras, nos
acompaña siempre nuestra Madre de Guadalupe. Ella quiere
unidos a los mexicanos y que le abramos el corazón a su
divino Hijo. Este es el camino seguro para reconstruir y
dar vida a las personas, familias e instituciones y para
hacer de México un país donde reine la justicia y se viva
en paz.
En este día en que la Virgen
de Guadalupe nos ofrece una vez más a su Hijo, renovemos
nuestra esperanza en un mañana mejor para México, haciendo
nuestras las palabras del Papa Benedicto XVI: ¡No teman!
¡Abran más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo!
... quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada -absolutamente
nada- de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No!
Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo
con esta amistad se abren las grandes potencialidades de
la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos
lo que es bello y nos libera... ¡No tengan miedo de Cristo!
Él no quita nada y lo da todo. Quien se da a Él, recibe
el ciento por uno. Sí, abran, abran de par en par las puertas
a Cristo y encontrarán la verdadera vida" (DA 15).
¿Necesitamos más motivos para
amar a la Virgen de Guadalupe? Nos sobran razones para disfrutar
de esta cita de amor. Nuestra relación personal y comunitaria
con Cristo y María es la verdadera razón de nuestra presencia
aquí y ahora: venimos a nutrir nuestra fe en Cristo y nuestro
amor filial a la Virgen de Guadalupe.
Ella es la primera discípula
y misionera del Señor Jesús. Esta peregrinación anual nos
fortalece como discípulos y misioneros de Jesús, nuestro
Maestro. Contemplando e imitando a María, queremos conocer,
amar y seguir a Jesucristo, hasta asemejarnos cada vez más
a Él, al tiempo que nos empeñamos en revelar en la vida
cotidiana su rostro atractivo, para que muchos le abran
su corazón y lo reconozcan como el enviado del Padre. Esta
es la misión que tenemos como Diócesis de Tlaxcala, junto
con América latina y el Caribe, en lo que llamamos la Misión
Continental.
Esta Misión Continental nos
exige pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral
decididamente misionera. Exige cambio de mentalidad y de
actitud particularmente en los obispos, presbíteros y agentes
de pastoral. Exige desde luego conversión que sólo la escucha
atenta de la Palabra nos puede dar. Las estructuras no se
convierten, se transforman, las personas son las que se
convierten, y porque el problema es de actitud, se necesita
en nosotros valentía al estilo de los profetas y de los
grandes santos. No es tarea fácil, dada la inercia de los
siglos anteriores, pero ciertamente es el camino para responder
a los desafíos actuales.
Para responder a la Misión
Continental, en el espíritu de Aparecida, es indispensable
promover la renovación de la Parroquia, para que sea casa
y escuela de la comunión, es decir, lugar de participación
y formación para convertir a los actuales feligreses en
discípulos y misioneros, capaces de poder transmitir la
fe en Cristo a las actuales generaciones, especialmente
a los niños, adolescentes, jóvenes, padres de familia, profesionistas
y líderes sociales.
Nuestro Plan Diocesano de Pastoral
2009-2019 nos marca el camino que hemos de transitar en
esta labor misionera: conversión personal y comunitaria,
formación permanente, renovación pastoral de la parroquia,
testimonio de unidad en el amor y anuncio gozoso de la Buena
Nueva, nutridos siempre por la Palabra de Dios y la Sagrada
Eucaristía, para ir impregnando de Evangelio y vida nueva
los corazones, los hogares y los ambientes del pueblo tlaxcalteca.
¡Qué hermoso llamado hemos recibido de Jesús y qué gran
misión nos ha confiado! En este empeño y poco a poco lograremos
dar "un nuevo rostro de Iglesia para el Tlaxcala de
hoy".
Como la Virgen María fue dócil
al Espíritu de Dios, engendró a Cristo y lo entregó a los
hombres; como la Virgen de Guadalupe vino a estas tierras
para sembrar la semilla de la fe en su Hijo amado, así también
nosotros dejémonos conducir por el Espíritu Santo en nuestra
experiencia de discípulos misioneros y llevemos con fidelidad
el anuncio gozoso de Cristo resucitado a nuestros hermanos.
Santa María de Guadalupe, Reina
de México, salva nuestra patria y conserva nuestra fe.
Amén.