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Homilía
pronunciada por Mons. Juan Navarro Castellanos, Obispo de la Diócesis de Tuxpan, Veracruz, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

27 de mayo de 2010

Saludo con mucho afecto a los sacerdotes, en este día de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Saludo a las religiosas y a todos los peregrinos que han venido de la Diócesis de Tuxpan, en la Huasteca Veracruzana. Pero igualmente saludo a todos ustedes, hermanos que participan con nosotros en esta Celebración Eucarística, a los pies de nuestra Madre Santísima de Guadalupe.

Estamos aquí como peregrinos en este Santuario que convoca y reúne a tantos fieles cristianos, de manera especial a quienes habitamos en las distintas regiones de la república mexicana.

Ante todo venimos como discípulos de Jesucristo y también como hijo de María a expresar con mucha sinceridad nuestra fe en Jesús que es: camino, verdad y vida. Venimos igualmente a fortalecer nuestra esperanza, nuestra confianza en estos tiempos difíciles que en generan muchos hermanos oscuridad y confusión.

El mensaje que nuestra Señora nos ha dejado en este lugar es una invitación a nunca desfallecer y a salir siempre adelante como el humilde indio Juan Diego. Pero venimos también a crecer en amor y caridad. Hemos llegado a este santuario para encontrarnos con Jesús en la Eucaristía y celebrar juntos el misterio central de nuestra fe cristiana, en este día en que la Iglesia celebra a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

Venimos efectivamente a la casa de nuestra Madre Santísima para llenarnos del amor de Dios que en María se nos ha entregado. Al contemplar el rostro de nuestra Madre, Santa María de Guadalupe, descubrimos el amor misericordioso de Dios. Como nos dice un documento del magisterio de la Iglesia de los años 80: “En María se manifiestan los rasgos maternales de Dios”.

Venimos a esta casa santa desde la Huasteca representando a muchas comunidades, que peregrinan en más de 30 municipios de la zona norte del Estado de Veracruz, y algunos del estado de Puebla. Ante todo, es estrechar nuestros lazos de fraternidad, al orar juntos y vivir esta experiencia de encuentro con Dios, de encuentro con nuestra Madre y también de encuentro entre nosotros, convocados precisamente por nuestra Madre del cielo.

Estamos aquí como familia, la gran familia de la Diócesis de Tuxpan que se prepara para celebrar el año 2013 sus 50 años de vida diocesana. Pero, somos igualmente parte de la familia mexicana, postrados aquí a los pies de la Imagen bendita de Santa María de Guadalupe, que significa para todos nosotros amor, ternura y cercanía de Dios.

Venimos Madre a suplicar tu ayuda, queremos hablarte de nuestras necesidades, porque tú Madre querida, pediste un templo, donde estarías dispuesta a “escuchar nuestro llanto y tristeza, para remediar, para curar nuestras penas, miserias y dolores”. (Nican Mopohua).

Te encomendamos a muchos hermanos nuestros que viven en la pobreza y en la ignorancia. Muchos quisieran trabajar, pero no encuentran empleo, otros producen en el campo, pero no tiene donde vender sus cosechas. La pobreza está causando demasiado sufrimiento sobre todo en las comunidades más apartadas, en las comunidades indígenas sobre todo. Intercede ante Jesús por nuestras familias, para que salgan adelante, en todas sus necesidades y que permanezcan unidas, siendo de esa manera ejemplo de fe y amor, y para que transmitan a las nuevas generaciones los valores humanos, espirituales y sociales que den consistencia a sus vidas.

Te encomendamos la paz en nuestra patria y en nuestra región. Que las elecciones que este año tendremos en Veracruz, Puebla y en otros estados, se caractericen por una participación abundante, consciente y responsable en un ambiente de respeto, responsabilidad y paz social.

Te pedimos por nuestros sacerdotes, en este año dedicado a ellos, que tu Hijo los bendiga y los llene de celo pastoral para que sirvan generosamente al Pueblo de Dios. Valoramos y agradecemos con gozo que la inmensa mayoría de los presbíteros viven su ministerio con fidelidad y generosa entrega. El sacerdote es un hombre tomado de entre los hombres y puesto para intervenir a favor de los hombres, en todo aquello que se refiere al servicio de Dios.

Igualmente te pedimos por las religiosas y demás agentes pastoral, para que el Evangelio se anuncie de palabra y se exprese con el testimonio de una vida centrada en el bien. La vida religiosa es un don del Padre a la Iglesia y constituye un elemento decisivo para la misión, para anunciar el Evangelio. Los religiosos y las religiosas están llamados a dar testimonio de la primacía absoluta de Dios. Dios es lo primero, lo más importante.

En un mundo que va perdiendo el sentido de lo divino, - decía el Papa Juan Pablo II a las religiosas contemplativas- ante la supervaloración de lo material, ustedes queridas religiosas, están llamadas a ser testigos de los valores del Reino de Dios. Sean testigos del Señor para el mundo de hoy, infundan con su testimonio y con su oración un nuevo soplo de vida en la Iglesia y en los hombres y mujeres de hoy.

Madre, te pedimos también por los cristianos laicos, que como Juan Diego, han sido incorporados a Tu Hijo Jesucristo, por medio del Bautismo. Que sean testigos del Evangelio en la Iglesia y en el mundo. Ellos son hombres y mujeres de la Iglesia en el corazón del mundo, y hombres y mujeres del mundo en el corazón de la Iglesia.

Con sus actividades y su testimonio de vida están llamados a transformar las realidades temporales y crear estructuras justas, inspirados en el mensaje del Evangelio. “El ámbito propio de su actividad evangelizadora es el mismo mundo vasto y complejo de la política, de realidad social y de la economía, como también el de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los 'Medios de Comunicación', y otras realidades abiertas a la evangelización, como son: el amor, la familia, la educación de los niños y adolescentes, el trabajo profesional y el sufrimiento”.

Queremos también expresarte nuestra decisión de asumir nuestros compromisos de este encuentro saldremos reconfortados, nos iremos llenos de fe y esperanza Madre nuestra, pero también motivados, como san Juan Diego, para asumir nuestras tareas y compromisos, como discípulos fieles de tu Hijo Jesús y como ciudadanos comprometidos en la búsqueda del bien común.

Al hacerte presente en nuestra tierra, al posar tú planta en nuestro suelo, manifestaste que quieres caminar con nosotros y ser parte de nuestra historia. Y vaya que si lo lograste. Celebramos 200 de la Independencia de nuestra patria y 100 años de la Revolución Mexicana.... Que al conmemorar estos momentos importantes de nuestro pasado nos motivemos a caminar juntos en el presente y a trabajar en los diversos aspectos de la vida social para que nuestras comunidades y nuestra patria sean cada vez mejores. Y que hagamos de nuestras comunidades parroquiales verdaderas casas y escuelas de comunión, donde guiados por la luz del Evangelio se renueven las mentes, se anime nuestra esperanza y asumamos todos, el compromiso de ser verdaderos testigos de los valores del Reino de Dios, para que Jesús, tu Hijo, pueda hacerse presente a través de nuestras vidas.

Pidamos finalmente el amparo de nuestra Señora con la oración que todos conocemos:

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios.
No desprecies las súplicas que te dirigimos
en nuestras necesidades.
Antes bien, líbranos de todos los peligros
Oh Virgen gloriosa y bendita
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
Para que seamos dignos de alcanzar las divinas gracias
y promesas de nuestro Señor Jesucristo, Amén.

 
 
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