InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Homilías > Ciclo B
   
 
Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo.
29 de junio de 2009
“Año Jubilar Sacerdotal”
“Año Jubilar Paulino”

Mis amados hermanos y hermanas, proclamemos la grandeza del Señor y alabemos todos juntos sus poder, porque cuando acudimos a Él siempre nos hace caso y nos libra de todos nuestros temores.

Mis amados hermanos, estamos celebrando hoy una fiesta grande, grande porque celebramos a los que nos han iniciado en la fe Pedro y Pablo fueron fundamento de nuestra fe cristiana, como hemos orado en la oración colecta de hoy o como dice la oración de la Misa de Vigilia: Dios entregó a la Iglesia las primicias de la obra de la salvación mediante su ministerio apostólico.  Por eso es una fiesta importante, una solemnidad, estamos edificados sobre el cimiento de los apóstoles.

Hoy, pues, es una fiesta grande y es que Pedro y Pablo no son unos santos como los demás, ni unos entre los apóstoles, sí que son unos entre los hermanos. El Señor le llama de entre los hombres, por ningún mérito especial, como tampoco me llamó a mí, como tampoco llamó a mis 34 sacerdotes, que están hoy aquí concelebrando con su servidor, junto con los diáconos. Sin mérito nuestro nos llamó, como sin mérito alguno llamó a Mons. Alberto Reynoso que hoy cumple 41 años. A Mons. Fidel González, que desde Roma está unido a esta Eucaristía junto con nosotros. Como llamó al Padre José Moisés Favila que ya son 48 años, 2 para las bodas de oro, ¿verdad? Como llamó al Padre Roberto Alvarado 53, que bueno. Como llamó a cada uno de nosotros, verdad, 22 años nuestro Arcipreste, gracias por tus palabras, 19 años Mons. Palencia, etc. Mons. Aranguren ya va a cumplir sus bodas de oro. Monseñor Ortega 55, bueno yo podría seguir aquí, creo que el más jovencito es nuestro querido Padre Gerardo ¿cuántos años? 2 años Padre Gerardo, qué gusto. Bueno todos tenemos distintos años, quisiera nombrar a cada uno de mis hermanos sacerdotes aquí presentes. Pero así como nos llamó por pura bondad suya, no por méritos propios, así como nos eligió de entre los hombres. Así, miren, Él eligió a Pedro era pescador, como muchos otros, su hermano y su padre también lo eran. Como llamó a Pablo que era perseguidor de la Iglesia, una persona que nosotros nunca hubiéramos escogido seguramente, un perseguidor de la Iglesia. Es, mis amados hermanos, la misión que el Señor les confía, nos confía, lo que hace que no sean estos dos grandes santos, columnas de la Iglesia, unos santos más como los demás.

La misión de ser testigos de su resurrección, de hacer que esta Buena Nueva llegue a todos los pueblos para reunir a todos a quien la acogen, sin que pierdan su diversidad en un solo pueblo para conducirles por el camino de la salvación eterna.

Mis amados hermanos, si nos fijamos en la figura de Pedro podemos darnos cuenta de cómo lo presentan los textos de la Escritura, que hoy hemos proclamado. En el Libro de los Hechos de los apóstoles nos lo presenta como él que ha sido liberado es que Dios no abandona al que se entrega, siempre está al pendiente de él o quien da lo que tiene, como ayer lo meditábamos en la Misa de Vigilia: oro y plata no tengo, te doy lo que tengo. En el nombre de Jesucristo le dicen, aquel paralítico: levántate, párate y anda. También leemos en el Evangelio de san Juan, sobretodo, como el pobre que ha negado 3 veces y confiesa 3 veces su amor, su caridad, hacia el Señor Jesús y quien confía su fe, nuestra fe, en el Mesías, como hoy lo hemos escuchado en el trozo del Evangelio: Tú eres el Hijo de Dios vivo. Quien confesando la fe y la caridad, Pedro, pues, recibe la misión de pastor, recibe la misión de roca. Si nos fijamos más en la figura de Pablo, ya que estamos concluyendo el año dedicado a contemplar su misión en la Iglesia, veremos que se le presenta en la Escritura proclamada como quien ha combatido y como el escogido desde el seno de la Madre, en la misa de ayer, en la Vigilia para anunciar la Buena Nueva que ha recibido de Jesucristo a los gentiles.

Miren, mis hermanos, en los tiempos actuales en los que fácilmente nos cansamos, en los que el desanimo se contagia, es estimulante celebrar la memoria de este hombre Pablo, que no se cansaba nunca; que sufría por todas las Iglesias; que tenía tiempo para exhortar, tiempo para orar y tiempo para trabajar, no quiero ser gravoso a nadie.

En la segunda lectura hemos escuchado palabras de despedida: Pablo para hacerse entender por la gente a semejanza del Maestro que ha seguido con generosidad, también usa parábolas, pero como él era de ciudad, las parábolas son urbanas y dice: he corrido hasta la meta, seguramente a poco metros del circo máximo donde los atletas se jugaban la vida para ganar una corona. Pablo sabe que guarda la corona merecida, dice él. Con otra parábola expresa su deseo: él ha sido como una barca amarrada en el puerto y ahora ha llegado el momento de soltar las amarras, el momento de mi partida es eminente, dice. Seguramente se refiere al final de su misión en Roma, la muerte para él será entrar en alta mar, diríamos del amor sin medida del Señor Jesús.

Pablo, mis amados hermanos, a quien conocemos bastante bien a través de sus 13 cartas y de los Hechos de los apóstoles, pasó por momentos buenos y por momentos muy difíciles y complicados. Su entusiasmo no se basa en el éxito, ¡no!, sino en el amor apasionado por nuestro Señor Jesucristo, como el éxito de nosotros sacerdotes, debe sin duda alguna manifestarse en el amor apasionado también por el amor de los amores Jesucristo el Señor al que Pablo había perseguido, pero que amó más que nadie después de su conversión. Vivo yo, dice él, vivo yo más no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Luego paso a decir, también: para mí todo es una basura, sólo eso una basura después de haberme encontrado con Jesucristo el Señor.

Mis amados hermanos y hermanas, mis queridos hermanos sacerdotes, que la figura de Pablo nos estimule y nos anime a pesar de todas las dificultades, su personalidad es el mejor antídoto contra la decadencia y la mediocridad, que a veces parece que se instala en nuestras comunidades. Indudablemente, porque se instala, esta decadencia, mediocridad y tibieza, en cada uno de nosotros sacerdotes y que a veces de esto contagiamos, desgraciadamente, a nuestro pueblo.

Que hoy Pablo nos anime; que hoy Pablo nos impulse; que hoy Pablo interceda por nosotros. La fe convencida de Pedro, la fe libre de Pablo no son dos fes distintas, es una misma fe. Es la fe en Jesucristo Resucitado. Fe: que es lo más importante que tenemos, y por ello mismo lo que no podemos aprisionar, identificándola con nuestros gustos o con nuestras tradiciones, no, va más allá de todo eso.

Ahora, mis amados hermanos y hermanas, permítanme reflexionar con ustedes sobre el motivo que nos congrega hoy apropósito del Año Sacerdotal, que apenas iniciamos el pasado 19 de este mismo mes. Y apropósito de nuestro Aniversario Sacerdotal de varios de nosotros, del santo de Monseñor Pedro Tapia Rosete, de Monseñor Pedro Agustín Rivera, de Monseñor Pedrito Síntora, ¿no sé si haya otro Pedrito aquí entre nosotros? nada más. Pedro Vallejo, también, bueno.

Reflexionemos, mis amados hermanos, realmente ¿qué es un sacerdote? Hoy el Señor Jesús pregunta Pedro ¿qué dice la gente de Mí? Hoy podríamos decir: ¿qué dice la gente del sacerdote? Mis amados hermanos, vivimos en un mundo pragmático, un mundo materialista, un mundo utilitarista, salvajemente secularizado. Más de alguno se hace esta pregunta ¿para qué sirven los sacerdotes? ¿para qué? ¿sirven o no sirven para algo los curas? Amados hermanos, ya lo sé, hoy los curas no servimos para nada, tenemos buenos profesionales, en todos los aspectos de la vida y en la lista de profesiones importantes el sacerdote ocupa los últimos lugares. Ya lo sé, mis hermanos, las cosas poco prácticas según nuestro mundo no sirven para nada.

Esta generación necia y consumista sólo tiene ojos para sus intereses, para sus placeres y comodidades, para su avidez por las cosas del mundo, para darle todo al cuerpo y nada al alma, nada al espíritu. Nuestro mundo desgraciadamente ha perdido totalmente el sentido de lo gratuito.

Mis hermanos, sino veámoslo en la experiencia de todos los días: un beso y una sonrisa no sirven para nada, pero como los necesitamos. Un abrazo, un apapacho para que sirve, para nada, pero como los necesitamos. La verdad es que las cosas más importantes no sirven, pero sin ellas, mis amados hermanos, no podemos vivir. Por ahí dice un autor famoso: sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible para los ojos. ¿Sirven para algo los sacerdotes? ¿Sirven para algo los curas?

Mis amados hermanos, bendito sea Dios que nuestro pueblo fiel sigue aún con esta bella costumbre, bella tradición, ojala que nunca la perdamos: de besarnos las manos, para reconocer en nosotros nuestra tarea, nuestra misión. Bendito sea Dios y ojala que siempre nos dejemos besar la mano, que no faltará algún hermano sacerdote que la jalonea y dice; no, no me la beses, bueno, perdón, ahí el pecado es del sacerdote, no del feligreses, no del fiel.

Amados hermanos, los sacerdotes servimos para servir, yo diría que esto es lo primero: servir. Lo decía el padre a su hijo seminarista: como una escoba hijo mío, como una escoba siempre dispuesta a ser utilizada, pero sin esperar recompensa alguna, gastándose una vez más y otra pero sin esperar que la coloquen en una vitrina. ¿Quién de ustedes coloca la escoba, el trapeador en una vitrina? nadie, absolutamente nadie.

Miren, mis hermanos, los sacerdotes, los curas tratamos de aprender bien las palabras del Maestro Jesús que nos llamó: Yo no he venido a ser servido, sino a servir. Un sacerdote que no sirve, no sirve, punto. ¿Sirven hoy los sacerdotes? Claro, servimos para perdonar, antes que maestros y liturgos somos testigos de la misericordia divina. En un mundo violento y dividido somos portadores del diálogo, somos portadores del perdón, somos portadores del encuentro. Sacramento de la Penitencia que aquí en esta Basílica es lo más guadalupano que tenemos. Estoy aquí para escuchar tus quejas, penas, lamentos y curar tus males, nos dirá la Muchachita Guadalupe y nosotros le hacemos presente en estas palabras tan bellas, tan hermosas.

Los sacerdotes estamos siempre, mis hermanos, debemos estar siempre, aquí como casa de acogida abrir nuestras puertas cada día para escuchar confidencias, para quitar cargas para devolver la alegría y la esperanza para absolver, para reintegrar del camino mal andado. Los sacerdotes, mis hermanos, servirmos para iluminar, somos portadores de la Palabra de Dios. Palabra que tratamos de explicar, pero antes tratamos de vivir, sino no llegamos al corazón de los feligreses. Cuando nos cegamos con los espejismos y seducciones al ras de la tierra, mis amados hermanos, los sacerdotes no recuerdan el camino de las Bienaventuranzas. Cuando nuestro pueblo, cuando nos movemos al ras de la tierra los sacerdotes debemos siempre señalar el cielo. Los pies bien puestos en la tierra sí, pero nuestra mirada siempre puesta en el cielo, en las cosas de Dios, esta es nuestra misión. Cuando nos quedamos en la superficie de las cosas, en lo transitorio, en lo pasajero, nosotros debemos llevar a nuestro pueblo a descubrir la presencia amorosa de Dios absolutamente en todo.

¿Para qué servimos los sacerdotes? para interceder. El sacerdote prolonga la mediación de Jesucristo, por eso es llamado Pontifex fuente, constructor de puentes, entre el cielo y la tierra. Habla a Dios de los hombres y habla a los hombres de Dios. Yo trato, mis amados hermanos de hablarle a Dios de ustedes, antes de hablarles a ustedes de Dios. Decía, san Juan de Ávila: relicarios somos de Dios, casa de Dios y a modo de decir creadores de Dios. Esto padres es ser sacerdotes, que amansen a Dios, cuando estuviere ahí enojado con su pueblo, que tengan experiencia de que Dios oye sus oraciones y tengan tanta familiaridad con Él.

¿Para qué servimos? ¿para qué sirve el sacerdote? para amar, que está bien unido y es expresión, precisamente del servicio o el servicio expresa el amor. El sacerdote sirve para amar; reserva su corazón para amar del todo a todos. Quieren ser para todos, queremos ser para todos, amigos de todos, padres y hermanos de todos. Un amor liberado y agradecido y agrandado. Un amor gratuito y oblativo, como antorchas, que se van gastando poco a poco.

Para nosotros también, mis hermanos, vale la promesa que Dios le hace a Abraham: serás padre de un gran pueblo, tendrás hijos incontables. El sacerdote y toda persona consagrada a Dios en virginidad: no es que no quieran tener hijos, no es que no queramos tener hijos, mis hermanos. No es que no la hayamos hecho con las muchachas, no estamos tan feos. Mis amados hermanos, no es que no quisiéramos tener hijos, sino que queremos tener muchos, muchos más. Como yo veo en este momento a muchos hijos míos que he engendrado en la fe. No es que no quiera el sacerdote fundar una familia, no, sino que quiere hacerla muy grande para que quepan mucho más, más y más. No es que achiquemos nuestro corazón, sino que queremos agrandarlo para amar mucho, mucho más, a la manera de Jesús, al estilo de Jesús con los sentimientos de Jesús. No es timidez, no es encogimiento, no es egoísmo, mis hermanos, sólo se es sacerdote si se es audaz, si se es generoso, si se es magnánimo.

¿Para qué servimos los sacerdotes? Servimos para ser presencia de Jesucristo, sí, con nuestras limitaciones, con nuestras fallas, con nuestras mezquindades. Servimos para hacer presente a Jesucristo. Todo sacerdote está llamado a ser otro Cristo Alter Christus. Lo decía el Arcipreste, tu es sacerdos, según el corazón de Cristo, el Sumo y Eterno sacerdote. El sacerdote está para repetir las palabras, para repetir los gestos de Jesús, para continuar sus pasos y desvelar, no ocultar, su presencia. Los sacerotes servimos para prolongar y actualizar su amor generoso y esto a dos niveles: el sacramental y el de la vida.

¿Para qué servimos los sacerdotes, mis hermanos? Podríamos así hacer toda una letanía de cosas, pero quiero, ya terminar, no quiero ya cansarlos. El sacerdote sirve para hacer el alma del mundo. Mis hermanos, en un mundo sin espíritu, somos el alma, somos la luz, somos la sal, somos el perfume. Sin el sacerdote todo sería poco más que feo y oscuro. Sacerdote no es él que se limita hacer cosas. Sacerdote es el que hace santos, porque están ungido 3 veces en el Bautismo, en la Confirmación y en el Orden Sacerdotal, crismados 3 veces, por eso somos los hombres del Espíritu, del alma del mundo, la luz del mundo, la sal, el perfume del Espíritu en el mundo.

Es verdad que en cierta medida a todo cristiano se le puede aplicar, cuanto he dicho, pero el sacerdote tiene vivencias y urgencias especiales. Tiene, como decía hace un momento, una unción más que ustedes hermanos laicos, amados hermanos fieles, gracias, pues.

Gracias hermanos sacerdotes, gracias por nuestra inútil luminosidad, Señora, Señor, Muchachita Santa María de Guadalupe manda sacerdotes, danos más sacerdotes. Esos hombres tan raros, que sólo sirven para servir.

Amén.  

 

 
 
Imprimir PaginaAgregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosPágina anterior
 
© 2001-2007 Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.
Derechos Reservados