Mis amados hermanos y hermanas, proclamemos la grandeza del
Señor y alabemos todos juntos sus poder, porque cuando
acudimos a Él siempre nos hace caso y nos libra de todos
nuestros temores.
Mis amados hermanos, estamos celebrando hoy una fiesta grande,
grande porque celebramos a los que nos han iniciado en la fe
Pedro y Pablo fueron fundamento de nuestra fe cristiana, como
hemos orado en la oración colecta de hoy o como dice
la oración de la Misa de Vigilia: Dios entregó
a la Iglesia las primicias de la obra de la salvación
mediante su ministerio apostólico. Por eso
es una fiesta importante, una solemnidad, estamos edificados
sobre el cimiento de los apóstoles.
Hoy, pues, es una fiesta grande y es que Pedro y Pablo no son
unos santos como los demás, ni unos entre los apóstoles,
sí que son unos entre los hermanos. El Señor le
llama de entre los hombres, por ningún mérito
especial, como tampoco me llamó a mí, como tampoco
llamó a mis 34 sacerdotes, que están hoy aquí
concelebrando con su servidor, junto con los diáconos.
Sin mérito nuestro nos llamó, como sin mérito
alguno llamó a Mons. Alberto Reynoso que hoy cumple 41
años. A Mons. Fidel González, que desde Roma está
unido a esta Eucaristía junto con nosotros. Como llamó
al Padre José Moisés Favila que ya son 48 años,
2 para las bodas de oro, ¿verdad? Como llamó al
Padre Roberto Alvarado 53, que bueno. Como llamó a cada
uno de nosotros, verdad, 22 años nuestro Arcipreste,
gracias por tus palabras, 19 años Mons. Palencia, etc.
Mons. Aranguren ya va a cumplir sus bodas de oro. Monseñor
Ortega 55, bueno yo podría seguir aquí, creo que
el más jovencito es nuestro querido Padre Gerardo ¿cuántos
años? 2 años Padre Gerardo, qué gusto.
Bueno todos tenemos distintos años, quisiera nombrar
a cada uno de mis hermanos sacerdotes aquí presentes.
Pero así como nos llamó por pura bondad suya,
no por méritos propios, así como nos eligió
de entre los hombres. Así, miren, Él eligió
a Pedro era pescador, como muchos otros, su hermano y su padre
también lo eran. Como llamó a Pablo que era perseguidor
de la Iglesia, una persona que nosotros nunca hubiéramos
escogido seguramente, un perseguidor de la Iglesia. Es, mis
amados hermanos, la misión que el Señor les confía,
nos confía, lo que hace que no sean estos dos grandes
santos, columnas de la Iglesia, unos santos más como
los demás.
La misión de ser testigos de su resurrección,
de hacer que esta Buena Nueva llegue a todos los pueblos para
reunir a todos a quien la acogen, sin que pierdan su diversidad
en un solo pueblo para conducirles por el camino de la salvación
eterna.
Mis amados hermanos, si nos fijamos en la figura de Pedro podemos
darnos cuenta de cómo lo presentan los textos de la Escritura,
que hoy hemos proclamado. En el Libro de los Hechos de los apóstoles
nos lo presenta como él que ha sido liberado es que Dios
no abandona al que se entrega, siempre está al pendiente
de él o quien da lo que tiene, como ayer lo meditábamos
en la Misa de Vigilia: oro y plata no tengo, te doy lo que
tengo. En el nombre de Jesucristo le dicen, aquel paralítico:
levántate, párate y anda. También leemos
en el Evangelio de san Juan, sobretodo, como el pobre que ha
negado 3 veces y confiesa 3 veces su amor, su caridad, hacia
el Señor Jesús y quien confía su fe, nuestra
fe, en el Mesías, como hoy lo hemos escuchado en el trozo
del Evangelio: Tú eres el Hijo de Dios vivo. Quien
confesando la fe y la caridad, Pedro, pues, recibe la misión
de pastor, recibe la misión de roca. Si nos fijamos más
en la figura de Pablo, ya que estamos concluyendo el año
dedicado a contemplar su misión en la Iglesia, veremos
que se le presenta en la Escritura proclamada como quien ha
combatido y como el escogido desde el seno de la Madre, en la
misa de ayer, en la Vigilia para anunciar la Buena Nueva que
ha recibido de Jesucristo a los gentiles.
Miren, mis hermanos, en los tiempos actuales en los que fácilmente
nos cansamos, en los que el desanimo se contagia, es estimulante
celebrar la memoria de este hombre Pablo, que no se cansaba
nunca; que sufría por todas las Iglesias; que tenía
tiempo para exhortar, tiempo para orar y tiempo para trabajar,
no quiero ser gravoso a nadie.
En la segunda lectura hemos escuchado palabras de despedida:
Pablo para hacerse entender por la gente a semejanza del Maestro
que ha seguido con generosidad, también usa parábolas,
pero como él era de ciudad, las parábolas son
urbanas y dice: he corrido hasta la meta, seguramente a poco
metros del circo máximo donde los atletas se jugaban
la vida para ganar una corona. Pablo sabe que guarda la corona
merecida, dice él. Con otra parábola
expresa su deseo: él ha sido como una barca amarrada
en el puerto y ahora ha llegado el momento de soltar las amarras,
el momento de mi partida es eminente, dice. Seguramente
se refiere al final de su misión en Roma, la muerte para
él será entrar en alta mar, diríamos del
amor sin medida del Señor Jesús.
Pablo, mis amados hermanos, a quien conocemos bastante bien
a través de sus 13 cartas y de los Hechos de los apóstoles,
pasó por momentos buenos y por momentos muy difíciles
y complicados. Su entusiasmo no se basa en el éxito,
¡no!, sino en el amor apasionado por nuestro Señor
Jesucristo, como el éxito de nosotros sacerdotes, debe
sin duda alguna manifestarse en el amor apasionado también
por el amor de los amores Jesucristo el Señor al que
Pablo había perseguido, pero que amó más
que nadie después de su conversión. Vivo yo,
dice él, vivo yo más no soy yo, es Cristo
quien vive en mí. Luego paso a decir, también:
para mí todo es una basura, sólo eso una basura
después de haberme encontrado con Jesucristo el Señor.
Mis amados hermanos y hermanas, mis queridos hermanos sacerdotes,
que la figura de Pablo nos estimule y nos anime a pesar de todas
las dificultades, su personalidad es el mejor antídoto
contra la decadencia y la mediocridad, que a veces parece que
se instala en nuestras comunidades. Indudablemente, porque se
instala, esta decadencia, mediocridad y tibieza, en cada uno
de nosotros sacerdotes y que a veces de esto contagiamos, desgraciadamente,
a nuestro pueblo.
Que hoy Pablo nos anime; que hoy Pablo nos impulse; que hoy
Pablo interceda por nosotros. La fe convencida de Pedro, la
fe libre de Pablo no son dos fes distintas, es una misma fe.
Es la fe en Jesucristo Resucitado. Fe: que es lo más
importante que tenemos, y por ello mismo lo que no podemos aprisionar,
identificándola con nuestros gustos o con nuestras tradiciones,
no, va más allá de todo eso.
Ahora, mis amados hermanos y hermanas, permítanme reflexionar
con ustedes sobre el motivo que nos congrega hoy apropósito
del Año Sacerdotal, que apenas iniciamos el pasado 19
de este mismo mes. Y apropósito de nuestro Aniversario
Sacerdotal de varios de nosotros, del santo de Monseñor
Pedro Tapia Rosete, de Monseñor Pedro Agustín
Rivera, de Monseñor Pedrito Síntora, ¿no
sé si haya otro Pedrito aquí entre nosotros? nada
más. Pedro Vallejo, también, bueno.
Reflexionemos, mis amados hermanos, realmente ¿qué
es un sacerdote? Hoy el Señor Jesús pregunta Pedro
¿qué dice la gente de Mí? Hoy podríamos
decir: ¿qué dice la gente del sacerdote?
Mis amados hermanos, vivimos en un mundo pragmático,
un mundo materialista, un mundo utilitarista, salvajemente secularizado.
Más de alguno se hace esta pregunta ¿para qué
sirven los sacerdotes? ¿para qué? ¿sirven
o no sirven para algo los curas? Amados hermanos, ya lo sé,
hoy los curas no servimos para nada, tenemos buenos profesionales,
en todos los aspectos de la vida y en la lista de profesiones
importantes el sacerdote ocupa los últimos lugares. Ya
lo sé, mis hermanos, las cosas poco prácticas
según nuestro mundo no sirven para nada.
Esta generación necia y consumista sólo tiene
ojos para sus intereses, para sus placeres y comodidades, para
su avidez por las cosas del mundo, para darle todo al cuerpo
y nada al alma, nada al espíritu. Nuestro mundo desgraciadamente
ha perdido totalmente el sentido de lo gratuito.
Mis hermanos, sino veámoslo en la experiencia de todos
los días: un beso y una sonrisa no sirven para nada,
pero como los necesitamos. Un abrazo, un apapacho para que sirve,
para nada, pero como los necesitamos. La verdad es que las cosas
más importantes no sirven, pero sin ellas, mis amados
hermanos, no podemos vivir. Por ahí dice un autor famoso:
sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es
invisible para los ojos. ¿Sirven para algo los sacerdotes?
¿Sirven para algo los curas?
Mis amados hermanos, bendito sea Dios que nuestro pueblo fiel
sigue aún con esta bella costumbre, bella tradición,
ojala que nunca la perdamos: de besarnos las manos, para reconocer
en nosotros nuestra tarea, nuestra misión. Bendito sea
Dios y ojala que siempre nos dejemos besar la mano, que no faltará
algún hermano sacerdote que la jalonea y dice; no, no
me la beses, bueno, perdón, ahí el pecado es del
sacerdote, no del feligreses, no del fiel.
Amados hermanos, los sacerdotes servimos para servir, yo diría
que esto es lo primero: servir. Lo decía el padre a su
hijo seminarista: como una escoba hijo mío, como una
escoba siempre dispuesta a ser utilizada, pero sin esperar recompensa
alguna, gastándose una vez más y otra pero sin
esperar que la coloquen en una vitrina. ¿Quién
de ustedes coloca la escoba, el trapeador en una vitrina? nadie,
absolutamente nadie.
Miren, mis hermanos, los sacerdotes, los curas tratamos de
aprender bien las palabras del Maestro Jesús que nos
llamó: Yo no he venido a ser servido, sino a servir.
Un sacerdote que no sirve, no sirve, punto. ¿Sirven
hoy los sacerdotes? Claro, servimos para perdonar, antes que
maestros y liturgos somos testigos de la misericordia divina.
En un mundo violento y dividido somos portadores del diálogo,
somos portadores del perdón, somos portadores del encuentro.
Sacramento de la Penitencia que aquí en esta Basílica
es lo más guadalupano que tenemos. Estoy aquí
para escuchar tus quejas, penas, lamentos y curar tus males,
nos dirá la Muchachita Guadalupe y nosotros le hacemos
presente en estas palabras tan bellas, tan hermosas.
Los sacerdotes estamos siempre, mis hermanos, debemos estar
siempre, aquí como casa de acogida abrir nuestras puertas
cada día para escuchar confidencias, para quitar cargas
para devolver la alegría y la esperanza para absolver,
para reintegrar del camino mal andado. Los sacerdotes, mis hermanos,
servirmos para iluminar, somos portadores de la Palabra de Dios.
Palabra que tratamos de explicar, pero antes tratamos de vivir,
sino no llegamos al corazón de los feligreses. Cuando
nos cegamos con los espejismos y seducciones al ras de la tierra,
mis amados hermanos, los sacerdotes no recuerdan el camino de
las Bienaventuranzas. Cuando nuestro pueblo, cuando nos movemos
al ras de la tierra los sacerdotes debemos siempre señalar
el cielo. Los pies bien puestos en la tierra sí, pero
nuestra mirada siempre puesta en el cielo, en las cosas de Dios,
esta es nuestra misión. Cuando nos quedamos en la superficie
de las cosas, en lo transitorio, en lo pasajero, nosotros debemos
llevar a nuestro pueblo a descubrir la presencia amorosa de
Dios absolutamente en todo.
¿Para qué servimos los sacerdotes? para interceder.
El sacerdote prolonga la mediación de Jesucristo, por
eso es llamado Pontifex fuente, constructor de puentes,
entre el cielo y la tierra. Habla a Dios de los hombres y
habla a los hombres de Dios. Yo trato, mis amados hermanos
de hablarle a Dios de ustedes, antes de hablarles a ustedes
de Dios. Decía, san Juan de Ávila: relicarios
somos de Dios, casa de Dios y a modo de decir creadores de Dios.
Esto padres es ser sacerdotes, que amansen a Dios, cuando estuviere
ahí enojado con su pueblo, que tengan experiencia de
que Dios oye sus oraciones y tengan tanta familiaridad con Él.
¿Para qué servimos? ¿para qué sirve
el sacerdote? para amar, que está bien unido y es expresión,
precisamente del servicio o el servicio expresa el amor. El
sacerdote sirve para amar; reserva su corazón para amar
del todo a todos. Quieren ser para todos, queremos ser para
todos, amigos de todos, padres y hermanos de todos. Un amor
liberado y agradecido y agrandado. Un amor gratuito y oblativo,
como antorchas, que se van gastando poco a poco.
Para nosotros también, mis hermanos, vale la promesa
que Dios le hace a Abraham: serás padre de un gran
pueblo, tendrás hijos incontables. El sacerdote y
toda persona consagrada a Dios en virginidad: no es que no quieran
tener hijos, no es que no queramos tener hijos, mis hermanos.
No es que no la hayamos hecho con las muchachas, no estamos
tan feos. Mis amados hermanos, no es que no quisiéramos
tener hijos, sino que queremos tener muchos, muchos más.
Como yo veo en este momento a muchos hijos míos que he
engendrado en la fe. No es que no quiera el sacerdote fundar
una familia, no, sino que quiere hacerla muy grande para que
quepan mucho más, más y más. No es que
achiquemos nuestro corazón, sino que queremos agrandarlo
para amar mucho, mucho más, a la manera de Jesús,
al estilo de Jesús con los sentimientos de Jesús.
No es timidez, no es encogimiento, no es egoísmo, mis
hermanos, sólo se es sacerdote si se es audaz, si se
es generoso, si se es magnánimo.
¿Para qué servimos los sacerdotes? Servimos para
ser presencia de Jesucristo, sí, con nuestras limitaciones,
con nuestras fallas, con nuestras mezquindades. Servimos para
hacer presente a Jesucristo. Todo sacerdote está llamado
a ser otro Cristo Alter Christus. Lo decía el
Arcipreste, tu es sacerdos, según el corazón
de Cristo, el Sumo y Eterno sacerdote. El sacerdote está
para repetir las palabras, para repetir los gestos de Jesús,
para continuar sus pasos y desvelar, no ocultar, su presencia.
Los sacerotes servimos para prolongar y actualizar su amor generoso
y esto a dos niveles: el sacramental y el de la vida.
¿Para qué servimos los sacerdotes, mis hermanos?
Podríamos así hacer toda una letanía de
cosas, pero quiero, ya terminar, no quiero ya cansarlos. El
sacerdote sirve para hacer el alma del mundo. Mis hermanos,
en un mundo sin espíritu, somos el alma, somos la luz,
somos la sal, somos el perfume. Sin el sacerdote todo sería
poco más que feo y oscuro. Sacerdote no es él
que se limita hacer cosas. Sacerdote es el que hace santos,
porque están ungido 3 veces en el Bautismo, en la Confirmación
y en el Orden Sacerdotal, crismados 3 veces, por eso somos los
hombres del Espíritu, del alma del mundo, la luz del
mundo, la sal, el perfume del Espíritu en el mundo.
Es verdad que en cierta medida a todo cristiano se le puede
aplicar, cuanto he dicho, pero el sacerdote tiene vivencias
y urgencias especiales. Tiene, como decía hace un momento,
una unción más que ustedes hermanos laicos, amados
hermanos fieles, gracias, pues.
Gracias hermanos sacerdotes, gracias por nuestra inútil
luminosidad, Señora, Señor, Muchachita Santa María
de Guadalupe manda sacerdotes, danos más sacerdotes.
Esos hombres tan raros, que sólo sirven para servir.
Amén.