REY Y PASTOR
Bendito y alabado sea
Jesucristo, Rey del Universo. El Cordero que, para nuestra
salvación, con su sangre derramada en la cruz, nos adquirió
como propiedad suya.
Mis amados hermanos y hermanas, hoy llegamos
al término del año litúrgico en el que Dios nos ha concedido
repasar los misterios de la salvación con los que el Padre
eterno nos ha revelado su designio amoroso de salvación, en
la persona de su Hijo amado, el arraigadísimo Dios por quien
se vive, nacido de María, la siempre Virgen y que después,
Ella misma, en 1531 nos lo trajera a estas tierras.
En efecto, mis amados hermanos y hermanas,
hemos contemplado, a lo largo del año, este misterio de amor
que comenzó con la Encarnación mediante la cual se hizo uno
de nosotros, a fin de que, viviendo como uno de nosotros,
fuera, con sus enseñanzas y sus obras, nuestro camino, nuestra
verdad y nuestra vida, llegando hasta el extremo de dar su
vida por nosotros mediante la muerte de cruz. Pero, miren,
hermanos, resucitó y vive para siempre y nos dio la vida
plena, siendo, de esta manera, testigo de la Verdad, con mayúscula,
porque Él es la verdad de Dios, Él es la verdad del hombre.
Es éste el servicio que, en definitiva
nos dio nuestro Señor Jesucristo. Por eso hoy la Iglesia lo
reconoce, como nuestro Rey. Estamos tan acostumbrados a ver
a los reyes de esta tierra que se sirven de aquellos a los
que dicen servir y, más aún, se hacen servir de ellos como
dueños, que nos cuesta trabajo descubrir la profunda diferencia
de éstos con el verdadero Rey y Señor del Universo: Jesucristo.
Pero repasando, como decía, todo lo que
hizo y enseñó, en los evangelios ahí lo encontramos, Jesús
a fin de que entendiéramos y nos adhiriéramos a su persona
para conocer nuestra destino –el que Dios nos tiene señalado–
y que consiste en LLEGAR A SER HIJOS SUYOS, no podemos
más que agradecer y reconocer que estamos en deuda con Él
y, de esta forma, mis hermanos, corresponder con nuestro sometimiento
y gratitud, en el amor, a su obra salvadora.
En el diálogo con Pilato, ese hombre
que detenta el máximo poder en Judea y que cree tener poder
sobre su vida, miren, el Señor Jesús deja bien claro qué clase
de Reino es el suyo. Ciertamente, su Reino y su reinado no
son como los que estamos acostumbrados a ver en nuestro entorno
político y material. No consiste en dominar y someter para
obtener todas las ganancias posibles, al estilo de los reyes
y reinados de este mundo de poder, de soberbia, de mentira,
de dinero, de engaños, de injusticias. Si fuera así, y como
sucede con los que se hacen llamar y pretenden ser jefes,
miren, la fuerza de la violencia de sus protectores se habría
hecho sentir en ese juicio para imponer su fuerza, para imponer
su poder.
No, mis amados hermanos y hermanas, no,
es este el reino de Jesús, su poder no es el poder de las
armas, no es el poder de la violencia, no es el poder del
dinero, no es el poder de la fama, no. Su poder consiste en
la verdad, en la justicia, en el amor, en la fraternidad,
en la misericordia, en la reconciliación y en la paz. ESE
REINO NO ES DE AQUÍ Y SIN EMBARGO HA VENIDO A INAUGURARLO
AQUÍ EN LA TIERRA. Pero es
apenas el comienzo: verdad, justicia, amor, fraternidad, misericordia,
reconciliación, paz y son apenas un indicio de que ha comenzado,
ciertamente todavía no en todo el mundo, pero sí en algunos
que han acogido, en el amor y la obediencia de su fe su persona
y su evangelio de amor.
Entonces, mis amados hermanos y hermanas,
para pertenecer al Reino de Jesucristo no hay otra puerta
que la de su pasión y muerte para llegar a la gloria de la
resurrección, es decir, a la plenitud de ese Reino. Cristo
mismo encarna el Reino. Así que, dicho de otra manera,
entrar al Reino o pertenecer a Él es lo mismo que entrar en
íntima unión de amor con nuestro Señor Jesucristo, en íntima
unión de amor con el Señor Jesús. ES ACEPTAR SU SEÑORÍO
ÚNICO Y SUFICIENTE, evitando doblar las rodillas ante
cualquier otros supuestos ‘señores’ que no son más que impostores
que pretenden el reconocimiento y la adoración que sólo le
pertenece a Dios y a su Hijo amado Jesucristo. ¿Cómo nos arrodillamos
a tantos ídolos? No es momento para profundizar sobre esto,
cada uno sabemos realmente a quien nos arrodillamos, de que
dependemos.
Amados hermanos, ¿de verdad mi relación
con Jesucristo es viva, es existencial, es concreta, se expresa
en mi alegría, en mi gozo, en mi esperanza, en los valores
del reino? A veces traemos una cara de apachurrados, de empachados,
como decía mi abuelita: parece que tenemos deposiciones. Nos
falta la alegría del cristiano, nos falta el gozo de sentirnos
amados, de ser vasallos del reino del Señor Jesús.
Pero también aceptar su señorío implica
que tengamos que DECIDIRNOS POR APRENDER A SERVIR COMO
ÉL SIRVE, hasta la cruz, hasta el vaciamiento de nosotros
mismos, ya que esto es lo significa su Reino. Hemos de aprender
a descubrir la vaciedad de los deseos mundanos de privilegios
y de domino sobre los demás; hemos de abstenernos de apreciar
y buscar el éxito por sí mismo haciendo a un lado los criterios
de Dios, de triunfar a costa de lo que sea o de quien sea
y de quien sea, es decir, evitar el abuso y la explotación
de los más débiles e ignorantes.
Para empezar a pertenecer al Reino, mis
amados hermanos y hermanas, de Dios, al Reino de Jesucristo
hemos de cuidarnos de utilizar esta especie de ciudadanía
real para pensar que ya lo tenemos todo y que no tenemos que
hacer otra cosa que disfrutar de sus beneficios y aprovechar
este privilegio de pertenencia a la Iglesia como si ésta fuera
ya en sí misma el Reino. La Iglesia no es el reino, no, mis
hermanos. No olvidemos que la IGLESIA ES UN MEDIO, UN INSTRUMENTO
INIGUALABLE E INSUPERABLE, pero al fin un medio, no la
realidad misma a la que debo llegar por mi fidelidad y sometimiento
a nuestro Señor Jesucristo.
Es muy conveniente, entonces que, para
nuestro provecho espiritual individual y comunitario, entendamos
que la pertenencia al reino de Cristo es, cierto, un gran
privilegio, es un don suyo, pero es también una tarea que
exige nuestro empeño de cada día en la esperanza de alcanzar
lo que se nos promete, pues, el Reino de Dios ya está aquí
pero todavía no en su plenitud. Todavía, mientras estemos
en la tierra, exige nuestra colaboración asidua, nuestra colaboración
amorosa.
Mis hermanos, el cristiano debe esperar
al modo de Jesús la plenitud del reino, a pesar de los aparentes
fracasos de los signos catastróficos y de lo que se nos viene
encima, esto lo vamos a meditar el próximo domingo, I de Adviento.
Tenemos que esperar, esperar con firmeza, quien espera la
liberación para lo cual es necesario tener una actitud básica
de vigilancia: velen, velen, pues, y hagan oración continuamente
y esto tenemos que hacerlos para que no nos atrape la cultura
de la muerte y proyectemos la cultura de la vida, la cultura
del perdón, la cultura de la justicia, la cultura de la paz,
éste es el reino de Dios. La Eucaristía es la máxima expresión
de este misterio, puesto que en su celebración ya pregustamos
de alguna manera lo que se nos promete y se nos da una prenda
o garantía de lo que obtendremos.
Mis amados hermanos y hermanas, que nuestra
Muchachita, Reyna, Señora y Madre nuestra nos haga, con su
ejemplo de vida y respuesta al Señor, experimentar esta realidad
de pertenencia al Reino y nos acompañe para que nunca dejemos
de trabajar porque sea cada día más una realidad hoy, especialmente
para los más pobres que parece que no tienen otro aliciente
en sus vidas.
Amén.