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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, rector del Santuario en la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo.

22 de noviembre de 2009
Año Sacerdotal

REY Y PASTOR

Bendito y alabado sea Jesucristo, Rey del Universo. El Cordero que, para nuestra salvación, con su sangre derramada en la cruz, nos adquirió como propiedad suya.

Mis amados hermanos y hermanas, hoy llegamos al término del año litúrgico en el que Dios nos ha concedido repasar los misterios de la salvación con los que el Padre eterno nos ha revelado su designio amoroso de salvación, en la persona de su Hijo amado, el arraigadísimo Dios por quien se vive, nacido de María, la siempre Virgen y que después, Ella misma, en 1531 nos lo trajera a estas tierras.

En efecto,  mis amados hermanos y hermanas, hemos contemplado, a lo largo del año, este misterio de amor que comenzó con la Encarnación mediante la  cual se hizo uno de nosotros, a fin de que, viviendo como uno de nosotros, fuera, con sus enseñanzas y sus obras, nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida, llegando hasta el extremo de dar su vida por nosotros mediante la muerte de cruz. Pero, miren, hermanos,  resucitó y vive para siempre y nos dio la vida plena, siendo, de esta manera, testigo de la Verdad, con mayúscula, porque Él es la verdad de Dios, Él es la verdad del hombre.

Es éste el servicio que, en definitiva nos dio nuestro Señor Jesucristo. Por eso hoy la Iglesia lo reconoce, como nuestro Rey. Estamos tan acostumbrados a ver a los reyes de esta tierra que se sirven de aquellos a los que dicen servir y, más aún, se hacen servir de ellos como dueños, que nos cuesta trabajo descubrir la profunda diferencia de éstos con el verdadero Rey y Señor del Universo: Jesucristo.

Pero repasando, como decía, todo lo que hizo y enseñó, en los evangelios ahí lo encontramos, Jesús a fin de que entendiéramos y nos adhiriéramos a su persona para conocer nuestra destino –el que Dios nos tiene señalado– y que consiste en LLEGAR A SER HIJOS SUYOS, no podemos más que agradecer y reconocer que estamos en deuda con Él y, de esta forma, mis hermanos, corresponder con nuestro sometimiento y gratitud, en el amor, a su obra salvadora.

En el diálogo con Pilato, ese hombre que detenta el máximo poder en Judea y que cree tener poder sobre su vida, miren, el Señor Jesús deja bien claro qué clase de Reino es el suyo. Ciertamente, su Reino y su reinado no son como los que estamos acostumbrados a ver en nuestro entorno político y material. No consiste en dominar y someter para obtener todas las ganancias posibles, al estilo de los reyes y reinados de este mundo de poder, de soberbia, de mentira, de dinero, de engaños, de injusticias. Si fuera así, y como sucede con los que se hacen llamar y pretenden ser jefes, miren, la fuerza de la violencia de sus protectores se habría hecho sentir en ese juicio para imponer su fuerza, para imponer su poder.

No, mis amados hermanos y hermanas, no, es este el reino de Jesús, su poder no es el poder de las armas, no es el poder de la violencia, no es el poder del dinero, no es el poder de la fama, no. Su poder consiste en la verdad, en la justicia, en el amor, en la fraternidad, en la misericordia, en la reconciliación y en la paz. ESE REINO NO ES DE AQUÍ Y SIN EMBARGO HA VENIDO A INAUGURARLO AQUÍ EN LA TIERRA. Pero es apenas el comienzo: verdad, justicia, amor, fraternidad, misericordia, reconciliación, paz y son apenas un indicio de que ha comenzado, ciertamente todavía no en todo el mundo, pero sí en algunos que han acogido, en el amor y la obediencia de su fe su persona y su evangelio de amor.

Entonces, mis amados hermanos y hermanas, para pertenecer al Reino de Jesucristo no hay otra puerta que la de su pasión y muerte para llegar a la gloria de la resurrección, es decir, a la plenitud de ese Reino. Cristo mismo encarna el Reino. Así que, dicho de otra manera, entrar al Reino o pertenecer a Él es lo mismo que entrar en íntima unión de amor con nuestro Señor Jesucristo, en íntima unión de amor con el Señor Jesús. ES ACEPTAR SU SEÑORÍO ÚNICO Y SUFICIENTE, evitando doblar las rodillas ante cualquier otros supuestos ‘señores’ que no son más que impostores que pretenden el reconocimiento y la adoración que sólo le pertenece a Dios y a su Hijo amado Jesucristo. ¿Cómo nos arrodillamos a tantos ídolos? No es momento para profundizar sobre esto, cada uno sabemos realmente a quien nos arrodillamos, de que dependemos.

Amados hermanos, ¿de verdad mi relación con Jesucristo es viva, es existencial, es concreta, se expresa en mi alegría, en mi gozo, en mi esperanza, en los valores del reino? A veces traemos una cara de apachurrados, de empachados, como decía mi abuelita: parece que tenemos deposiciones. Nos falta la alegría del cristiano, nos falta el gozo de sentirnos amados, de ser vasallos del reino del Señor Jesús.

Pero también aceptar su señorío implica que tengamos que DECIDIRNOS POR APRENDER A SERVIR COMO ÉL SIRVE, hasta la cruz, hasta el vaciamiento de nosotros mismos, ya que esto es lo significa su Reino. Hemos de aprender a descubrir la vaciedad de los deseos mundanos de privilegios y de domino sobre los demás; hemos de abstenernos de apreciar y buscar el éxito por sí mismo haciendo a un lado los criterios de Dios, de triunfar a costa de lo que sea o de quien sea y de quien sea, es decir, evitar el abuso y la explotación de los más débiles e ignorantes.

Para empezar a pertenecer al Reino, mis amados hermanos y hermanas, de Dios, al Reino de Jesucristo hemos de cuidarnos de utilizar esta especie de ciudadanía real para pensar que ya lo tenemos todo y que no tenemos que hacer otra cosa que disfrutar de sus beneficios y aprovechar este privilegio de pertenencia a la Iglesia como si ésta fuera ya en sí misma el Reino. La Iglesia no es el reino, no, mis hermanos. No olvidemos que la IGLESIA ES UN MEDIO, UN INSTRUMENTO INIGUALABLE E INSUPERABLE, pero al fin un medio, no la realidad misma a la que debo llegar por mi fidelidad y sometimiento a nuestro Señor Jesucristo.

Es muy conveniente, entonces que, para nuestro provecho espiritual individual y comunitario, entendamos que la pertenencia al reino de Cristo es, cierto, un gran privilegio, es un don suyo, pero es también una tarea que exige nuestro empeño de cada día en la esperanza de alcanzar lo que se nos promete, pues, el Reino de Dios ya está aquí pero todavía no en su plenitud. Todavía, mientras estemos en la tierra, exige nuestra colaboración asidua, nuestra colaboración amorosa.

Mis hermanos, el cristiano debe esperar al modo de Jesús la plenitud del reino, a pesar de los aparentes fracasos de los signos catastróficos y de lo que se nos viene encima, esto lo vamos a meditar el próximo domingo, I de Adviento. Tenemos que esperar, esperar con firmeza, quien espera la liberación para lo cual es necesario tener una actitud básica de vigilancia: velen, velen, pues, y hagan oración continuamente y esto tenemos que hacerlos para que no nos atrape la cultura de la muerte y proyectemos la cultura de la vida, la cultura del perdón, la cultura de la justicia, la cultura de la paz, éste es el reino de Dios. La Eucaristía es la máxima expresión de este misterio, puesto que en su celebración ya pregustamos de alguna manera lo que se nos promete y se nos da una prenda o garantía de lo que obtendremos.

Mis amados hermanos y hermanas, que nuestra Muchachita, Reyna, Señora y Madre nuestra nos haga, con su ejemplo de vida y respuesta al Señor, experimentar esta realidad de pertenencia al Reino y nos acompañe para que nunca dejemos de trabajar porque sea cada día más una realidad hoy, especialmente para los más pobres que parece que no tienen otro aliciente en sus vidas.

Amén.

 
 
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