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Homilía
pronunciada por el M. I. Sr. Cango. Pedro Tapia Rosete, en ocasión de la Celebración Litúrgica del Cambio de la Corona de la Virgen de Guadalupe, en la Basílica.

9 de octubre de 2007

«Esta celebración ha de ser una ocasión propicia para recordar y agradecer el papel tan importante que ha desempeñado en la evangelización de nuestra patria y del Continente americano Santa María de Guadalupe.

Ella nos muestra a Jesús y nos lleva a Él.
Ella, la Madre de Jesús, ha sido verdaderamente la Estrella de la Evangelización, la que precede y acompaña a sus hijos en la peregrinación de la fe y de la esperanza.

No se puede anunciar a Jesucristo, Dios y hombre verdadero, sin hablar de la Virgen María, su Madre. No se puede confesar la fe en la Encarnación sin proclamar, como hace la Iglesia desde la antigüedad en el Símbolo Apostólico, que el Hijo de Dios "fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María Virgen".

No se puede contemplar el misterio de la muerte redentora de Cristo sin recordar que Jesús mismo, desde la cruz, nos la dio como Madre y nos la encomendó para que la acogiésemos entre los dones más preciosos que Él mismo nos legaba. De este modo, con el Evangelio de Jesús, la Iglesia recibe el anuncio de la presencia materna de María en la vida de los cristianos.

Al igual que en la Iglesia naciente de Pentecostés, la figura de Nuestra Señora de Guadalupe ha querido hacerse presente también, desde el principio, en la evangelización de nuestra patria. La Virgen nos ofrece a su divino' Hijo y nos invita a creer en El como Maestro de la verdad y Pan de vida.

Por eso, las palabras de María en Caná, "hagan lo que él les diga" (Jn 2, 5), constituyen también hoy el núcleo de la Nueva Evangelización. En efecto, se trata de hacer vida la fe que profesamos y cumplir los mandamientos de Dios, que tienen en el precepto del amor fraterno el centro y culmen de la identidad cristiana.

En la sociedad actual están en juego muchos valores que afectan a la dignidad del hombre. La defensa y promoción de los mismos depende en gran parte de la vida de fe y de la coherencia de los cristianos con las verdades que profesan.

Entre estos valores cabe destacar el respeto por la vida desde la concepción hasta la muerte natural; la garantía efectiva de los derechos fundamentales de la persona; la santidad e indisolubilidad del matrimonio cristiano, así como la estabilidad y dignidad de la familia.
Estas son unas exigencias apremiantes para hacer posible la ansiada paz social»[1].

Al recordar hoy, aquel del 12 de octubre de 1895, hace 112 años, cuando por iniciativa del siervo de Dios, D. José Antonio Plancarte y Labastida, abad de Guadalupe a una con el episcopado, presbiterio y fieles de esta nuestra patria mexicana y muchos obispos y fieles de América Latina, el Arzobispo de México Don Próspero María Alarcón en representación de S.S. León XIII y el arzobispo de Michoacán Don José Ignacio Arciga, en presencia de 10 arzobispos, 27 obispos y una gran multitud de fieles, colocaron esta corona de oro a la Sagrada Imagen de santa María de Guadalupe.

Hoy nosotros al hacer el cambio de la corona, que normalmente tiene la imagen de nuestra Señora, por la que se le colocó el día de su coronación pontificia, le agradecemos a nuestro Padre Dios que nos la haya dado por Madre y también como Reina.

Pidamos a nuestra Señora, Santa María de Guadalupe Madre, nuestra Señora y Niña, su auxilio e intercesión para que no desfallezcamos en el trabajo permanente, de hacer mediante nuestro servicio sencillo humilde, que a todos llegue el reino de Dios.

Amén.


Notas

[1] Cfr. Juan Pablo II, Carta con motivo del primer centenario de la coronación de la imagen de nuestra Señora de Guadalupe, Vaticano 29 septiembre de 1995.

 
 
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