«Esta celebración ha de ser una ocasión propicia
para recordar y agradecer el papel tan importante que ha desempeñado
en la evangelización de nuestra patria y del Continente americano
Santa María de Guadalupe.
Ella nos muestra a Jesús y nos lleva a Él. Ella, la Madre de Jesús, ha sido verdaderamente la Estrella
de la Evangelización, la que precede y acompaña a sus hijos
en la peregrinación de la fe y de la esperanza.
No se puede anunciar a Jesucristo, Dios y hombre verdadero,
sin hablar de la Virgen María, su Madre. No se puede confesar
la fe en la Encarnación sin proclamar, como hace la Iglesia
desde la antigüedad en el Símbolo Apostólico, que el Hijo de
Dios "fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,
nació de santa María Virgen".
No se puede contemplar el misterio de la muerte redentora de
Cristo sin recordar que Jesús mismo, desde la cruz, nos la dio
como Madre y nos la encomendó para que la acogiésemos entre
los dones más preciosos que Él mismo nos legaba. De este modo,
con el Evangelio de Jesús, la Iglesia recibe el anuncio de la
presencia materna de María en la vida de los cristianos.
Al igual que en la Iglesia naciente de Pentecostés, la figura
de Nuestra Señora de Guadalupe ha querido hacerse presente también,
desde el principio, en la evangelización de nuestra patria.
La Virgen nos ofrece a su divino' Hijo y nos invita a creer
en El como Maestro de la verdad y Pan de vida.
Por eso, las palabras de María en Caná, "hagan lo que él
les diga" (Jn 2, 5), constituyen también hoy el núcleo
de la Nueva Evangelización. En efecto, se trata de hacer vida
la fe que profesamos y cumplir los mandamientos de Dios, que
tienen en el precepto del amor fraterno el centro y culmen de
la identidad cristiana.
En la sociedad actual están en juego muchos valores que afectan
a la dignidad del hombre. La defensa y promoción de los mismos
depende en gran parte de la vida de fe y de la coherencia de
los cristianos con las verdades que profesan.
Entre estos valores cabe destacar el respeto por la vida desde
la concepción hasta la muerte natural; la garantía efectiva
de los derechos fundamentales de la persona; la santidad e indisolubilidad
del matrimonio cristiano, así como la estabilidad y dignidad
de la familia. Estas son unas exigencias apremiantes para hacer posible la
ansiada paz social».
Al recordar hoy, aquel del 12 de octubre de 1895, hace 112
años, cuando por iniciativa del siervo de Dios, D. José Antonio
Plancarte y Labastida, abad de Guadalupe a una con el episcopado,
presbiterio y fieles de esta nuestra patria mexicana y muchos
obispos y fieles de América Latina, el Arzobispo de México Don
Próspero María Alarcón en representación de S.S. León XIII y
el arzobispo de Michoacán Don José Ignacio Arciga, en presencia
de 10 arzobispos, 27 obispos y una gran multitud de fieles,
colocaron esta corona de oro a la Sagrada Imagen de santa María
de Guadalupe.
Hoy nosotros al hacer el cambio de la corona, que normalmente
tiene la imagen de nuestra Señora, por la que se le colocó el
día de su coronación pontificia, le agradecemos a nuestro Padre
Dios que nos la haya dado por Madre y también como Reina.
Pidamos a nuestra Señora, Santa María de Guadalupe Madre, nuestra
Señora y Niña, su auxilio e intercesión para que no desfallezcamos
en el trabajo permanente, de hacer mediante nuestro servicio
sencillo humilde, que a todos llegue el reino de Dios.
Amén.
Notas
Cfr. Juan
Pablo II, Carta con motivo del primer centenario de la coronación
de la imagen de nuestra Señora de Guadalupe, Vaticano 29 septiembre
de 1995.
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