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Versión estenográfica de la
Homilía
Homilía del M. I. Sr. Cango. Luis Felipe García Álvarez, Arcipreste de la Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe, en la solemnidad de san José, abogado y protector del venerable Cabildo de Guadalupe.

19 de marzo de 2007

Querido patriarca señor san José:

Tú sabes, señor san José, los problemas de los trabajadores, sobre todo, de los más pobres. Tú tuviste, por ejemplo, problemas de vivienda; tuviste que ir a Belén con María, tu esposa; y como no tenías dinero, no tenías con que pagar el alquiler de un departamento.

Estabas en la calle en la peor ocasión de tu vida: cuando María tenía que dar a luz. ¿No es verdad, señor san José, que es estupendo el que Dios haya escogido para nacer el momento en que su madre es esposa de un obrero sin vivienda? Dinos, señor san José, ¿qué sentías aquellos días, aquella noche primera en Belén, cuando se te cerraban las todas las puertas?: Aquí no se puede, vaya tal vez a otro sitio... - Usted verá, no puedo darle más barato... -No señor, no hay ni un rincón, estoy harto de holgazanes...

Cansancio en los pies, señor san José, de tanto recorrer puertas; angustia en el alma por tu esposa, por el Niño. El problema de la vivienda, señor san José. Hoy todos los buenos te recibiríamos con mucho gusto a ti y a la Virgen en nuestras casas, ¡no faltaba más!, bueno, pero, entiéndase bien: siempre y cuando estuviéramos seguros de que en verdad son ustedes la Virgen y señor san José; porque..., bueno, tú comprendes, no a cualquiera vamos a abrirle la puerta.

Tú sabes también, señor san José, los problemas de los emigrantes, pues, en cierta ocasión tuviste que huir lejos de tu tierra; ya sabemos que tú huías por motivos especiales: por el Niño, por lo de Herodes; pero para el caso es lo mismo.

Hoy muchos trabajadores tienen que huir, porque su tierra no da para vivir dignamente; huyen hacia las ciudades, al extranjero, en busca de trabajo, huyen con sus esposas, con sus niños, con sus maletas, con sus bultos, con sus mantas...

Señor san José, también tú tienes experiencia de todo esto; llegó una noche en la que tuviste que improvisar un viaje hasta Egipto: con María tú esposa, con el Niño, tu Dios, con los bultos, las ropas, la comida, aquellas casitas para el camino; ¡ah! Por fin llegaste a Egipto, después de un largo y pesado camino, ¿y ahora qué?, de nuevo a buscar casa, a buscar trabajo, a buscar nuevas oportunidades. Eras un obrero... un simple obrero en apuros... un obrero desamparado.

Te imagino, señor san José, recorriendo puertas, contratistas, oficinas, burocracia: - Vuelva usted mañana, o tal vez la próxima semana, seguro que encontraremos algo para usted...; - Deje su nombre, lo buscaré cuando haya algo...; - Inútil que se presente sin recomendaciones...; - Tal vez tiene experiencia, pero necesito una persona más joven...; -Es usted algo joven, necesito a una persona con más experiencia...

Los pequeños ahorros de un obrero se consumen pronto; María, tu esposa tiene que ir a la tienda y... tiene que pedir fiado, tal vez lavar ajeno, o ¿por qué no?, también tiene manos, alguien la puede ocupar como sirvienta, ella no quiere que alguien le reclame: - ¿Por qué no le dices a tu esposo que trabaje?

Pero por fin llegó un día, señor san José, en que el Niño ya no es niño, ahora es un joven que trabaja a tu lado, que trabaja contigo, y entonces, descubres sorprendido que es Dios el que trabaja contigo, que tu hijo es un obrero, que tu Dios es un obrero, que la Virgen, tu esposa, es esposa de un obrero, que la Sagrada Familia es familia de un obrero, que tú eres obrero y que Dios, el buen Dios, te ha bendecido.

Tú sabes también, señor san José los problemas que hay que afrontar para formar una familia, y aceptar el don de la vida; es cierto que amabas como nadie a María, y cuando en ella el Misterio se manifestó en su vientre, tuviste dudas y tu corazón fue herido hasta poder desear la muerte, pero tu oración en el silencio, y sin duda el diálogo frente a tu amada, te permitieron aceptar tanto a tu Dios como a tu Dama.

Dijiste no al aborto y defendiste la vida, dijiste no a tu orgullo y formaste una familia; dijiste sí al amor y luchaste por consolidarlo, dices sí a tu creador y Él te dice ahora papito.

Es por todo esto que hoy en tu cumpleaños, queremos pedirte, señor san José, que ruegues por los que no tienen casa, vestido o sustento dignos, que ruegues por los que trabajan, que ruegues por los que sufren. Queremos pedirte por aquellos que no aceptan el don de la vida, que por cobardía o comodidad quieren imponernos una ley contra este regalo de Dios y aceptan o proponen el aborto como única solución.

Queremos pedirte por aquellos que atentan contra la dignidad del matrimonio, contra la dignidad de la familia, y con nuevas leyes, aún contra la ley eterna del amor, lo disfrazan con pasiones, con egoísmos o con la renuncia aún de Dios, promoviendo la unión libre o simplemente a prueba, la unión homosexual o el intercambio de pareja.

Queremos pedirte por aquellos que buscan la muerte con culturas contra la vida, buscando las riquezas, buscando el poder, destruyendo con guerras y violencias al hombre, la criatura máxima, imagen y semejanza de Dios, vendiendo su dignidad en las drogas o en la prostitución; adorando a dioses falsos y hasta dando a la muerte el título de "santa".

No, señor san José, a la muerte no adoramos, pero te pedimos que nos alcances morir en santidad, bajo la gracia de Dios y alimentados de los sacramentos, te pedimos por los moribundos a ti, que tuviste la gracia que en tu lecho te acompañara, tu hijo y tu creador.

Queremos pedirte por todos, porque al aceptar a Jesús nos aceptaste a todos, para que todos vivamos una vida digna de criaturas del Señor. Bendice a esta, tu familia mexicana, que venera a tu Señora, la Virgen Guadalupana. Bendice a nuestro Obispo y a todos los sacerdotes; bendice también a tu Cabildo, custodio de tu amada.

¡Felicidades, Glorioso Patriarca, muchas felicidades Señor San José!

Que Dios nos siga bendiciendo con tu patrocinio.

Saludos por favor a tu querida esposa y un besito a tu Niñito, al Dios por quien vivimos. Amén.

 
 
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