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Homilía
pronunciada por
el Emmo. Sr. Cardenal Don Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la Peregrinación por la Vida, a la Basílica de Guadalupe.

25 de marzo de 2007

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Qué claras resuenan hoy las palabras de Cristo en la Escritura: ¿Dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado? Son palabras claras porque reflejan el corazón de Cristo ante todo hombre y ante toda mujer: Un corazón lleno de compasión, de misericordia, que sana con su amor las heridas que deja el pecado.

Estas mismas palabras resuenan hoy en el corazón, aún pequeño, de tantos niños y niñas que se encuentran en el vientre de su madre, esperando a nacer, verdaderos seres humanos, aunque algunos los acusen de no serlo y los condenen a morir.

Estas mismas palabras encuentran eco en el corazón de tantas mujeres que se ven en el terrible dilema de llevar a término un embarazo, que se presenta difícil, con un oscuro horizonte de soledad, o con el dolor de una malformación en el hijo que llevan en su vientre.

Mujeres que sienten la censura, no de una ley moral, sino de una sociedad materialista y relativista, que las condena a eliminar la vida naciente en su seno, y que en vez de ponerse a su lado de modo solidario, -con ayuda psicológica, económica, familiar, moral-, las acusa y empuja a la opción de descartar a su hijo, y así quedarse en su interior con el tremendo dolor de haber renunciado a la vida que empezaba en sus entrañas y que un día las llamaría con el dulce nombre de “madre”.

Hoy, en el día de la Encarnación, “jornada de la vida por nacer” en México y en otras muchas partes del mundo, estamos aquí para que se oiga nuestra voz, para que se oiga la voz de la vida, la voz de los que no tienen voz, la voz de las mujeres que se ven presionadas a abortar por falta de ayuda, la voz de los que no queremos un futuro de muerte para miles de mexicanos, porque queremos un futuro de vida para quienes se ven en situaciones de desesperación, de soledad, de pobreza.

La cultura que propone la muerte para los no nacidos se escuda en disfraces para imponerse a todos nosotros. Y dicen que el aborto es un problema de salud, y no ven que es un problema del fundamento de la salud, que es la vida humana misma, una vida humana que ya existe en el vientre de la mujer. Y dicen que el problema del aborto no es un problema de fe ni de dogmas, y es cierto: no es de fe, porque la ciencia moderna ha demostrado hasta la saciedad, que el embrión humano es un ser tan humano como cualquiera de nosotros. Y no es de dogmas, porque no es correcto imponer su opinión sin discutir la racionalidad y verdad que hay detrás de las otras posturas. Dicen que es un problema de derechos de la mujer sobre su cuerpo, y dejan de lado el derecho que tienen sobre su cuerpo, todas las niñas y todos los niños que son abortados.

El derecho a la vida es el fundamento de todos los otros derechos humanos y así nos lo recordaba recientemente el Papa Benedicto XVI: Es un derecho que debe ser reconocido por todos, porque es el derecho fundamental con respecto a los demás derechos humanos. Lo afirma con fuerza la encíclica Evangelium vitae: "Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón (cf. Rm 2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política" (n. 2[1]).

El valor de la vida y, por tanto, la dignidad de la persona humana y de sus derechos fundamentales son heridos, golpeados, minados, donde las leyes no corresponden  al bien de la sociedad, y se imponen desde los parlamentos toda una serie de medidas inicuas que vulneran la familia y la vida. Lo afirmó Juan Pablo II, durante el Gran Jubileo del 2000:

“Las leyes, sean cuales fueren los campos en que interviene o se ve obligado a intervenir el legislador, tienen que respetar y promover siempre a las personas humanas en sus diversas exigencias espirituales y materiales, individuales, familiares y sociales. Por tanto, una ley que no respete el derecho a la vida del ser humano-desde la concepción hasta la muerte natural, sea cual fuere la condición en que se encuentra: sano o enfermo, todavía es estado embrionario, anciano o en estado terminal- no es una ley conforme al designio divino…, y lo mismo puede decirse de toda ley que dañe a la familia”.

La palabra de Dios nos invita a no quedarnos esclavizados por esta mentalidad envejecida de muerte, sino a renovar nuestro corazón, como nos dice el profeta Isaías: “Yo voy a realizar algo nuevo. Ya está brotando ¿No lo notan?” La palabra de Dios nos anima a descubrir un nuevo horizonte: no el horizonte de la muerte, sino el de la vida; no el horizonte del remordimiento por la vida truncada, sino el de la responsabilidad llena de amor ante la vida que sigue creciendo.

El evangelio que hemos escuchado es un evangelio de luz sobre la oscuridad. La luz de Cristo se proyecta sobre la oscuridad del ser humano, para que descubra que el camino que tiene que seguir no es el camino de la confrontación, sino el de la verdad, no es el camino de la acusación, sino el de la misericordia, no es el camino de la muerte, sino el de la vida.

El evangelio nos muestra a Cristo compasivo con una mujer condenada a muerte. Jesús impide que sobre ella se ejerza una ley de muerte que condenaba a la adúltera. La forma en que Jesús actúa no es violenta, ni agresiva. Está llena de misericordia, de bondad y, al mismo tiempo, llena de verdad. Cristo ilumina la conciencia de los que querían matar a la mujer y les muestra que el ser humano necesita más de la compasión que del rigor.

Ahora bien. Cristo ilumina la conciencia no sólo de los seres humanos de su época, sino también la conciencia de los hombres y mujeres de la nuestra. Cristo, hoy, apela a la conciencia y, en particular, a la conciencia cristiana. "la conciencia moral es un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la calidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho. En todo lo que dice y hace, el hombre está obligado a seguir fielmente lo que sabe que es justo y recto" (n. 1778).[2]

Manifestarnos sobre el respeto a la vida humana es un derecho que tenemos como miembros de la sociedad en la que vivimos. El Papa Benedicto XVI nos lo decía con estas palabras: Los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover este derecho. (…) Por eso, el cristiano está continuamente llamado a movilizarse para afrontar los múltiples ataques a que está expuesto el derecho a la vida. Sabe que en eso puede contar con motivaciones que tienen raíces profundas en la ley natural y que por consiguiente pueden ser compartidas por todas las personas de recta conciencia. [3]

Ustedes, queridos hermanos y hermanas han querido invitarme a que presida y culmine esta su peregrinación con la Eucaristía, pero recuerden que el culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de la propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene importancia particular para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas. Estos valores no son negociables.

Así pues, los políticos y los legisladores católicos, conscientes de su grave responsabilidad social, deben sentirse particularmente interpelados por su conciencia, rectamente formada, para presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores fundados en la naturaleza humana, Esto tiene además una relación objetiva con la Eucaristía (Cf. 1Co 11, 27-29). Los Obispos han de llamar constantemente la atención sobre estos valores. Ello es parte de su responsabilidad para con la grey que les ha confiado.

Hoy queremos poner a los pies de la Virgen de Guadalupe a todos los niños y niñas de México, a los que se encuentran amenazados de muerte en el seno de sus madres, a los que se encuentran amenazados de muerte por el cruel narcotráfico, a los que se encuentran amenazados de muerte moral por el abuso que se hace de ellos por la prostitución, a los que se encuentran amenazados de muerte social por el trabajo infantil esclavizante, a los que se encuentran ante la muerte del corazón por el abandono de sus familias.

A todos ellos que necesitan de nosotros, y de todos los mexicanos el apoyo de un corazón compasivo, de una oración fervorosa y de una acción comprometida y eficaz. Invoquemos con esta intención a Nuestra Señora de Guadalupe:

¡Oh Virgen Inmaculada, Madre del verdadero Dios por quien se vive y Madre de la Iglesia! Tú, que desde este lugar manifiestas tu clemencia y tu compasión a todos los que solicitan tu amparo; escucha la oración que con filial confianza te dirigimos y preséntala ante tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro. Madre de misericordia, concede a nuestros hogares la gracia de amar y de respetar la vida que comienza, con el mismo amor con el que concebiste en tu seno la vida del Hijo de Dios. Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a nuestras familias, para que estén siempre muy unidas, y bendice la educación de nuestros hijos. Así, Madre Santísima, con nuestros corazones libres de mal y de odios podremos llevar a todos la verdadera alegría y la verdadera paz, que vienen de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que con Dios Padre y con el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos, Amén.[4]


Notas
[1] Benedicto XVI, discurso a la Pontificia Academia para la Vida. 2007
[2] Benedicto XVI, discurso a la Pontificia Academia para la Vida. 2007
[3] Benedicto XVI, discurso a la Pontificia Academia para la Vida. 2007
[4] Juan Pablo II
 
 
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