29
de febrero de 2008
Desde hace cuarenta y dos años, vienen ustedes
de una manera organizada, caminando por la ciudad, peregrinando hacia
esta Casita de Nuestra Niña y Muchachita, Santa María de Guadalupe.
Cuarenta y dos años organizando ustedes, hermanos, trabajadores de
la sección uno de Limpia y Transporte del Sindicato Único de Trabajadores
del Gobierno del Distrito Federal. Vienen como lo han hecho siempre,
encabezados por su Secretario General, ahora, don Jesús Vital Flores.
Y vienen con ilusión, con alegría, para escuchar la Palabra de Dios,
para dejarse contemplar por la mirada amorosa de Nuestra Niña y Madrecita,
Santa María de Guadalupe.
Ella aquí nos dice una y otra vez: “Hagan lo que mi Hijo
les pida. Hagan lo que mi Hijo les diga”. Y lo que nos pide el
Señor, lo que quiere el Señor de nosotros nos lo ha dicho bien claramente
en la Palabra que hemos proclamado en el Evangelio de san Marcos.
Dice el texto sagrado que un escriba se acercó a Jesús y le preguntó
¿cuál es el primero de los mandamientos? ¿cuál es el primero? Y
Jesús le contestó, a esta pregunta, con dos: Amarás al Señor tu
Dios con todo el corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con
todas tus fuerzas. Y amarás, también, a tu prójimo como a ti mismo.
No hay ningún mandamiento mayor que éstos.
Hermanos, o sea, que lo esencial, lo fundamental de toda vida
cristiana, es amor. A lo largo de la Cuaresma se repite varias veces
este juicio decisivo que hoy nos hace la Palabra de Dios. ¿Amamos
de verdad a Dios con todo el ser, con todo el corazón, con toda el
alma y con todas las fuerzas? ¿y amamos al prójimo como parte de nosotros
mismos?
Mis amados hermanos de Limpia y Transporte, miren quien escuche
esta pregunta que nos hace hoy el Señor, en su Palabra, en un arranque
de sinceridad y le permita llegar a todos los rincones de su ser,
miren, se estremecerá quien escuche esta pregunta. Estremecimiento
saludable, pues, reconocer con valentía lo que aún no amamos, a la
vez es estar en la verdad de nuestra vida egoísta, es una condición
indispensable, para liberarnos del egoísmo y llegar a amar como debemos
amar.
Hermanos, dejémonos cuestionar por la Palabra de Dios, ¿en
qué medida existimos para Dios? ¿en qué medida existimos para el prójimo?
¿hasta qué punto existimos para nosotros mismos y no para Dios, ni
para el prójimo? Miren, amar al prójimo como así mismo, es exactamente
lo contrario de amarse así mismo en el prójimo.
Mis hermanos, hemos dado a nuestra fe este realismo y esta
fuerza exigente y formidable del amor ¿quién es mi prójimo? ¿de quién
me hago yo próximo? Miren, el prójimo es el esposo, la esposa, son
los hijos, los padres, los hermanos, el novio, la novia, cada amigo,
pero hay más prójimos. Y el amor que vivimos con estos prójimos, tan
próximos, debe lanzarnos a querer a más personas y a quererles mejor.
Todos los hombres, atención, todos los hombres son nuestro prójimo,
pero ante todo los que más sufren, ante todo los frágiles, los débiles,
los más vulnerables y quererles como parte de uno mismo, es sufrir
con su dolor y es hacer lo posible y lo imposible por remediárselo
y si es preciso, mis hermanos, morir del dolor del prójimo. Hay que
amar hasta morir, al fin y al cabo, amar hasta morir es el modo más
verdadero de morir hasta el amor; ahí está la medida del amor; ahí
está en el madero de la cruz y se llama Jesucristo. Miren, Cristo
amó al Padre con todo el corazón, con toda la mente, con todo el ser
y amó al prójimo como así mismo. Y su prójimo fueron todos los hombres,
su prójimo fuimos todos nosotros, nos lo dice su Palabra, nos lo dice
su vida, nos lo dice sus obras, nos lo dice sus sufrimientos, nos
lo dice su muerte, nos lo dice su resurrección.
Amados hermanos y hermanas, la existencia salvadora de Cristo
existió para el Padre y para todos los hombres, sigue siendo la misma
hoy, pero con la fuerza de expansión universal propia de su Espíritu;
propia del Espíritu del Señor Resucitado. Ahora Él existe para el
Padre y para todos los hombres en ese amor suyo, que se nos comunica
de modo peculiar, por los sacramentos. La Eucaristía es el sacramento
central de su existencia, así y del don actual de su amor. La Eucaristía,
mis hermanos, la Santa Misa, Cristo que se nos entrega como un pan
que se parte y se reparte a todos por igual. Debido a su carácter
de signo eficaz del amor pleno de Cristo al Padre y a su prójimo que
somos todos. Miren, la Eucaristía, es por parte nuestra una profesión
de amor, sólo siendo una verdadera profesión de amor, es una profesión
de fe verdadera. Si participamos en la Eucaristía, en la Santa Misa,
es porque queremos como Cristo ser un pan sabroso para los demás,
ser un pan partido para los demás. Preguntémonos, hermanos de Limpia
y Transportes, ¿qué tanto vivimos para nuestros hermanos? ¿qué tanto
nos entregamos a los demás? ¿qué tanto nos dejamos influenciar por
el mal, por el egoísmo, por la grilla, por injusticia, por la mentira,
qué tanto?
Miren, así como limpiamos la ciudad de la basura y la ponemos
en su lugar, así el Señor Jesús para expresarnos su amor se ha convertido
en el divino basurero. En el divino basurero, y la cruz de Cristo
es ese divino basurero; donde debemos depositar nuestras basuras;
donde debemos depositar nuestras porquerías; donde debemos depositar
nuestras mezquindades; nuestras ruindades.
Amados hermanos, a la profesión de fe en ese amor inmortal
y universal de Cristo al Padre y a todos los hombres, debe llevarnos
esta peregrinación que hoy estamos celebrando, profesión que es compromiso,
profesión de fe, que es entrega, expresión de una decidida voluntad
de vivir en ese amor, llevándolo con realismo a la vida diaria, sin
ilusiones, sin engaños. Nosotros solemos, decir, obras son amores
y no buenas razones.
Mis hermanos, tenemos que como Cristo vivir entregados y donados
a los demás, comprometidos a amar a la manera de Cristo. Ese comprometerse
vivir muriendo todos los días, como Cristo murió definitivamente por
nosotros.
Miren, mis hermanos y hermanas, sólo creemos de verdad con
fe cristiana, en la medida en la que de verdad amamos con ese amor
que hace vivir la entrega a Dios; con ese amor que hace vivir la entrega
al prójimo de un modo muy realista, tendiendo a la plenitud de ese
amor, sin reservarnos nada, aceptando el sacrifico de nosotros mismos
que ese amor requiere.
Amados hermanos, ¿qué tanto amamos? ¿qué tanto? Esta es la
gestión que nos hacer hoy la Palabra de Dios. Hoy el Señor nos pregunta
¿se parece en algo nuestro amor, al amor de Dios expresado y manifestado,
en la entrega y donación de nuestro Señor Jesucristo? Miren, hermanos,
si amamos como debemos amar tiene que parecérsele, pues, es el mismo
amor. Porque el Espíritu Santo que es amor, Cristo glorioso lo ha
derramado abundantemente sobre nosotros y este Espíritu Dios amor
está en nosotros, por eso tenemos que amar al prójimo de una manera
cristificada, no de otra manera. Tal vez algunos digan, bueno, bueno,
y nos empezamos a excusar diciendo: que Dios es Dios y nosotros somos
nosotros, que Él es bueno deberás y nosotros somos malos, que Él es
perfecto y nosotros deficientes. Amados hermanos, no nos excusemos,
porque en esto está lo grande de su amor y que siendo esto cierto
nos ha dado a su Hijo, nos ha dado en Cristo Jesús al Espíritu Santo
que es su amor y que es su bondad, para que aún siendo lo que somos
vivamos la perfección del Padre, amando como Él nos ama. Obremos con
su bondad, amemos con su amor. Cada uno de nosotros preguntémonos
¿a cuántos amo? ¿a cuántos no amo? Si tengo algunos que no amo y excluyo
de mí corazón ya estoy excluyendo el mismo amor de Dios en mi vida.
Amados hermanos, Cristo, dice: “Sean perfectos como su Padre
Celestial, es perfecto, amanse como Yo los he amado”. Ahí está
la medida del amor: el madero de la cruz, el Señor Jesús.
Amados hermanos, nuestra vida es con frecuencia, desgraciadamente
una caricatura del amor de Dios Padre, una caricatura del amor de
Cristo, nuestro amor es a veces y que pena decirlo, nuestro amor muchas
veces es una burla al amor de Dios; somos intolerantes; somos duros;
somos exigentes; injustos con los demás y con nosotros somos blanditos;
con nosotros somos tolerantes.
Mis hermanos, pensemos en esta Palabra que el Señor nos da,
no siempre nosotros, son siempre los otros, siempre, los que se equivocan,
los que hacen mal las cosas, los que obran mal. Amados hermanos, sobretodo
cuando los otros se venden con nosotros, cuando nos hace sombra y
nos perjudican o nos hacen daño. Y aquí está, mis amados hermanos,
aquí está la piedra de toque de nuestro amor cristiano, amamos fácilmente
cuando la cosa es fácil, damos lo que no necesitamos, lo que no tenemos
apegado al corazón y no digamos nada de lo mucho que aún nos queda
de esa artificial, falsa, vanidosa y hasta lucrativa caridad, que
es careta de la falta de amor y de justicia. No nos vayamos de esta
Basílica esta tarde, sin hacer una revisión, sincera, franca de nuestras
vidas.
Amados hermanos, no nos daremos cuenta nunca de que amamos
poco, de que amamos deficientemente o es que alguien puede decir que
tiene limpio el corazón, que tiene limpio el amor en su corazón. Ustedes
saben esto de la limpia, ojala que en la medida en la que vayan limpiando
la ciudad, limpiando las calles, recogiendo la basura, le digan: Señor
límpiame de mis propias basuras, límpiame de mis inmundicias, límpiame
de mis porquerías. En la medida en la que vayan transportando a los
pasajeros de esta gran ciudad de México, piensen o digan: Señor, transpórtame
también a mí por tus caminos; Espíritu Santo ilumíname; Virgencita
de Guadalupe llévame por buen camino, el camino que es tu Hijo Jesucristo.
Miren, mis hermanos, Cristo nos reveló la calidad de gracia,
de benignidad, de comprensión y misericordia sin límites que tiene
el amor con que nos ama Dios y lo vivió históricamente en el madero
de la cruz, perdonó y no condenó, comprendió hasta la incomprensión
de que fue victima: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen,
perdónalos” y bien que sabíamos lo que hacíamos, mis hermanos.
Es en la Eucaristía, en la Santa Misa, donde se nos actualiza
y se nos da ese amor con su increíble calidad intacta, participemos,
pues, en este sacramento. Y participar en él es aceptarlo y comprometerse
amar como el Señor, nos ha amado en Cristo Jesús.
Que la Virgencita, la Madre del amor, nuestra Niña Santa María
de Guadalupe, nos enseñe, pues, amar como Cristo nos ha amado. Meditando
en esto, acogiendo esta Palabra en el corazón, pongamos de pie para
continuar la Santa Misa.