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Homilía
pronunciada por M. I. Sr. Cango. Eduardo Chávez Sánchez, Canónigo Honorario de la Basílica de Guadalupe, en ocasión de la Misa Panamericana, Solemne Celebración en honor a Nuestra Señora de Guadalupe.

12 de noviembre de 2008

Hermanos y hermanas, Venerable Cabildo de Guadalupe, es para mí un alto honor y una inmensa bendición poder presidir esta Eucaristía en este bendito altar mayor de la Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.

La Palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre nuestro Señor Jesucristo, quien nos sana y nos salva.

No cabe duda que el salmo 22 es uno de los más hermosos: "el Señor es mi pastor, nada me falta". Dios es ese pastor bueno y misericordioso que siempre está pendiente de nosotros, que sana y que salva; como san Pablo categóricamente lo define en la carta a Tito cuando le dice que el pecado había tomado su corazón haciéndolo insensato y rebelde, descarriado y esclavo, dominado por los odios y la maldad; y le confirma que el Señor Jesucristo es quien salva, "no porque nosotros hubiéramos hecho algo digno de merecerlo dice san Pablo-, sino por su misericordia" (Tito 3, 5).

Ciertamente el pecado nos llena de miedos, de temores y de complejos, y de aquí surgen las envidias, los celos y el egoísmo, dando por resultado la violencia, la injusticia, el odio, la maldad y la muerte. Precisamente de todo esto Jesucristo nos sana y nos salva. Por ello, podemos alabarlo con las mismas palabras del salmo 22, cuando dice: "El Señor es mi Pastor, nada me falta... Por ser un Dios fiel a sus promesas, me guía por el sendero recto; así, aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo. Tu vara y tu cayado me dan seguridad".

Y alguien que vive sin miedos, sin temores y sin complejos, es alguien que lo expresa por medio del servicio, ya que la alegría de la seguridad de que estamos con Dios y que somos de Él, de que Él nos sostiene en su mano misericordiosa, provoca una inmensa alegría que no se puede ocultar, sino que se manifiesta con el gozo de servir a los demás simplemente por amor, imitando la humilde misericordia de Dios que se entrega en el servicio; por ello podemos seguir proclamando con el salmo 22: "Tú mismo me preparas la mesa, a despecho de mis adversarios; me unges la cabeza con perfume y llenas mi copa hasta los bordes".

En el Evangelio también se manifiesta Jesucristo como el que sana y salva. El Hijo de Dios sana a los leprosos; hay que recordar que en el pueblo hebreo los leprosos eran vistos, no sólo como alguien que tenía una enfermedad física, sino que era alguien que cargaba con las culpas de los pecados del pueblo, así que la lepra no era vista sólo como un mal físico, sino además como un mal moral, que recaía en esa pobre persona. Jesucristo sana a diez leprosos quienes le habían gritado: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros", y efectivamente Jesucristo tuvo compasión y misericordia, y los envió a que se presentaran ante el sacerdote para que fueran restituidos a la comunidad y en el camino se fueron curando, así Jesucristo al sanarlos de este mal físico también los sanó del mal moral y los envía al sacerdote para que ingresaran nuevamente a su pueblo. El Evangelio hace mención que sólo uno regresó, quien postrándose a los pies de Jesús, le agradeció y alabó a Dios por su curación; y es algo muy especial que se resalta en esta Palabra de Dios que este único agradecido fue un extranjero, un samaritano; recordemos que los samaritanos no eran aceptados por el pueblo hebreo, por lo que esto es clara alusión de que el único agradecido ni siquiera era del pueblo elegido. La ingratitud del pueblo judío, el pueblo de Jesús, quedaba en evidencia. Y es verdaderamente conmovedor cuando Jesús manifestó su ser salvador a ese samaritano agradecido, cuando le dice con toda solemnidad: "Levántate y vete. Tu fe te ha salvado"

Precisamente, el Acontecimiento Guadalupano es la evangelización perfectamente inculturada; es decir, es el encuentro de Jesucristo con los hombres, encuentro del Señor que sana y salva, por medio de su propia Madre, Santa María de Guadalupe, quien eligió a un humilde indígena, san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, como su mensajero.

En este encuentro de Jesucristo, por medio de su Madre, se nos quita todo miedo, todo temor. La Virgen de Guadalupe nunca amenaza, al contrario nos da seguridad, confianza, como le dijo a san Juan Diego: "tú que eres mi mensajero, en ti absolutamente se deposita toda mi confianza" (Nican Mopohua, v. 139), con Ella no nos falta nada, ya que Ella, la Madre de Dios, la Madre del Dueño del Cielo y de la Tierra, nos dice: <<Escucha, ponlo en tu corazón, Hijo mío el menor ... no tengas miedo ¿No estoy yo aquí, que tengo el honor y la dicha de ser tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo lafuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Acaso tienes necesidad de alguna otra cosa?»" (Nican Mopohua, vv. 118-119)

Cuando no hay más miedos ni temores, nos surge desde el alma el servir a los demás, como ocurrió con el mismo san Juan Diego que trataba de ayudar a su agonizante tío Juan Bernardino o cuando inmediatamente le suplicó a la Virgen, con un corazón que rebozaba de fe: "que lo enviara como mensajero a ver al gobernante Obispo, a llevarle su señal de comprobación, para que él le creyera." (Nican Mopohua, v. 123). Cuando no hay más miedos, pues tenemos la certeza de la misericordia y el amor de Dios, nuestro ser está dispuesto inmediatamente a entregar la vida con un espíritu humilde.

Dios por medio de su Madre, Santa María de Guadalupe sana al ser humano, como sucedió precisamente con el tío de san Juan Diego, Juan Bernardino, a quien al darle la salud, la Virgen le pidió también ir con el sacerdote gobernante, el obispo fray Juan de Zumárraga, para que fuera confirmada su salud ante la comunidad por aquel que la representaba. El anciano lo describía con emoción a su sobrino Juan Diego, cuando le dijo que era verdad: "que en aquel preciso momento Ella lo sanó -decía el anciano-, y que la contempló exactamente en la misma forma como se le había aparecido a su sobrino. Y le dijo cómo a él también lo había enviado a México para que viera al Obispo; y que también, cuando fuera a verlo, todo absolutamente se lo manifestara, le dijera lo que había contemplado y la manera maravillosa en que lo había sanado." (Nican Mopohua, vv. 203-207). Y no sólo le devolvió la salud, sino que la Virgen le entregó su nombre completo, le dijo al anciano: "y que bien así se le llamara, bien así se le nombrara: LA PERFECTA VIRGEN SANTA MARÍA DE GUADALUPE, su Amada Imagen." (Nican Mopohua, v. 208). Es por demás importante este rasgo, pues en el pueblo hebreo cuando alguien daba su nombre era, de alguna manera, entregarse al que lo recibía; así, Santa María de Guadalupe, entregaba la salud y entregaba su nombre, y con ello su persona, y lo hacía nada menos al ser más importante dentro de la familia y sociedad indígena, el anciano, que representaba la raíz del pueblo, la tradición, la historia, la cultura, la sabiduría y la autoridad.

Por medio de su Madre, Santa María de Guadalupe, Jesucristo se manifiesta rico en misericordia, dándonos la salud y la salvación, por eso quiso la Reina del Cielo que se le construyera una casita sagrada, aquí, en el llano del Tepeyac, para ofrecer precisamente en este lugar, todo su amor, que es su propio Hijo Jesucristo para sanamos y para salvamos, para que nunca más el temor invada nuestro corazón, para que nuestra vida siempre sea del Señor; o como dice el salmo 22: "Tu bondad y tu misericordia me acompañarán todos

los días de mi vida; y viviré en la casa del Señor por años sin término"; por ello, hay que conservar en nuestra mente y en nuestro corazón el venerable aliento la venerable palabra de nuestra Morenita, nuestra Muchachita, nuestra Niña del Cielo, Santa María de Guadalupe, palabras que ahora resuenan en este santuario, en esta casita sagrada, en este hogar de la civilización del amor:

"No tengas miedo, ¿no estoy yo aquí que tengo el honor y la dicha de ser tu Madre?"

Así, con un espíritu de verdadero agradecimiento como el de aquel samaritano te quiero decir a ti, Madre mía, Madre nuestra: ¡Gracias, mil gracias, por damos hoy aquí a Jesucristo, nuestro Señor, quien nos sana y nos salva!

 
 
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