Hermanos y hermanas, Venerable Cabildo de Guadalupe, es para
mí un alto honor y una inmensa bendición poder presidir esta Eucaristía
en este bendito altar mayor de la Insigne y Nacional Basílica de
Santa María de Guadalupe.
La
Palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre nuestro Señor Jesucristo,
quien nos sana y nos salva.
No cabe duda que el salmo 22 es uno de los más hermosos: "el
Señor es mi pastor, nada me falta". Dios es ese pastor bueno
y misericordioso que siempre está pendiente de nosotros, que sana
y que salva; como san Pablo categóricamente lo define en la carta
a Tito cuando le dice que el pecado había tomado su corazón haciéndolo
insensato y rebelde, descarriado y esclavo, dominado por los odios
y la maldad; y le confirma que el Señor Jesucristo es quien salva,
"no porque nosotros hubiéramos hecho algo digno de merecerlo
dice san Pablo-, sino por su misericordia" (Tito 3, 5).
Ciertamente el pecado nos llena de miedos, de temores y de
complejos, y de aquí surgen las envidias, los celos y el egoísmo,
dando por resultado la violencia, la injusticia, el odio, la maldad
y la muerte. Precisamente de todo esto Jesucristo nos sana y nos
salva. Por ello, podemos alabarlo con las mismas palabras del salmo
22, cuando dice: "El Señor es mi Pastor, nada me falta... Por
ser un Dios fiel a sus promesas, me guía por el sendero recto; así,
aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo.
Tu vara y tu cayado me dan seguridad".
Y alguien que vive sin miedos, sin temores y sin complejos,
es alguien que lo expresa por medio del servicio, ya que la alegría
de la seguridad de que estamos con Dios y que somos de Él, de que
Él nos sostiene en su mano misericordiosa, provoca una inmensa alegría
que no se puede ocultar, sino que se manifiesta con el gozo de servir
a los demás simplemente por amor, imitando la humilde misericordia
de Dios que se entrega en el servicio; por ello podemos seguir proclamando
con el salmo 22: "Tú mismo me preparas la mesa, a despecho
de mis adversarios; me unges la cabeza con perfume y llenas mi copa
hasta los bordes".
En el Evangelio también se manifiesta Jesucristo como el que
sana y salva. El Hijo de Dios sana a los leprosos; hay que recordar
que en el pueblo hebreo los leprosos eran vistos, no sólo como alguien
que tenía una enfermedad física, sino que era alguien que cargaba
con las culpas de los pecados del pueblo, así que la lepra no era
vista sólo como un mal físico, sino además como un mal moral, que
recaía en esa pobre persona. Jesucristo sana a diez leprosos quienes
le habían gritado: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros",
y efectivamente Jesucristo tuvo compasión y misericordia, y los
envió a que se presentaran ante el sacerdote para que fueran restituidos
a la comunidad y en el camino se fueron curando, así Jesucristo
al sanarlos de este mal físico también los sanó del mal moral y
los envía al sacerdote para que ingresaran nuevamente a su pueblo.
El Evangelio hace mención que sólo uno regresó, quien postrándose
a los pies de Jesús, le agradeció y alabó a Dios por su curación;
y es algo muy especial que se resalta en esta Palabra de Dios que
este único agradecido fue un extranjero, un samaritano; recordemos
que los samaritanos no eran aceptados por el pueblo hebreo, por
lo que esto es clara alusión de que el único agradecido ni siquiera
era del pueblo elegido. La ingratitud del pueblo judío, el pueblo
de Jesús, quedaba en evidencia. Y es verdaderamente conmovedor cuando
Jesús manifestó su ser salvador a ese samaritano agradecido, cuando
le dice con toda solemnidad: "Levántate y vete. Tu fe te ha
salvado"
Precisamente, el Acontecimiento Guadalupano es la evangelización
perfectamente inculturada; es decir, es el encuentro de Jesucristo
con los hombres, encuentro del Señor que sana y salva, por medio
de su propia Madre, Santa María de Guadalupe, quien eligió a un
humilde indígena, san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, como su mensajero.
En este encuentro de Jesucristo, por medio de su Madre, se
nos quita todo miedo, todo temor. La Virgen de Guadalupe nunca amenaza,
al contrario nos da seguridad, confianza, como le dijo a san Juan
Diego: "tú que eres mi mensajero, en ti absolutamente
se deposita toda mi confianza" (Nican Mopohua, v. 139),
con Ella no nos falta nada, ya que Ella, la Madre de Dios, la Madre
del Dueño del Cielo y de la Tierra, nos dice: <<Escucha,
ponlo en tu corazón, Hijo mío el menor ... no tengas miedo ¿No estoy
yo aquí, que tengo el honor y la dicha de ser tu madre? ¿No estás
bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo lafuente de tu alegría? ¿No
estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Acaso
tienes necesidad de alguna otra cosa?»" (Nican Mopohua,
vv. 118-119)
Cuando no hay más miedos ni temores, nos surge desde el alma
el servir a los demás, como ocurrió con el mismo san Juan Diego
que trataba de ayudar a su agonizante tío Juan Bernardino o cuando
inmediatamente le suplicó a la Virgen, con un corazón que rebozaba
de fe: "que lo enviara como mensajero a ver al gobernante
Obispo, a llevarle su señal de comprobación, para que él le creyera."
(Nican Mopohua, v. 123). Cuando no hay más miedos, pues tenemos
la certeza de la misericordia y el amor de Dios, nuestro ser está
dispuesto inmediatamente a entregar la vida con un espíritu humilde.
Dios por medio de su Madre, Santa María de Guadalupe sana al
ser humano, como sucedió precisamente con el tío de san Juan Diego,
Juan Bernardino, a quien al darle la salud, la Virgen le pidió también
ir con el sacerdote gobernante, el obispo fray Juan de Zumárraga,
para que fuera confirmada su salud ante la comunidad por aquel que
la representaba. El anciano lo describía con emoción a su sobrino
Juan Diego, cuando le dijo que era verdad: "que en aquel
preciso momento Ella lo sanó -decía el anciano-, y que la contempló
exactamente en la misma forma como se le había aparecido a su sobrino.
Y le dijo cómo a él también lo había enviado a México para que viera
al Obispo; y que también, cuando fuera a verlo, todo absolutamente
se lo manifestara, le dijera lo que había contemplado y la manera
maravillosa en que lo había sanado." (Nican Mopohua,
vv. 203-207). Y no sólo le devolvió la salud, sino que la Virgen
le entregó su nombre completo, le dijo al anciano: "y que bien
así se le llamara, bien así se le nombrara: LA PERFECTA VIRGEN SANTA
MARÍA DE GUADALUPE, su Amada Imagen." (Nican Mopohua,
v. 208). Es por demás importante este rasgo, pues en el pueblo hebreo
cuando alguien daba su nombre era, de alguna manera, entregarse
al que lo recibía; así, Santa María de Guadalupe, entregaba la salud
y entregaba su nombre, y con ello su persona, y lo hacía nada menos
al ser más importante dentro de la familia y sociedad indígena,
el anciano, que representaba la raíz del pueblo, la tradición, la
historia, la cultura, la sabiduría y la autoridad.
Por medio de su Madre, Santa María de Guadalupe, Jesucristo
se manifiesta rico en misericordia, dándonos la salud y la salvación,
por eso quiso la Reina del Cielo que se le construyera una casita
sagrada, aquí, en el llano del Tepeyac, para ofrecer precisamente
en este lugar, todo su amor, que es su propio Hijo Jesucristo para
sanamos y para salvamos, para que nunca más el temor invada nuestro
corazón, para que nuestra vida siempre sea del Señor; o como dice
el salmo 22: "Tu bondad y tu misericordia me acompañarán todos
los días de mi vida; y viviré en la casa del Señor por años
sin término"; por ello, hay que conservar en nuestra mente
y en nuestro corazón el venerable aliento la venerable palabra de
nuestra Morenita, nuestra Muchachita, nuestra Niña del Cielo, Santa
María de Guadalupe, palabras que ahora resuenan en este santuario,
en esta casita sagrada, en este hogar de la civilización del amor:
"No tengas miedo, ¿no estoy yo aquí que tengo el honor
y la dicha de ser tu Madre?"
Así, con un espíritu de verdadero agradecimiento como el de
aquel samaritano te quiero decir a ti, Madre mía, Madre nuestra:
¡Gracias, mil gracias, por damos hoy aquí a Jesucristo, nuestro
Señor, quien nos sana y nos salva!