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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Jorge Palencia Ramírez de Arellano, Vice- Rector y Coordinador General de la Pastoral del Santuario, en el segundo día del Dozavario en preparación de la Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe.

LA FAMILIA, EDUCADORA DE LA VERDAD DEL HOMBRE: MATRIMONIO Y FAMILIA

2 de diciembre de 2008

Hermanos, hermanas que profundidad hay en las palabras de nuestro Señor Jesucristo, en el Evangelio que hemos escuchado hoy. Cuando Él asegura a sus apóstoles, a sus discípulos: que dichosos son ustedes que pueden oír y ver lo que está pasando.

Y esto mismo, hermanos, nos lo podemos decir nosotros: que dichosos somos. Que dichosos somos de ver, de contemplar a Jesús. Quizás no lo podemos ver como sus apóstoles, María Magdalena, como Zaqueo, Pilato, pero a través de los signos sacramentales; a través de su Palabra; a través de la realidad profunda de la Iglesia en sus múltiples formas nosotros vemos y oímos a Jesús.

Y de esto, hermanos, al escuchar el santo Evangelio del día de hoy debemos ser muy concientes de ese gran tesoro que tenemos, que quizás a veces no lo podemos valorar o estamos tan acostumbrados que la rutina, que las realidades de preocupaciones de este mundo no nos permiten sentir esa alegría. Jesús lo dice, claramente, en este grito de alegría a su Padre: Padre mío gracias, porque esto lo has revelado a la gente sencilla y eso está bien.

Quizás es lo que nos falta muchas veces a nosotros; la sencillez. Somos a veces tan complicados o tan apáticos o a veces simple y sencillamente nos quedamos dormidos ante la presencia de Jesús, que viene Él a renovarnos y a decirnos aquí estoy date cuenta. Un reflejo de este Evangelio, hermanos, lo encontramos en la persona de nuestro hermano san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, él, como muchas veces le decimos, indito: sencillo, humilde, pero no por lo externo, sino por la virtud profunda de la sencillez y de la humildad que vivía. Él fue capaz de vivir en profundidad esta página del Evangelio al grado que una mañana le dijo a nuestra Señora: yo no Señora, manda a alguien más, yo no puedo con tu encargo. Parece que el señor obispo no me está haciendo caso. Señora, Niña tú, conoces a alguien más importante, yo soy: escalerilla, cola, hojita que se lleva el viento. Y aquí en estas palabras san Juan Diego nos está expresando la profundidad de su ser de esa sencillez, de esa transparencia, en esta virtud tan difícil de vivir. Y de ello recibe la confirmación de nuestra Madre y Señora: tú eres mi embajador, a ti te lo encomiendo, sigue con tu misión. Y ahí, hermanos, vemos como nuestro hermano san Juan Diego es un modelo para seguir, no importa cuantos estudios tengamos, o donde vivimos, sino lo importante es ¿cómo vivimos en profundidad la sencillez de vida? y así, y sólo así comprenderemos la profundidad misma de quien es Dios, el Dios cercano, el Dios que viene, que es quien nos trajo Santa María de Guadalupe: soy la Madre del arraigadísimo Dios por quien se vive, del junto, del cercano.

Así, hermanos, es como nosotros en este tiempo del Adviento, y en este Adviento tan especial guadalupano, nos preparamos a recibirlo a Él, en la Navidad ya próxima, nos preparamos a recibirlo a Él en la solemnidad del próximo 12 de diciembre, por            que es María quien nos trae a Jesús y sólo con sencillez podremos entender esto. Esta sencillez de nuestro hermano san Juan Diego, después de las Apariciones, él la transformó en ser difusor, transmisor de estas realidades que Él vivía en la profundidad de su ser.

Durante 17 años que vivió junto a la ermita, que construyó Zumárraga, él se esforzó por transmitir las bondades del arraigadísimo Dios, el mensaje de nuestra Niña y Señora, de dar con su vida el ejemplo más claro. Y ahí, hermanos, empezó a sembrar en el seno, en el núcleo de tantas familias lo que hasta ahora tenemos, y eso es algo que en nuestros días nos falta mucho. Pensar a la manera de Juan Diego de que muchos conozcan estas verdades, de que muchos se acerquen a Dios encarnado, cercano, próximo a nosotros, de que muchos reconozcan la ternura y el amor de Dios en la persona de nuestra Madre Santísima de Guadalupe y esta es nuestra misión, hermanos.

Estamos en vísperas de celebrar el mes próximo el VI Encuentro Mundial de las Familias, aquí en la Basílica con motivo de este Dozavario, doce días previos al solemne día doce. Nos hemos dado a la tarea de cada día ir profundizando un tema de lo que se tratará en el VI encuentro, donde vendrán familias de todo el mundo a repetirse ese portento, ese milagro, que nuestra Señora desde su aparición logró: vengan, los quiero ver, los quiero oír, les quiero mostrar a Jesús.  Y precisamente en este encuentro de familias, uno de los temas más importantes que se van a tratar es: como la familia es responsable de mostrar a sus miembros, a sus hijos, a los primos, a los tíos, a los compadres, la verdad sobre el ser humano, sobre el hombre. En la actualidad en nuestra cultura hay modos de ver a la persona, al ser humano, que no son modos cristianos. Que no son modos a la manera de Jesús, en la actualidad pareciera que al ser humano se le ve, como algo que se usa y cuando ya no sirve se le tira o se le ve nada más con el afán de dinero y nos encontramos en culturas económicas, y lo estamos sufriendo en nuestros días, que hacen bambolear a las familias, entrar en crisis, quedar sin trabajos. Y algo muy importante que el cristiano tiene que reconocer ¿quién es el ser humano? imagen y semejanza de Dios. Redimidos y salvados por Jesús, somos templo del Espíritu Santo. Todo eso somos y quien tenemos delante que es nuestro prójimo ¿lo enseñamos así en nuestras familias? Si lo enseñáramos, hermanos, habría menos guerras, menos situaciones difíciles, menos divorcios, menos odios, porque quien tenemos delante es reflejo de Dios, su imagen y semejanza.

Hermanos, hermanas, que estas realidades tan sencillas, como dice Jesús, las sepamos comprender, si las encontramos difíciles dejemos que sea nuestra Niña y Señora, la Virgen de Guadalupe quien nos las enseñe, nos las haga entender.

Que así sea.

 
 
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