Con el favor de Dios vamos avanzando en este Dozavario de preparación
a esa gran fiesta, que todos nosotros con entusiasmo, con alegría
esperamos, estamos en el sexto día de este Dozavario y lo hacemos
en este ambiente de diversas actividades, que es señor rector
de la Basílica junto con el Cabildo, los demás sacerdotes, que
forman este equipo de servicio en la arquidiócesis van programando,
van animando. Seguramente, para que efectivamente esta casa se
convierta, vaya siendo cada vez más, un lugar de irradiación para
la pastoral, para la vida cristiana de nuestras comunidades, parroquias,
otras diócesis, porque esto tiene una dimensión nacional y seguramente
principalmente para nuestra arquidiócesis.
Y esta iniciativa ha sido atinadamente pensada con estos dos
enfoques: uno que algunas instancias de nuestra arquidiócesis
nos hagamos presentes precisamente para vibrar juntos con esta
alegría de la fiesta de Guadalupe. Han pasado aquí, vamos pasando
algunos que representamos las vicarías territoriales, en este
caso, aquí, yo hago presente a la Vicaría de Pastoral, que es
también un organismo de servicio a nuestra arquidiócesis. Y así
de forma visible, de forma palpable ojala también ustedes, hermanos,
así lo sientan, los hacemos presentes y queremos llevar todo este
entusiasmo, todo este impulso. Y el otro aspecto de esta iniciativa,
igualmente muy atinado y hasta cierto punto muy requerido por
las necesidades, es tener muy presente en esta reflexión y sobretodo
en nuestra oración este próximo VI Encuentro Mundial de las
Familias, que se tendrá aquí en nuestra ciudad y que aquí
en esta casa tendrá, también, importantes celebraciones. Esto
especialmente nos ayuda, como decía desde el principio a que esta
realidad tan importante de la vida humana, de la vida cristiana,
de la vida católica, de la vida de fe que es la familia sea muy
tomada en cuanta, siempre. Especialmente en estos días y que así
nos preparemos a ese Encuentro Mundial de las Familias.
Y con palabras muy breves, porque así lo piden las circunstancias,
hoy tocaría por una parte reflexionar en un aspecto esa vocación
que tiene: La familia ser la formadora de la conciencia.
Y decía, vamos a reflexionar, diré unas cuantas palabras, pero
sobretodo insisto que nuestra oración vaya encaminada eso. Que
nuestras familias, que las familias de ustedes, padres de familia
son las mayores, hijos mayores de ellas tomemos conciencia de
esta necesidad para nosotros, especialmente, los cristianos, los
católicos, pero todos de que se forme una recta conciencia de
todos nosotros. Que en el seno de las familias allá ese ambiente
por el cual digamos todos nosotros; vamos madurando; vamos creciendo
en muchos aspectos, pero también en nuestra formación. Y esta
breve reflexión la hacemos, como, pues, debemos hacerlo normalmente
siguiendo las enseñanzas de la Palabra de Dios, siguiendo el ejemplo
de Jesús. Y por eso así como nos relata el Evangelio de hoy de
san Mateo, que nos dice: que Jesús veía aquellas multitudes, que
los seguían y se compadecía de ellas porque estaban extenuadas
y desamparadas, como ovejas sin pastor.
Que nosotros hoy también, hermanos, veamos con esa mirada de
Jesús tantas limitaciones, tantas carencias, tantos problemas,
tantos obstáculos, que precisamente dificultan, que son como un
peso para que nuestras familias puedan ser esto: las formadoras
de una conciencia recta, de una conciencia, valga la redundancia,
bien formada, porque con Jesús vemos estos problemas. Cómo se
maneja, cómo se ve, por ejemplo; la dignidad humana, tan vilipendia,
tan menos preciada, tan poco tenia en cuenta en nuestra sociedad,
en nuestro mundo. Pero desgraciadamente, posiblemente en nuestras
familias en donde no hay ese respeto, ni siquiera de personas.
Es necesario valorarla; es necesario darnos cuenta que cada persona
es un tesoro; que cada persona es una imagen de Dios; que cada
persona desde el seno de la Madre tiene ya esos derechos, tiene
ya esas promesas de salvación de parte del Señor y por eso tiene
que ser algo muy valorado. Y en este mismo sentido ¿cuántas dificultades
para el respeto a la vida? igualmente esa vida que tiene muy distintas
manifestaciones. Esa vida que va creciendo en el niño, que va
avanzando en edad, pero que también debe de ir creciendo en otros
aspectos para que se pueda decir que ahí hay una vida humana.
Tantos aspectos igualmente en el ambiente en el que nos encontramos,
en el que vivimos por el cual la vida ya no es tomada en cuenta.
La vida no es valorada, también, ¿cuánto riesgo corre la vida
en los últimos años de la existencia? y se empieza hablar de eutanasia
el fin de esa vida de forma artificial, de forma arbitraria, de
forma inhumana. Son nuestras familias las que tienen que formarse
para que allá criterios humanos y cristianos. Y podemos hablar
en el aspecto de lo material, de lo económico ¿cuántas injusticias?
¿cuántos engaños? ¿cuántos abusos? ¿cuántos fraudes? de los cuales
quizás nuestras familias a veces se convierten no en formadoras,
sino en grupos de personas que solapan, en grupos de personas
que promueven todas estas actitudes.
Pues, hermanos, estos y otros muchos problemas, como decía:
con la mirada de Jesús los contemplamos, los vemos, pero también
descubrimos otras muchas potencialidades. La fe de la cual todos
nosotros, que estamos aquí por gracia de Dios somos signos, que
nosotros hacemos presentes. Esa fe que se expresa de muy diversas
formas, no las ideales, pero si verdaderas. Esa fe que se expresa
en estas muchas peregrinaciones que llegan a este lugar; en esas
muchas devociones que tenemos nosotros precisamente en el seno
de las familias. Es la fe que bulle ahí. Es la fe que tiene ahí
una semilla muy fuerte, que debemos hacer crecer. Ese deseo de
seguir perteneciendo a la Iglesia, que tienen muchas de nuestras
familias y quizá de la Iglesia institución a veces no alcanza
a responder, nosotros los pastores no alcanzamos a entender a
ver esa aspiración de ser Iglesia y de manifestar ese deseo de
muy diversas formas a veces muy sencillas. Igualmente son solamente
los signos, son solamente alusión a unas de esas ricas realidades,
que junto con esos problemas, algunos de los cuales acabo de mencionar
tienen nuestras familias, tenemos nosotros como sociedad y como
Iglesia. Por eso seguimos escuchando este pasaje del Evangelio,
que se ha proclamado Jesús decía a sus discípulos: “los discípulos
somos nosotros, los bautizados, los miembros de la Iglesia”. Por
eso nos dice hoy a nosotros los aquí presentes, a todos, decía:
“la cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen por
lo tanto al dueño de la míes que envíe trabajadores a sus campos”.
Es oración por lo tanto es para nosotros mismos, para que
nos sintamos enviados a estos campos, para que nos sintamos enviados
a trabajar con nuestros hermanos e ir superando estas dificultades,
ir superando estos problemas apoyados, repito en tantas riquezas
humanas y cristianas, que el Señor nos ha concedido.
Precisamente, en estos años y particularmente en estos días
muchos de nosotros, sobretodo de los sacerdotes, y algunos de
ustedes seguramente, en una actividad arquidiocesana, la asamblea
anual y pensábamos en esto ¿cómo tenemos que formarnos para que
todo bautizado nos convirtamos en verdaderos discípulos? Y por
lo tanto enviado de Jesús, por lo tanto misioneros. Misioneros
que llevan este mensaje, misioneros que trabajan por este reino,
que es el reino de Jesús para que juntos construyamos aquello
que el Señor nos pide.
Por eso, hermanos, concluyo esta reflexión haciendo también
una alusión a la primera lectura en donde se nos habla de aquel
oráculo, de aquel anuncio en el cual el profeta Isaías predecía
el cumplimiento de aquellas promesas del Señor. El cumplimiento
escatológico, que como lo reflexionamos en este Tiempo de Adviento
inició con la venida de Jesús en su etapa de plenitud, pero que
debe irse consumando, debe irse perfeccionado a través precisamente
del trabajo, de la actitud, del servicio, de la oración de todos
nosotros.
En este oráculo, una de sus frases del profeta Isaías nos dice:
“con tus oídos oirás detrás de ti una voz que te dirá: este
es el camino síguelo sin desviarte, ni a la derecha, ni a la izquierda”.
Se nos dice que esta haciendo alusión a la actividad del pastor,
que va detrás, que desde detrás va dando su Palabra. Su Palabra
de aliento, su Palabra de orientación y nosotros con nuestra doctrina
católica podemos decir: es ese Jesús Buen Pastor que por la acción
de su espíritu nos va guiando. De tal manera, hermanos, que no
estamos solos en esta lucha que debemos emprender en el seno de
las familias, en este cometido que debemos cumplir para que las
familias sean formadoras de una recta conciencia. Una recta conciencia,
que por lo tanto para nosotros discípulos de Jesús no puede limitarse
a no hacer lo malo, sino tiene que también llegar a aquel momento
en el cual porque tenemos una conciencia de discípulos. Aceptamos
esa vocación que el Señor nos da de seguirlo. Esa vocación que
el Señor nos da de ser constructores de su reino, de seguir precisamente
la vocación que el Señor a cada uno a dado y la familia cristiana
tiene su propia vocación. Dentro de ella los padres de familia,
los hermanos mayores, los adultos mayores y los niños en la medida
que van despertando a la vida que vayan aceptando esa vocación.
Así como tenemos esa fuerza, esa luz del Espíritu desde luego
tenemos esa mirada, eso brazos, ese manto de María que nos cubre
para cumplir, para esforzarnos para que sea realidad el que nuestras
familias sean cristianas, el que nuestras familias iluminen, el
que nuestras familias nos impulsen a todos nosotros a seguir al
Señor.