Hermanas y hermanos,
todos, amados por la ternura de María. Se nos decía al inicio
de nuestra celebración, que nos encontramos en esa preparación
a la gran celebración del día 12, tan querida, tan apreciada,
tan importante para nosotros. Yo quisiera que tomáramos todos
nosotros conciencia del significado que esto tiene, no solamente
es seguir una tradición popular, que nos lleva a que nuestras
fiestas no solamente duran un día, sino varios días, así lo
hacemos en muchos lugares de donde provenimos. Es más que
nada, y ese es el sentido creo yo que le debemos dar, es que
nos preparamos sí, pero que todo esto ya desde ahora nos va
poniendo en una sintonía. En un espíritu de comunidad con
tantos y tantos hermanos nuestros, que especialmente en nuestra
patria se preparan como nosotros, tienen el anhelo de acercarse
a María de Guadalupe. Y esto lo hacemos nosotros aquí con
estos signos, con estos medios, un Dozavario. Que por otra
parte, como también se nos decía; por iniciativa del señor
rector del Cabildo de Guadalupe se va pidiendo, que hagamos
presencia aquí, algunas personas que representamos algunas
entidades de nuestra arquidiócesis, sean algunas vicarías
territoriales, sean algunas funcionales, como es mi caso la
vicaría de pastoral.
Pero esto desde
luego espero que para ninguno de nosotros sea una formalidad,
sino un significado, que por medio de esto vivamos la realidad
de esta comunidad de la Basílica, comunidad de muchas personas,
que pasan solamente aquí, pero se unen íntimamente a nuestras
celebraciones, comunidad de varios agentes de pastoral que
trabajan aquí de forma ordinaria y comunidad sobretodo del
grupo de sacerdotes tan numeroso como lo vemos aquí. Prácticamente
todos los que ustedes ven aquí, estos sacerdotes, trabajan
de forma cotidiana al servicio de todos los peregrinos que
visitan este lugar. Somos una arquidiócesis, somos una comunidad
bajo nuestro pastor el señor Cardenal con distintos ministerios,
con distintos servicios y esta comunidad de la Basílica presta
este servicio de animación, de ayuda, muchas veces de consejo
a todas las personas que como nosotros venimos frecuentemente
o algunas veces a este lugar.
Además, igualmente
se nos ha dicho, esto lo enmarcamos en el Año Sacerdotal.
Estos meses que por invitación del Santo Padre en la Iglesia
todos queremos tomar mayor conciencia de lo que significa
el sacerdocio para nuestra Iglesia. Que todos nosotros sigamos
pesando, sigamos reflexionando el significado de este servicio,
de este ministerio, que todos nosotros nos sintamos corresponsables
del ejercicio de este ministerio sacerdotal en la Iglesia.
Y desde luego nosotros especialmente aquí en nuestra iglesia
diocesana.
Y quisiera, igualmente,
hacer un pequeño comentario respecto de los sacerdotes, que
trabajan aquí en este lugar. Primero hacia ustedes fieles,
que cuando vengan a este lugar y también cuando participen
en alguna celebración presidida por el sacerdote o quizá por
varios sacerdotes, cuando se trata de una concelebración,
como es el caso, no solamente vean a los sacerdotes, no solamente
oigan a los sacerdotes, sino se sientan unidos a los sacerdotes,
al sacerdote, porque somos un solo cuerpo, que es la Iglesia.
Porque ellos tienen un ministerio muy especial, muy particular,
porque nosotros los sacerdotes tenemos un compromiso, una
misión, que cumplir y solos no podemos. Si les pido que tengan
en cuenta nuestra presencia, nuestro ministerio, concretamente
las celebraciones desde luego en primer lugar será para pedir
por nosotros y ustedes nos tengan en cuenta en su oración,
y en concreto hoy les pido que tengamos en cuenta a este grupo
de sacerdotes, que prestan su servicio aquí cotidianamente.
En nuestra oración de hoy pidamos al Señor que los fortalezca;
pidamos al Señor que les dé su gracia para que sean siempre
fieles, comprometidos en el servicio que tienen encomendado.
Pero, también, además de hacer oración por los sacerdotes,
que pensemos ¿cómo, todos los fieles? ¿cómo toda la comunidad
debe ayudar para que el sacerdote ejerza su ministerio? En
la familia unos a otros nos ayudamos, así también en la Iglesia
somos una familia.
En la secuencia
de las celebraciones, que vamos teniendo aquí en estos días,
se nos van sugiriendo algunos aspectos y hoy se sugería que
en esta celebración tuviéramos en cuenta el ministerio del
sacerdote, como aquel que hace presente, como aquel que prolonga
en cierta forma la ternura de María. No quiero alargarme en
esta reflexión, pero sí podemos decir alguna idea y desde
luego muy inspirados en la Palabra de Dios, en el Evangelio
que hoy para esto nos ayuda mucho. Se nos dibuja aquí, precisamente,
el ministerio de Cristo como Pastor. Él que nos dice aquí
recorría todas las ciudades y los pueblos enseñando en las
sinagogas. Él que predicaba el Evangelio del reino curaba
toda enfermedad y dolencia. Cuánto sentimiento de unidad,
de fraternidad, de solidaridad, decimos hoy, o como a veces
dice el Evangelio: de compasión, debe tener el sacerdote,
para vivir con la comunidad de esta forma.
Preocupados por
la necesidad de evangelización que vive nuestro mundo, que
vive nuestra ciudad. Preocupados concretamente por dolencias,
por sufrimientos, que padecen muchos hermanos nuestros, todos,
de distintas formas y en eso tenemos que hacernos solidarios
todos nosotros. En eso tenemos que saber unirnos al hermano
y ustedes comprenden que en nuestra divinidad humana no siempre
nos resulta fácil. No siempre podemos hacerlo, como Cristo
nos enseña. Tendríamos que tener, precisamente esta actitud
de ternura, es decir: de un amor que se hace cercano, de un
amor que también es sensible para todo aquello que se nos
va presentando. Decíamos aquí en el Evangelio: Jesús al
ver las multitudes se compadece de ellas, porque estaban extenuadas
y desamparadas, como ovejas sin pastor. Ese cansancio
que no solamente era físico de caminar con el posiblemente.
Ese cansancio que hoy vivimos, que hoy vive en nuestro mundo,
que podemos llamar el cansancio de la vida, que va haciendo
que muchas veces se le pierda, precisamente, el sentido a
nuestra vida misma. Y ahí la acción de la Iglesia, de todos
nosotros, animada por el sacerdote, como pastor, como testigo
de esta compasión de Cristo debe estar cercana a todos nuestros
hermanos, debe estar cercana a quienes especialmente decíamos
sufren estas condiciones. Jesús, dijo a sus discípulos, nos
relata san Mateo en este pasaje: la cosecha es mucha y
los trabajadores pocos, rueguen por tanto al Dueño de la Míes,
que envié trabajadores a sus campos.
Hermanos, los exhorto
a que esta exhortación, que nos hace Jesús hoy en su Evangelio
sea realmente una preocupación prioritaria de todos nosotros.
Pedir, luchar, trabajar de distintas formas, para que haya
cada vez más operarios en esta Míes, en la Iglesia. En la
acción de la Iglesia que se prolonga a distintos campos de
nuestra ciudad. Que nosotros mismos seamos conscientemente
operarios de esta Míes, es decir: apóstoles, agentes de pastoral,
que no solamente participamos en las celebraciones, que no
solamente nos acercamos a la Iglesia a pedir algún servicio,
sino que queremos comprometernos en esta que es la obra de
Jesús, la obra de la predicación y la construcción de su reino,
que es como decimos la evangelización.
Que todos nosotros,
pues, hermanos, hoy que venimos aquí a este templo nos hagamos
de esta forma, no sólo con nuestros sentimientos, sino con
la transformación de nuestra vida, con un compromiso más renovado,
con un testimonio nos hagamos portadores de esa ternura de
María. Que pidamos y ayudemos para que los sacerdotes puedan
actuar cada vez más en este sentido; cada vez más con este
espíritu de unidad, de fraternidad, unidos en torno a la maternidad
de María.
Que el Señor, pues,
bendiga la obra evangelizadora en la cual trabajamos todos
nosotros. Que el Señor bendiga las distintas comunidades de
las que procedemos y que bendiga nuestra presencia aquí al
estar celebrando este santo sacrificio de Cristo, ese gran
Sacerdote, que se ofrece por nosotros.