7 de febrero de 2009
Queridísimos hermanos, una vez más quisiera darles las bienvenida
a nuestros hermanos peregrinos de los cinco Centros de Readaptación
Social del Estado de Querétaro, que por segundo año vienen a esta
casita del Tepeyac bajo la guía y amparo, mirada maternal de la Virgen
de Guadalupe. Ella les llene de aliento y fortaleza para realizar
tan loable encomienda en bien de nuestros hermanos cautivos.
Siempre que nosotros venimos a la Basílica se realizan tres
momentos importantísimos, y también en este día de hoy. El primer
momento es: mi encuentro con mi Madre. El segundo momento importante
es: mi encuentro con Jesús. Precisamente el encuentro con nuestra
Madre nos prepara para el gran encuentro con Jesús. Y estos dos grandes
momentos nos llevan a un tercer encuentro y es: el encuentro
de cada uno de nosotros con nosotros mismos. Sí, queridísimos
hermanos, nuestra primera mirada en este día de hoy, en esta Santa
Misa es hacia nuestra Madre, porque en este primer encuentro le hablamos
y nos habla. Ella nos da la posibilidad de poder, también, encontrarnos
con Jesús.
Por eso que en este primer encuentro le damos gracias a nuestra
Madre por todos los beneficios que a lo largo de nuestra vida o a
lo largo de estos dos años de peregrinación nos ha ido concediendo.
No solamente a nosotros, sino, también a nuestros familiares, a nuestros
amigos, en nuestro trabajo y al mismo tiempo le pedimos a nuestra
Madre, pues, que Ella nos dé el ánimo, la fortaleza, nos dé la fe
y la esperanza para poder continuar haciendo el bien. Además de hablarle
nosotros a nuestra Madre, también, Ella nos habla y por eso tenemos
que tener en esta mañana nuestro corazón bien abierto, especialmente
ahora porque Ella nos va a decir a cada uno de nosotros aquellas cinco
palabras que le dijo a san Juan Diego y que son el resumen de todo
el acontecimiento guadalupano. El resumen de la presencia de nuestra
Madre aquí en su casita y es así con palabras la tenemos que guardar
en este día de hoy en nuestro corazón: hijo mío estoy aquí para
escucharte, estoy aquí para consolarte, estoy aquí para concederte
lo que me pidas con fe, estoy aquí para quitarte el miedo, debes caminar
adelante en la vida a pesar de tus caídas, a pesar de tus pecados.
Y la última palabra que nos dice hoy nuestra Madre, es la más
preciosa, la que todos sabemos y la que todos intentamos vivir cada
momento del día: ¿acaso no soy yo tu Madre?
Sí, queridísimos hermanos, en esta Santa Misa estas palabras
que son tan sagradas para la Virgen de Guadalupe, también, nos entusiasman,
nos animan y nos alientan para que podamos continuar haciendo el bien.
Yo quisiera, queridísimos hermanos y queridísimos, sobretodo, peregrinos,
en esta Santa Misa ver retratado en la presencia de Jesús, en este
pequeño Evangelio que hemos escuchado, el motivo de nuestra vida cristiana:
nuestra misión en el mundo, la razón de ser de esa pastoral socio-caritativa
que ustedes han elegido en su vida: hacer el bien a los cautivos.
Y nos presenta en el Evangelio de hoy las características de
Jesús: ¿cómo se comporta Él en su vida? Y nos dice el Evangelio
que como siempre con gran frecuencia buscan a Jesús una multitud de
gente, nos dice el Evangelio, una multitud desanimada, una multitud
desalentada, sin esperanza, sin ayuda, sin protección. Gente cargada
de pobreza y de sufrimiento. Gente que no cuenta para nadie, dirá
el mismo Jesús: “son como ovejas sin pastor”. ¿Y qué hace Jesús?
les tiende la mano, les dice una palabra de esperanza, de aliento,
de ánimo, en una palabra Jesús les muestra la misericordia, la compasión
de Dios hacia ellos y los rescata y les da ánimo para poder continuar
haciendo el bien en la vida. Les dice, estoy seguro una palabra que
todos nosotros nos gusta que nos la digan, sobretodo en los momentos
más difíciles de nuestra vida: Dios te ama, no estás solo.
Queridísimos hermanos, nosotros pudiéramos muy bien mezclarnos
en esta multitud de gente que no cree ya en nada, que está desalentada,
que ya no sabe que hacer, también, nosotros necesitamos la mano de
Jesús para que nos levante, para que nos dé fuerzas, para que podamos
mirar al cielo, para que podamos comenzar a abrir nuestra manos a
aquellos que más lo necesitan. Y continúa Jesús diciendo: que Él se
compadece de la pobre gente, de la gente necesitada.
¿Qué significa la palabra compasión? Compadecerse es sufrir
juntos, sentir el dolor del otro como propio. Jesús nos sabe presente
en su vida, lo que Dios tiene reservado para cada uno de nosotros
su perdón, su misericordia, por eso nos va a decir: que Él es el Buen
Pastor que da la vida por sus ovejas, que les da todo lo que es Él
y Jesús finalmente nos invita a entrar en comunión con Él. Así les
dice a los apóstoles a su regreso de su misión.
Y es que, queridísimos hermanos, nuestra vida cristiana es
un constante entrar en la presencia de Dios para hacernos presentes
a nuestros hermanos ¿cómo podemos asumir las cargas de la vida si
no tenemos contacto con el que es Señor de toda la vida? ¿cómo podremos
hacer la obra de Dios? A menos que sea con las fuerzas que Dios nos
da. ¿y cómo podremos recibir esas fuerzas si no buscamos la tranquilidad
en la presencia de Dios? Sí, queridísimos hermanos, esta es nuestra
tarea, esta es la misión de cada uno de nosotros: tender la mano a
quien lo necesita, aquel que está cautivo por sus pecados, aquel que
ya no sabe sonreír. Al igual que Jesús que ellos sientan nuestro cariño,
nuestra delicadeza, nuestro respeto para levantarlos de la vida en
que viven, que tengamos compasión con el otro, no desde fuera, sino
uniéndonos a sus penas y sufrimientos. Esto solamente lo podemos conseguir,
queridísimos hermanos, cuando somos capaces de ponernos de rodillas
delante de Dios, escuchar su Palabra a las enseñanzas que nos dice
el Evangelio, que les comenzaba a enseñar a hablar.
Es en la Palabra de Dios donde encontramos esa enseñanza de
Jesús, cuando más nos sintamos desvalidos, desanimados, vayamos, queridísimos
hermanos, en busca de Jesús Buen Pastor. Nuestra Madre la Virgen de
Guadalupe nos anime y aliente para continuar haciendo el bien a nuestros
hermanos, especialmente a los más necesitados.