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Homilía
pronunciada por Mons. Juan Aranguren Ucieda, Sacristán Mayor del Santuario, en ocasión de la Peregrinación de Centros de Readaptación Social del Estado de Querétaro, en la Basílica de Guadalupe.

7 de febrero de 2009


Queridísimos hermanos, una vez más quisiera darles las bienvenida a nuestros hermanos peregrinos de los cinco Centros de Readaptación Social del Estado de Querétaro, que por segundo año vienen a esta casita del Tepeyac bajo la guía y amparo, mirada maternal de la Virgen de Guadalupe. Ella les llene de aliento y fortaleza para realizar tan loable encomienda en bien de nuestros hermanos cautivos.

Siempre que nosotros venimos a la Basílica se realizan tres momentos importantísimos, y también en este día de hoy. El primer momento es: mi encuentro con mi Madre. El segundo momento importante es: mi encuentro con Jesús. Precisamente el encuentro con nuestra Madre nos prepara para el gran encuentro con Jesús. Y estos dos grandes momentos nos llevan a un tercer encuentro y es: el encuentro de cada uno de nosotros con nosotros mismos. Sí, queridísimos hermanos, nuestra primera mirada en este día de hoy, en esta Santa Misa es hacia nuestra Madre, porque en este primer encuentro le hablamos y nos habla. Ella nos da la posibilidad de poder, también, encontrarnos con Jesús.

Por eso que en este primer encuentro le damos gracias a nuestra Madre por todos los beneficios que a lo largo de nuestra vida o a lo largo de estos dos años de peregrinación nos ha ido concediendo. No solamente a nosotros, sino, también a nuestros familiares, a nuestros amigos, en nuestro trabajo y al mismo tiempo le pedimos a nuestra Madre, pues, que Ella nos dé el ánimo, la fortaleza, nos dé la fe y la esperanza para poder continuar haciendo el bien. Además de hablarle nosotros a nuestra Madre, también, Ella nos habla y por eso tenemos que tener en esta mañana nuestro corazón bien abierto, especialmente ahora porque Ella nos va a decir a cada uno de nosotros aquellas cinco palabras que le dijo a san Juan Diego y que son el resumen de todo el acontecimiento guadalupano. El resumen de la presencia de nuestra Madre aquí en su casita y es así con palabras la tenemos que guardar en este día de hoy en nuestro corazón: hijo mío estoy aquí para escucharte, estoy aquí para consolarte, estoy aquí para concederte lo que me pidas con fe, estoy aquí para quitarte el miedo, debes caminar adelante en la vida a pesar de tus caídas, a pesar de tus pecados. Y la última palabra que nos dice hoy nuestra Madre, es la más preciosa, la que todos sabemos y la que todos intentamos vivir cada momento del día: ¿acaso no soy yo tu Madre?

Sí, queridísimos hermanos, en esta Santa Misa estas palabras que son tan sagradas para la Virgen de Guadalupe, también, nos entusiasman, nos animan y nos alientan para que podamos continuar haciendo el bien. Yo quisiera, queridísimos hermanos y queridísimos, sobretodo, peregrinos, en esta Santa Misa ver retratado en la presencia de Jesús, en este pequeño Evangelio que hemos escuchado, el motivo de nuestra vida cristiana: nuestra misión en el mundo, la razón de ser de esa pastoral socio-caritativa que ustedes han elegido en su vida: hacer el bien a los cautivos.

Y nos presenta en el Evangelio de hoy las características de Jesús: ¿cómo se comporta Él en su vida? Y nos dice el Evangelio que como siempre con gran frecuencia buscan a Jesús una multitud de gente, nos dice el Evangelio, una multitud desanimada, una multitud desalentada, sin esperanza, sin ayuda, sin protección. Gente cargada de pobreza y de sufrimiento. Gente que no cuenta para nadie, dirá el mismo Jesús: “son como ovejas sin pastor”. ¿Y qué hace Jesús? les tiende la mano, les dice una palabra de esperanza, de aliento, de ánimo, en una palabra Jesús les muestra la misericordia, la compasión de Dios hacia ellos y los rescata y les da ánimo para poder continuar haciendo el bien en la vida. Les dice, estoy seguro una palabra que todos nosotros nos gusta que nos la digan, sobretodo en los momentos más difíciles de nuestra vida: Dios te ama, no estás solo.

Queridísimos hermanos, nosotros pudiéramos muy bien mezclarnos en esta multitud de gente que no cree ya en nada, que está desalentada, que ya no sabe que hacer, también, nosotros necesitamos la mano de Jesús para que nos levante, para que nos dé fuerzas, para que podamos mirar al cielo, para que podamos comenzar a abrir nuestra manos a aquellos que más lo necesitan. Y continúa Jesús diciendo: que Él se compadece de la pobre gente, de la gente necesitada.

¿Qué significa la palabra compasión? Compadecerse es sufrir juntos, sentir el dolor del otro como propio. Jesús nos sabe presente en su vida, lo que Dios tiene reservado para cada uno de nosotros su perdón, su misericordia, por eso nos va a decir: que Él es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, que les da todo lo que es Él y Jesús finalmente nos invita a entrar en comunión con Él. Así les dice a los apóstoles a su regreso de su misión.

Y es que, queridísimos hermanos, nuestra vida cristiana es un constante entrar en la presencia de Dios para hacernos presentes a nuestros hermanos ¿cómo podemos asumir las cargas de la vida si no tenemos contacto con el que es Señor de toda la vida? ¿cómo podremos hacer la obra de Dios? A menos que sea con las fuerzas que Dios nos da. ¿y cómo podremos recibir esas fuerzas si no buscamos la tranquilidad en la presencia de Dios? Sí, queridísimos hermanos, esta es nuestra tarea, esta es la misión de cada uno de nosotros: tender la mano a quien lo necesita, aquel que está cautivo por sus pecados, aquel que ya no sabe sonreír. Al igual que Jesús que ellos sientan nuestro cariño, nuestra delicadeza, nuestro respeto para levantarlos de la vida en que viven, que tengamos compasión con el otro, no desde fuera, sino uniéndonos a sus penas y sufrimientos. Esto solamente lo podemos conseguir, queridísimos hermanos, cuando somos capaces de ponernos de rodillas delante de Dios, escuchar su Palabra a las enseñanzas que nos dice el Evangelio, que les comenzaba a enseñar a hablar.

Es en la Palabra de Dios donde encontramos esa enseñanza de Jesús, cuando más nos sintamos desvalidos, desanimados, vayamos, queridísimos hermanos, en busca de Jesús Buen Pastor. Nuestra Madre la Virgen de Guadalupe nos anime y aliente para continuar haciendo el bien a nuestros hermanos, especialmente a los más necesitados.

 
 
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