InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Breves > Homilía
   
 

Homilía
pronunciada por Mons. Christophe Pierre, Nuncio Apostólico en México, en ocasión de la Festividad de Santa María, Madre de Dios, 42° Jornada Mundial de la paz, en la Basílica de Guadalupe.

1 de enero de 2009

Queridos hermanos y hermanas, en la liturgia de hoy nuestra mirada se dirige nuevamente al gran misterio de la encarnación del Hijo de Dios, contemplando, en particular, la maternidad de la Virgen María.

Es bueno dar los primeros pasos de este año por la puerta, que es María, para dejarnos cobijar por el pliegue de su manto y abrazar en el nido de sus manos juntas; para aprender a contemplar desde el corazón mismo de nuestra Señora el tiempo y el proyecto de nuestra vida llamada a la santidad y a la salvación.

En el pasaje de san Pablo que hemos escuchado (ef. Gálatas 4, 4), de manera muy discreta el apóstol hace referencia a la mujer por la que el Hijo de Dios entra en el mundo, entra en nuestra propia existencia. María de Nazaret, la Madre de Dios, como se llama la Theotokos: Madre de Dios. Madre, y también fiel Discípula y Maestra del Señor que permanentemente nos llama e invita a hacer lo que su Hijo nos pide, a aprender de Ella y a acoger en la fe y en la oración la salvación que Dios quiere ofrecer a quienes confían en su amor misericordioso.

Salvación que siempre, no es obra nuestra, es  obra de Dios, don de Dios y que hoy, en la primera lectura, ante todo se nos presenta como bendición, que de hecho todos nosotros hemos venido aquí en este primer día del año para buscar esta bendición y salvación: “Te bendiga y te guarde… te muestre su rostro y te conceda la paz” (Números 6, 24.26). Un texto profundo, salpicado por el nombre del Señor que es repetido al inicio de cada uno de los versículos; texto que no es una simple exposición de principios, sino que tiende, como siempre en la escritura, a realizar, hacer realidad de lo que afirma. Al hacemos escuchar esta antigua bendición al inicio del nuevo año, la liturgia quiere alentamos a invocar la bendición del Señor sobre nuestro nuevo tiempo, para que sea verdaderamente un año de prosperidad y de paz.

Paz y prosperidad a la que todos estamos llamados a participar, pero también, en las que todos debemos comprometemos para hacerla realidad a través de nuestra acción decidida, consciente y generosa. En este contexto, hermanos, que el Papa Benedicto XVI ha querido dirigir: “al comienzo de un año nuevo una calurosa invitación a cada discípulo de Cristo, así como a toda persona de buena voluntad, para que ensanche su corazón hacia las necesidades de los pobres, haciendo cuanto le sea concretamente posible para salir a su encuentro. Pues, en efecto, sigue siendo incontestablemente verdadero el axioma según el cual 'combatir la pobreza es construir la paz”.

"Combatir la pobreza, construir la paz", es precisamente el tema elegido por el Santo Padre en su mensaje de esta Jornada Mundial de la Paz que hoy se celebra en todo el mundo y en el que, retomando y desarrollando el que Juan Pablo II dirigió con motivo de la Jornada Mundial de la Paz de 1993, muestra cómo la lucha contra la pobreza, en sus implicaciones morales, entra en relación con los diversos aspectos de la promoción de la paz en nuestra época, caracterizada por el fenómeno de la globalización.

"Combatir la pobreza, construir la paz", y en consecuencia, la necesidad de que la familia humana dé una respuesta urgente a la grave cuestión de la pobreza como problema material, pero, ante todo, como problema moral y espiritual, apoyándose en "un "código ético común", cuyas normas no sean sólo el fruto de acuerdos, sino que estén arraigadas en la ley natural inscrita por el Creador en la conciencia de todo ser humano".

Nos dice el Papa: "La globalización ha de ser regida con prudente sabiduría. Por sí sola, es incapaz de construir la paz, más bien pone de manifiesto una necesidad: la de estar orientada hacia un objetivo de profunda solidaridad, que tienda al bien de todos y al bien de cada uno. En este sentido, hay que verla como una ocasión propicia para realizar algo importante en la lucha contra la pobreza y para poner a disposición de la justicia y la paz recursos hasta ahora impensables".

Cabe preguntarse: ¿por qué la Iglesia se ocupa de este tema y entra tan decididamente en él? ¿No es acaso un tema político, un tema social que pertenece al mundo secular, autónomo, llamado a orientarse por sí mismo y con la competencia propia de los estados? ¿No estamos acaso instalados en una sociedad laica, multicultural y plurirreligiosa? ¿No se tratará, pues, de una ingerencia eclesiástica en un campo que no sería el propio? Hoy la mayoría de las naciones se declaran democráticas, lo cual quiere decir que nos encontramos en sociedades ciertamente plurales, pero en las que las personas y las instituciones pueden con todo derecho pronunciarse en libertad sobre los temas que atañen a la misma sociedad.

Pero, por otra parte, no podemos olvidar que "la Iglesia se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia y que nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón" (GS 1) y que, en virtud precisamente de lo que es y de su misión en el mundo, está llamada y obligada a salir en defensa del hombre y de su dignidad, y aportar, recordar y reclamar aquello incondicional que precede a la misma Iglesia y a todo derecho estatal para el servicio del hombre y su dignidad, en lo que el mismo hombre y la sociedad se juegan su propio destino personal y comunitario.  "La Iglesia, - escribe el Santo Padre en su Mensaje de este año que propongo a todos ustedes lean con mucha atención - a la vez que sigue con atención los actuales fenómenos de la globalización y su incidencia en las pobrezas humanas, señala nuevos aspectos de la cuestión social, no sólo en extensión, sino también en profundidad, en cuanto conciernen a la identidad del hombre y su relación con Dios". "Combatir la pobreza, construir la paz". ¡La paz! Esta gran aspiración del corazón de todo hombre que día a día se construye con la aportación de todos.

Por ello, en el mensaje para el día de hoy, el Santo Padre invita a todos los individuos e instituciones de buena voluntad a asumir una nueva conciencia de su responsabilidad en la promoción de los valores de la justicia, de la solidaridad y de la paz, en este mundo cada vez más marcado por el amplio fenómeno de la globalización. Si la paz es la aspiración de toda persona de buena voluntad, para los discípulos de Cristo es un mandato permanente que compromete a todos; es una misión exigente que les lleva a anunciar y a testimoniar «el Evangelio de la Paz», proclamando que el reconocimiento de la verdad plena de Dios es condición previa a indispensable para la consolidación de la verdad de la paz.

La paz, lo sabemos todos, pero hay que repetirlo, no es la simple ausencia de guerra si nos el resultado del respeto por el orden querido por Dios para la humanidad. La paz es un don de Dios, que compromete la responsabilidad de los hombres para construirla. María, nos dice el Evangelio de hoy: “guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón”. (Lucas 2, 19).

El primer día del año lleva el signo de una mujer, María. San Lucas la describe como Virgen silenciosa, en constante escucha de la Palabra, que vive en la Palabra de Dios. María guarda en su corazón las palabras que proceden de Dios y, juntándolas en la meditación, aprende a comprenderlas. Es en su escuela, hermanos, que nosotros debemos aprender a estar atentos y a ser dóciles discípulos del Señor. Con su ayuda maternal, comprometámonos a trabajar con empeño por la paz, siguiendo a Cristo, príncipe de la Paz. Siguiendo el ejemplo de la Virgen María y empujados por ella dejémonos guiar siempre y sólo por Jesucristo. Y hagamos nuestro el propósito conclusivo del Papa Benedicto XVI, quien confirma convencido que: “fiel a la exhortación de su Señor, la comunidad cristiana no dejará de asegurar a toda la familia humana su apoyo a las iniciativas de una solidaridad creativa, no sólo para distribuir lo superfluo, sino cambiando sobre todo los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad”.

Que María Santísima de Guadalupe nos acompañe y acompañe con su intercesión a nuestro pueblo y a todas las naciones en el esfuerzo decidido por combatir la pobreza, ante todo aquella del alma, para construir positivamente la paz: la paz en el mundo, la paz en los pueblos, la paz en México, la paz en la tierra santa, la tierra de Jesús, la paz en el corazón de cada uno de los hijos de Dios.

Hermanos, que así sea.

A todos ¡Feliz Año Nuevo!

 
 
Imprimir PaginaAgregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosPágina anterior
 
© 2001-2007 Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.
Derechos Reservados