Queridos hermanos y hermanas, en la liturgia
de hoy nuestra mirada se dirige nuevamente al gran misterio de la
encarnación del Hijo de Dios, contemplando, en particular, la maternidad
de la Virgen María.
Es bueno dar los primeros pasos de este
año por la puerta, que es María, para dejarnos cobijar por el pliegue
de su manto y abrazar en el nido de sus manos juntas; para aprender
a contemplar desde el corazón mismo de nuestra Señora el tiempo y
el proyecto de nuestra vida llamada a la santidad y a la salvación.
En el pasaje de san Pablo que hemos escuchado
(ef. Gálatas 4, 4), de manera muy discreta el apóstol hace referencia
a la mujer por la que el Hijo de Dios entra en el mundo, entra en
nuestra propia existencia. María de Nazaret, la Madre de Dios, como
se llama la Theotokos: Madre de Dios. Madre,
y también fiel Discípula y Maestra del Señor que permanentemente nos
llama e invita a hacer lo que su Hijo nos pide, a aprender de Ella
y a acoger en la fe y en la oración la salvación que Dios quiere ofrecer
a quienes confían en su amor misericordioso.
Salvación que siempre, no es obra nuestra,
es obra de Dios, don de Dios y que hoy, en la primera lectura, ante
todo se nos presenta como bendición, que de hecho todos nosotros hemos
venido aquí en este primer día del año para buscar esta bendición
y salvación: “Te bendiga y te guarde… te muestre su rostro y te
conceda la paz” (Números 6, 24.26). Un texto profundo, salpicado
por el nombre del Señor que es repetido al inicio de cada uno de los
versículos; texto que no es una simple exposición de principios, sino
que tiende, como siempre en la escritura, a realizar, hacer realidad
de lo que afirma. Al hacemos escuchar esta antigua bendición al inicio
del nuevo año, la liturgia quiere alentamos a invocar la bendición
del Señor sobre nuestro nuevo tiempo, para que sea verdaderamente
un año de prosperidad y de paz.
Paz y prosperidad a la que todos estamos
llamados a participar, pero también, en las que todos debemos comprometemos
para hacerla realidad a través de nuestra acción decidida, consciente
y generosa. En este contexto, hermanos, que el Papa Benedicto XVI
ha querido dirigir: “al comienzo de un año nuevo una calurosa invitación
a cada discípulo de Cristo, así como a toda persona de buena voluntad,
para que ensanche su corazón hacia las necesidades de los pobres,
haciendo cuanto le sea concretamente posible para salir a su encuentro.
Pues, en efecto, sigue siendo incontestablemente verdadero
el axioma según el cual 'combatir la pobreza es construir la paz”.
"Combatir la pobreza,
construir la paz", es precisamente el tema
elegido por el Santo Padre en su mensaje de esta Jornada Mundial de
la Paz que hoy se celebra en todo el mundo y en el que, retomando
y desarrollando el que Juan Pablo II dirigió con motivo de la Jornada
Mundial de la Paz de 1993, muestra cómo la lucha contra la pobreza,
en sus implicaciones morales, entra en relación con los diversos aspectos
de la promoción de la paz en nuestra época, caracterizada por el fenómeno
de la globalización.
"Combatir la pobreza,
construir la paz", y en consecuencia, la necesidad
de que la familia humana dé una respuesta urgente a la grave cuestión
de la pobreza como problema material, pero, ante todo, como problema
moral y espiritual, apoyándose en "un "código ético común",
cuyas normas no sean sólo el fruto de acuerdos, sino que estén arraigadas
en la ley natural inscrita por el Creador en la conciencia de todo
ser humano".
Nos dice el Papa: "La globalización
ha de ser regida con prudente sabiduría. Por sí
sola, es incapaz de construir la paz, más bien pone de manifiesto
una necesidad: la de estar orientada hacia un objetivo de profunda
solidaridad, que tienda al bien de todos y al bien de cada uno. En
este sentido, hay que verla como una ocasión propicia para realizar
algo importante en la lucha contra la pobreza y para poner a disposición
de la justicia y la paz recursos hasta ahora impensables".
Cabe preguntarse: ¿por qué la Iglesia se
ocupa de este tema y entra tan decididamente en él? ¿No es acaso un
tema político, un tema social que pertenece al mundo secular, autónomo,
llamado a orientarse por sí mismo y con la competencia propia de los
estados? ¿No estamos acaso instalados en una sociedad laica, multicultural
y plurirreligiosa? ¿No se tratará, pues, de una ingerencia eclesiástica
en un campo que no sería el propio? Hoy la mayoría de las naciones
se declaran democráticas, lo cual quiere decir que nos encontramos
en sociedades ciertamente plurales, pero en las que las personas y
las instituciones pueden con todo derecho pronunciarse en libertad
sobre los temas que atañen a la misma sociedad.
Pero, por otra parte, no podemos olvidar
que "la Iglesia se siente íntima y realmente solidaria del
género humano y de su historia y que nada hay verdaderamente humano
que no encuentre eco en su corazón" (GS 1) y que, en virtud
precisamente de lo que es y de su misión en el mundo, está llamada
y obligada a salir en defensa del hombre y de su dignidad, y aportar,
recordar y reclamar aquello incondicional que precede a la misma Iglesia
y a todo derecho estatal para el servicio del hombre y su dignidad,
en lo que el mismo hombre y la sociedad se juegan su propio destino
personal y comunitario. "La Iglesia, - escribe el Santo
Padre en su Mensaje de este año que propongo a todos ustedes lean
con mucha atención - a la vez que sigue con atención los actuales
fenómenos de la globalización y su incidencia en las pobrezas humanas,
señala nuevos aspectos de la cuestión social, no sólo en extensión,
sino también en profundidad, en cuanto conciernen a la identidad del
hombre y su relación con Dios". "Combatir la pobreza, construir
la paz". ¡La paz! Esta gran aspiración del corazón de todo
hombre que día a día se construye con la aportación de todos.
Por ello, en el mensaje para el día de hoy,
el Santo Padre invita a todos los individuos e instituciones de buena
voluntad a asumir una nueva conciencia de su responsabilidad en la
promoción de los valores de la justicia, de la solidaridad y de la
paz, en este mundo cada vez más marcado por el amplio fenómeno de
la globalización. Si la paz es la aspiración de toda persona de buena
voluntad, para los discípulos de Cristo es un mandato permanente que
compromete a todos; es una misión exigente que les lleva a anunciar
y a testimoniar «el Evangelio de la Paz», proclamando que el reconocimiento
de la verdad plena de Dios es condición previa a indispensable para
la consolidación de la verdad de la paz.
La paz, lo sabemos todos, pero hay que repetirlo,
no es la simple ausencia de guerra si nos el resultado del respeto
por el orden querido por Dios para la humanidad. La paz es un don
de Dios, que compromete la responsabilidad de los hombres para construirla.
María, nos dice el Evangelio de hoy: “guardaba todas estas cosas,
y las meditaba en su corazón”. (Lucas 2, 19).
El primer día del año lleva el signo de
una mujer, María. San Lucas la describe como Virgen silenciosa, en
constante escucha de la Palabra, que vive en la Palabra de Dios. María
guarda en su corazón las palabras que proceden de Dios y, juntándolas
en la meditación, aprende a comprenderlas. Es en su escuela, hermanos,
que nosotros debemos aprender a estar atentos y a ser dóciles discípulos
del Señor. Con su ayuda maternal, comprometámonos a trabajar con empeño
por la paz, siguiendo a Cristo, príncipe de la Paz. Siguiendo el ejemplo
de la Virgen María y empujados por ella dejémonos guiar siempre y
sólo por Jesucristo. Y hagamos nuestro el propósito conclusivo del
Papa Benedicto XVI, quien confirma convencido que: “fiel a la exhortación
de su Señor, la comunidad cristiana no dejará de asegurar a toda la
familia humana su apoyo a las iniciativas de una solidaridad creativa,
no sólo para distribuir lo superfluo, sino cambiando sobre todo los
estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras
consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad”.
Que María Santísima de Guadalupe nos acompañe
y acompañe con su intercesión a nuestro pueblo y a todas las naciones
en el esfuerzo decidido por combatir la pobreza, ante todo aquella
del alma, para construir positivamente la paz: la paz en el mundo,
la paz en los pueblos, la paz en México, la paz en la tierra santa,
la tierra de Jesús, la paz en el corazón de cada uno de los hijos
de Dios.
Hermanos, que así sea.
A todos ¡Feliz Año Nuevo!