A veces pensamos absurdamente que lo blanco en el matrimonio
es sólo pureza y pureza sexual, que pena, no. No casaríamos de blanco
a ninguna pareja, créanme, que hoy disparatadamente los novios no
viven auténticamente su escuela de noviazgo, no viven adecuadamente
lo que debería ser su noviazgo, sino que ya se andan adelantando en
expresiones, que deberían de guardarse para el día de su matrimonio
por la Iglesia y por lo Civil.
En el momento en que se unen las almas ante Dios y se unen
los corazones, se unirán también los cuerpos, por eso hoy ustedes
vienen hermosamente vestidas de blanco, ninguna viene de pajita, alguna
más discretita con la cola más chiquitita, etc. Pero ustedes, mis
queridas hermanas, novias serán la Iglesia, que se entregan a su Esposo
Cristo. Y sus maridos serán, se empañarán en ser la imagen de Jesucristo,
proyectar siempre a Cristo, por eso Pablo, dice: maridos amen a
sus mujeres, como Cristo amó a la Iglesia, mujeres sométanse a su
marido, como al Señor, como la Iglesia se somete a Cristo. Así
ustedes van a someterse a sus maridos en la medida que sus maridos
sean como el Señor Jesucristo, eh, nada de que: ya oíste vieja te
me vas a someter a mí. Sí, viejito tú también oíste tienes que ser
como Jesús y amarme hasta la muerte, y muerte de cruz, si es necesario.
El amor de ustedes hoy se diviniza, se humaniza, se sublima, este
amor humano se diviniza y se sublima, no es amor simplemente humano.
Guillermo amabas a Guadalupe a lo Rosas Barcenas, pero hoy
la vas a amar a lo divino, como Guadalupe te amaba hasta ahora a lo
Guzmán Martínez, pero hoy te va amar, también, a lo divino. Así como
Jesús Alberto Aguilar Lozano amaba sólo a su mujer Aguilar Lozano,
pero ahora la vas amar a lo divino, como Nelly Carmen te va amar a
lo Bustamante de Paz y así cada uno de ustedes a lo divino, porque
ese amor de ustedes se diviniza, se sublima.
Miren, su matrimonio hoy es el triunfo clamoroso del amor,
de este amor de ágape, de este amor de ofrenda, de este amor de donación.
El amor efectivamente es el que los ha traído aquí a unir sus corazones.
El que los ha traído aquí para que Dios por su Iglesia lo reconozca,
lo bendiga, lo haga más fuerte y eterno entre ustedes dos ¿y por qué
caminos misteriosos ha llegado ese amor a sus corazones y a sus vidas?
Miren, mis amados hermanos y hermanas y amigos todos, en el
mundo no existe más amor que uno, el que Dios es y el que Dios derrama
hacía todas sus creaturas. Ningún otro amor es verdadero amor aunque
acaso lo parezca todo el amor del mundo nace de esa fuente que es
Dios y si es amor auténtico, verdadero, es amor limpio, es amor puro,
es amor santo, como es el amor de Dios. Si nosotros vamos a la Sagrada
Escritura vamos a encontrar desde el primer libro del Génesis, como
en medio de antropomorfismos, en medio de símbolos, en medio de figuras
literarios nos transmite el mensaje fundamental de que todo el Universo
procede de la acción creadora de Dios y que todo el Universo es un
reflejo, diríamos, algo de lo que Dios es. Por eso nos dice la Sagrada
Escritura el libro del Génesis: que cuando Dios contemplo toda
la obra de la creación, vio Dios que era bueno. Pero cuando Dios vio
al hombre y a la mujer vio que era muy bueno. ¿Por qué? porque
el hombre y la mujer han sido creados a imagen y semejanza de Dios.
Porque el hombre y la mujer han sido creados, diríamos, como una copia,
como un retrato, como un doble casi exacto de Dios y de todas sus
perfecciones en la medida en que ustedes vivan amándose, perdonándose,
ayudándose, promoviéndose se van asemejar a Dios. En la medida en
que se aparten de este amor de entrega, de ofrenda, de donación, se
irán apartando del amor de Dios, porque Dios, lo dice bien claro san
Juan en su primera carta 4-9: Dios es Amor, y de esto se sigue
que como consecuencia que una de las primeras cualidades del hombre,
diríamos, uno de los primeros fines de su existencia es precisamente
el haber sido creado para el amor y es ahí donde esta la semejanza
del hombre con Dios. Es ahí donde de verdad somos el retrato de Dios,
cuando amamos.
Efectivamente, mis amados hermanos, Dios no es un ser solitario,
Dios en su misterio más íntimo es una comunidad de vida y de amor.
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo las tres divinas personas forman
una comunidad perfecta y viviente, cuyas relaciones están presididas
por el amor y son pura relación de amor.
Miren, mis amados hermanos y hermanas, esas precisamente la
significación más profunda del misterio de la Santísima Trinidad,
de la misma manera que la esencia misma de Dios es el amor, es decir:
conocerse, amarse y ser amado. Así, también, el hombre hecho imagen
y semejanza de Dios, ha sido creado para amar y ser a la vez amado.
Y, miren, ustedes han querido unir sus vidas, por el Sacramento del
Matrimonio en la casita de nuestra Niña y Muchachita Santa María de
Guadalupe ¿por qué? porque la han querido invitar a su boda. ¡Qué
gran significado tiene esto, el casarse aquí en la casita del Tepeyac!
Como hemos escuchado en el trozo del Evangelio, miren: unos novios
de Caná de Galilea invitaron a María y a Jesús a sus bodas. Mis hermanos,
nunca hubo más acertada invitación, ojala que todos los novios renovarán
esta invitación, que pena muchos novios dicen: no nada más nos rejuntamos,
ni siquiera por el civil nos casamos ¿para qué? vamos a ensayar si
la hacemos o no la hacemos. Es que no es para eso la unión del hombre
y la mujer. Ustedes han pasado varios años y hasta que llegó el momento
en que decidieron: queremos que Dios nos bendiga, queremos que Dios
fecunde en nuestro amor y venimos a invitarle y delante de Él nos
vamos a unir. Miren, no sabemos aquí los nombres de aquellos simpáticos
novios, pero no importan al ser anónimos podríamos poner el nombre:
Hugo y de Mónica, o el nombre de Cornelio y de Flora de la Cruz o
el nombre de Carlos y de Berta, y el nombre de José Alberto y María
de Lourdes, que sé yo, el nombre de cada uno de ustedes. Pero, miren,
lo maravilloso es que la invitación fue aceptada y el Mesías, el Hijo
de Dios, Jesucristo estuvo de bodas, participó de la fiesta, participó
de la alegría que origina esta importante acontecimiento humano. Estoy
seguro que el felicitó a los novios, brindó por su felicidad, por
su amor y desde luego los bendijo de corazón. Quiere decir, mis hermanos,
que Dios es humano, que Dios bendice el amor, que consagra la unión
del hombre y de la mujer. Quiere decir que Dios es amigo de la vida
y de las relaciones humanas y de la alegría, hasta de los banquetes
de bodas. Pero, miren, lo que paso ahí, como la presencia de Jesús
en una boda, puede interpretarse como purificación, como santificación
de todas las bodas. Fíjense, purificación, santificación de todas
las bodas, esto es lo que va a pasar en ustedes, mis amados hermanos,
por eso todos les vamos a decir: felicidades Celestino, felicidades
Carolina, felicidades David, felicidades Marisela, Rocío, es decir:
sean plenos, porque van a vivir en el amor. Sean plenos, sean felices,
realizados, porque van a caminar en el amor. Miren, ese amor de ustedes
hoy es santificado, Jesús lo santifica, lo mismo que santificó la
familia por el hecho de haber nacido en ella y haber vivido en ella,
la santifica, la sacramentaliza. Así pasa con la boda por el hecho
de que Él haya asistido a ella. Convierte el matrimonio en fuente
de gracias; convierte el matrimonio en fuente de salvación, no es
lo mismo ser casado por la Iglesia, que nada más ser casado por lo
civil, no es lo mismo. Que bueno que ustedes ya se abrieron a la gracia
de Dios, a recibir las bendiciones de Dios. Que bueno que van a estar
atentos para acudir a la Santísima Virgen María, cuando se les acabe
el vino, el vino de la alegría, el vino de la esperanza, el vino del
diálogo, el vino del reencuentro, el vino del perdón.
Acudirán a la Virgencita y le dirán: Señora, aunque Ella va
a estar al pendiente de ustedes, Ella va a estar al cuidado de ustedes.
Ustedes va a acudir a decirle: Señora ya no tenemos vino, se nos está
acabando el vino y se acaba el vino. Y se acaba el vino, mis hermanos,
cuando llegan: los abusos, las incomprensiones. Cuando llegan: las
dudas, cuando llega, que terrible es esto, la violencia intrafamiliar,
cuando llegan los desencantos, cuando llegan las incomprensiones,
cuando llega la rutina. Ya no sienten atractivo uno del otro, dejan
apagar ese amor, o más bien dejan que se cubran de cenizas por la
indolencia, por la tibieza. El amor ahí está, pero las cenizas de
su indiferencia de su rutina, que terrible carcoma es la rutina, hace
que ya no se sienta el calor. Como es necesario que llegue un viento,
el viento del Espíritu Santo para que sople sobre esas cenizas y vuelva
a encender el fuego del amor y es la Virgencita la que va a estar
atenta para decirle, a Jesucristo: ya no tienen vino, ya se les
acabo el vino. Y entonces Cristo intervendrá inmediatamente, participará
en la vida de ustedes, caminará con ustedes. De hecho ese es el compromiso
del matrimonio, proyecto de vida con Cristo, para transformar esa
agua insípida de la humanidad en el exquisito vino del diálogo y del
amor.
¡Felicidades por este día tan especial!
¡Felicidades por este día tan hermoso!
Disfrútenlo, gocen su fiesta, ahora y allá en su casa, sean
mediditos no vayan a terminar de bajo de la mesa, que no se
les pasen las copiosas. Nada de eso, no echen a perder esta fiesta,
no echen a perder este festejo tan hermoso de su unión, de su boda,
de su sacramento matrimonial.
Pues, que el Señor les bendiga y los felicitamos muy sinceramente.
¡Felicidades a todos!