Muy queridos hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo
Jesús. Queridos hermanos sacerdotes, estamos aquí convocados
por Unión de Voluntades para pedirle al Señor, por intercesión
de Santa María de Guadalupe la unidad y la paz en nuestra
patria.
La humanidad ha tenido desde sus orígenes la trágica experiencia
del mal y ha tratado de descubrir sus raíces y explicar sus
causas. El mal no es una fuerza anónima que actúa en el mundo
por mecanismos deterministas e impersonales. El mal pasa por
la libertad humana. Precisamente esta facultad, que distingue
al hombre de los otros seres vivientes de la tierra, está
siempre en el centro del drama del mal y lo acompaña. El
mal tiene siempre un rostro y un nombre: el rostro y el
nombre de los hombres y mujeres que libremente lo eligen.
La Sagrada Escritura enseña que en los comienzos de la historia,
Adán y Eva se rebelaron contra Dios y Caín mató a su hermano
Abel (cf. Gn 3-4). Fueron las primeras decisiones equivocadas,
a las que siguieron otras innumerables a lo largo de los siglos.
Cada una de ellas conlleva una connotación moral esencial,
que implica responsabilidades concretas para el sujeto que
las toma e incide en las relaciones fundamentales de la persona
con Dios, con los demás y con la creación.
Ante
tantos dramas como afligen al mundo, los cristianos confiesan
con humilde confianza que sólo Dios da al hombre y a los pueblos
la posibilidad de superar el mal para alcanzar el bien. Con
su muerte y resurrección, Cristo nos ha redimido y rescatado
pagando « un precio muy alto » (cf. 1 Co 6,20; 7,23),
obteniendo la salvación para todos. Por tanto, con su ayuda
todos pueden vencer al mal haciendo el bien.
Con
la certeza de que el mal no prevalecerá, el cristiano cultiva
una esperanza indómita que lo ayuda a promover la unidad
y la paz. A pesar de los pecados personales y sociales que
condicionan la actuación humana, la esperanza da siempre nuevo
impulso al compromiso por la unidad y la paz, junto con una
firme confianza en la posibilidad de construir un mundo
mejor.
Si es cierto que existe y actúa en el mundo el « misterio de
la impiedad » (2 Ts 2,7), no se debe olvidar que el
hombre redimido tiene energías suficientes para afrontarlo.
Creado a imagen de Dios y redimido por Cristo que «se ha unido,
en cierto modo, con todo hombre»,[18] éste puede cooperar
activamente a que triunfe el bien sobre el mal.
Ningún hombre, ninguna mujer de buena voluntad puede eximirse
del esfuerzo en la lucha para vencer al mal con el bien. Es
una lucha que se combate eficazmente sólo con las armas del
amor. Cuando el bien vence al mal, reina el amor y donde
reina el amor reinan la paz y la unidad.
El Evangelio de hoy se nos presenta como una marcha triunfal
de amor a la mujer y de amor a la vida. Bajo esta luz el evangelista
nos ha narrado el breve, pero memorable viaje de Jesús de
la orilla del lago a la casa de Jairo: A lo largo del camino
una mujer lo toca y queda curada de una penosa e incurable
enfermedad; llegado a casa encuentra a la niña muerta, sin
inmutarse, la toma de la mano y le dice: "¡Talitá
Kum!": Niña, levántate, como parodiando lo que apenas
le había dicho al mar: "Enmudece y cálmate". De
nuevo la admiración de sus discípulos, porque ven que su maestro
no sólo manda a las fuerzas naturales, también tiene poder
sobre el hombre.
Recordamos la frase de Job: "Si el hombre pudiese
volver a vivir"... así suspiraba Job. En Jesús se
están dando signos muy claros de que el hombre está llamado
a la vida y así lo canta el libro de la Sabiduría que hoy
hemos escuchado: "Dios no hizo la muerte, ni se recrea
en la destrucción de los vivientes... Dios creó al hombre
para que nunca muriera, porque lo hizo a imagen y semejanza
de sí mismo; más por envidia del diablo entró la muerte en
el mundo y la experimentan quienes le pertenecen".
Nos llama la atención que los dos milagros tienen
como destinatario el sexo femenino: una mujer y una niña;
aquella con sus doce años de enfermedad, ésta con doce años
de edad. Y las dos recuperan la salud o la salud perdida.
Doble anécdota que nos invita a tratar el tema de Jesús y
la mujer, de Jesús y la Vida. Doble vertiente de suma actualidad
en donde debemos proclamar con toda claridad que Jesús era
y es un gran amigo de la mujer y que nadie como Jesús ha luchado
a favor de la vida y en contra de la muerte.
Jesús con su manera de actuar rompe el tabú de
su época y de su raza sobre las mujeres. Para él no son menores
de edad ni social ni religiosamente relegadas. Habla con ellas,
les revela los secretos del Reino, las asocia a su grupo apostólico,
están en el círculo de sus amistades, son las primeras a las
que les confía el misterio de su resurrección como testigos
directos y las primeras mensajeras de esta buena nueva que
es el centro de todo el mensaje evangélico. Jesús ha resucitado,
ellas son las primeras que lo anuncian. Nombres como la Magdalena,
la Samaritana, la Cananea, la Hemorroísa, Marta y María y
por supuesto el de su Madre Santísima estarán siempre vinculados
a su vida y a su obra redentora.
Ante el ejemplo positivo del Maestro, la Iglesia
ha de seguir sus mejores tradiciones de sano feminismo. Hemos
de estimar y defender la igualdad total entre el hombre y
la mujer a nivel personal, en sus derechos humanos fundamentales.
Pero también debemos afirmar su diversidad, no como contrapuestas
o contradictorias, sino como complementarias. No podemos seguir
aplicando al hombre y a la mujer la teoría trasnochada de
lucha de clases como si fueran dos seres irreconciliables.
En el proyecto de Dios el hombre y la mujer tienen la misma
dignidad, pero fueron hechos distintos para la mutua complementariedad
y no para la guerra. Apliquemos estos principios a la esfera
de lo real en el hogar, la profesión, la sociedad y en nuestra
misma Iglesia.
El otro polo que reclama nuestra atención en el
Evangelio de hoy es Jesús y la Vida. Jesús se autodefine como
la Vida: "Yo soy la resurrección y la vida".
Ante la tragedia de la enfermedad y la muerte en el cuerpo
de los hombres la vida de Jesús está jalonada de curaciones
y resurrecciones y ante los hambrientos recurre a su poder
para multiplicar los panes. Jesús sigue el ejemplo de su Padre,
que es "un Dios de vivos, no un Dios de muertos".
Y si por el pecado entró la muerte al mundo, Jesús se encargó
de devolver al hombre su destino eterno, muriendo para darnos
la vida sin fin.
A imitación de Cristo y de Dios nuestro Padre,
el cristiano debe estar comprometido con la vida en cualquier
situación en que se encuentre. Es cierto que la historia de
la Iglesia está jalonada de obras asistenciales y hospitalarias;
en esta línea debe continuar, y en el momento presente debe
cumplir su misión de hacer conciencia y contribuir al progreso
y al cumplimiento de los derechos fundamentales de todo ser
humano. En las circunstancias actuales, en donde tantos cultivan
y proclaman una cultura de muerte, el cristiano y la Iglesia
misma deben promover la dignidad de la vida humana y defenderla
desde su concepción hasta su fin natural.
En una sociedad en donde con frecuencia la mujer
es marginada, su dignidad sometida a múltiples peligros, su
integridad objeto de la violencia, su feminidad explotada
y comercializada y en donde su aportación de su ser propio
de mujer no es reconocido para la transformación de la sociedad,
la Iglesia debe estar, a ejemplo de su Señor y Maestro, cercana
a toda mujer, ya que sin ella no se dará la humanización de
los procesos transformadores que todos estamos anhelando.
Hoy es necesario y urgente promover y defender la vida humana
en nuestro país por los múltiples ataques con que la amenazan
sectores de la sociedad, tomando inclusive la supresión de
la vida humana como bandera de progreso y de lucha social.
El cristiano y la Iglesia no pueden quedarse en una simple
denuncia de todo aquello que atente contra la vida, a ejemplo
del Señor de la Vida debe llevar al hombre y a la mujer a
pasar de condiciones menos humanas a condiciones cada vez
más humanas, hasta llegar al pleno conocimiento de Jesucristo.
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Oración
del Perdón |
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Oración
a Santa María de Guadalupe por la paz de México |
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