InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio > Breves > Homilía
   
 
Homilía
pronunciada por Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la ocasión de la Peregrinación de Unión de Voluntades, en la Basílica de Guadalupe.

28 de junio de 2009

Muy queridos hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo Jesús. Queridos hermanos sacerdotes, estamos aquí convocados por Unión de Voluntades para pedirle al Señor, por intercesión de Santa María de Guadalupe la unidad y la paz en nuestra patria.

La humanidad ha tenido desde sus orígenes la trágica experiencia del mal y ha tratado de descubrir sus raíces y explicar sus causas. El mal no es una fuerza anónima que actúa en el mundo por mecanismos deterministas e impersonales. El mal pasa por la libertad humana. Precisamente esta facultad, que distingue al hombre de los otros seres vivientes de la tierra, está siempre en el centro del drama del mal y lo acompaña. El mal tiene siempre un rostro y un nombre: el rostro y el nombre de los hombres y mujeres que libremente lo eligen. La Sagrada Escritura enseña que en los comienzos de la historia, Adán y Eva se rebelaron contra Dios y Caín mató a su hermano Abel (cf. Gn 3-4). Fueron las primeras decisiones equivocadas, a las que siguieron otras innumerables a lo largo de los siglos. Cada una de ellas conlleva una connotación moral esencial, que implica responsabilidades concretas para el sujeto que las toma e incide en las relaciones fundamentales de la persona con Dios, con los demás y con la creación.

Ante tantos dramas como afligen al mundo, los cristianos confiesan con humilde confianza que sólo Dios da al hombre y a los pueblos la posibilidad de superar el mal para alcanzar el bien. Con su muerte y resurrección, Cristo nos ha redimido y rescatado pagando « un precio muy alto » (cf. 1 Co 6,20; 7,23), obteniendo la salvación para todos. Por tanto, con su ayuda todos pueden vencer al mal haciendo el bien.

Con la certeza de que el mal no prevalecerá, el cristiano cultiva una esperanza indómita que lo ayuda a promover la unidad y la paz. A pesar de los pecados personales y sociales que condicionan la actuación humana, la esperanza da siempre nuevo impulso al compromiso por la unidad y la paz, junto con una firme confianza en la posibilidad de construir un mundo mejor.

Si es cierto que existe y actúa en el mundo el « misterio de la impiedad » (2 Ts 2,7), no se debe olvidar que el hombre redimido tiene energías suficientes para afrontarlo. Creado a imagen de Dios y redimido por Cristo que «se ha unido, en cierto modo, con todo hombre»,[18] éste puede cooperar activamente a que triunfe el bien sobre el mal.

Ningún hombre, ninguna mujer de buena voluntad puede eximirse del esfuerzo en la lucha para vencer al mal con el bien. Es una lucha que se combate eficazmente sólo con las armas del amor. Cuando el bien vence al mal, reina el amor y donde reina el amor reinan la paz y la unidad.

El Evangelio de hoy se nos presenta como una marcha triunfal de amor a la mujer y de amor a la vida. Bajo esta luz el evangelista nos ha narrado el breve, pero memorable viaje de Jesús de la orilla del lago a la casa de Jairo: A lo largo del camino una mujer lo toca y queda curada de una penosa e incurable enfermedad; llegado a casa encuentra a la niña muerta, sin inmutarse, la toma de la mano y le dice: "¡Talitá Kum!": Niña, levántate, como parodiando lo que apenas le había dicho al mar: "Enmudece y cálmate". De nuevo la admiración de sus discípulos, porque ven que su maestro no sólo manda a las fuerzas naturales, también tiene poder sobre el hombre.

Recordamos la frase de Job: "Si el hombre pudiese volver a vivir"...  así suspiraba Job. En Jesús se están dando signos muy claros de que el hombre está llamado a la vida y así lo canta el libro de la Sabiduría que hoy hemos escuchado: "Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes... Dios creó al hombre para que nunca muriera, porque lo hizo a imagen y semejanza de sí mismo; más por envidia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan quienes le pertenecen".

Nos llama la atención que los dos milagros tienen como destinatario el sexo femenino: una mujer y una niña; aquella con sus doce años de enfermedad, ésta con doce años de edad. Y las dos recuperan la salud o la salud perdida. Doble anécdota que nos invita a tratar el tema de Jesús y la mujer, de Jesús y la Vida. Doble vertiente de suma actualidad en donde debemos proclamar con toda claridad que Jesús era y es un gran amigo de la mujer y que nadie como Jesús ha luchado a favor de la vida y en contra de la muerte.

Jesús con su manera de actuar rompe el tabú de su época y de su raza sobre las mujeres. Para él no son menores de edad ni social ni religiosamente relegadas. Habla con ellas, les revela los secretos del Reino, las asocia a su grupo apostólico, están en el círculo de sus amistades, son las primeras a las que les confía el misterio de su resurrección como testigos directos y las primeras mensajeras de esta buena nueva que es el centro de todo el mensaje evangélico. Jesús ha resucitado, ellas son las primeras que lo anuncian. Nombres como la Magdalena, la Samaritana, la Cananea, la Hemorroísa, Marta y María y por supuesto el de su Madre Santísima estarán siempre vinculados a su vida y a su obra redentora.

Ante el ejemplo positivo del Maestro, la Iglesia ha de seguir sus mejores tradiciones de sano feminismo. Hemos de estimar y defender la igualdad total entre el hombre y la mujer a nivel personal, en sus derechos humanos fundamentales. Pero también debemos afirmar su diversidad, no como contrapuestas o contradictorias, sino como complementarias. No podemos seguir aplicando al hombre y a la mujer la teoría trasnochada de lucha de clases como si fueran dos seres irreconciliables. En el proyecto de Dios el hombre y la mujer tienen la misma dignidad, pero fueron hechos distintos para la mutua complementariedad y no para la guerra. Apliquemos estos principios a la esfera de lo real en el hogar, la profesión, la sociedad y en nuestra misma Iglesia.

El otro polo que reclama nuestra atención en el Evangelio de hoy es Jesús y la Vida. Jesús se autodefine como la Vida: "Yo soy la resurrección y la vida". Ante la tragedia de la enfermedad y la muerte en el cuerpo de los hombres la vida de Jesús está jalonada de curaciones y resurrecciones y ante los hambrientos recurre a su poder para multiplicar los panes. Jesús sigue el ejemplo de su Padre, que es "un Dios de vivos, no un Dios de muertos". Y si por el pecado entró la muerte al mundo, Jesús se encargó de devolver al hombre su destino eterno, muriendo para darnos la vida sin fin.

A imitación de Cristo y de Dios nuestro Padre, el cristiano debe estar comprometido con la vida en cualquier situación en que se encuentre. Es cierto que la historia de la Iglesia está jalonada de obras asistenciales y hospitalarias; en esta línea debe continuar, y en el momento presente debe cumplir su misión de hacer conciencia y contribuir al progreso y al cumplimiento de los derechos fundamentales de todo ser humano. En las circunstancias actuales, en donde tantos cultivan y proclaman una cultura de muerte, el cristiano y la Iglesia misma deben promover la dignidad de la vida humana y defenderla desde su concepción hasta su fin natural.

En una sociedad en donde con frecuencia la mujer es marginada, su dignidad sometida a múltiples peligros, su integridad objeto de la violencia, su feminidad explotada y comercializada y en donde su aportación de su ser propio de mujer no es reconocido para la transformación de la sociedad, la Iglesia debe estar, a ejemplo de su Señor y Maestro, cercana a toda mujer, ya que sin ella no se dará la humanización de los procesos transformadores que todos estamos anhelando. Hoy es necesario y urgente promover y defender la vida humana en nuestro país por los múltiples ataques con que la amenazan sectores de la sociedad, tomando inclusive la supresión de la vida humana como bandera de progreso y de lucha social. El cristiano y la Iglesia no pueden quedarse en una simple denuncia de todo aquello que atente contra la vida, a ejemplo del Señor de la Vida debe llevar al hombre y a la mujer a pasar de condiciones menos humanas a condiciones cada vez más humanas, hasta llegar al pleno conocimiento de Jesucristo.

Oración del Perdón
Oración a Santa María de Guadalupe por la paz de México

 
 
Imprimir PaginaAgregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosPágina anterior
 
© 2001-2007 Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.
Derechos Reservados