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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por S.E. Mons. Armando Colín Cruz, Vicario Episcopal de la I Vicaría, en la Misa Exequial por el M.I.Sr. Cango. Jesús Guizar Villanueva, en la Basílica de Guadalupe.


24 de enero de 2010

Muy ilustrísimos señores canónigos de esta Insigne Basílica de Santa María de Guadalupe, sacerdotes, capellanes del coro, aquí presentes, diáconos. Familiares y amigos del M.I.Sr. Cango. Jesús Guizar Villanueva. Hermanos, hermanas, peregrinos.

Hoy, en el domingo, día del Señor, cuando en voz del salmista se nos dice: Tú tienes Señor Palabras de vida eterna, también nos dice: la voluntad de Dios es santa y para siempre estable, haz Señor que siempre te busque, pues, eres mi refugio y salvación. De manera particular nos unimos a sus sentimientos, queridos familiares del M.I.Sr. Cango. Jesús Guizar Villanueva, nuestro hermano y amigo. A mis queridos hermanos del Cabildo de Guadalupe, capellanes del coro y personal de esta Basílica, elevando nuestra oración al Dios Padre dador de todo consuelo, pidiéndole que le haya acogido en su bondadosa misericordia y ahora esté contemplando el rostro del Señor por toda la eternidad.

El padre Chucho, como la mayoría de nosotros le decíamos, ha terminado ya la última etapa de su peregrinación terrena, dejando el tiempo de la prueba para adentrarse en la eternidad de la recompensa. También él proclamó muchas veces a lo largo de su vida, lo que nos dice el Salmo 18: son luz los preceptos del Señor, para alumbrar el camino y creo que en la vida eterna el Señor nos dará su recompensa. El Señor misericordioso nos resucitará para la luz, es ahí donde habrá gozo y alegría, y donde nuestros deseos de felicidad serán colmados. Sólo Dios, que no se ha creado a su imagen y semejanza será nuestro refugio y nuestra plenitud, somos parte del Cuerpo Místico de Cristo, como nos dice hoy san Pablo, en la primera carta a los Corintios.

Y por ello cada uno de nosotros es parte importante en la construcción del Reino de Dios, como lo fue el padre Jesús en la fidelidad a su ministerio sacerdotal. En estos momentos de prueba quiero dirigir a ustedes una palabra de esperanza en la perspectiva de la luz de la Resurrección. Esta es la clave para interpretar el sentido de esta celebración de fe: cuando nacemos venimos a la vida, para un fin de eternidad y morir es ir al encuentro de la realización de ese fin con toda la dignidad del ejercicio de la libertad, que se nos da para agradar a Dios y santificar su nombre en la vida y en la muerte. En la Resurrección de Cristo se nos garantiza la vida y en la Muerte se nos asegura la  proximidad fiel a Dios. De Dios al dolor y a la muerte. Notas de nuestra condición de peregrinos hacía la ciudadanía de los santos. Cada persona, llegado el momento en el cual ha terminado su misión en este mundo y por la muerte pasa a la vida eterna, sabe que será recibido en brazos de Dios Padre, como lo fue con Jesús, nuestro Señor.

Nuestra vida es mortal, no es para la muerte, que viene en esa hora siempre incierta momento en que se pone a prueba toda la verdad. No debemos trivializar la muerte, pues, sería también trivializar la vida. Sólo quien sabe dar razón de la muerte y dar amor gratuito y agradecido a los difuntos, sabe dar razón de la vida y amor a los vivos. Dios nos crió llamándonos de la nada y nos resucitará llamándonos desde la muerte.

Un gran misterio nos envuelve, pequeños somos y al mismo tiempo sublimes, nos dice el Salmo 8: ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él? En la vida y en la muerte somos del Señor, pues, para esto murió y resucitó Cristo, para ejercitar su poder a favor de los que viven y de los que mueren. De ahí nuestra convicción y nuestra fortaleza, ya que ni la vida, ni la muerte son poderes superiores a Cristo y por tanto nada nos puede arrancar del amor de Dios manifiesto en Él.

Como es conocido, hermanos y hermanas, el padre Jesús hizo suyas las palabras del Evangelio de este día. Especialmente en el momento de su consagración sacerdotal: el Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la Buena Noticia. Palabras que aplicó en la congruencia de su vida y ministerio y se distinguió por tener esa especial sensibilidad de poeta. Podríamos recordar el gran número de poemas que escribió a nuestra Madre, Santa María de Guadalupe de tanto en tanto, lo veíamos sacar una hoja de papel para escribir los pensamientos inspirados, para componer un estribillo, una oración, una poesía. Pensamientos profundos de alguien que vive en unión con Dios y ama al hermano. De él también podemos decir que ha sido un sacerdote que amó su ministerio sacerdotal, expresó su amor a los hermanos, a los niños, a los jóvenes, a los adultos. Lo noté todo el tiempo que estuvimos trabajando juntos, amó la verdad y luchó por la justicia, su empeño y constancia le llevó a eficaces realizaciones con un sentido profundamente religioso y espiritual. Se responsabilizó con generosidad y entrega de las distintas misiones, que la iglesia diocesana, nuestra arquidiócesis le encomendó en el campo de la parroquia, en la catequesis y en la enseñanza, en el seminario como maestro y también en la pastoral que se le encomendó en la Basílica, como canónigo recibiendo a los peregrinos, en la confesión y en el ministerio en general. Manifestando una gran devoción y amor a nuestra Madre, Santa María de Guadalupe y gastando su vida en la recepción material y espiritual de los peregrinos.

Este día le acompañamos con nuestro recuerdo, con nuestra oración, expresando el valor indestructible de la persona, él sabía que la virtud se basa en sí misma, y hace a la persona digna de ser amada, cuando está en vida y memorable después de la muerte. Vivió algunas experiencias dolorosas, como la partida de su hermana religiosa, poco después también partió a la casa del Padre su hermano Hugo y algunas duras experiencias en las aceptó con serenidad y sosiego estas experiencias de fe. Y ayer en este estado de paz ha dado el paso definitivo a la unión con Dios para participar en la propia existencia eterna, pues, el mismo Dios en persona es premio y el término de todas nuestras fatigas. Dice san Pablo: que los trabajos de ahora no pesan, lo que la gloria que un día nos dará el Señor.

Todos tenemos un día y una hora, que únicamente Dios Padre conoce. Es el momento de preguntarnos ¿no deberíamos esperar ese día con el mismo entusiasmo, ardor, deseo, sobrecogimiento ante el don que nos espera? habría que mirar ahora nuestra vida con los ojos y el corazón, que tendremos en ese momento último y definitivo. Ante la muerte centinela que vigila constantemente este misterio, al hacer memoria en la fe de nuestro hermano, recordamos las palabras de Jesús: está es la voluntad de quien me ha enviado, que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite el último día, y esta es la voluntad de mi Padre que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna y yo lo resucitaré en el último día.

La misericordia del Señor no termina y es el paño limpio y blanco que debemos tener en nuestras manos, para presentarnos a Él, reafirmando que la última palabra la tiene Dios y es siempre Palabra de vida: Señor, Tú tienes Palabras de vida eterna. Solamente esa esperanza puede consolar adecuadamente la pérdida humana de un ser querido y dar sentido a su vida y a su muerte; a sus proyectos y trabajos.

Jesús nos sigue diciendo: venir a Mí todos los que están cansados y agobiados y Yo los aliviaré. Con todos los que estamos aquí, hermanos y hermanas, doy gracias a Dios por nuestro hermano Jesús, sacerdote, canónigo y poeta, que acogió la llamada del Señor, para vivir una vida sacerdotal con fidelidad. La gracia de Dios ha transmitido por su ministerio sacerdotal los sacramentos a muchos hermanos. Pedimos que se haga plenitud de su persona y su santificación última, para él también nuestro reconocimiento, nuestra gratitud por su entrega y generosidad.

Entremos en el misterio que celebramos: la muerte de Cristo entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación. Confiados en el perdón y en el amor, dejemos que el fin último de nuestro hermano Jesús en manos de Dios, por intercesión de nuestra Madre, Santa María de Guadalupe, Madre del Verdaderísimo Dios por quien se vive y de san Juan Diego, el mensajero de las rosas, a quien sirvió nuestro hermano Jesús en los últimos años de su vida.

Gracias a todos los que en su vida le ofrecieron apoyo, cercanía, amistad, ayuda y cordialidad. Agradecemos su presencia signo de su afecto y consideración de nuestro hermano y manifestación de su comunión en la fe y en la esperanza cristiana. Al decirle este día a Dios Padre, que se cumpla su voluntad de nuestro hermano Jesús sabemos que estamos pidiendo, que se realice su decisión de confirmar la fragilidad de esta vida, con la plenitud de su resurrección.

Resucitar es sacar de nuestro letargo lo mejor que hay en nosotros: la semilla de la inmortalidad, y esto sólo lo puede hacer Cristo, que es la resurrección y la vida.

Yo soy la resurrección y la vida, él que cree en Mí aunque haya muerto vivirá, el Dios de la paz y de la esperanza sea para todos nuestra fortaleza, pues, nada podrá arrancarnos del amor de Dios otorgado en Cristo.

Que así sea, y que el Señor le conceda a nuestro hermano Jesús el descaso eterno.

 
 
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