Versión
estenográfica de la
pronunciada
por S.E. Mons. Armando Colín Cruz, Vicario Episcopal de
la I Vicaría, en la Misa Exequial
por el M.I.Sr. Cango. Jesús Guizar Villanueva,
en la Basílica de Guadalupe.
Muy ilustrísimos
señores canónigos de esta Insigne Basílica de Santa María de
Guadalupe, sacerdotes, capellanes del coro, aquí presentes,
diáconos. Familiares y amigos
del M.I.Sr. Cango. Jesús Guizar Villanueva. Hermanos, hermanas,
peregrinos.
Hoy, en el domingo,
día del Señor, cuando en voz del salmista se nos dice: Tú
tienes Señor Palabras de vida eterna, también nos dice:
la voluntad de Dios es santa y para siempre estable, haz
Señor que siempre te busque, pues, eres mi refugio y salvación.
De manera particular nos unimos a sus sentimientos, queridos
familiares del M.I.Sr. Cango. Jesús Guizar Villanueva, nuestro
hermano y amigo. A mis queridos hermanos del Cabildo de Guadalupe,
capellanes del coro y personal de esta Basílica, elevando nuestra
oración al Dios Padre dador de todo consuelo, pidiéndole que
le haya acogido en su bondadosa misericordia y ahora esté contemplando
el rostro del Señor por toda la eternidad.
El padre Chucho, como
la mayoría de nosotros le decíamos, ha terminado ya la última
etapa de su peregrinación terrena, dejando el tiempo de la prueba
para adentrarse en la eternidad de la recompensa. También él
proclamó muchas veces a lo largo de su vida, lo que nos dice
el Salmo 18: son luz los preceptos del Señor, para alumbrar
el camino y creo que en la vida eterna el Señor nos dará su
recompensa. El Señor misericordioso nos resucitará para la luz,
es ahí donde habrá gozo y alegría, y donde nuestros deseos de
felicidad serán colmados. Sólo Dios, que no se ha creado a su
imagen y semejanza será nuestro refugio y nuestra plenitud,
somos parte del Cuerpo Místico de Cristo, como nos dice hoy
san Pablo, en la primera carta a los Corintios.
Y por ello cada uno
de nosotros es parte importante en la construcción del Reino
de Dios, como lo fue el padre Jesús en la fidelidad a su ministerio
sacerdotal. En estos momentos de prueba quiero dirigir a ustedes
una palabra de esperanza en la perspectiva de la luz de la Resurrección.
Esta es la clave para interpretar el sentido de esta celebración
de fe: cuando nacemos venimos a la vida, para un fin de eternidad
y morir es ir al encuentro de la realización de ese fin con
toda la dignidad del ejercicio de la libertad, que se nos da
para agradar a Dios y santificar su nombre en la vida y en la
muerte. En la Resurrección de Cristo se nos garantiza la vida
y en la Muerte se nos asegura la proximidad fiel a Dios. De
Dios al dolor y a la muerte. Notas de nuestra condición de peregrinos
hacía la ciudadanía de los santos. Cada persona, llegado el
momento en el cual ha terminado su misión en este mundo y por
la muerte pasa a la vida eterna, sabe que será recibido en brazos
de Dios Padre, como lo fue con Jesús, nuestro Señor.
Nuestra vida es mortal,
no es para la muerte, que viene en esa hora siempre incierta
momento en que se pone a prueba toda la verdad. No debemos trivializar
la muerte, pues, sería también trivializar la vida. Sólo quien
sabe dar razón de la muerte y dar amor gratuito y agradecido
a los difuntos, sabe dar razón de la vida y amor a los vivos.
Dios nos crió llamándonos de la nada y nos resucitará llamándonos
desde la muerte.
Un gran misterio nos
envuelve, pequeños somos y al mismo tiempo sublimes, nos dice
el Salmo 8: ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?
En la vida y en la muerte somos del Señor, pues, para esto murió
y resucitó Cristo, para ejercitar su poder a favor de los que
viven y de los que mueren. De ahí nuestra convicción y nuestra
fortaleza, ya que ni la vida, ni la muerte son poderes superiores
a Cristo y por tanto nada nos puede arrancar del amor de Dios
manifiesto en Él.
Como es conocido, hermanos
y hermanas, el padre Jesús hizo suyas las palabras del Evangelio
de este día. Especialmente en el momento de su consagración
sacerdotal: el Espíritu del Señor está sobre mí, porque me
ha ungido para llevar a los pobres la Buena Noticia. Palabras
que aplicó en la congruencia de su vida y ministerio y se distinguió
por tener esa especial sensibilidad de poeta. Podríamos recordar
el gran número de poemas que escribió a nuestra Madre, Santa
María de Guadalupe de tanto en tanto, lo veíamos sacar una hoja
de papel para escribir los pensamientos inspirados, para componer
un estribillo, una oración, una poesía. Pensamientos profundos
de alguien que vive en unión con Dios y ama al hermano. De él
también podemos decir que ha sido un sacerdote que amó su ministerio
sacerdotal, expresó su amor a los hermanos, a los niños, a los
jóvenes, a los adultos. Lo noté todo el tiempo que estuvimos
trabajando juntos, amó la verdad y luchó por la justicia, su
empeño y constancia le llevó a eficaces realizaciones con un
sentido profundamente religioso y espiritual. Se responsabilizó
con generosidad y entrega de las distintas misiones, que la
iglesia diocesana, nuestra arquidiócesis le encomendó en el
campo de la parroquia, en la catequesis y en la enseñanza, en
el seminario como maestro y también en la pastoral que se le
encomendó en la Basílica, como canónigo recibiendo a los peregrinos,
en la confesión y en el ministerio en general. Manifestando
una gran devoción y amor a nuestra Madre, Santa María de Guadalupe
y gastando su vida en la recepción material y espiritual de
los peregrinos.
Este día le acompañamos
con nuestro recuerdo, con nuestra oración, expresando el valor
indestructible de la persona, él sabía que la virtud se basa
en sí misma, y hace a la persona digna de ser amada, cuando
está en vida y memorable después de la muerte. Vivió algunas
experiencias dolorosas, como la partida de su hermana religiosa,
poco después también partió a la casa del Padre su hermano Hugo
y algunas duras experiencias en las aceptó con serenidad y sosiego
estas experiencias de fe. Y ayer en este estado de paz ha dado
el paso definitivo a la unión con Dios para participar en la
propia existencia eterna, pues, el mismo Dios en persona es
premio y el término de todas nuestras fatigas. Dice san Pablo:
que los trabajos de ahora no pesan, lo que la gloria que
un día nos dará el Señor.
Todos tenemos un día
y una hora, que únicamente Dios Padre conoce. Es el momento
de preguntarnos ¿no deberíamos esperar ese día con el mismo
entusiasmo, ardor, deseo, sobrecogimiento ante el don que nos
espera? habría que mirar ahora nuestra vida con los ojos y el
corazón, que tendremos en ese momento último y definitivo. Ante
la muerte centinela que vigila constantemente este misterio,
al hacer memoria en la fe de nuestro hermano, recordamos las
palabras de Jesús: está es la voluntad de quien me ha enviado,
que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite el
último día, y esta es la voluntad de mi Padre que todo el que
vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna y yo lo resucitaré
en el último día.
La misericordia del
Señor no termina y es el paño limpio y blanco que debemos tener
en nuestras manos, para presentarnos a Él, reafirmando que la
última palabra la tiene Dios y es siempre Palabra de vida: Señor,
Tú tienes Palabras de vida eterna. Solamente esa esperanza
puede consolar adecuadamente la pérdida humana de un ser querido
y dar sentido a su vida y a su muerte; a sus proyectos y trabajos.
Jesús nos sigue diciendo:
venir a Mí todos los que están cansados y agobiados y Yo
los aliviaré. Con todos los que estamos aquí, hermanos y
hermanas, doy gracias a Dios por nuestro hermano Jesús, sacerdote,
canónigo y poeta, que acogió la llamada del Señor, para vivir
una vida sacerdotal con fidelidad. La gracia de Dios ha transmitido
por su ministerio sacerdotal los sacramentos a muchos hermanos.
Pedimos que se haga plenitud de su persona y su santificación
última, para él también nuestro reconocimiento, nuestra gratitud
por su entrega y generosidad.
Entremos en el misterio
que celebramos: la muerte de Cristo entregado por nuestros
pecados y resucitado para nuestra justificación. Confiados
en el perdón y en el amor, dejemos que el fin último de nuestro
hermano Jesús en manos de Dios, por intercesión de nuestra Madre,
Santa María de Guadalupe, Madre del Verdaderísimo Dios por quien
se vive y de san Juan Diego, el mensajero de las rosas, a quien
sirvió nuestro hermano Jesús en los últimos años de su vida.
Gracias a todos los
que en su vida le ofrecieron apoyo, cercanía, amistad, ayuda
y cordialidad. Agradecemos su presencia signo de su afecto y
consideración de nuestro hermano y manifestación de su comunión
en la fe y en la esperanza cristiana. Al decirle este día a
Dios Padre, que se cumpla su voluntad de nuestro hermano Jesús
sabemos que estamos pidiendo, que se realice su decisión de
confirmar la fragilidad de esta vida, con la plenitud de su
resurrección.
Resucitar es sacar de
nuestro letargo lo mejor que hay en nosotros: la semilla
de la inmortalidad, y esto sólo lo puede hacer Cristo, que
es la resurrección y la vida.
Yo soy la resurrección
y la vida, él que cree en Mí aunque haya muerto vivirá, el Dios
de la paz y de la esperanza sea para todos nuestra fortaleza,
pues, nada podrá arrancarnos del amor de Dios otorgado en Cristo.
Que así sea, y que el
Señor le conceda a nuestro hermano Jesús el descaso eterno.