Queridos hermanos
sacerdotes, hermanos todos, queridas chicas del Colegio Mellan,
que habéis cantado tan bien y que nos acompañáis en esta celebración.
Acabamos de oír textos que están escogidos
precisamente para iluminar el papel que tiene María santísima
en la vida cristiana.
En este lugar tan señalado de la geografía espiritual católica.
Un lugar donde se concentra la devoción mariana del pueblo mexicano
pero también de tantas naciones de América y de fuera.
Aquí estamos, también, queriendo aprovechar
estas enseñanzas de María que son muy importantes para la vida
cristiana. Acabamos de oír esta escena emocionante de la visitación
de María a su prima santa Isabel.
Aquella escena, pues, se desarrolló
de una manera muy sencilla. Ella sólo quería correr al auxilio
de su prima, atenderla, ayudarla. Movida por ese corazón, por
esa generosidad, por ese deseo de servir, que nosotros ya aprendimos
de Ella.
Y al llegar nos cuenta el Evangelio que al encontrar a su prima,
su prima quedó llena del Espíritu Santo. ¿Por qué? Porque María
llevaba al Señor en su seno. Y nosotros sabemos y todos tenemos
esta experiencia y todos lo queremos experimentar hoy, de nuevo
aquí en esta hermosa Basílica de Guadalupe.
Sabemos que la cercanía de María nos
proporciona esto: la cercanía del Señor, la presencia del Señor.
Nos admira pensar que el Señor, el Hijo de Dios, quiso encerrarse
en el seno de María, que quiso nacer y vivir con nosotros, siendo
uno como nosotros, que María lo ha cuidado.
Que María nos lo ha entregado y que cuando estaba en la cruz
muriendo, sufriendo y participando de los dolores nuestros,
también, porque hemos tenido y tenemos un Señor tan generoso,
que no solamente se quiso encarnar y vivir como nosotros, sino
también padecer y sufrir, para ayudarnos, para acompañarnos,
para que no nos sintamos solos cuando llega el momento de la
prueba. Pues, estando ahí, un misterio de generosidad divina,
el Señor quiso también darnos a su Madre. Este es tu Hijo, esta
es tu Madre, esta escena que se desarrolla en la cruz.
La vida de María, nos lleva a la vida
de Jesucristo, la cercanía de María, a la cercanía de Jesucristo.
Aquí en este cerro María santísima quiso aparecerse a Juan Diego
y le dió esas instrucciones y al mismo tiempo nos dejó este
hermoso recuerdo que a todos nosotros nos inspira y nos hace
sentirnos cerca de María santísima.
Nosotros en estos días estamos celebrando
un curso, en el fondo, de actualización sacerdotal, de mejora.
Todos procuramos conocer mejor la doctrina, vivirla mejor para
poder servir mejor así a la Iglesia.
Y tenemos también la oportunidad de convivir unos días, eso
para nosotros sacerdotes, es una gran alegría, una oportunidad
de aprender unos de otros, una oportunidad de conocer lo que
es la Iglesia extendida por todo el universo, con su variedad,
con su multiplicidad, con su riqueza de carismas. Y es lógico
que, cuando hoy nos encontramos aquí, queramos pedirle a la
Virgen, de manera especial, con esa cercanía nueva del Señor,
que nos haga más fieles. Yo lo decía al principio pero me parece
que es lo que tenemos en el corazón.
Cada uno de nosotros, sacerdotes y
todos los cristianos, cuando nos acercamos aquí al altar, aquí
en este altar que está bajo la mirada de María santísima. Cuando
celebramos ese misterio de la muerte de la Resurrección de Cristo,
cuando después nos acercamos a comulgar debidamente preparados,
en ese momento en que tenemos al Señor dentro, que hace un eco
de lo que le sucedió a María santísima.
Pues, en ese momento nosotros también le tenemos que pedir,
nosotros como fieles cristianos, como sacerdotes, que nos haga
nuevos, que nos renueve. Ese gesto de comer el Cuerpo de Cristo
es querer identificarse con Él. Y aquí lo comemos cerca de María
santísima esto nos tiene que ayudar.
Es la renovación que podemos intentar
cada día, es ese fuerzo por ser mejores cristianos, mejores
sacerdotes, para servir más al Señor y para hacerle más presente,
allí donde estamos. ¡Qué importante es!
Juan Diego recibió aquel encargo de
la Virgen e hizo de alguna manera presente, de una manera nueva,
aquí, al Señor entre vosotros y eso ha sido una bendición para
esta nación “Non fecit talliter Omni Nationi”. Dice el
escudo de Guadalupe: No hizo el Señor de tal manera o tanto
con ningún pueblo, con ninguna nación.
Pues, hoy también le pedimos nosotros
que estamos aquí al Señor que haga con nosotros esa renovación.
Esa nueva presencia espiritual. Ese deseo de servirle mejor,
de hacerle más presente en nuestras cosas, de hacerle más presente
en nuestras vidas, de hacerle más presentes en nuestras familias,
de hacerle más presentes en nuestras sociedades.
¿Y cómo se notará esto? ¿cómo se notará
que el Señor nos renueva? Pues, todos lo sabemos, ¿qué nos han
mandado el Señor al final? “Amarás al Señor tu Dios con todo
tu corazón, con toda tu mente, con toda tus obras” también nos
ha pedido que amemos al próximo como a nosotros mismos, y más
todavía, como Cristo nos amó.
Ya sabemos que ese es el camino cristiano
y es el testimonio más importante de nuestra transformación,
de que queremos ser más cristianos, de que queremos parecernos
más a Jesucristo nuestro Señor. Y también, lógicamente, que
queremos participar y parecernos más a María santísima.
Al Papa Juan Pablo II le gustaba considerar
que María santísima es la primera cristiana, la primera que
se encontró con Cristo. La primera que dijo: Sí a Cristo.
La primera que dijo: he aquí a la esclava del Señor, yo lo que
quiero es servir, yo lo que quiero es ayudar, yo lo que quiero
es que el tiempo que el Señor me da y las energías que me da
sirvan para los demás, sirvan para Dios, se realicen y se cambien
en ese amor a Dios sobre todas las cosas, en ese amor al próximo
como Cristo nos ha enseñado.
|
|