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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por
Pbro. Juan Luis Lorda de la Universidad de Navarra, España, en ocasión de la peregrinación por el Curso Internacional de Actualización Teológica (CIAT), en la Basílica de Guadalupe.

5 de julio de 2006

Queridos hermanos sacerdotes, hermanos todos, queridas chicas del Colegio Mellan, que habéis cantado tan bien y que nos acompañáis en esta celebración.

Acabamos de oír textos que están escogidos precisamente para iluminar el papel que tiene María santísima en la vida cristiana.

En este lugar tan señalado de la geografía espiritual católica. Un lugar donde se concentra la devoción mariana del pueblo mexicano pero también de tantas naciones de América y de fuera.

Aquí estamos, también, queriendo aprovechar estas enseñanzas de María que son muy importantes para la vida cristiana. Acabamos de oír esta escena emocionante de la visitación de María a su prima santa Isabel.

Aquella escena, pues, se desarrolló de una manera muy sencilla. Ella sólo quería correr al auxilio de su prima, atenderla, ayudarla. Movida por ese corazón, por esa generosidad, por ese deseo de servir, que nosotros ya aprendimos de Ella.

Y al llegar nos cuenta el Evangelio que al encontrar a su prima, su prima quedó llena del Espíritu Santo. ¿Por qué? Porque María llevaba al Señor en su seno. Y nosotros sabemos y todos tenemos esta experiencia y todos lo queremos experimentar hoy, de nuevo aquí en esta hermosa Basílica de Guadalupe.

Sabemos que la cercanía de María nos proporciona esto: la cercanía del Señor, la presencia del Señor. Nos admira pensar que el Señor, el Hijo de Dios, quiso encerrarse en el seno de María, que quiso nacer y vivir con nosotros, siendo uno como nosotros, que María lo ha cuidado.

Que María nos lo ha entregado y que cuando estaba en la cruz muriendo, sufriendo y participando de los dolores nuestros, también, porque hemos tenido y tenemos un Señor tan generoso, que no solamente se quiso encarnar y vivir como nosotros, sino también padecer y sufrir, para ayudarnos, para acompañarnos, para que no nos sintamos solos cuando llega el momento de la prueba. Pues, estando ahí, un misterio de generosidad divina, el Señor quiso también darnos a su Madre. Este es tu Hijo, esta es tu Madre, esta escena que se desarrolla en la cruz.

La vida de María, nos lleva a la vida de Jesucristo, la cercanía de María, a la cercanía de Jesucristo. Aquí en este cerro María santísima quiso aparecerse a Juan Diego y le dió esas instrucciones y al mismo tiempo nos dejó este hermoso recuerdo que a todos nosotros nos inspira y nos hace sentirnos cerca de María santísima.

Nosotros en estos días estamos celebrando un curso, en el fondo, de actualización sacerdotal,  de mejora. Todos procuramos conocer mejor la doctrina, vivirla mejor para poder servir mejor así a la Iglesia.

Y tenemos también la oportunidad de convivir unos días, eso para nosotros sacerdotes, es una gran alegría, una oportunidad de aprender unos de otros, una oportunidad de conocer lo que es la Iglesia extendida por todo el universo, con su variedad, con su multiplicidad, con su riqueza de carismas. Y es lógico que, cuando hoy nos encontramos aquí, queramos pedirle a la Virgen, de manera especial, con esa cercanía nueva del Señor, que nos haga más fieles. Yo lo decía al principio pero me parece que es lo que tenemos en el corazón.

Cada uno de nosotros, sacerdotes y todos los cristianos, cuando nos acercamos aquí al altar, aquí en este altar que está bajo la mirada de María santísima. Cuando celebramos ese misterio de la muerte de la Resurrección de Cristo, cuando después nos acercamos a comulgar debidamente preparados, en ese momento en que tenemos al Señor dentro, que hace un eco de lo que le sucedió a María santísima.

Pues, en ese momento nosotros también le tenemos que pedir, nosotros como fieles cristianos, como sacerdotes, que nos haga nuevos, que nos renueve. Ese gesto de comer el Cuerpo de Cristo es querer identificarse con Él. Y aquí lo comemos cerca de María santísima esto nos tiene que ayudar.

Es la renovación que podemos intentar cada día, es ese fuerzo por ser mejores cristianos, mejores sacerdotes, para servir más al Señor y para hacerle más presente, allí donde estamos. ¡Qué importante es!

Juan Diego recibió aquel encargo de la Virgen e hizo de alguna manera presente, de una manera nueva, aquí, al Señor entre vosotros y eso ha sido una bendición para esta nación “Non fecit talliter Omni Nationi”. Dice el escudo de Guadalupe: No hizo el Señor de tal manera o tanto con ningún pueblo, con ninguna nación.

Pues, hoy también le pedimos nosotros que estamos aquí al Señor que haga con nosotros esa renovación. Esa nueva presencia espiritual. Ese deseo de servirle mejor, de hacerle más presente en nuestras cosas, de hacerle más presente en nuestras vidas, de hacerle más presentes en nuestras familias, de hacerle más presentes en nuestras sociedades.

¿Y cómo se notará esto? ¿cómo se notará que el Señor nos renueva? Pues, todos lo sabemos, ¿qué nos han mandado el Señor al final? “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tus obras” también nos ha pedido que amemos al próximo como a nosotros mismos, y más todavía, como Cristo nos amó.

Ya sabemos que ese es el camino cristiano y es el testimonio más importante de nuestra transformación, de que queremos ser más cristianos, de que queremos parecernos más a Jesucristo nuestro Señor. Y también, lógicamente, que queremos participar y parecernos más a María santísima.

Al Papa Juan Pablo II le gustaba considerar que María santísima es la primera cristiana, la primera que se encontró con Cristo. La primera que dijo: Sí a Cristo.

La primera que dijo: he aquí a la esclava del Señor, yo lo que quiero es servir, yo lo que quiero es ayudar, yo lo que quiero es que el tiempo que el Señor me da y las energías que me da sirvan para los demás, sirvan para Dios, se realicen y se cambien en ese amor a Dios sobre todas las cosas, en ese amor al próximo como Cristo nos ha enseñado.


¡Qué bonito es cuando pensamos en esta cruz donde tenemos al Señor! Junto a la cruz estaba María, que nos recuerda la ofrenda del Señor, el servicio del Señor y también nos recuerda estas dos dimensiones en las cuales se mueve siempre la vida cristiana: Amar a Dios, hacia arriba, amar a Dios y no poner nada por encima de Dios. Amar a Dios sobre todas las cosas y enseguida, unida necesariamente, amar al próximo a los que el Señor pone a nuestro lado.

Nosotros hoy tenemos en estos días  la experiencia de poder vivir juntos, sacerdotes y esto nos da mucha alegría, nos ayuda a renovar nuestro sacerdocio. Hoy nos acompañáis aquí y también yo creo los puedo invitar a esto, porque es la invitación que tenemos que hacer siempre los sacerdotes. Que tenemos que hacer siempre los cristianos. Todos tenemos que aprender de nuevo amar a Dios y amar al próximo. Primero a los cercanos, pero también a todos los que se cruzan en nuestro camino, como nos enseñó el Señor con aquella parábola del Buen Samaritano; aquel que yendo por el camino se encontró un mal herido, eso también nos pasará a nosotros muchas veces en nuestra vida.

La Virgen acudió ayudar a su prima santa Isabel. Vamos a pedirle al Señor, también, que durante toda nuestra vida nosotros tengamos este beneficio, tengamos este gran don para nuestra vida: que podamos ver, nuestros errores que podamos rectificar, de verdad haber amado a  Dios sobre todas las cosas, de verdad  haber amado y servido a los próximos que el Señor ha ido poniendo a nuestro lado.

Eso aprendemos de María Santísima, eso queremos aprender también de Juan Diego y eso queremos aprender de tantos buenos mexicanos que han venido aquí a esta santa Basílica de Guadalupe a renovar su fe, a renovar su amor, a renovar sus deseos de servir. Que así sea.

 
 
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