Amados
hermanos, partiendo Jesús del aviso sobre los falsos profetas,
que se acercan con piel de oveja pero por dentro son lobos rapaces,
se remite a sus obras para conocerlos, lo mismo que los árboles
se conocen por sus frutos.
Los árboles sanos dan sus frutos sanos,
los árboles dañados dan frutos malos. Mediante éste proceso
inductivo y experimental Jesús previene contra el engaño de
los falsos profetas, pastores y doctores que pretenden hablar
a la comunidad en nombre de Dios.
Aunque su lenguaje sea manso y suave, su interior es egoísmo
sin escrúpulos. ¿Cómo conocerlos? Por su conducta, por sus
obras. Éstas delatan sus verdaderas intenciones como el fruto
al árbol.
Aviso y enseñanza, que son extensivos
a todos los falsos discípulos de Jesús, los falsos hermanos,
como se ve por el lugar paralelo de Lucas en que Cristo se
refiere a todo seguidor suyo.
Si bien en Lucas los frutos, que en Mateo significan las obras,
apuntan a las palabras que brotan del corazón.
Lo que rebosa del corazón, lo habla la boca, el árbol que
no da fruto bueno se corta y se echa al fuego.
Esta consideración sobre el destino
del árbol malo, imagen del falso profeta, conecta con la predicación
de Juan el Bautista.
Éste denunció la cuartada de los Fariseos y Saduceos, que
fingiendo conversión ante el pueblo que veneraba al profeta
auténtico, que era el Bautista, acudían a su bautismo sin
ánimo de enmendarse.
Raza de víboras. ¿Quién les ha enseñado a escapar de lo eminente?
Ven el fruto que piden la conversión, ya toca el hacha la
base de los árboles y el árbol que no da buen fruto será talado
y echado al fuego.
El tema de los falsos profetas tuvo
mucha importancia en las comunidades cristianas, como vemos
por los escritos de entonces y lo siguen teniendo hoy en día.
¿Cómo distinguir al verdadero profeta, al santo, al carismático?
El criterio del Evangelio de hoy será siempre de perenne actualidad
y avalado por la experiencia, el fruto que produce con su
persona, palabra y conducta.
San Pablo, después de enumerar exhaustivamente
las obras de la carne, da una lista de nueve frutos del Espíritu
de Dios: amor, alegría y paz, comprensión, servicialidad y
bondad, lealtad, amabilidad y dominio de sí.
Hemos de ir a la raíz del fruto del
árbol para no andarnos por las ramas; es decir, hemos de bajar
al fondo de nuestro corazón para descubrir su maldad o su
bondad, su mentira o su verdad, su esterilidad o su fecundidad,
porque no es oro todo lo que brilla. ¿Cuáles son los frutos
por los que se conoce al discípulo de Jesús?
Los que señala el Discurso del Monte: la práctica de las Bienaventuranzas,
el perdón y el amor a todos, incluido al enemigo, el dar sin
pedir ni esperar nada a cambio, la limosna, el desprendimiento,
la oración, no juzgar y condenar a los demás, constituyéndonos
en guías improvisados, moralizantes censores y apremiantes
fiscales de los demás sin haber convertido el propio corazón
o al menos intentar alguna mejora.
El auténtico discípulo de Jesús, el
que es cristiano y profeta de verdad, el que se sabe incorporado
a Cristo por el bautismo y la obediencia de la Fe, no dejará
de producir frutos maduros, porque no podrá menos que pensar,
hablar y actuar como Jesús.
Pero del árbol enfermo, del corazón que es un erial baldío
no pueden salir más que frutos malos, palabras y acciones
estériles, porque lo que llevamos dentro es lo que transparentamos
y producimos.
Por eso, desgraciadamente, en la palabra y actuación de tantos
cristianos de número se cambia también al vacío interior y
a la inmadurez religiosa, evidentes en sus criterios, infantiles
y egoístas y sus críticas destructivas, agrias e intolerantes.
Así como en su comportamiento farisaico que los induce al
“cumplo y miento” o bien a constituirse en falsos profetas,
guías, ciegos de otros ciegos.
Necesitamos pues hermanos, un proceso
previo de interiorización, para que la calidad y la fuerza
de la savia evangélica se noten en nuestros frutos diarios.
Pero ¿Cómo sin oración ni contacto con Dios, sin experiencia
de su misterio, sin escucha y asimilación de su palabra, sin
diálogo personal con Él, en el silencio de nuestro corazón?
No permitas, por tanto, privación interior
del corazón, convierta nuestra vida en un erial baldío, que
la savia de tu Espíritu de fruto en nosotros, mediante la
práctica de las bienaventuranzas y la escucha de tu Palabra
en oración y silencio; porque es en tu amor, Señor, y en tu
gracia donde nuestra casa tiene cimiento y consistencia.